Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Con un camino de conversión y amando a la persona en necesidad construyéndole un bien, podemos cambiar lo que vamos a escuchar al final, en nuestro juicio particular.

Homilía k011014a, predicada en 20180219, con 5 min. y 4 seg.

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Transcripción:

El Evangelio del día de hoy viene a recordarnos una característica absolutamente central del amor cristiano el amor propio del Evangelio. El amor que nos ha enseñado Cristo se caracteriza no por la intensidad del sentimiento, no por la belleza de las palabras y sí, en cambio, por la calidad de las obras de bondad que hacemos en favor de nuestros hermanos. Dicho de otra manera, el amor es algo que ha de convertirse en realidad. El amor construye el bien en el hermano. Este es el sello del amor cristiano. No es simplemente lo que yo siento, lo que a mí me gusta, cómo estoy, si estoy a gusto o a disgusto con la otra persona. No se limita a las mariposas en el estómago. Amar es construir un bien en la otra persona, particularmente cuando esa persona está en necesidad.

Las dos palabras centrales del texto del evangelio de hoy parecen ser los dos imperativos de Cristo. Dice: Venid a mí, benditos, eso dice a un grupo, y al otro grupo le dice: Apartaos de mí, malditos. Por supuesto, hay un paralelismo completo de oposición entre estas dos expresiones. A unos se les llama benditos, a otros. La palabra más espantosa que podamos imaginar en la boca de Cristo, malditos. Pero las dos palabras están en la boca de Jesús y no debemos suprimirlas. El Evangelio no es para que nosotros lo imaginemos, sino para que lo escuchemos y aprendamos de él. Quisiera que ahora nos fijáramos en los verbos, que son verbos de movimiento. Dice el Señor venid; ese es un movimiento de acercarse. Y después dice apartaos; ese es un movimiento de alejarse. Pero lo más interesante con estos verbos es que el acercarse o el alejarse no lo empezó Cristo. El acercarse o el alejarse lo empezamos nosotros. Cuando nos acercamos al que tiene necesidad, nos estamos acercando a Cristo, que luego dice: acércate.

Fíjate que el acércate de Cristo es la lógica consecuencia de el movimiento que la persona ha empezado. El que se ha empezado a acercar al hermano necesitado. Luego escucha de Cristo, acércate. Por el contrario, el que se ha alejado del hermano necesitado, luego escuchará, aléjate. Y esta es una verdad muy importante dentro del estudio de la escatología cristiana. Y es que el juicio, ese juicio que nosotros llamamos el juicio personal, el juicio sobre nuestra vida, el juicio sobre nuestras obras, no es algo que empezamos a recibir el día que nos morimos. Es algo que construimos cada día de nuestra vida. Es decir, los actos de acercamiento están preparando el acércate y los actos de distanciamiento están preparando el apártate.

En cierto sentido, cada uno de nosotros ya es juez. Cada uno de nosotros ya está pronunciando su sentencia. El que se está acercando al hermano necesitado está preparando la Palabra de Cristo. Acércate más y el que se está alejando del hermano en necesidad, ya está preparando sus oídos para la Palabra de Cristo. Aléjate. O sea que el juicio no es algo que sucede simplemente, al final. El juicio es algo que acompaña mi vida, es algo que es parte de mi historia, es algo que voy construyendo cada día. Enorme responsabilidad tenemos entonces, pero también enorme esperanza, porque podemos, así, con un camino de conversión, cambiar lo que vamos a escuchar. Al final, si hasta ahora hemos sido de los que se apartan y dejan al otro en necesidad.

Buen tiempo es este para empezar a decir no, por ahí no es yo voy a acercarme. Y de esa manera nuestra conversión prepara ya la palabra del Señor.

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