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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Al igual que la Santísima Virgen María nosotros también tenemos la promesa de victoria que se cumplió en ella, de estar alegres de permanecer y pertenecer a Dios.
Homilía inma039a, predicada en 20231208, con 6 min. y 11 seg. 
Transcripción:
El 8 de diciembre nuestra Iglesia Católica celebra la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Tengo cerca de mí esta estatua de tamaño impresionante que recuerda al mismo tiempo la alegría de la Virgen, que es lo propio del alma que está en Dios, y la victoria sobre el demonio, es decir, sobre esa serpiente que aparece a los pies de la Virgen y que, de alguna manera, ya estaba anunciada como victoria de la Virgen, esa escena en el capítulo tercero del libro del Génesis. Entonces, esta ocasión, esta fiesta, pienso que es una bellísima oportunidad para que nosotros veamos la relación entre la alegría cristiana y la victoria sobre el demonio. Alegría y victoria, y yo creo que tiene mucho sentido. Piénsalo un poquito y verás que tiene todo el sentido del mundo, porque la tristeza, indudablemente, es hermana del pesimismo, y el pesimismo es un preludio de derrota. La alegría, en cambio, nos explica Santo Tomás de Aquino: la alegría es el fruto natural, es la consecuencia natural de un bien recibido. Por eso, cuando recibimos un regalo, por ejemplo, pues nos ponemos alegres porque hemos recibido algo bueno, algo bello, y además de tal vez un objeto que nos den como regalo. Lo que recibimos con un regalo es el amor, es el cariño de la persona que ha tenido ese detalle con nosotros. Entonces recibo, qué sé yo, un libro, recibo una prenda de vestir, y eso me alegra. Pero sobre todo me alegra el amor con que la persona ha querido tener ese detalle conmigo. Eso está muy bien. Entonces, el punto es este. Bueno, si la alegría es el fruto de tener ese bien que se recibe, pues ahí está la clave de la victoria. ¿Por qué? Porque si yo he recibido el amor y la gracia de Dios, si yo he recibido su presencia, su compañía y su enseñanza, si yo he recibido su ejemplo, la fuerza de su testimonio en mi vida, si todos esos regalos los he recibido, y si además Él me dice, como está en el capítulo 28 de San Mateo: Yo estaré con ustedes todos los días hasta el fin del mundo. Esa es mi alegría. Y esa alegría es la alegría del bien que he recibido. Pero precisamente por ese bien que he recibido y que está conmigo, por eso es posible la victoria sobre Satanás, la victoria sobre el pecado, la victoria sobre el mal del mundo. La victoria es posible porque es posible la victoria porque el Señor de los ejércitos está con nosotros. Nuestro alcázar es el Dios de Jacob, como dice uno de los Salmos. Y esa es la alegría de María, bien expresada cuando le saluda el ángel y le dice: El Señor está contigo. Jaire, kejaritoméne, ho Kyrios meta sou. El Señor contigo. Esa es la fuente de la alegría. ¿Y dónde está la fuente de la alegría, que es la presencia del Señor en nuestra vida? ¿Dónde está la fuente de la alegría? Está la fuente de la victoria. A ver, los ardides del enemigo son terribles. Su astucia me supera. Sus estrategias van más allá de lo que pueda alcanzar mi imaginación. Es persistente. Acosa y me odia con odio podrido. Me odia. ¿Me llenaré entonces de angustia, de incertidumbre y de derrota? No, porque el Señor de los Ejércitos está con nosotros. Nuestro alcázar es el Dios de Jacob. Abrid las puertas para que entre ese Dios, ese Dios grande, para que entre a su santuario, el santuario de mi corazón, al santuario de mi cuerpo. Esa es la alegría de María. Esa es la alegría con la que ella ha vivido, la alegría de estar en Dios, la alegría de ser de Dios, la alegría de pertenecer a Él y de tenerlo cerca. Y por eso, porque tenemos esa alegría como Ella la tuvo, pues también tenemos una promesa de victoria que se cumplió en ella y que está representada bien en la manera como ella pisotea la serpiente. Así que, mis hermanos, la fiesta de la Inmaculada no es solamente para mirarla a ella, para mirar a María, es también para entender que lo que sucedió en ella también quiere y puede suceder en nosotros si en nosotros permanece esa presencia que a ella la hizo santa, la hizo feliz y la hizo victoriosa. Amén.

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