Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La Virgen Inmaculada nos muestra lo que quiere y puede el poder de Dios cuando no estorba el pecado.

Homilía inma038a, predicada en 20220812, con 20 min. y 48 seg.

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Transcripción:

Mis hermanos queridos. Esta es una fiesta muy hermosa que tiene un sello de alegría y de esperanza. Yo quiero que volvamos sobre las lecturas que acabamos de escuchar, porque hay una muy buena razón por la que la Iglesia nos propone esas lecturas.

La primera era del libro del Génesis y nos cuenta la victoria del pecado. Pero nos cuenta también el anuncio de la salvación. Nuestros primeros padres, a los que la Biblia llama con esos nombres simbólicos de Adán y Eva, fueron creados por Dios para vivir en amistad con Él. Pero después de que ellos cometieron el pecado, fundamentalmente un pecado de desobediencia. Después de que ellos intentaron por sus propios medios, a su manera, decidir lo que es bueno y lo que es malo, que eso es lo que significa comer del árbol del bien y del mal. Después de que ellos cometieron el pecado, ya no les gustó estar con Dios. Ya se apartaron de la mirada de Dios, huyeron de su presencia. Y dice la Biblia que trataron de esconderse entre los árboles del jardín. Un intento ridículo, porque nadie puede esconderse de la mirada de Dios. Pero ese intento nos muestra la verdad que hemos escuchado muchas veces: el pecado acobarda. Y el que está en pecado siempre trata de esconderse. Esquiva la mirada, oculta las intenciones. Ahí se ve lo que hace el pecado, apartarnos del Señor y ponernos en la ridícula posición de escondernos.

Pero es aquí donde empieza la obra de la misericordia. Dios le hace una pregunta a Adán y le hace otra pregunta a Eva. Vamos a mirarlas en esta traducción, porque esas preguntas son muy buenas. Le pregunta Dios a Adán: ¿Dónde estás? Y le pregunta a Eva: "¿Qué es lo que has hecho?" Observemos, amigos, que para una persona que está viviendo bien... Una persona que no tiene nada que esconder, esas preguntas son inocentes y no tienen problema. Pero en cuanto entra en juego el pecado, esas preguntas se vuelven incómodas y casi acusadoras.

Pensemos para la persona que está en pecado lo que significa esa pregunta: ¿Dónde estás? Tal vez la persona tendría que decir: "Estoy aquí en un prostíbulo". Tal vez la persona que tendría que decir: "Estoy aquí murmurando con una vecina". Tal vez la persona tendría que decir: "Estoy aquí masturbándome". Tal vez la persona tendría que decir: "Estoy aquí pensando en cómo matarme". Esa pregunta es muy importante, porque es una pregunta que a la vez nos muestra que somos pecadores, pero nos muestra la voluntad de Dios de sacarnos de los huecos, de los hoyos donde nos metemos porque somos pecadores, de nuestras envidias, impurezas, de nuestro egoísmo, porque uno mismo no tiene conciencia del egoísmo que carga.

Y luego le preguntó a Eva: ¿Qué es lo que has hecho? Si esa pregunta se le hace a una persona buena, la respuesta es muy bonita. Yo voy a citar a un amigo que todos conocemos y queremos aquí, el Padre Pachito. Si Dios por la noche le preguntara a Pachito qué es lo que has hecho, ¿cuál sería la respuesta de él? Primero estuve predicando, luego estuve confesando. Le di un consejo a una persona. Fui a bendecir una casa. Son preguntas que son bonitas para la persona que está viviendo bien.

Pero si ponemos un caso extremo, esa pregunta: ¿Qué es lo que has hecho? ¿Qué tendría que responder un sicario? Hoy acabé con otra vida humana. ¿Qué tendría que responder un hombre que irrespeta a las mujeres? Hoy seduje a otra y ya cayó. ¿Qué tendría que responder el político corrupto? Ya logré embolsarme otros trescientos millones. El acueducto ese que había que hacer, ese puede esperar, pero ya me quedaron trescientos millones a mí. Eso es lo que yo he hecho.

Por eso esas dos preguntas que están casi al comienzo de la Biblia son dos preguntas que uno tiene que tener muy vivas: ¿Dónde estás? ¿Y qué es lo que has hecho? Porque son preguntas, repito, que nos iluminan la conciencia y preguntas que a la vez nos muestran la voluntad de Dios de rescatarnos.

Esa voluntad de Dios aparece muy clara en ese texto. Observemos, hermanos, que Dios no le hizo ninguna pregunta a la serpiente. Ninguna. No hubo diálogo alguno. Lo que aparece en el libro del Génesis es la traducción para esta tierra de la guerra que ya se había dado antes de la creación del mundo material, entre el ángel caído y Dios. Por eso lo único que se escucha es la fórmula que ratifica para esta tierra la condenación del enemigo.

En cambio, Dios sí les habla al hombre y a la mujer, y en concreto a la mujer le dice algo que es importantísimo. Establezco hostilidades, le dice a la serpiente, establezco hostilidades entre ti y la mujer. Esas palabras se dirigen a la serpiente, pero le dan esperanza a la mujer. Porque dice después: hostilidades entre tu estirpe y la suya. Cuando Dios declara esa hostilidad entre la serpiente y la mujer. Está mostrando de parte de quién se pone. Por supuesto que con la serpiente no tiene nada que ver. Ahí Dios está poniendo de parte de la mujer.

Como hemos comentado en otras ocasiones, la razón por la que la serpiente atacó y sigue atacando a la mujer, y por eso la quiere corrompida y la quiere encerrada en sí misma y en su propio placer y en su propia vida, es porque en la mujer están las fuentes de la vida. Eso no lo tenemos los varones. El varón busca a la mujer, el varón trata de descansar en la mujer, el varón trata de rehacerse en la mujer, porque en la mujer están las fuentes de la vida. Por eso la serpiente fue a atacar a la mujer, como el que quiere envenenar un pozo. Esa comparación la hemos dicho varias veces: hacer caer a un hombre en pecado es como envenenar un vaso. Pero precipitar al pecado a una mujer es como envenenar un pozo. De modo que todo lo que salga de ella, y de la mujer sale mucho porque es la fuente de la vida, salga envenenado.

Pero Dios en este texto se declara en favor de la mujer. Las feministas y los enemigos de Dios nos viven repitiendo que la Biblia es machista y está en contra de la mujer. Pero hay una lista larga de textos que muestran exactamente lo contrario. Y el primero de esos textos está aquí en el Génesis. Dios se pone de parte de ella y por eso hay un auxilio especial de Dios para la mujer, un auxilio que muchas mujeres conocen y que incluso la ciencia reconoce. Así, por ejemplo, se sabe que la mujer tiene una capacidad de lo que hoy se llama resiliencia, muchísimo mayor que el varón en la gestión de las emociones en general. Las mujeres son mucho más diestras que nosotros. Por eso también, en general, viven más las mujeres en todos los países. O sea, la bendición de Dios sobre la mujer es inmensa.

Pero mucha mujer no experimenta eso, porque el hecho de que Dios diga estas palabras no quita que la mujer también está sujeta al pecado, como estuvo Eva. Pero sí hay una mujer, que es la que estamos recordando; hay una mujer en la que se ve esa victoria. Una mujer a la que el demonio nunca le pudo hundir su colmillo. Una mujer a la que el demonio nunca pudo envenenar, siendo tan humana como nosotros. Porque claro, en Cristo la victoria es perfecta. Pero acuérdese que Cristo es persona divina. Tiene naturaleza humana completa, naturaleza divina completa. Pero en cuanto persona, Cristo es persona divina. María es persona humana. Por eso San Atanasio la llamaba nuestra hermana María. Y por eso el demonio le tiene tanta rabia y tanto miedo a la Virgen, porque en ella siempre el demonio encontró y siempre encontrará derrota.

El Padre Pío decía: Conságrense al Inmaculado Corazón de María. Y tanto repetía esta recomendación que alguien le dijo: ¿Usted por qué siempre recomienda lo mismo? Y él dijo: "Es que en el corazón de María nunca tuvo victoria el demonio". Y el que se esconde en el Corazón Inmaculado de María jamás será mordido por la serpiente.

En la segunda lectura se nos recuerda. Que cada uno de nosotros tiene que seguir el camino de María. O sea. Mire lo que dice acá: Él nos eligió en la persona de Cristo antes de crear el mundo. Aplíquese esa frase. Eso siente un escalofrío. Entonces piense, mi querida Cayita. Piense, mi querida Gimena. Álvaro. Rosalba. Sebastián. Bueno, los que estamos aquí y todos los que oigan estas palabras, piense lo que eso significa, porque ahí es donde está el propósito de la vida.

Cada uno de nosotros hace cosas: que el uno es abogado, que el otro es ingeniero, que el otro es arquitecto. Que el otro dirige una maestría. Esas son cosas que uno hace. Pero la pregunta no es lo que uno hace, sino lo que uno está llamado a hacer. Uno hace cosas y hace cosas bonitas. Hay artistas que hacen cosas preciosas. Hay ingenieros que hacen cosas fantásticas. Hay arquitectos que hacen obras que quedan como una especie de monumento para la humanidad. Eso es lo que usted hace. Pero, ¿usted qué es? Y aquí nos responde, en el capítulo primero de la Carta a los Efesios, San Pablo. En medio de su arquitectura, en medio de su odontología, en medio de su derecho, en medio de su docencia o lo que usted vaya a hacer, usted está llamado a ser santo. Y la pregunta que uno tiene que hacerse es: ¿estoy caminando para allá o me tiene distraído otra cosa?

La Biblia es implacable en ese tema, porque la Biblia llama ídolo a cualquier cosa que usted lo tenga distraído o distraída de ser santa. Si usted no está avanzando hacia la santidad y llevando gente hacia la santidad, usted está distraída, usted está distraído, y lo que lo tiene distraído, usted de ser santo se llama un ídolo y es un instrumento del demonio para mantenerlo lejos de Dios.

Entonces, ¿puedo tener amigos, puedo tener amigas? Claro, ¿puedo trabajar en mi carrera? Por supuesto que sí. Trabajen. Pero no se le olvide para dónde va. Entonces, uno tiene que pensar: ¿cómo estoy gastando mis días? ¿Voy para donde Dios me hizo o no voy? Esa es la pregunta que uno tiene que hacerse.

Y con respecto a los amigos y las amigas de uno, de lo que uno tiene que preguntarse es si estoy llevando la gente para donde Dios la quiere llevar o no. Porque así como hay amigos que son para llevar para el bien, hay otros amigos que ya sabemos, más bien lo arrastran a uno para donde no es.

En esa lectura, el apóstol Pablo utiliza una palabra. Dice: Nos eligió antes de crear el mundo para que fuéramos santos e irreprochables. La palabra que se usa en griego para decir "irreprochable" es la misma palabra de la fiesta de hoy para que seamos inmaculados. Inmaculado, que es sin mancha, o sea, impecable, o sea, irreprochable.

Entonces la fiesta de la Inmaculada no es para que veamos a esta Santísima Mujer, la Madre de Jesús, la veamos por allá lejos, sino más bien para que la miremos con cariño y digamos: "Como tú quiero ser". Yo estoy lejos, clarísimo, pero como tú quieres ser yo, quiero avanzar hacia allá.

Y una última palabra sobre este Evangelio. El Evangelio nos habla de la concepción de Cristo y hoy estamos celebrando la concepción de María. Entonces, ¿por qué se lee este Evangelio? Porque aquí se nos presenta el nombre que la Virgen María tiene en el cielo. En esta tierra nosotros la llamamos María, pero en el cielo ella tiene otro nombre que se traduce como llena de gracia. Fíjese que el ángel no le dijo al principio el nombre de la tierra, sino le dijo el nombre del cielo: Alégrate. No le dijo: Alégrate, María, si no le dijo: Alégrate, kejaritomene, Alégrate, gratia plena, alégrate llena de gracia. Esa fue la manera como la saludó.

Eso explica de dónde empezó la Iglesia a ser un camino de reflexión y de teología, hasta llegar a afirmar el 8 de diciembre de 1854, por boca del Papa Pío IX beatificado: María es inmaculada. Está llena de gracia. Sus días están llenos de la presencia de Dios. Su sonrisa está llena de la presencia de Dios. Su mirada está llena de gracia. Las manos benditas, purísimas de María están llenas de gracia. Pero, sobre todo, su corazón está lleno de gracia, lleno de la presencia de Dios.

¿Por qué? Esa es una gran noticia. Hermanos, esa es una gran noticia. Porque figúrese que el que lo llena a uno de la gracia divina se llama el Espíritu Santo. Y como decíamos en otra predicación, Dios no tiene dos espíritus santos. Dios solo tiene un Espíritu Santo, y ese Espíritu Santo, entonces, ¿qué quiere decir eso? Que la misma fuerza, la misma unción, el mismo Espíritu que hizo santo el camino de Cristo, que hizo santísima a María. Ese mismo Espíritu es el que usted y yo hemos recibido por el Bautismo, por la Confirmación; hemos recibido esa unción.

Y por eso terminó como empecé. Esta fiesta tiene una gran esperanza, para que uno diga: sí, lo mismo, el mismo escultor que hizo el corazón de María. Sí, ese mismo escultor es el que está obrando en mí, yo tengo esperanza de salir de todas mis culpas y pecados y de entrar en plena amistad con Dios.

Amén.

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