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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Nuestra oración ha de ser prolongada que crezca en el amor, la gratitud, la confianza, la adoración; sin tratar de volver misericordioso a Dios ni buscar poder para uno mismo.
Homilía k012013a, predicada en 20200303, con 6 min. y 56 seg. 
Transcripción:
El Evangelio de hoy nos propone como camino y modelo de toda oración el Padre Nuestro. Pero antes de decirnos cómo hemos de obrar, Jesucristo nos dice lo que debemos evitar. Permítanme, entonces, hermanos, que en esta ocasión refiera más mi reflexión sobre esto otro, lo que debemos evitar y qué es lo que debemos evitar, en concreto en este pasaje que es tomado del Sermón de la Montaña, Cristo nos dice que evitemos esa abundancia de palabras que es tan típica, dice él, de las oraciones paganas. Hay que evitar ese torrente de palabras. No piensen ustedes que por sus muchas palabras van a ser escuchados. Y la verdad es que el Padre Nuestro es una oración breve, más bien en palabras, ¿cómo debemos entender esto? hay algunos que han dicho que la manera de entenderlo es que las oraciones deben ser cortas y lamentablemente enfocan sus ataques, por ejemplo, contra el Santo Rosario, y dicen que el rosario y la repetición es aquella palabrería que critica a Cristo.
Interesante saber que un santo obispo de la antigüedad, Agustín de Hipona, el famoso San Agustín, ya había respondido a los protestantes antes de que los protestantes nacieran en la historia. Ellos nacen en el siglo dieciséis. San Agustín vivió entre el siglo cuarto y comienzos del siglo quinto. Y una cosa muy bella que dice San Agustín es que una cosa es orar con muchas palabras y otra cosa es orar de manera prolongada. No debemos suponer entonces que toda oración prolongada es una oración de palabrería por utilizar el término que a veces se usa en estas ocasiones. No, la oración prolongada no necesariamente es palabrería, porque la oración puede prolongarse sin muchas palabras. La oración puede prolongarse, sobre todo si el amor crece, si la confianza crece, si la gratitud crece, si la adoración crece.
Y hay una comparación hermosa y sencilla que podemos tomar de las cosas humanas. Es algo que he oído siempre con admiración a varios predicadores, incluyendo el que fue mi maestro de novicios. Cuando él nos Invitaba a que fuéramos más orantes, especialmente orantes, por ejemplo, con el Santo Rosario nos decía. Cuando dos se aman, no necesitan decir muchas palabras diferentes y sin embargo pasan largo tiempo juntos. Una pareja que realmente se ame no necesita decirse muchas cosas, tal vez repiten siempre lo mismo, te quiero, te amo, tú eres mi vida, eres mi corazón, me has hecho mucha falta. No tienen que cambiar mucho el discurso, pero aún diciendo las mismas palabras crece el amor que se tienen el uno hacia el otro. Y ese amor que crece, alguien lo considerará reprensible. Entonces, orar con muchas palabras no debe confundirse con orar prolongadamente. Esta aclaración ya la hizo San Agustín. Pero hay que hacer otra aclaración. Entonces, cuál es el error de las muchas palabras cuando se está abundando en palabras, cambiando el discurso de uno a otro lado, muy posiblemente lo que está sucediendo, y creo que esto es exactamente lo que critica Cristo, lo que se está tratando con esa palabrería es convencer a Dios. Algo así como darle razones a Dios para que nos conceda lo que nosotros queremos, o partir de la base de que Dios es distante, un poco duró, un poco indiferente y toca lograr que alguien sea compasivo. Claro que cuando lo digo de esta manera, de inmediato se ve el error tan terrible que hay en esas palabras. A ver cómo así, vamos a decir ahora que toca convencer a Dios de que sea misericordioso Él, que tiene como nombre propio ser misericordia, vamos a convencerlo de que sea misericordioso. No tiene sentido.
Y por otra parte, cuando pensamos en aquello de persuadirlo para que haga lo que nosotros queremos, eso no parece que sea del ámbito de la fe. Eso más bien parece el ámbito de la magia, porque lo propio de la magia es ver cómo puedo lograr yo mi voluntad, eso es lo propio de la magia. Por eso, en la magia de lo que se trata es de adquirir poder. Poder para ganar dinero se supone o poder para conquistar un amor difícil o poder para tener mejor suerte, lo que sea. Entonces, lo que Cristo está criticando es el estilo de la oración mágica, es decir, la oración que trata de darle poder al ser humano para lograr sus propios fines.
En efecto, como lo muestra el Padre Nuestro, el objetivo principal de la oración no es que salga mi voluntad y se realice lo que yo quiero, sino que se haga la voluntad del que más me conoce, del que mejor me ama, del que tiene mejores ideas que mis ideas. Así que creo que queda un poco más claro cuál es este tema tan interesante de la palabrería. ¿Oración prolongada? Sí, que crezca en el amor, en la gratitud, en la confianza, en la adoración y cuidado con la vana palabrería que finalmente es, o un error garrafal y ridículo que es tratar de volver misericordioso a Dios, como quien dice convertir a Dios, o el error de buscar poder para nosotros, tratando de convencer a Dios de que sea bueno. Mis hermanos, que esta Cuaresma sea tiempo santo de oración y de conversión. Amén.

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