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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Perdonar es soltar; al soltar a los que nos han ofendido, los entregamos al poder y la sabiduría de Dios.
Homilía k012005a, predicada en 20140311, con 5 min. y 56 seg. 
Transcripción:
Cuando uno recibe el sacramento de la confesión, al final el sacerdote traza la señal de la cruz y dice unas palabras. Esas palabras y esa señal constituyen la absolución. Es el fruto buscado precisamente en el sacramento. Sacramento del perdón, sacramento de la confesión, sacramento de la reconciliación. El hecho mismo de que haya varios nombres para este sacramento nos está indicando la riqueza interior. Nos está indicando la abundancia de significado que hay en esa acción sagrada que Cristo encomendó a la Iglesia, la absolución. ¿De dónde viene la palabra absolución? Viene de absolver. Y absolver, literalmente significa soltar, desatar. Cuando una persona está agobiada por su culpa, es como si llevara amarrada esa culpa. Por ejemplo, a su espalda. La absolución rompe esa atadura y la persona puede votar, puede arrojar esa carga. Ha sido absuelto. Por eso dice también el Salmo Ciento tres, Él aleja de nosotros nuestros delitos, es decir, él nos absuelve, él nos suelta, nos suelta del poder del pecado, nos suelta del poder de la culpa. Cuando somos absueltos, quedamos sueltos, quedamos libres. Y parece que este es el sentido primordial, el sentido más bíblico de lo que quiere decir perdón. El perdón en la Biblia no es, en primer lugar, algo que acontece en el área del sentimiento. No es necesariamente un sentimiento más o menos dulce, más o menos amable. No es eso. Es, en primer lugar, una realidad existencial que le permite a la persona que ha sido perdonada, le permite quedar libre. Es una liberación porque ha quedado desatado, porque ha quedado suelto más que un sentimiento. Y esto es lo que quiero subrayar. Más que un sentimiento, de lo que se trata es de una realidad de liberación, de un soltar, un quedar suelto. Es importante, creo yo, entender así el perdón para entender la frase final del Evangelio de hoy, donde hemos recordado que Cristo nos entregó su propia oración el Padre nuestro. Porque ese es, ese es el sentido. El Padre nuestro es la oración que él hace, es la oración que habita en su corazón y al entregarla a nosotros nos ha dado algo suyo. Pues bien, después de darnos esa oración, según lo relata San Mateo, viene como a subrayar el aspecto del perdón diciendo; Si ustedes perdonan, van a ser perdonados. Y si ustedes no perdonan, no van a ser perdonados. Fíjate que si uno se queda mirando a esa frase desde el punto de vista del sentimiento, es muy difícil de entender. Porque resulta que nuestros sentimientos no son tan fáciles de gobernar. Y cuando una persona le ha hecho a uno mucho daño decir uno que ahora tengo un sentimiento dulce y amable hacia esa persona, casi que sería hipocresía. Cristo no está hablando aquí en el plano sentimental, está hablando de ese soltar. De manera que el perdonar a los demás es el soltarnos y el soltarlos. Y qué significa ¿Soltar a esa persona? Significa que no me corresponde a mí tomar una decisión sobre esa vida. Yo la suelto porque la entrego y a quien se la entregó se la entregó a Dios es lo que nos viene enseñando él desde el Antiguo Testamento. A él le corresponde el castigo, a él le corresponde la justicia, a él le corresponde el dar la recompensa también. Entonces, absolver es soltar ese lazo que hacía que yo me considerara juez, que puede condenar y que quiere hundir a esa persona. No me corresponde a mí. Yo suelto a esa persona, la suelto y la entregó para dársela a Dios. Y cuando yo reconozco así el señorío de Dios, cuando yo lo reconozco así como Señor, entonces experimentó también su señorío y experimentó entonces que mis propias culpas también se deshacen. Ese parece que es el sentido de este perdonar a los otros. Es ese soltar para también nosotros ser desatados y experimentar nueva libertad.

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