Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La Palabra nos rescata de la esterilidad; cuanto más "terreno" seas para la Palabra, mayor tu fecundidad y mayor el sentido de tu vida.

Homilía k012006a, predicada en 20150224, con 4 min. y 49 seg.

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Transcripción:

La primera lectura de hoy está tomada del Capítulo Cincuenta y cinco del profeta Isaías. Quizás la palabra fundamental en esta Primera lectura es fecundidad. Nos dice el profeta que la Palabra de Dios es como el agua, como la lluvia que desciende del cielo y que empapa la tierra y la fecunda, es palabra que no se pierde, es palabra que realiza su obra. Y la obra de la palabra es fundamentalmente la fecundidad. La fecundidad es un término que yo creo que entendemos mejor y valoramos más por contraste con la esterilidad. La esterilidad es el no dar fruto. Esterilidad es quedarse sin descendencia, sin fruto, sin provecho, sin sentido.

Cuando hacemos este recorrido por las palabras que nos ayudan a entender la esterilidad, también descubrimos hacia qué hermosura nos puede llevar la fecundidad. Porque si la esterilidad es quedarse sin fruto, entonces una vida fecunda es una vida fructuosa, una vida que ha traído dulzura, alegría, provecho y más vida a otros. Si la esterilidad es lo propio de una existencia absurda, entonces la fecundidad es lo propio de una vida cargada de sentido, llena de significado. De inmediato podemos conectar esta reflexión con lo que muchas personas viven hoy en día. ¿A cuántas personas conocemos que tal vez están en esos procesos de esterilidad? Están experimentando la dureza de una vida árida sin propósito, sin fruto, sin vida. Una vida sin vida. Algo como lo que describe el Apocalipsis. Tienes nombre de vivo, pero estás muerto.

Y yo realmente me pregunto cuántas personas que conocemos tendrían que escuchar este mensaje. Tendrían que escuchar que la vida adquiere significado y adquiere alegría cuando se entrega, cuando produce un bien. Algo así como esto. En la medida en que producimos un bien en los demás, encontramos nuestro propio bien. En la medida en que ofrecemos consuelo y alegría a otros, encontramos nuestra propia alegría y nuestro propio consuelo. Pero al mismo tiempo, es cierto que nadie puede dar de lo que no tiene. ¿De dónde voy a sacar yo alegría para dar a otros y yo mismo no la tengo? Es ahí donde adquiere todo su relieve el mensaje de Isaías. Ábrete a la palabra divina. Sé como esa tierra que era árida, pero que se abre a la presencia, a la unción, a la bendición, a la fuerza de la Palabra Divina.

Abre tu corazón a esa Palabra. ¿Cómo? Fundamentalmente escuchándola, recibiéndola, meditándola. Acoge esa palabra profundamente en tu vida y empieza a experimentar que esa es la palabra que te da lo que tú puedes entregar a otros. Y entonces, de una existencia absurda, tal vez triste, tal vez deprimente, tal vez muy pronto podrás pasar a una vida plena de propósito, de significado, de sentido y de gozo. Ábrete a la Palabra y luego deja que esa palabra obre en ti con toda su fuerza, y descubrirás el fruto inmenso que puedes dar.

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