Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Tres reflexiones sobre el Padrenuestro a partir de parejas de conceptos: (1) confianza en Dios y ansia de su gloria y su Reino; (2) "soltar" a los que nos han fallado para "soltarnos" de la conciencia de nuestras múltiples falencias ante Dios; (3) conciencia de la propia fragilidad y certeza de la victoria de Dios sobre aquello perverso que es sin embargo más fuerte que nosotros.

Homilía k012010a, predicada en 20170307, con 19 min. y 44 seg.

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Transcripción:

Sabemos bien, queridos hermanos, que uno de los ejercicios más propios de la Cuaresma es la oración. Los tres ejercicios propios de este tiempo son precisamente la oración, el ayuno y la limosna o las obras de misericordia. Si ayer hablábamos de esas obras de misericordia, hoy la Iglesia en su liturgia, nos invita a mirar la fuente misma de toda oración, que es el Corazón de Cristo. Porque hay que saber que en el Padre Nuestro lo que ha hecho Cristo es abrirnos su propio corazón. Nos ha permitido entrar en ese templo sacratísimo de su alma orante, para que desde ese templo nosotros elevemos nuestras propias plegarias al Padre Celestial. Ese es el texto que hemos tenido hoy, el Padre Nuestro.

Una manera de aprender sobre las riquezas del Padre Nuestro es basarnos en tres comparaciones o tres parejas. Me explico. Podemos hablar, por ejemplo, de la relación que hay entre la confianza que tenemos en Dios y la búsqueda de su gloria. Esa es una pareja de realidades que hay que entenderla así, precisamente unida. A medida que aprendemos a confiar en Dios, también elevamos más nuestro corazón en la búsqueda de su gloria, de su voluntad y de su reino. La segunda pareja tiene que ver con el hecho de perdonar y de ser perdonados, dice al final del texto que hemos oído si ustedes perdonan, les perdonará el Padre Celestial. Y la tercera pareja de conceptos relacionados tiene que ver con la conciencia de nuestra fragilidad, pero al mismo tiempo la conciencia de la victoria que Dios puede darnos librándonos del maligno. Entonces, me parece que esas tres relaciones dialécticas, dirían los filósofos, esas tres relaciones complementarias, nos ayudan a asomarnos a la riqueza del Padre Nuestro.

Miremos el tema de la confianza, que tiene un eco primero en la lectura del profeta Isaías en el capítulo cincuenta y cinco. Es una lectura breve que rezuma confianza. Como bajan del cielo la lluvia y no vuelven sino después de empapar la tierra, así será la palabra que sale de mi boca, hará mi voluntad y cumplirá su misión. Es decir que el profeta tiene certeza de que Dios no puede fallar, de que la fuerza de la Palabra no dejará de hacer su cometido, no dejará de lograr su objetivo. Y esa certeza en la fuerza de Dios hace que la oración quede marcada por una profunda confianza. A eso también nos ayuda a Jesús cuando dice en el texto del Evangelio, el Padre sabe lo que les hace falta. Dios es un Dios que nos conoce, que conoce el detalle de nuestras necesidades. Y cuando se habla de conocer nuestras necesidades, no es simplemente la mirada escrutadora o inquisitorial, es la mirada de aquel que está presto y deseoso para proveer de todo aquello que nosotros necesitamos.

Qué contraste tan fuerte con los dioses de los paganos a los que había que tener contentos con abundantes y frecuentísimas ofrendas. Qué contraste con el Dios de filósofos como Aristóteles que saca esta conclusión puesto que Dios es tan perfecto, tiene que tenerla más perfecta de las operaciones que es el pensamiento. Puesto que su pensamiento es tan perfecto, sólo puede pensar en lo que es igualmente perfecto, es decir, en sí mismo. El Dios de Aristóteles no tiene tiempo, ni ganas, ni manera de voltearse a mirar al universo. El Dios de Aristóteles está solamente con un espejo, mirándose a sí mismo, deleitándose en sí mismo.

Nos dice en cambio Jesús, el Padre, sabe lo que les hace falta. Eso establece un lenguaje de absoluta confianza. Pero por favor, hermanos, tomemos estas palabras sin limitarlas únicamente a lo material. No se trata solamente de alimentos o de vestidos. Dios sabe lo que me hace falta, es la alegría que me hace falta. Dios sabe lo que me hace falta, es la sanación que me hace falta. Dios sabe lo que me hace falta, es la ayuda que requiero por esa carencia que tuve en mi adolescencia, por ese trauma que tuve en mi juventud, por lo acomplejado que me sentí, por cualquier razón, porque no hablaba bien o porque era muy feo, porque era muy pobre o porque estaba marginado. Dios sabe lo que me hace falta. Dios sabe de qué estoy sufriendo. Dios sabe en dónde están las grietas de mi vida. Cuando uno toma ese lenguaje. De inmediato entra en una actitud que es la propia de este retiro, descanso.

La oración cristiana está marcada por un abandono, por una confianza, por un descanso. Yo sé cómo es mi papá, mi papá me conoce, mi papá conoce mi necesidad. Entonces no tengo que orar como los paganos, porque los paganos exponen y repiten y entran en charlatanería, porque se supone que tienen que persuadir a Dios. Como decía hermosamente un predicador en un retiro. La oración no es para convertir a Dios, porque a veces parece que oraramos como tratando de convencer a Dios mira, sé buenito, pórtate bien en este caso, como tratando de convertir a Dios. La oración no es para que Dios se convierta. La oración tiene como punto de partida la oración de Cristo, y la oración cristiana tiene como punto de partida una atmósfera de profunda confianza. Y precisamente porque sé que Él se ocupa de mí, porque sé que lo mío está seguro junto a él, entonces yo puedo preocuparme de lo suyo. No puede uno preocuparse adecuadamente de la gloria de Dios y de la voluntad de Dios y del Reino de Dios. No puede uno preocuparse de esas cosas si está tratando de sacar adelante su pequeña necesidad, su pequeña sanación, su pequeño proyecto. Mientras la mente está agobiada por esas necesidades inmediatas. Qué va a tener uno ganas de pensar en que Dios reine o en que Dios sea conocido, no, lo que yo necesito es que se arregle lo mío. Pero como la oración de Cristo empieza fracturando, fracturando desde su base a todo egoísmo y todo centramiento únicamente en mi necesidad, como ya estoy libre de esa urgencia de doblegarme frente a mis problemas, entonces puedo inclinarme ante el Dios que me ama tanto. Y es ahí donde empiezo a desear que su nombre sea conocido, que su nombre sea santificado, que su voluntad se cumpla aquí en la tierra, como se cumple ya en el cielo. Ahí es donde puede empezar realmente el Padre Nuestro. Esa es la relación tan hermosa que hay entre la confianza y el celo por la gloria divina. No se puede tener una cosa sin la otra. No puede uno de verdad, rezar el Padre Nuestro no se puede si no entra uno en espíritu de hijos. Cómo le voy a rezar a mi papá si no me siento hijo,¡no, no, no! no se puede, tiene que ser con el espíritu de hijos. Estos son los hijos de Dios, nos dice San Pablo, los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios.

La segunda pareja de conceptos que están en relación dialéctica es bastante difícil porque tiene que ver con una palabra que es muy comprometedora la palabra perdón. Jesús dice, si ustedes no perdonan, tampoco el Padre les perdonará a ustedes. Muy complicada esa exigencia de Cristo, ese es un estándar, una barra demasiado alta. Muchas veces uno tiene pequeños y grandes perdones que están pendientes, y daría la impresión de que Cristo, que había abierto tan generosamente la puerta de la confianza. Aquí nos está como cerrando ahora la puerta hacia el final, la cierra otra vez y dice no, el que no cumpla con tal condición no tiene nada que hacer aquí. Esta es una de esas ocasiones en que conviene acercarse al texto griego. Conviene acercarse al texto original, nos dice el Señor Jesucristo, utiliza un verbo que en imperativo es el verbo aphes en primera persona plural aphékamen, entonces hos kai hemeís aphékamen tois ofeilétasi hemón dice la frase original del Padre Nuestro así como nosotros aphékamen, así como nosotros ¿qué?, cómo se traduce esa palabra, La traducción usual es perdonar, pero realmente esa palabra, como tantas palabras griegas, tiene más de un sentido. De hecho, uno de los sentidos de ese aphékamen es es el soltar. Para mí la parte más difícil de traducir del Padre Nuestro es esa, kai aphes dice el texto original kai aphes hemín taofeilémata hemón, aphes hemín perdona para nosotros o suelta para nosotros. Taofeilémata y esa es la otra palabra que es difícil. Usted se acuerda que antes en el Padre Nuestro se hablaba de las deudas, perdónanos nuestras deudas como nosotros perdonamos a los deudores. Y después empezaron a decirnos los obispos no señor, ahora toca decir perdona nuestras, como dice aquí ofensas, como perdonamos a los que nos ofenden. Es que son palabras difíciles de traducir.

Hagamos aquí un curso de griego en tres minutos, para tratar de entender, es que ese es el versículo difícil del Padre Nuestro, opheilématon, ¿qué es en griego opheilématon?, opheilématon es efectivamente una deuda, ese es el primer sentido que tiene opheilématon, es una deuda. El plural es opheilémata, entonces opheilématon, es una deuda que usted tiene. Pero no es cualquier deuda. No es la deuda que usted tiene por que está pagando un crédito, opheilématon es la deuda que afecta o que daña una relación. Es la deuda que rompe un vínculo con otra persona. Entonces, el mejor ejemplo que tengo es, que resulta que usted un día recibe visita del párroco de la otra parroquia, la parroquia vecina, padre, ¿cómo está? y le dice ese otro padre, mire, estoy en una necesidad por una cuestión familiar, usted me pudiera prestar unos seiscientos dólares que usted me pueda prestar, es una necesidad grande, es algo muy complicado, después le explico más, pero usted me conoce, usted sabe dónde vivo, présteme unos seiscientos dólares que yo se los estoy pagando a fin de mes, mejor dicho, no llega la Semana Santa sin que yo le pague sus seiscientos dólares. Pero resulta que llegó Semana Santa, llegó Pascua, llegó Pentecostés y ya va llegando la Trinidad y nada de los seiscientos. Eso es lo que se llama opheilématon. Opheilématon es eso, no es solamente la deuda, no es solamente el problema del dinero, es el problema de que eso daña la relación. Entonces usted en una de sus correrías, se encuentra por ahí, en un centro comercial con el padrecito, ahí está el padrecito parece que comprándose algunas cositas, quién sabe qué, con los remanentes que quedaron, con lo que le quedó de los seiscientos. Entonces usted lo saluda, usted trata de ser educado. Cómo está, hombre, que gusto verlo qué bueno verlo, venga, nos tomamos un café, yo invito dice el descarado. Bueno, se sientan a tomar su café y este le pregunta por el papá, la mamá, los hermanos, el perro de la parroquia, la señora que estaba, la legión de María, pero nada de aquello, eso es lo que se llama opheilématon. Opheilématon es la deuda que está entre usted y yo. No que usted me deba plata, padre, tranquilo. Entre usted y yo, la deuda que está entre usted y yo y que ha dañado la relación o la deuda que yo tengo con usted y que ha dañado una relación, entonces es una deuda que es una ofensa, si me explico. Es una deuda, pero no simplemente el dinero que se debe, sino que es una es una ofensa, una deuda que se convierte en ofensa. Eso es lo que significa opheilématon. Y entonces aphes ¿qué es? aphes ese verbo que aparece ahí en imperativo y luego está aphékamen en que es en indicativo, ¿qué es lo que significa ese verbo ahí?, aphes es como soltar eso, es como no tener en cuenta eso, es como saber, sí, eso está ahí pendiente, pero hay otras cosas que son más urgentes. Suponga que usted se encuentra y en ese café este hombre le está contando, qué sé yo, un drama terrible que tiene alguna cosa y usted se da cuenta que es verdad. Y usted dice pues sí, hay una deuda, pero yo en este momento no le doy mi atención. Yo no me aferro a esa deuda. Yo suelto el tema de la deuda. La mejor manera que conozco de traducir ese verbo tan difícil es, yo suelto el tema de la deuda, yo sé que esa deuda está, pero yo suelto ese tema de la deuda, no me voy a fijar en eso, no me voy a amarrar a eso.

Parece que el sentido de las palabras de Cristo va por ahí. Fíjese, esta es la oración central de nosotros los cristianos. Parece que el sentido de las palabras de Cristo va por ahí. Que mientras uno esté amarrado a que éste me la hizo, el otro me debe, mientras uno está llevando cuentas de todo lo que la gente le debe a uno, uno está demasiado amarrado para entrar en una verdadera relación de hijo con Dios, que es su Padre. Entonces, lo que dice Jesús, esto es lo que se llama el perdón del principio o el primer perdón, porque es que el perdón también tiene etapas. Eso es un poco largo de explicar. El perdón también tiene etapas. El perdón del principio es ese soltar, es ese decir Señor, yo sé que hay muchas personas que me han fallado, pero yo no quiero llevar cuentas de lo que la gente me ha fallado a mí. Esa es la idea. Yo sé que hay muchos que me han decepcionado, pero en este momento yo no quiero llevar cuentas de los que me han decepcionado, porque yo sé, Señor, que tú también seguramente te has decepcionado de mí. Entonces esa parece que es la relación que hay entre los dos perdones, el perdón perfecto, la reconciliación perfecta, la que solo se dará en la bienaventuranza del cielo. Eso no es lo que Cristo está pidiendo aquí en el Padre Nuestro. Ese no es el perdón que está pidiendo aquí. Él está pidiendo el perdón del principio, que es ese decir mire, yo sé que yo he fallado, yo sé que me han fallado, no quiero enredarme con eso. No quiero quedar prisionero del pasado, de lo que me hicieron o del pasado de lo que yo hice. Yo quiero entrar por tu bondad, quiero entrar en una relación de verdadero hijo contigo.

Y el último punto es lo que tiene que ver con la fragilidad y la victoria, fíjate cómo en el Padre Nuestro nosotros reconocemos nuestra debilidad. Literalmente lo que dice en griego es kai me eisenenkeis hemás eis peirasmón que significa no nos sometas a prueba. Lo que decía en latín ne nos indúcas así decía en latín ne nos indúcas in tentatiónem eso qué quiere decir, no nos metas en la prueba, no nos metas en tentación. O sea, es la conciencia de la propia fragilidad, pero al mismo tiempo es la conciencia de la perfecta victoria de Dios. Líbranos tú que puedes librarnos, líbranos del mal.

Resumen. ¿Qué nos propone el Padre Nuestro? El Padre Nuestro no son simplemente palabras es la declaración preciosa de nuestra relación de hijos con el Padre Celestial. Incluye ¿qué? una confianza tan grande que hace que yo pueda centrarme, que yo pueda enamorarme de su gloria, de su reino y de su voluntad. Confianza absoluta. Segundo, es tan grande lo que Dios quiere traer a mi vida, es tan grande lo que Él me promete que yo no quiero enredarme con lo que otras personas me han hecho, con las decepciones que otras personas me han causado, con las heridas voluntarias o involuntarias que han traído a mi vida, yo no quiero enredarme con eso, porque yo soy consciente de que yo mismo le he fallado muchas veces a Dios. Entonces es una proclamación de libertad. Y en tercer lugar, es una proclamación de mi fragilidad, pero al mismo tiempo de la victoria divina. Confianza, libertad y certeza de la victoria de Dios son algunas de las grandes enseñanzas que nos da este texto.

Pidamos al Señor que vivamos la Cuaresma así una Cuaresma como hijos que realmente saben de quién son hijos y quién es su Padre. Una Cuaresma en gran libertad en la que soltamos, soltamos tanta cosa que nos está presando, que nos está amarrando y una Cuaresma en que reconocemos toda nuestra fragilidad y reconocemos a Dios como nuestra única y perfecta victoria. Amen.

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