Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Estamos llamados con la ayuda de la gracia y por la intercesión de María Santísima a reconocer el bien y la verdad de Dios y a desterrar toda forma de pecado de nuestra vida.

Homilía inma040a, predicada en 20241209, con 7 min. y 57 seg.

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Transcripción:

El 8 de diciembre celebramos la Inmaculada Concepción de la Virgen María. En el año 2024 se da una excepción porque resulta que el 8 de diciembre cae en domingo y, como es un domingo de Adviento, pues tiene prelación el domingo. De tal manera que la Virgen le cede su puesto al domingo de Adviento y por eso estamos celebrando la Inmaculada Concepción litúrgicamente el día 9.

¿Qué hay que destacar aquí? En primer lugar, hay que entender que estamos hablando de la Inmaculada Concepción de la Virgen. No es la Inmaculada Concepción de Jesús. La concepción de Jesús, por supuesto que fue inmaculada, según decimos en el Credo. Y es verdad, fue una concepción realizada por obra y gracia del Espíritu Santo. Ahí no hay intervención humana en el sentido de unión entre hombre y mujer. En cambio, en la concepción de la Virgen sí hubo la unión natural entre el hombre y la mujer. La tradición dice que ese hombre se llamaba Joaquín y esa mujer se llamaba Ana. Y de la unión íntima. Unión sexual de ellos, pues vino esta rosa preciosa de pureza y de santidad que es María. María, la Inmaculada María, concebida sin pecado original. Eso es lo primero.

Entonces, recordar que estamos celebrando la concepción de la Virgen.

Segundo, tengamos en cuenta que esta fiesta, para ser entendida, esta celebración litúrgica, requiere que recordemos qué llamamos nosotros pecado original. A su vez, esto requiere que entendamos que en el pecado, que siempre es una rebeldía contra Dios, es un posponer a Dios, es un quitarle a Dios la honra y desplazarlo del único lugar que le corresponde, que es el primero.

En todo pecado hay como dos dimensiones: una dimensión es la culpa, que es el acto mismo de rebeldía o de torcimiento de la voluntad. Y eso no se hereda. La culpa no se hereda. Esto es importante tenerlo presente. Por otro lado, tenemos lo que llamamos la pena, es decir, las consecuencias del pecado. Hay una culpa y hay una pena, culpa y pena. La culpa no se hereda, corresponde simplemente al torcimiento de la voluntad de la persona.

Por ejemplo, en el pecado de nuestros primeros padres hubo, por supuesto, la responsabilidad de ellos y la culpa de ellos. Pero, en cambio, las consecuencias de sus pecados, o mejor dicho, las consecuencias de ese pecado primero, que es un pecado de suma rebeldía contra Dios, esa consecuencia es la que se va transmitiendo. Y la razón es porque ellos, nuestros primeros padres, a los que llamamos tradicionalmente Adán y Eva, son nombres simbólicos. Pero claramente hubo unos primeros padres.

En esos primeros padres hubo una culpa. Ellos no transmiten esa culpa. Pero la consecuencia de su pecado sí pasa de generación en generación.

¿Esto qué quiere decir? Esto quiere decir que ellos no pueden darnos a los descendientes, no pueden darnos una naturaleza diferente de la que ellos tuvieron. Es decir, la que ellos tuvieron después del pecado, una naturaleza arruinada por el pecado. Esa ruina propia del pecado, que es la pena, que es la consecuencia del pecado que ellos cometieron. Eso es lo que pasa de una generación a otra. Eso es lo que llamamos pecado original.

De tal manera que el pecado original no es un pecado cometido. No es que un bebé, por ejemplo, recién nacido, ya cometió pecado. No, no es un pecado cometido. Es un pecado transmitido. Es un pecado heredado. Y, para ser más precisos, es la consecuencia de un pecado que se hereda.

Esas consecuencias del pecado original son múltiples, pero las más graves son las que tienen que ver con el oscurecimiento de la inteligencia y con el poder de la concupiscencia en la voluntad. Es decir, que nuestra voluntad, después de la realidad del pecado original, queda, por decirlo así, como con una mala inclinación. Esa mala inclinación se llama técnicamente en teología fomes peccati, algo así como un deseo del pecado, como una especie de vulnerabilidad frente al atractivo del mal.

Y esos son los aspectos de los que quedó libre María. María quedó libre de esos aspectos, es decir, su inteligencia gozaba de una claridad inmensa para reconocer el bien y la verdad de Dios y su voluntad. Estaba libre de esa inclinación, esa especie de propensión, esa especie de casi poder del pecado sobre la voluntad humana, que no es pecado mismo, pero que sí es una severa inclinación hacia el pecado y que hace que nosotros necesitemos del auxilio de la gracia, singularmente la gracia que recibimos en el bautismo.

Entonces, estamos hablando de un privilegio en María Santísima. Pero ese privilegio tenía una razón de ser: la misión peculiar que ella tenía. María tenía una misión particular y esa misión particular suponía una especie de poder de ella, poder propio de la vida doméstica, propio de la vida de familia. Un poder de ella sobre la criatura de la que ella iba a ser madre. Esa criatura, pues, era el niño Jesús, Jesús niño, Jesús infante, Jesús bebé, Jesús embrión, Jesús feto. Ella tendría ese poder sobre esa potestad. Tal vez es una palabra más clara.

Entonces es inconcebible que ninguna forma de pecado podría tener poder sobre el Hijo de Dios, que por supuesto es santo sobre todos los santos. Entonces, por eso nosotros reconocemos que María tenía que estar completamente libre de todo poder del pecado en ella. Y por eso afirmamos la Inmaculada Concepción de María.

Resumen: Es un privilegio, pero es un privilegio que la preparaba a ella para una misión. Y créeme que esa misión era muy, muy dura. Por algo le dijo Simeón: Una espada atravesará tu corazón.

Demos gracias a Dios en esta hermosa celebración y pensemos que también nosotros somos llamados con el auxilio de la gracia. Somos llamados a desterrar toda forma de pecado, desterrar todo pecado de nuestra vida bajo la acción de Dios en su gracia, con el ejemplo y la intercesión de María, a quien hoy saludamos con tanto amor.

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