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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La fe me permite descubrir lo que Dios ha hecho por mí y el amor me permite responder a eso que Dios ha hecho con las obras que alivian la necesidad de mi prójimo.
Homilía k011015a, predicada en 20190311, con 5 min. y 34 seg. 
Transcripción:
Las lecturas de este primer lunes de Cuaresma nos invitan a pasar a las acciones. Podemos decir que hoy la liturgia nos está diciendo: No te quedes en los buenos deseos, no te quedes en los propósitos, no te quedes en tus ideas, por muy claras que sean. No te quedes en los sueños genéricos, nebulosos, abstractos. Pasa a las acciones. Este obrar, este actuar, es el fruto perfecto, el fruto maduro de una fe que ha crecido en nuestro corazón. La fe, cuando crece, madura y florece, finalmente da fruto en las obras de amor. Este es el proceso del cristiano. El cristiano, a través de la fe, descubre todo lo que Dios ha hecho por él, pero luego, a través del amor, expresa esa misma bondad en sus hermanos. La fe me permite descubrir lo que Dios ya hizo por mí, y el amor me permite responder a eso que Dios ha hecho por mí con las obras que alivian la necesidad de mi prójimo. En otras palabras, las lecturas de hoy, especialmente el evangelio tomado del Capítulo Veinticinco de San Mateo, nos está diciendo que cuando nosotros amamos al prójimo, el amor de Dios está dando su fruto perfecto en nosotros. Vínculo muy importante entre el amor de Dios y el amor al prójimo. Amor de Dios es lo que yo descubro a través de la fe. Amor al prójimo es el fruto de esa fe que se vuelve caridad, que se vuelve auxilio, que se vuelve mano tendida para levantar al que está caído. No creas en la madurez del amor solamente por lo que tú sientes. No creas en la madurez del amor simplemente por lo que tú piensas, por lo que tú diseñas, por lo que tú proyectas, por lo que tú quisieras o por lo que tú hablas. La madurez del amor supone siempre una acción específica que cambia la vida, que cambia la historia de una persona. Así como Dios ha cambiado tu historia, Dios no se quedó pensando qué bonito sería que Nelson cambiara, no, Dios hizo algo, Dios llegó, tocó mi vida, la hizo diferente. Así también yo estoy llamado en nombre del Señor y por la fuerza de su amor, estoy llamado a tocar las vidas de otras personas. ¿Y cuál debe ser el criterio? El criterio no es lo que yo prefiero, lo que a mí me gusta, lo que a mí me parece. El criterio para el cristiano siempre es uno y ese criterio es la necesidad. El criterio de mi amor no está en primer lugar adentro de mí. Fíjate cuánta razón tiene el Papa Francisco cuando habla de Iglesia en salida, Iglesia que sale, porque el criterio del amor no puede quedarse solamente en mí. Cuando el criterio del amor se queda únicamente en mí, entonces mi amor será muy incompleto y tendrá sus preferencias y dejará sin respuesta a muchos. El criterio del amor está en la necesidad de mi hermano. Si llega a mí el sediento y yo le ofrezco un vestido, no estoy respondiendo a su necesidad. Es que a mí me encanta regalar vestidos y además tenía una cantidad de ropa que no sabía qué hacer con ella. Estás poniendo como criterio tu manera de pensar. Estás poniendo como criterio lo que sucede en tu vida y resulta que el criterio es lo que está sucediendo y lo que está faltando en la vida de él. En la medida en que vamos descubriendo a nuestro prójimo, en la medida en que vamos descubriendo cuál es su necesidad, qué es lo que está viviendo, qué es lo que le está faltando. Entonces vamos creciendo en el amor y ese crecimiento de amor es el que nos hace verdaderamente maduros. Pidamos al Señor que la fuerza de su Espíritu, la fuerza de su gracia en esta Cuaresma, nos permita dar ese paso para ser genuinamente Iglesia que sale de sí misma, Iglesia que da el paso, Iglesia que sale al encuentro de la necesidad del hermano. Y termino con una pregunta ¿A quién? ¿A quién vas a ayudar en este día? ¿A quién vas a ayudar en esta Cuaresma? ¿Quién? Por favor, con nombre y apellido, allá en tu mente, quién con nombre y apellido podrá decir al final de esta Cuaresma recibí algo de él, recibí algo de ella. ¿Quién va a ser esa persona? Si tu amor, si tu obra de caridad no tiene nombre y apellido, Tal vez seguimos todavía en la pura imaginación. Seguimos en los puros deseos. Tiene que haber nombres y apellidos. Tiene que haber rostros, porque así también nos amó Dios.

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