Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La dificultad para reconocer a Cristo hace que nuestro amor sea menos interesado y por consiguiente más próximo al Evangelio.

Homilía k011008a, predicada en 20140310, con 6 min. y 8 seg.

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Transcripción:

Es muy interesante leer el pasaje del Evangelio de hoy, tomado del Capítulo Veinticinco de San Mateo. Desde la perspectiva de la conciencia, conciencia entendida como darse cuenta de las cosas. Cuando decimos, por ejemplo, de una persona que es, que es inconsciente, queremos decir que no se da cuenta, que no se entera, que no percibe qué es lo que está sucediendo. Y creo que esta es una lectura interesante, porque cuando Jesucristo se sienta en su trono para juzgar a las naciones, dice a algunos venid, benditos de mi Padre, porque tuve hambre, y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber. Y ellos van a responder Señor, pero cuando tuviste hambre y te dimos de comer, cuando tuviste sed y te dimos de beber. Es decir, que esos, los elegidos, los llamados al reino celestial, estaban atendiendo a Cristo, estaban expresando su amor a Cristo y sin embargo no lo sabían, es decir, no tenían plena conciencia.

Y sin embargo, esa obra de amor, esa obra de caridad y de solidaridad, la ha recibido el mismo Cristo. Lo contrario, como en espejo y en simetría, les va a suceder a los condenados. Pero ¿Cuándo te vimos con hambre y no te dimos de comer? ¿Cuándo te vimos con sed y no te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos, peregrino y no te hospedamos? Y responderá cada vez que no lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo no lo hicisteis. Es decir, que tanto los que se salvan como los que se condenan tienen una misma característica, y es la dificultad para reconocer al Hijo de Dios, para reconocer a Jesucristo en la persona de los pobres, de los pequeños y de los humildes. Y este es el aspecto que, repito, me llama la atención la dificultad para reconocer a Cristo en la persona de los pequeños, de los humildes y los pobres.

Pero entonces podemos preguntarnos, por ejemplo, en el caso de los que se salvan y de los que son llamados al reino celestial. Hagámonos esta pregunta. Ellos, los llamados, si no reconocían a Jesucristo, entonces ¿Por qué obraban con esa caridad? Porque si yo sé que el rey del lugar donde vivo está disfrazado de mendigo y yo sé que es el rey, entonces yo sé que teniendo una obra de amor y de cercanía, pues él me lo pagará porque yo lo reconozco. Es decir, que el hecho de no reconocerlo viene a añadir un mérito en aquellos que aman, en aquellos que sirven, en aquellos que apoyan. Porque quiere decir que no estaban haciendo un negocio. Quiere decir que no estaban haciendo una inversión como el que invierte en un título Valor. El que invierte en un banco sabiendo que tiene seguro un rendimiento, una ganancia. El tipo de amor que Dios quiere de nosotros no es el amor del inversionista.

No es el amor del que compra los favores y la bondad de Dios diciendo; aquí hay algo seguro. Porque si yo trato con cariño, si yo trato con bondad a este hombre, pues como en él está Cristo, entonces Cristo me dará después muchísimo. Ese no es el amor que quiere Cristo. Ese no es el amor al que nos invita el amor que Él quiere y el amor al que nos invita es el amor en medio de la dificultad para reconocer a Dios. Es el amor en medio de la penumbra, es el amor que requiere, junto con la intensidad de la caridad, la intensidad de la fe. Porque únicamente reconociendo que hay una profunda necesidad y que hay una imagen de Dios que está escondida, que está sepultada debajo de la necesidad de mi hermano. Únicamente con esa percepción, con esa capacidad de reconocer a Dios, la imagen de Dios lastimada en el hermano. Y eso solo se reconoce por la fe. Únicamente así es posible verter la abundancia del amor.

O sea que la invitación que nos hace Cristo es muy profunda. No nos invita a que seamos compradores de los favores de Dios, no nos invita a que compremos el cielo, nos invita a que tengamos una mirada profunda, una mirada profunda, marcada por la fe y por el amor, para reconocer la imagen de Dios lastimada y para reconocer que ese hermano es también destinatario de los mismos bienes que nosotros hemos recibido. Que ese sea uno de los propósitos en nuestra Cuaresma. Mejorar esa calidad de nuestra fe, mejorar esa calidad de nuestro amor.

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