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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
También es peregrinación del cristiano salir de sí mismo para encontrar la necesidad de su prójimo.
Homilía k011007a, predicada en 20130218, con 4 min. y 59 seg. 
Transcripción:
Vamos iniciando la primera semana de Cuaresma para que nos entendamos. El Miércoles de Ceniza abre unos pocos días que en lengua castellana solemos relacionar con la misma ceniza. Por eso se habla de jueves de ceniza o viernes de ceniza, aunque de lo que se trata es de dar un nombre a esos pocos días que van desde el miércoles de Ceniza hasta ese primer domingo y ese primer domingo que tuvimos ayer es el domingo primero de Cuaresma para nosotros, cristianos católicos, la semana empieza con el domingo. Eso significa que el domingo de la primera semana de Cuaresma inicia la primera semana de Cuaresma. O sea que éste es el lunes de la primera semana de Cuaresma. Quizás conviene recordar por qué la Cuaresma empieza un miércoles. Pues la razón es que si nosotros quitamos los domingos, que no son propiamente días penitenciales, desde el Miércoles de Ceniza hasta el Jueves Santo, en que ya empieza el Triduo Pascual, tenemos cuarenta días y de lo que se trata es de respetar y en cierto sentido, dar homenaje a esa cifra que es tan importante dentro de la historia del pueblo de Dios, especialmente por los cuarenta años de peregrinación que tuvo Israel en el desierto. Y desde luego, y mucho más por los cuarenta días de ayuno, de oración, de penitencia que Jesús tuvo en el desierto. O sea que nosotros queremos vivir la Cuaresma fundamentalmente como un camino de unión con Cristo. Queremos configurarnos con Cristo en su penitencia y luego abrazarnos a Cristo en su cruz para estar unidos a Él en la victoria de la Pascua. Toda la Cuaresma hay que verla como un camino, un camino que va hacia la Pascua. Vamos en ese camino acompañados, no vamos solos, vamos con Cristo. Y al hacer ese recorrido, nosotros experimentamos como nos podemos desprender de aquello que nos encadena, de aquello que nos agobia para vivir con mayor pureza, con mayor alegría, con mayor amor, el misterio del amor más grande, el misterio de la entrega misma de Cristo en la Eucaristía y en la cruz. Ese es el sentido de la Cuaresma. Las prácticas típicas de la Cuaresma seguramente ya las recordamos el ayuno, la oración y la limosna, entendiendo por limosna. Ya lo explicábamos hace unos días, no el hecho de deshacerme de lo que me sobra, sino más bien de abrir mi corazón a la necesidad del hermano. Y ese es el tema que se destaca también en la lectura que tenemos hoy en el Evangelio. Es bien conocida, se trata del Capítulo Veinticinco de San Mateo. Este escenario que nos dibuja Jesucristo con su palabra majestuosa, realmente nos nos obliga a pensar, porque lo que está presentando es la verdad de la humanidad. Cuando se habla del juicio final, tenemos que pensar en esos términos. Al final aparece la verdad de los corazones. Al final aparece la verdad de lo que yo soy, de lo que tú fuiste, de lo que cada uno de nosotros fue. Y si en esa verdad nuestra aparece el amor, si aparece el amor, no como puro sentimiento, no como mariposas en el estómago, sino amor como aquel afecto que lleva a un efecto. Es un afecto, ciertamente un afecto que se relaciona con la misericordia y con el deseo del bien del otro. Pero no se queda en puro deseo, se convierte en efecto, hace algo real, hace algo bueno por el otro, transforma para mejor la vida del otro. Si eso está en tu verdad, tú eres de Jesús. Si eso lo has vivido, si eso lo estás viviendo, eres de Jesús. Si no lo estás viviendo, no creas que tienes parte en su victoria. Es una advertencia fuerte, pero muy saludable. Una advertencia que nos recuerda que Dios nos amó en serio y que así también espera que nuestra fe tenga la hermosa seriedad del amor.

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