Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

En ese Gimnasio del Espíritu que es la cuaresma, no hay ejercicio más importante que la oración.

Homilía k012003a, predicada en 20120228, con 4 min. y 49 seg.

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Transcripción:

Puede compararse a la Cuaresma con un tiempo de entrenamiento o como el gimnasio del espíritu. Cuando la gente va al gimnasio tiene distintas rutinas, las llaman. A mí esta palabra me llama la atención. El origen de la palabra rutina es un diminutivo. Se trata de la palabra ruta, una ruta es un camino. Una rutina es una ruta pequeña. La rutina usualmente tiene mala prensa. Se dice que la rutina es algo aburrido, es algo que desmotiva, es algo que desgasta. Pero las rutinas del gimnasio no necesariamente producen ese efecto. Quizás deberíamos considerarlas aburridas.

No sé si ustedes han tenido la experiencia de ver. Seguro que sí, de ver a la gente desde fuera cuando está en el gimnasio haciendo sus rutinas. Para el que no está ahí, el paisaje es relativamente aburrido. La persona que está en una bicicleta de esas o que está levantando unas pesas, está repitiendo las mismas acciones y se le llama rutina, o se le puede llamar rutina porque esas acciones llevan un determinado orden. Es decir, la persona hace una ruta pequeña, una rutina, una rutina y en esa ruta se supone que ejercita ciertos músculos y con eso mejora su estado físico y cuida su salud. Ahora bien, cuando nosotros hablamos del gimnasio del espíritu, existen también rutinas.

Por ejemplo, tenemos que entrenarnos en dominar nuestras pasiones, nuestros apetitos, nuestro deseo de siempre tener más, disfrutar más, trabajar menos, gozar más, sufrir menos. Ese apetito hay que controlarlo. Y entonces hay una serie de ejercicios que tienen que ver con eso. Esos ejercicios solemos agruparlos con la palabra ayuno. Cuando controlamos el apetito de comer, ¿Qué comemos? ¿Cuándo comemos? ¿Cuánto comemos? Estamos haciendo un ejercicio en este gimnasio. Hay otro ejercicio que es el ejercicio del compartir, porque resulta que muchos de nosotros somos continuamente tentados de egoísmo. Nos vamos llenando de un afán de acaparar. Solo miramos por nuestros propios intereses y podemos volvernos precisamente muy duros frente a las necesidades de otros.

Por eso hay que hacer el ejercicio, hay que hacer la tarea. A esa tarea se le ha llamado tradicionalmente limosna. Pero la palabra limosna es engañosa, porque a veces la limosna es simplemente esa moneda que se le tira a un mendigo, sobre todo para que no se meta con nosotros. Entonces podemos hablar de solidaridad, podemos hablar de compartir, podemos hablar de generosidad, de misericordia también. Ese es otro ejercicio. O podemos decir otra de las maravillosas rutinas de este gimnasio del espíritu. Pero indudablemente la rutina más importante, porque es la que va a transformar más nuestro corazón, es el tiempo que dedicamos a la oración. Porque la oración lo que quiere es ponernos en contacto con aquel que mejor nos conoce, que mejor nos quiere y que sobre todo, sabe qué es lo que debe cambiar en nosotros.

Por eso el Evangelio de hoy, tomado del Sermón de la Montaña, allí donde Cristo enseña, el Padre Nuestro quiere poner ese modelo, ese es el modelo de oración. Y especialmente cuando nosotros miramos, cuando nosotros repasamos esas palabras, cuando las tomamos y las ponemos en nuestro corazón, entonces empieza a suceder una labor transformante. Y este ejercicio va haciendo que nosotros empecemos a mirar las cosas un poquito más como las mira Dios. Así que ya sabes, tenemos ayuno, limosna y oración. Tres hermosas y benditas rutinas en el gimnasio del Espíritu.

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