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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Superar la interpretación materialista de Mateo 25.- En este pasaje Cristo está proponiendo el mismo tipo de amor que, de modo explícito, propone en otros lugares de Mateo, o del Nuevo Testamento: es el amor característico del Padre Celestial, que no depende de la respuesta sino de la necesidad.
Homilía k011013a, predicada en 20170306, con 16 min. y 36 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, siguiendo el ejemplo de grandes santos como Anselmo, acerquémonos a la Palabra de Dios con una pregunta, una pregunta humilde, pero pregunta. Por ejemplo, ante este evangelio uno puede preguntarse ¿Dónde quedan las obras de misericordia espirituales? Porque daría la impresión de que la salvación eterna depende únicamente de los cuidados corporales o materiales de las personas necesitadas. Hay incluso una manera de leer y de entender el Evangelio que va en esa dirección. Hay modelos pastorales que parecen concentrarse en lo que nuestros obispos han llamado promoción humana. Que haya agua potable, que haya justicia social, que haya alimentos y sueldos justos. Y si uno se queda leyendo solo el texto de hoy, que es hacia el final del Capítulo Veinticinco de San Mateo, uno puede sentir que este pasaje le da pleno respaldo a esa perspectiva que teológicamente la podemos llamar inmanentista. Solo lo de este mundo. ¿Estaremos entendiendo correctamente este texto si nos quedamos ahí? Quizás la sensación es que no, pero por otro lado, todos los ejemplos que presenta Cristo de personas necesitadas son ejemplos que se refieren a situaciones muy tangibles, muy visibles, muy corporales. En ese sentido, este es un texto, llamémoslo así, problemático. Pero sabemos que en la escritura la mejor manera de entender un pasaje no es aislándolo, sino conectándolo, es decir, viendo un contexto más amplio y relacionando con otros pasajes. Un ejemplo muy típico es aquella expresión que utiliza Cristo: Pedid y se os dará, llamad y se os abrirá, buscad y hallaréis. Si yo me quedo con ese solo pasaje, daría la impresión de que basta con que yo esté muy convencido de mi petición y así voy a lograr lo que yo quiera. Pero si luego vamos a otros textos del Nuevo Testamento. Entonces encontramos, por ejemplo, en la primera carta de Juan que este apóstol nos dice: Sabemos que si pedimos algo de acuerdo con su voluntad. Ah! Ya parece una especie de aclaración. Santo Tomás nos dice, Santo Tomás de Aquino nos dice que no hay en la Biblia ninguna enseñanza de fe que no está dicha explícitamente en algún lugar. De modo que lo implícito debe ser comprendido a la luz de lo explícito y no lo contrario. Sí, explícitamente hay pasajes que muestran que las peticiones tienen que ir en la dirección de la voluntad de Dios. Entonces, un pasaje que sea más conciso, que solamente dice: Pedid y recibiréis. Debo entenderlo a la luz del pasaje que es más explícito. Esto nos enseña Santo Tomás de Aquino al comienzo de la Suma Teológica, y es un criterio muy importante. Por ejemplo, para temas como el que hoy tenemos. Es muy necesario entender un pasaje como éste a la luz de otros pasajes que nos muestran cuál es el propósito de toda la obra misionera y toda la obra de evangelización de Cristo. Entonces, sigamos ese criterio que lo implícito hay que leerlo a la luz de lo explícito, como nos dice Santo Tomás, y que, por consiguiente, lo que está conciso en un lugar quizás está más amplio y por consiguiente más explicado, más explícito en otro sitio. Observemos, por ejemplo, este detalle dentro del mismo Evangelio según San Mateo hay un pasaje que también habla de la bienaventuranza eterna y que también habla de ser hijos verdaderamente hijos de Dios, que es la expresión que utiliza casi literalmente nuestro Señor en el pasaje que se leyó hoy: Venid, benditos de mi Padre, es la expresión. Pero hay otros pasajes donde Cristo habla de qué significa ser hijos y benditos del Padre. Así, por ejemplo, en el Sermón de la Montaña, nuestro Señor dice, que seamos perfectos. Dice: Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto. Entonces nosotros seremos verdaderamente hijos de Dios. Sí, ¿Si que? En ese pasaje del Evangelio de Mateo, también en el Sermón de la Montaña, Cristo lo explica bien. Cristo muestra que la característica del amor del Padre, lo que hace perfecto el amor del Padre es que es un amor que no depende del destinatario. Este es el Padre celestial que hace caer la lluvia sobre malos y buenos y salir el sol sobre justos e injustos. De manera que lo que nos hace realmente semejantes al Padre Celestial es el hecho de que nuestra forma de amar, nuestra capacidad de amor, no dependa de la respuesta que recibimos, ni del agradecimiento, ni del pago, ni de la buena cara, ni del tamaño de la necesidad siquiera, sino que nuestra capacidad de amor tenga su fuente como en sí misma. Que no dependa del otro, es decir, no dependa de lo que el otro me puede dar a mí, en términos de agradecimiento, pago, retribución. En otro lugar encontramos la misma idea cuando también en el evangelio de Mateo, Cristo dice: Si amáis a los que os van a invitar, si saludáis a los que siempre os saludan, ¿Qué mérito tenéis? Entonces aquí nos damos cuenta que esto tiene una profundidad mucho más grande que simplemente la asistencia social o la promoción humana. Esto tiene una profundidad mayor. En efecto, lo que Cristo plantea varias veces en los evangelios, pero muy particularmente en el evangelio de Mateo, es la superación de la lógica de la transacción. Y la lógica de la transacción es yo le hago un favor al que me pueda hacer un favor. Yo trato bien al que me trata bien, yo invito al que después me puede invitar a mí y le sonrío al que a mí me sonríe. Cristo muestra que por encima de esa lógica de transacción, que es demasiado humana y demasiado rastrera, por encima de ella está la lógica de la gratuidad. La lógica de la gratuidad es la del Padre celestial, el Padre celestial que hace salir el sol sobre justos e injustos, que hace caer la lluvia sobre malos y buenos, es decir, por encima de ese amor que calcula que se mide, ese amor que mira cuánto invierte para ver cuánto puede sacar, que entre otras cosas. Era el amor típico de los fariseos. Por encima de ese amor, el amor del Padre celestial es un amor que no calcula, es un amor que simplemente da. Es un amor que simplemente mira. Hay necesidad de agua ahí, pues entonces vaya la lluvia. Hay necesidad de luz ahí, pues vaya el sol. Se lo merecen. No se lo merecen. Ese no es el criterio del Padre Celestial. Entonces el amor del Padre Celestial está por encima de la lógica de la transacción. El amor del Padre Celestial está por encima del pago que se pueda recibir. El amor del Padre Celestial brota de lo más profundo de su ser y simplemente mira, allí hay necesidad. Nos damos cuenta al hacer este tipo de descripción, nos damos cuenta que estamos hablando en el mismo lenguaje que utiliza la Iglesia cuando se refiere tanto al acto de la creación como al acto de la redención. Así, por ejemplo, la Lumen Gentium, cuando habla de la creación, dice que es por un acto infinitamente libre, acto libérrimo del amor de Dios. Por qué ha creado Dios todo. Pues no recibe de ahí. Es un acto de la infinita libertad de su amor que quiere encontrar en quien depositar ese mismo amor. Y lo mismo la redención, de acuerdo con la teología de la Gracia. Entonces lo que quiere Cristo de nosotros es que nuestro amor se levante por encima de la transacción del cálculo del qué saco yo de esto. Y que nuestro amor y nuestra vida se hagan cada vez más semejantes al amor y la vida del Padre Celestial, que no calcula, sino que simplemente donde ve que puede hacer un bien, lo hace. A la luz de esa consideración que repito, aparece varias veces en el evangelio de Mateo, que aparece en otros evangelios que aparece en San Pablo, mis hermanos. En el Capítulo Trece de la primera Carta a los Corintios, nos dice San Pablo refiriéndose al amor verdadero, dice: Es amor que no lleva cuentas, es amor que no lleva cuentas. Y por eso dice todo lo disculpa, todo lo perdona, todo lo soporta. Por eso, porque es como el amor del Padre Celestial. Entonces, con esa consideración, con esa claridad de que esa es la característica del amor del Padre Dios, de Papá Dios. Con esa claridad en nuestra mente, ahora sí, volvamos al pasaje de hoy. Ahora sí, volvamos a este pasaje de Mateo Veinticinco. ¿Y qué es lo que encontramos? Lo que encontramos es un grupo de personas que han amado simplemente porque hay necesidad. Es decir, cuando yo visito a los enfermos que me caen bien, pero el que me cae mal puede estar enfermo, pero ese no me interesa. Cuando yo le pongo modulaciones, restricciones, condiciones a mi visita, al enfermo, al pan que le doy, al hambriento, al agua que le doy al sediento. Si usted lee con atención, lo más hermoso de la descripción del amor de los bienaventurados es que no pusieron condiciones, no pusieron condiciones. Y es muy interesante en este aspecto la palabra que trae la traducción que hemos escuchado son la gente insignificante. Si eres capaz de alimentar al insignificante, eres capaz de dar sin esperanza de que te retornen. Si eres capaz de visitar al preso insignificante. Insignificante, es que no es ni tu pariente ni el que lleva cuentas de si fuiste o no fuiste. Si eres capaz de atender al enfermo, al despojado, al desheredado que es insignificante. Qué buena traducción, pequeñito. El literalmente lo que dice es eso, los más pequeños o como dice aquí, los insignificantes. Si dentro de ti hay un amor que es capaz de entregarse por aquel que no significa nada, entonces dentro de ti hay amor como el de Dios. Esa es la enseñanza. Si eres capaz de amar a aquel que no pinta nada, del que no puedes sacar, nada que no esperaría nada de ti, porque tal vez incluso salió de pelea contigo, si eres capaz, si tu amor alcanza también a ese que no significa nada, entonces estás por encima de la lógica de la transacción y entonces estás por encima del simple, de la simple mezquindad o del intercambio de favores. Y si estás amando así. Si has aprendido a amar así al que no pinta nada, no significa nada, no te aporta nada. No esperaría eso de ti. Ah, entonces sí que está dentro de ti la vida de Dios. Entonces sí, está dentro de ti el amor de Dios. Por eso, mis queridos amigos, hay que tener cuidado con este Evangelio, porque la interpretación únicamente mundana e inmanentista deja por fuera el mensaje central de San Mateo. El mensaje central del Evangelio según San Mateo y el mensaje central es: Levántense por encima de la mezquindad del que siempre está calculando. Levántense por encima de esa mezquindad y aprendan a amar como Dios ama, que no lleva cuentas y que solamente atiende a la necesidad del destinatario. Ese es el tipo de amor que debemos tomar como criterio para leer este pasaje. Una última y breve consideración es darnos cuenta que este es el tipo de amor que evangeliza. Este es el tipo de amor del Buen Pastor. Es decir, esto lo espera, lo anhela Cristo de todos sus discípulos. Pero no cabe duda de que lo desea, muy particularmente de nosotros, que seamos capaces, no por nuestras solas fuerzas, sino por la fuerza suya en nosotros, que seamos capaces de amar sin calcular, que seamos capaces de dejarnos conmover por la pura necesidad. Cómo no recordar aquí lo que sucede en el momento en el que están apresando a Jesús en Getsemaní. Y Pedro, con su impetuosidad, le corta una oreja a un soldado llamado Malco. Y ese soldado viene a atrapar a Cristo. Ese soldado viene a conducir a Cristo a la tortura y a la muerte. Pero a la vista del dolor, Cristo hace caso omiso de todo lo demás. Hay sufrimiento aquí. Hay un bien que puedo hacer. Vamos a hacerle bien a este soldado y le sana esa oreja que había sido lastimada. Ese es el tipo de amor de Mateo Veinticinco. No es simplemente organizar cooperativas y ONGs. No es simplemente lograr promoción humana a gran escala. Qué bien eso, Qué bien eso. Qué bien que trabajemos por eso. No es que esté mal, pero para entender este Mateo Veinticinco hay que entender que está mucho más allá de todo cálculo y que finalmente consiste en imitar a Dios mismo, que más allá de todo mérito, se derrama en ternura y en bondad por cada uno de nosotros. Pidamos al Señor en esta Eucaristía que venga esa calidad de amor, que nos renueve, que nos haga sacerdotes suyos, que nos haga evangelizadores a su estilo, que nos haga pastores según su corazón. Amén.

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