Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La santidad es nuestra manera de unirnos a Dios porque Él ha querido unirse a nosotros

Homilía k011022a, predicada en 20260223, con 33 min. y 10 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos. Un propósito muy bello de la Cuaresma es unir el amor a Dios y el amor al prójimo. Porque a veces uno tiene muy separados esos amores. Es posible que uno sea una persona religiosa, piadosa. Que le gusta la Iglesia, le gusta la oración. Y siente que ama a Dios. Pero luego, cuando se trata de amar al prójimo, le cuesta trabajo. Porque ve tantos defectos, porque recuerda tantas ingratitudes. Porque a veces nuestros esfuerzos se encuentran con indiferencia o incluso con burla o persecución. Ahí tenemos el caso de una persona que ama a Dios, pero le cuesta mucho amar al prójimo.

También se da lo contrario. Hay personas que tienen un gran interés por los demás, por los demás, hombres y mujeres. Pero Dios, Dios les parece lejano o les parece innecesario. Hoy, por ejemplo, hay un fenómeno que se presenta en muchos países. Se nota bastante en Europa, en casi toda Europa, pero ha llegado ya también a nuestros países. Son personas que no hacen oración, no le ven mucho sentido a la Iglesia, la miran como una cosa del pasado y sin embargo, si quieren hacer algo por los demás, les gusta ayudar a otras personas. Podríamos decir que en cierta manera aman al prójimo, pero no aman a Dios.

Piensan que Dios es una idea del pasado, de una época en que la humanidad no tenía el conocimiento de la ciencia. Así que hay personas que son muy religiosas y aman mucho a Dios, pero les cuesta trabajo amar al prójimo. Y de esas personas tenemos en nuestras parroquias y en nuestras comunidades gente que le gusta rezar mucho, pero que luego en el grupo, en la comunidad, tienen problemas o hacen murmuraciones. Les cuesta amar al prójimo. Y lo contrario, como ya dije, gente que ama al prójimo, pero le parece que Dios es un cuento de fantasía que no merece mucha atención. Ese fenómeno, como ya dije, se da en países donde ha avanzado la secularización. La verdadera fe cristiana tiene que saber unir ambas cosas. Que seamos gente que ama mucho a Dios y gente que ama mucho al prójimo.

Pero eso ¿cómo se logra? Había una vez un convento de religiosas y había una hermana que tenía muchas dificultades con otras religiosas. Esas cosas pasan, por supuesto. La superiora siempre le decía: Tú tienes que ver a Cristo en tu hermana. Tienes que ver a Cristo en tu hermana. Y cada que ella tenía un problema le decía siempre lo mismo: Hay que ver a Cristo en nuestros hermanos. Pero un día esta religiosa que era jovencita, le respondió a la superiora y le dijo: Pero es que esa hermana no se parece a Cristo. Esta difícil ver a Cristo porque no se parece a Cristo. ¿Cómo podemos unir el amor a Dios y el amor al prójimo? Vamos a tratar de responder esa pregunta apoyándonos en las lecturas de hoy y en las enseñanzas de algunos santos.

Porque observa que las lecturas de hoy nos hablan de amor a Dios, la primera que fue del libro Levítico y nos hablan de amor al prójimo, especialmente el Evangelio que fue de San Mateo. O sea que las lecturas de hoy nos presentan ambas cosas. ¿Cuál es la meta en el amor a Dios? Es la unión con Dios. La meta en la unión con Dios, la meta del amor a Dios. No es que yo sienta muchas cosas bonitas. A veces se sienten y a veces no se sienten.

La unión con Dios no puede depender de que yo esté sintiendo cosas. Es lo mismo que pasa en el matrimonio, por ejemplo. En el matrimonio hay momentos en que se sienten muchas cosas, sobre todo cuando están enamorados. Pero hay días en que no se sienten muchas cosas. Hay días en que usted se despierta, ve al esposo y se asusta. ¿Qué hace ese señor en mi cama? Entonces no siempre se siente, pero lo que se busca es la unión con Dios. La frase del libro Levítico fue muy clara; Ustedes serán santos porque yo soy santo. Esa es la unión con Dios. Esa unión con Dios significa que yo cada vez veo las cosas como las ve Dios. Amo como ama a Dios, busco la gloria de Dios, pongo a Dios en primer lugar. Así se va avanzando hacia la santidad y ese es el fruto propio del amor a Dios.

Entonces, en el amor a Dios, lo que buscamos es la unión con Dios. Esa unión con Dios también la podemos llamar la comunión. Cuando uno hace la fila para comulgar, uno quiere entrar en comunión con Dios. ¿Para qué se quedó Cristo en la Eucaristía? Para valerse de ese signo precioso que es comer. Y realizar una obra que solo Él puede hacerla llevarnos a la unión con Él. Dice Santo Tomás de Aquino: El fruto de la Eucaristía es la unión. O sea que cuando uno comulga, lo que uno quiere es unirse a Dios. ¿Para qué? Para pensar como Dios. Mirar como Dios. Amar como Dios. Eso es lo que queremos cuando comulgamos. Comulgar es abrir la puerta del corazón, así como abrimos nuestros labios y Él entra a nuestra boca, Él entra a nuestro cuerpo, pero no quiere quedarse únicamente en nuestra boca, sino quiere llenar y reinar en todo nuestro ser. Ese es el camino del amor a Dios. El fruto es la unión con Él.

El Evangelio nos presenta la unión con el prójimo. ¿Cómo que unión con el prójimo? Sí, porque no es solamente solucionarle un problema al prójimo. Es un tema de unión con el prójimo. Me parece que el Papa Francisco lo explicaba muy bien. Él siempre fue muy gráfico en sus catequesis y él decía: cuando ayudemos al pobre, no es para quitarnos a esa persona de encima, no es para deshacernos de él. No es que te doy este dinero para que te vayas, para que no me estorbes. Tenemos que hacer nuestra el hambre del que tiene hambre. Tenemos que hacer nuestras las lágrimas de los que lloran. Tenemos que hacer nuestras las cargas de los que están agobiados. Eso es amor al prójimo. El amor al prójimo no es simplemente dar un dinero para una persona que gana mucho dinero. Y hay personas que tienen mucho, mucho dinero. Dar una buena contribución es algo muy sencillo. Se puede hacer por internet. Se hace una transferencia. Una persona gana miles y miles de dólares al mes. No le cuesta ningún trabajo hacer una transferencia. Doscientos dólares. Mil dólares, no le duele, no le preocupa. Es algo muy poco para él. No le cuesta. No.

El amor al prójimo no se mide por la cantidad de florines o la cantidad de dólares. El amor al prójimo se mide por la capacidad de la comunión con el prójimo. San Pablo lo decía en el capítulo doce de la Carta a los Romanos. Hay que aprender a llorar con el que llora, reír con el que ríe. Y el mismo Pablo practicaba esto porque él decía: Pesa sobre mí la preocupación por todas las comunidades. Él oía está pasando tal cosa con los cristianos de Galacia, los gálatas. Él sufría, por eso, oraba por eso. En Roma hay persecución Él sufre por eso, ora por eso. La fe está creciendo en Tesalónica Él se alegra con eso. Eso es amor al prójimo. El amor al prójimo es una sintonía que hace que tú sientas como propia el hambre de tu hermano y como sientes propia el hambre de tu hermano. ¿Tú qué haces cuando tienes mucha hambre? Pues comes.

Entonces, como el prójimo tiene hambre y yo siento el hambre de mi prójimo, yo le doy de comer al hambriento. Pero no es por quitarme un problema de encima, ni es simplemente como un acto que hoy se llama humanitario. Yo le doy de comer al prójimo porque estoy unido, porque lo que le pasa a él me duele. Fíjate que Jesús obraba de esa manera. Jesús decía, por ejemplo. Esta gente hablaba de una multitud. Llevan tres días conmigo, llevan tres días conmigo. No los puedo despedir así, se van a desmayar por el camino. Necesitamos darles de comer. Le dolía el hambre de la gente. Él sentía el hambre de la gente. Cristo estaba en comunión con el prójimo. Te das cuenta que el amor a Dios termina en comunión con Dios y el amor al prójimo termina en comunión con el prójimo.

Entonces, la palabra puente es la palabra comunión. A medida que voy entrando más en comunión con Dios, voy entrando también más en comunión con el prójimo. Esa comunión se manifiesta en actos concretos, tan concretos como lo que dijo el Evangelio: Tiene sed, voy a buscar algo para que pueda beber. Está muerto de frío, no tiene con qué cubrirse. Pues vamos a conseguirle algo que le ayude. Está en la cárcel, está deprimido, está solo. Me duele. Me duele su soledad. ¿Qué puedo hacer por la persona que está en la cárcel, por la persona que está enferma? Estoy en comunión con la persona. La palabra comunión es la palabra que nos ayuda. La primera carta de Juan dice estas palabras: Si una persona ve a su hermano pasar necesidad y sin tener entrañas, le deja de ayudar, no le ayuda. ¿Cómo podrá estar en él el amor de Dios? Ahí te das cuenta. La comunión es la respuesta.

Todo está en que yo entro en comunión con la otra persona, como Cristo se compadeció de nosotros, porque finalmente este es un tema de misericordia. Ahí es donde entra la verdadera misericordia y es donde entra la verdadera compasión, porque hay la verdadera comunión. Entonces, ¿cómo puede unir uno el amor a Dios y el amor al prójimo? Vamos a dar dos indicaciones o tres indicaciones prácticas para terminar. Primero, todo tomado de la Biblia. Primero, la imagen de Dios. Pensemos en nuestro Señor Jesucristo. ¿Por qué nos ama Cristo? Será que le caemos bien. Que somos simpáticos. Somos agradables, no. La razón por la que el Hijo de Dios nos ama es la misma razón por la que María Santísima nos ama y cada santo caritativo nos ama. Cristo nos ama porque en cada uno de nosotros está la imagen de Dios. Pero esa imagen de Dios está sucia, está borrosa, le ha caído mucha basura encima. Esa basura es el pecado. El tiempo perdido, la mente oscurecida y embrutecida. Pero Cristo tiene ojos potentes y los ojos de Cristo miran a través de toda esa basura y él ve la imagen de Dios que está incluso en la persona más pecadora. Y de esa manera Cristo une el amor a Dios y el amor al prójimo. Cristo ama con palabras que no se pueden describir. Ama a Dios Padre, ama. Y como él ve la imagen de Dios Padre en ti. Esa imagen que Él ve en ti, que tal vez está sucia, rota, llena de basura. Él la quiere limpiar. Y así, con un mismo acto, está buscando la gloria de Dios y tu salvación en Cristo son inseparables. Gloria de Dios y salvación.

Esa es la manera como también nosotros hemos de amarnos en una parroquia, en un grupo de oración, en una comunidad de fe. Yo no puedo si soy cristiano. Yo no puedo limitar mi amor a las personas que me caen bien. Yo no puedo decir esta señora me cae bien, esta me cae bien ese señor me cae mal, esa señora también me cae mal esa medalla me cae bien. Ese no es el amor cristiano, ese es un amor que San Pablo llama carnal. Cuando tú utilizas la simpatía, cuando tú utilizas cómo me cae la gente, es amor carnal. Y el amor carnal siempre descarta, siempre discrimina y por eso siempre forma división. Porque entonces vamos a reunirnos todos los que somos del mismo gusto, de la misma inteligencia, del mismo partido político, de la misma raza. El amor carnal siempre divide. En cambio, el amor de Cristo siempre une. ¿Por qué? Porque ese Señor es imagen de Dios y esta señora es imagen de Dios. Y esa jovencita es imagen de Dios. Entonces yo amo a la jovencita, al Señor, al abuelo, al niño, porque todos son imágenes de Dios y en cada uno de ellos yo quiero que brille la imagen de Dios.

Entonces, si me encuentro con un niño pequeño, pero aquí hay unos niños, por ejemplo, ahí hay un niño, el otro no es niño. Aquí tenemos otro niño. Entonces, cuando veo este niño ¿cómo amo yo a este niño? Porque me parece agradable, simpático, buen amigo. No, ese no es el motivo principal. Yo lo amo porque en él está la imagen de Dios y porque yo quiero que en él brille la gloria de Dios. Y por eso lo más importante no es cómo me cae la gente, sino que estoy buscando la gloria de Dios en cada persona, en cada matrimonio, en cada sacerdote, en cada persona que sirve. Esa era la manera como Cristo unía esos dos amores y por eso Cristo estaba en comunión con el Padre y Él quería que nosotros estuviéramos en comunión con Él. Y por eso les dijo a los apóstoles y en persona de los apóstoles a nosotros: permanezcan en mi amor. A mí me conmueve tanto ver a Jesús que dice: Permanezcan en mi amor. Parece que nos está suplicando y resulta que los beneficiados somos nosotros. Permanezcan en mi amor. Así es como Jesús une el amor a Dios y el amor al prójimo.

Y tú puedes aplicar la misma fórmula la próxima vez que te encuentres en tu comunidad, en tu grupo de oración, en tu grupo parroquial te encuentras con esa persona que te cae mal. Entonces tú miras a esa persona que te cae mal y dices: mi carne, mi sensibilidad. Porque muchos somos sensibles, incluso hipersensibles. Mi sensibilidad tal vez rechaza esa persona, ese hombre o a esa mujer. Pero ahí está la imagen de Dios y yo voy a trabajar por la gloria de Dios en esa persona. Y por eso el servicio al prójimo siempre es una excursión, siempre es un camino. Yo recorro un camino para acercarme a mi prójimo como Jesús recorrió un camino. Tú crees que a Jesús le caía muy bien la samaritana o que a Jesús le caía muy bien, Pilato le caía muy bien. Santiago y Juan, Santiago y Juan, por dar sólo ese ejemplo, eran dos apóstoles de Cristo, bastante ambiciosos.

O por citar otra palabra del Papa Francisco Trepadores. O sea, gente buscando cómo subo, cómo logró el mejor puesto. Y en todos los movimientos hay gente trepadora. A ver cómo subo hasta llegar a la cumbre y poder decir soy el rey del mundo. A Jesús no le gusta eso. A Jesús no le gusta la impureza. A Jesús no le gusta la mentira. Y nosotros hemos sido mentirosos, envidiosos, codiciosos, impuros. A Jesús no le gusta eso, pero nos ama. ¿Por qué? Porque la imagen de Dios está en nosotros. Y es por esa imagen de Dios y por ese bien de la gloria de Dios que es nuestra salvación, que Cristo nos ama. Hay otro puente que también es muy bonito. Absolutamente precioso. Mira, cuando uno tiene una fe pequeñita, inmadura, como muchos la hemos tenido, tal vez la tenemos.

Uno le da mucha importancia a la propia sensibilidad. Cómo me miraron, cómo me trataron. Brillé, me aplaudieron. Recogieron mis ideas. Están de mi parte. Todo eso ya dijimos que es pura carne, pura carnalidad. Pero cuando tú empiezas a crecer en Dios, sucede lo que nos dice Santo Tomás de Aquino. Poco a poco el Espíritu Santo empieza a habitar en ti y habitar en ti, significa en tus pensamientos, en tus emociones, en tus sentimientos. Entonces tú empiezas cada vez a participar más del amor que Dios tiene, de la mirada que Dios tiene. Y eso es algo maravilloso, porque entonces tú empiezas a mirar a la otra persona y la empiezas a mirar un poquito, que sea cada día más, pero un poquito como la mira a Dios.

Un ejemplo para mí muy impresionante es este santo sacerdote italiano Don Bosco. Para mí es un ejemplo de muchas cosas. Cómo miraba la gente a la juventud de la ciudad de Turín, primera mitad del siglo diecinueve. ¿Cómo los miraban? Son vándalos, son ruidosos, son alcohólicos, son problemáticos métanlos a la cárcel. Solo los miraban desde su egoísmo, desde su comodidad. Pero Don Bosco era un hombre de Dios. Era un hombre que cuando hacía oración, realmente se acercaba cada vez más al Señor. Y cuando tú te acercas más al sol, más luz tienes. Y cuando tú te acercas más a Dios, cada vez tienes más la mirada de Dios, los sentimientos de Dios. Entonces Don Bosco empezó a mirar a estos muchachos como los miraba Dios. ¿Y cómo los miraba a Dios? Como posibilidades, como historias, como semillas. Dios no mira únicamente tu presente. Cuando Dios en persona de nuestro Señor Jesucristo, verdadero Dios. Cuando Cristo Dios miró a Pedro. ¿Cuál era el presente? Un pescador un poco malgeniado, un poco cobarde, bastante primario. Eso fue lo que Cristo vio en el presente. Pero cuando uno mira desde Dios, no solo mira el presente, sino que es mirar el árbol en la semilla. Mirar el árbol en la semilla, lo que va a salir de aquí. Eso fue lo que hizo Don Bosco.

Don Bosco miraba a esos jóvenes y no se quedó mirando el presente que ellos tenían, sino que miró el árbol en la semilla. De aquí viene algo grande. Estos muchachos pueden cambiar. Aquí hay una historia que se está escribiendo. Él tenía cada vez más la mirada de Dios y estos muchachos de la ciudad de Turín, porque ahí empezó la obra de Don Bosco. Estos muchachos se sentían mirados de una manera distinta porque todo el mundo los miraba solo así, con fastidio. Obsérvese mi capacidad de actor para representar la mirada de fastidio. Miraban así, con fastidio. ¿Ustedes saben mirar con fastidio? Creo que sí. Aquí hay varios que saben mirar con fastidio. Entonces él miraba así, con fastidio, la gente. Don Bosco miró, como mira, un médico está enfermo, pero se puede curar. Como mira un pastor está extraviada, pero es mi oveja. Como mira un campesino es una semilla pequeña, pero esa crece. Como mira un entrenador está gordo y fuera de forma. Pero déjemelo por mi cuenta y verá cómo lo saco adelante. Así te mira Jesús como un entrenador, como un campesino que mira la semilla. Como un pastor que mira la oveja. Así te mira Jesús.

Y si tú te empiezas a acercar a Dios, tus ojos empiezan a cambiar y entonces tú miras, por ejemplo, a esa hija tuya que hasta ahora solo decías: ¡Ay, qué niña tan rebelde! ¡Ay, es que está en una edad! Uy, no sabe uno qué hacer con esa niña y tú solo la miras así pero ¿cómo la miraría Jesús? Jesús diría: Pues si está en una edad muy difícil, pero vieras lo que voy a hacer con ella. Esto se nota en el capítulo noveno de Hechos de los Apóstoles con la conversión de San Pablo. Cuando llegó la conversión de San Pablo, Dios le dijo a un hombre llamado Ananías le dijo: Mira, Pablo está rezando y te ha visto a ti, y tú tienes que bautizarlo, porque él es un gran instrumento. Y Ananías dijo: ¡gran instrumento! un tipo que no ha hecho sino perseguir y matar y encarcelar. Es un instrumento que yo me he escogido. Y yo le mostraré lo que él va a sufrir por mí. Ananías: Haz caso. Ananías hizo caso. El que viera a Pablo en ese momento, ¿qué vería? un tipo arrogante, rebelde, violento, agresivo. Pero Dios veía otra cosa. Y si tú te empiezas a acercar a Dios, tú empiezas a mirar a las otras personas y te llevas unas sorpresas inmensas.

Y un día tú descubres que tú tienes capacidad de ternura. No solo ternura para la gente que te cae bien. Por ejemplo, todas las abuelitas tienen ternura para con sus nietecitos. Les sale una ternura mi nietecito lindo. Esa es una ternura natural. Pero hay una ternura sobrenatural de la que nos habla el apóstol San Pedro. La ternura sobrenatural es ver bebés en gente de cincuenta, de sesenta, de ochenta, de noventa años. Son como bebés en Dios. Y van a crecer y se van a sanar. Y cuando la gente se siente mirada con amor, cuando la gente se siente mirada con esperanza, como les pasó a los muchachos italianos allá en Turín. Ellos veían que este padre, Juan Bosco, se llamaba. Ellos veían que ese padre los miraba diferente porque tenía brillo de Dios en los ojos.

Hermanos, esas son las dos maneras principales de unir el amor a Dios y al prójimo. ¿Cuáles? Reconocer la imagen de Dios en la otra persona y empezar a transformar tus ojos de manera que te sorprenda encontrar ternura, encontrar ternura en tu corazón, ternura que tú mismo dices: ¿De dónde me viene esto? ¿De dónde me viene esto? Gente que antes me caía mal. Yo no quería tener nada que ver con eso y Dios me ha cambiado. Si Dios te cambia y te da otras palabras y hace que tu lenguaje se suavice, porque cuando uno no conoce a Dios, uno está así, condenando a todas horas. Este que se hunda, este que se pudra y ese que lo quemen. Pero cuando uno se encuentra con Dios, o mejor dicho, cuando Dios lo encuentra a uno y luego uno se encuentra con Dios, hay momentos en que uno se sorprende, se sorprende de lo que Dios le da, porque Dios te va cambiando y tú descubres que no puedes amar a Dios sin amar a los hijos de Dios.

Como dice la primera carta de Juan: Todo el que ama al que da el ser, ama al ser que ha sido dado. Es como amar al Papa y no amar al Hijo. Este es tu hijo, este es tu Hijo, Señor. Sigamos esta celebración eucarística, hermanos, con un propósito claro para nuestra Cuaresma. Vamos a unir en Cristo nuestro amor a Dios y amor al prójimo. Amen.

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