Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Fe: Hay incertidumbre pero El es la roca; Esperanza: Hay decepciones pero Él nos aguarda; Caridad: Hay dolor pero Él ha revelado su amor para con todos; Humildad: Cuanto menor el ego, mayor la victoria; Libertad: Cuando esperamos que las cosas cambien afuera, agonizamos; cuando cambiamos adentro, resucitamos.

Homilía inma036a, predicada en 20211208, con 59 min. y 0 seg.

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Transcripción:

Muy estimada Madre Leonor, abadesa de este monasterio, querida hermana Viviana Haydé, comunidad de monjas de la Orden de la Inmaculada Concepción. Parientes y amigos, todos.

Hoy esta casa de oración se viste de fiesta. Es por antonomasia la celebración propia del monasterio. Junto con toda la Iglesia celebramos la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Fue declarada como dogma solemne hace un poco más de 150 años, allá en el año 1854. El Papa Pío IX beatificado declaró, como parte de la fe de toda la Iglesia, que María, la Madre de Jesús, en previsión de los méritos de Cristo Redentor, su Hijo, había sido concebida sin pecado, con lo cual recogía una larga tradición de predicación, de teología y, sobre todo, de fe del pueblo.

Porque hay que decir, mis hermanos, que fue primero el pueblo sencillo, el que sintió en su corazón esta verdad de fe y la defendió. María la Inmaculada fue en primer lugar proclamada así por los más humildes, lo cual tiene mucho sentido, porque humilde fue la vida de María.

Estamos hablando de que la declaración de este dogma sucedió en el siglo XIX. ¿Por qué tanto tiempo? ¿Por qué hubo, por decirlo así, tanta dificultad en llegar a esa claridad a la que nos condujo aquel Papa, el Beato Pío Nono?

La dificultad estaba en que hay una verdad de fe, y es que Cristo es Salvador de todos. Cristo es Redentor de todos. Cristo es la fuente única de la gracia. Y les pareció a muchos predicadores y teólogos que afirmar la inmaculada concepción de la Virgen reñía con esa enseñanza de la salvación universal por Cristo, una enseñanza que está en la Escritura, particularmente en las palabras del apóstol San Pablo.

Pablo tiene afirmaciones muy rotundas sobre el reinado universal del pecado como fondo oscuro delante del cual se da la luz preciosa también universal de la gracia de Cristo. Por eso la palabra de Pablo: donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia.

Pero esta enseñanza del apóstol parecía muy difícil de conciliar con la afirmación de una concepción inmaculada. Hubo que hacer un largo camino en el que intervinieron muchas voces. Tal vez la más destacada en la antigüedad fue la de un hombre gran santo de Dios, San Efrén. Él fue diácono. Fue conocido como Arpa del Espíritu Santo. Su inspiración tan profunda, su vida tan limpia. Su palabra, tan mística y tan profunda también, hablaban en favor de la santidad de María desde el primer lugar, desde el primer momento de su existencia.

Muchos siglos después, a finales del siglo XIII, encontramos al Beato Juan Duns Scoto, de la familia franciscana, y hay que decir que fueron principalmente los franciscanos, entre ellos Scoto, los que defendieron esta verdad de la Inmaculada, por experiencia de oración de los franciscanos, pero también por esa cercanía, repito, con el pueblo fiel.

Entonces ahí estaba la dificultad, una dificultad escriturística y teológica. ¿Cómo vamos a afirmar que María recibió el bien de la salvación si fue concebida sin pecado y llevó una vida sin pecado? Fue esa circunstancia la que dificultó la proclamación de este dogma.

Y es interesante descubrir cómo la Iglesia logró hacer un discernimiento muy profundo y muy hermoso sobre por qué sí se puede y se debe afirmar la Inmaculada Concepción de María.

Como todo lo que se dice, todo lo que se enseña en la Iglesia de María Santísima, también este dogma depende fundamentalmente de la afirmación central sobre María. Y esa afirmación central es que ella es la Madre del Hijo de Dios encarnado, Madre de Dios.

El Concilio de Éfeso en 431 lo enseña: María, Madre de Dios. La famosa y hermosa expresión Theotokos, que es incluso muy gráfica. Theotokos quiere decir la que ha dado a luz a Dios.

Esa afirmación del concilio de Éfeso está en el centro de la mariología, es decir, está en el centro de todo lo que los cristianos creemos sobre la Virgen. Si la afirmamos Madre de Dios, lo que estamos diciendo es que ella es Madre de uno, que es Dios. Eso es lo que significa Madre de Dios.

Por supuesto, no quiere decir que ella le da origen a Dios. Algunos protestantes, o confundidos o queriendo confundir, dicen que cómo María va a ser Madre de Dios. Pues la respuesta es sencilla: es que ella es Madre de Cristo, que es Dios.

Entonces, la afirmación de María como Theotokos lo que quiere decir es Madre de aquél que es verdadero Dios.

Esa afirmación tiene muchas consecuencias. Que el Espíritu Santo me ayude para tratar de explicarlo y que todos lo entendamos.

Si María es verdadera Madre, hay un auténtico poder de la Madre sobre el Hijo. Es que madre no significa incubadora. Madre no significa la que ha provisto simplemente la carne o el cuerpo. Madre es madre. Madre es la que forma, educa al hijo.

El don de ser mamá es, en el plano natural, el don más grande que existe sobre la tierra. Porque ningún ser humano, como una mamá, tiene el grado de influencia sobre otro ser humano, como lo tienen las madres.

¿Por qué sucede así? Por la absoluta dependencia que tiene la criatura con respecto a la mamá. Porque la criatura recibe de la mamá todos los bienes y por eso la palabra de la mamá tiene una autoridad, tiene una fuerza que no proviene de otra cosa, sino del hecho de dar principio a la vida de otro ser humano. No hay don más grande que ese, en el plano natural.

Entonces, una mamá, con esa relación absolutamente única que tiene con la criatura, tiene también la capacidad de escribir las primeras palabras en el libro de la vida de esa criatura, de ese niño, de esa niña. La mamá tiene esa capacidad.

María fue verdadera madre. Nosotros afirmamos con el Concilio de Calcedonia que Cristo es verdadero Dios y verdadero hombre. Por la verdad de la naturaleza humana de Cristo. Hay que afirmar la verdad de la maternidad de María. Y la verdad de la maternidad de María supone un poder real, el poder de la maternidad sobre la criatura.

Hoy, cuando los movimientos feministas quieren empoderar, dicen ellas, empoderar a las mujeres, toman siempre como referencia los modelos de poder propios de la masculinidad. En realidad es una distracción y es un ruido ese modo de hablar. El poder real de la mujer está en otras cosas, entre otras, en este don de la maternidad. En su gran mayoría, el movimiento feminista quiere apartar a la mujer de la maternidad, quiere sacarla de ese centro.

Entonces saquemos las consecuencias. Si María es verdadera Madre de Jesús, si existe ese poder de la maternidad sobre la criatura, no cabe pensar la menor sombra de pecado en aquella que había de tener semejante poder sobre el Hijo de Dios encarnado.

María es formadora del Hijo de Dios en esta tierra, no sola, con José y con la familia. ¿Por qué Jesús no creció solo? Jesús tiene una familia, una familia extendida, de la cual conocemos varios parientes porque se mencionan en la Biblia. Pero en medio de todos esos parientes y con el servicio de la vocación única de San José, el poder, la potestad de la madre es única.

Y en esto quiero ser muy firme. No cabe entonces hablar de ningún tipo de poder del pecado en María, que había de tener semejante poder, semejante potestad sobre el Hijo de Dios. Ahí entiende uno por qué María tenía que ser inmaculada.

Pero luego viene la otra pregunta. ¿Y qué pasa con aquello de la salvación? Algunas personas, incluyendo algunos católicos bienintencionados, se disgustan cuando uno dice que María fue redimida. Se disgustan. ¿Cómo va a decir usted que María fue redimida? ¿Está usted diciendo que María pecó? No.

Esa manera de hablar supone una comprensión incompleta o pobre de lo que significa la palabra redención. María fue redimida.

De hecho, en el cántico de la Santísima Virgen María, ella afirma lo siguiente: «Proclama mi alma la grandeza del Señor. Se alegra mi espíritu en Dios, mi Salvador». Capítulo primero del Evangelio de Lucas. Ahí está la salvación. Es María misma la que está diciendo: "Él es mi Salvador".

Y las mismas personas que con buena intención le preguntan a uno: "¿Por qué dice usted que ella fue redimida? ¿Podrían preguntar también por qué dijo ella que había sido salvada? Porque mal podría ella a Dios su Salvador, si no hubiera sido salvada.

María fue salvada. María fue redimida. María es obra de la gracia. La obra de la gracia divina diseñó y realizó, hizo verdad, construyó el corazón que había diseñado. No hay templo como el corazón de María, diseñado y realizado por la gracia divina. Ella es obra de la gracia.

Para entender de qué manera María fue salvada, es bueno apelar a una comparación sencilla. Supongamos que dos personas van cruzando una calle. Uno de ellos va distraído. No se da cuenta de que viene un vehículo a alta velocidad. El otro agarra a su compañero y lo jala. Y por pocos centímetros. ¿Qué decimos? Por pocos centímetros le salvó la vida.

Cuando nosotros decimos que ese amigo le salvó la vida al otro amigo, ¿qué estamos diciendo? ¿Que el carro lo atropelló, se mató y este lo resucitó? No. Lo salvó de un mal.

Y esta comparación tan elemental nos sirve para descubrir que hay dos modos de hablar de la salvación. Se puede hablar de la salvación cuando una persona se cayó a un pozo y lo sacaron. Pero también se puede hablar de la salvación si la persona ya iba a caerse al pozo y lo agarraron.

O sea que hay una salvación de los que hemos caído. Esos somos nosotros. Esa es la hermana Viviana. Ella no es inocente. Hoy pone su carita, pero no, ella no es inocente. No es inocente. Yo tampoco. No somos inocentes. Nosotros hemos caído. Y la salvación para nosotros es que nos levanten.

Pero así como aquel amigo agarró al que iba a ser atropellado y no fue atropellado, así también Dios salva, no dejando caer. Esa es la pequeña idea. Esa es la idea que explica toda la Inmaculada.

Entonces María fue salvada, claro. ¿Cómo la salvó Dios? No dejándola caer. Y nosotros hemos sido salvados, claro. ¿Cómo nos salvó Dios? Levantándonos.

La verdad es que Dios nos ha salvado de ambas maneras. A ustedes, hermanos, porque no creo que haya otro inmaculado aquí; a ustedes, hermanos, y a mí, Dios nos ha salvado levantándonos, levantándonos y luego no dejándonos caer.

Si llegamos a la gloria del cielo, solo en el cielo, a donde nos conduzca Dios por su misericordia, solo en el cielo descubriremos de cuántas cosas nos libró Dios. Y eso también es salvación. Usted no tiene ni idea de la cantidad de veces que Dios le ha salvado de cosas en las que probablemente usted mismo se iba a meter.

Entonces así se fue despejando el panorama para entender por qué se podía y se debía proclamar a María Inmaculada. Respuesta: ¿Por qué se debía declarar a María Inmaculada? Porque María tenía potestad materna sobre su Hijo, que es el Hijo de Dios. Y no cabe que el pecado haya tenido poder sobre aquella que tuvo poder en el Hijo de Dios. Eso no es posible. No es posible.

Por consiguiente, es, digamos, es indispensable, como nos enseñó el Beato Pío IX o Pío Nono, es indispensable afirmar que María fue concebida sin pecado. Pero no niega eso, la redención no la niega. Simplemente que debemos comprender que así como hay algunos que hemos sido salvados, sinónimo redimidos, porque Dios nos ha levantado, así hay otros, como María, que han sido salvados porque no cayeron.

Hay varios santos de los que se cree sinceramente que nunca cometieron pecado mortal. Entonces, aquí es donde le sale a uno lo dominico. Resulta que yo no soy franciscano y tengo esa mala noticia. Yo reconozco que los franciscanos fueron los primeros en sentir, como en su carne y en su sangre, a la Inmaculada; sentir que ella tenía que ser inmaculada. Eso es tesoro de los franciscanos.

Los dominicos íbamos bastante atrás en el tema. Hay que ser humilde. Puede ser muy dominico, pero sea humilde; pero de varios dominicos -incluyendo nuestro fundador, Santo Domingo; luego Santo Tomás de Aquino; luego Santa Catalina de Siena- hay testimonios de personas que dicen de cada uno de ellos: "Creo que murió sin haber cometido nunca un pecado mortal".

Evidentemente, ahí obró la salvación de Dios. Dios que no te deja caer. De hecho, si nosotros no caemos en el pecado, debemos atribuirlo en primer lugar a Dios.

Bueno, ahí termina la primera parte de esta homilía. No voy a decir cuántas partes son, pero ahí termina la primera. La primera es: ¿Qué enseña la Iglesia sobre la Inmaculada? Lo que la Iglesia enseña es que, desde el primer momento de su existencia, se vio libre de la mancha de pecado original; que la razón no estuvo en ella misma, por supuesto, sino en la gracia propia de los méritos de Cristo. Y el motivo de semejante excepción fue que no sabía que quien iba a tener potestad materna sobre su Hijo hubiera estado sujeta al poder del pecado.

¿Cómo sucedió? La gracia se anticipó, podemos decir, y la sostuvo. Esa es la Inmaculada Concepción.

Ahora pasamos a la segunda parte. Nuestra segunda parte la vamos a llamar las virtudes de la Inmaculada. María brilla en toda virtud, pero especialmente brilla en la fe, la esperanza, la caridad, la humildad y la libertad. Estas cinco cualidades de María son todas bellas; todas nos elevan el corazón, todas nos llenan de fuerza, de fortaleza en nuestra vida cristiana.

Pero especialmente quisiera esta parte de la predicación ofrecerla a nuestra hermana que hoy hace su profesión solemne, hermana Viviana Haydeé, porque hacer la profesión religiosa en la Orden de la Inmaculada y el día de la Inmaculada es un regalo de Dios.

La fe. La Biblia solo trae una felicitación para María, una sola felicitación. De María se dice, y lo dice Santa Isabel, su prima, su pariente de María. Se dice: "Dichosa tú que has creído" Toda la vida de María, todo el camino de María. Toda la respuesta de María y toda la bienaventuranza de María tiene su fuente en la fe.

¿Cómo se aplica esto a nuestra vida? Pues mira. Nuestra vida cristiana no es una vida de ilusiones. La Iglesia es sabia cuando dice que tienen que pasar varios años antes de que una mujer haga una profesión solemne. Igual es el caso para nosotros los varones. ¿Por qué tienen que pasar varios años? Porque la vida religiosa, que no es otra cosa sino una vida cristiana vivida con particular intensidad en el seguimiento de Cristo, la vida religiosa no puede sostenerse ni ilusiones ni en fantasías.

Hay un paralelo muy grande entre la vida religiosa y la vida matrimonial. Por eso el día, particularmente el día de la profesión solemne, ella va ataviada como una novia que sale al encuentro del Esposo, Cristo Esposo. Entonces, guiados por esa comparación, tenemos que decir que la vida religiosa no puede sostenerse de ilusiones.

Pasa lo mismo que en un noviazgo. En el noviazgo, indudablemente, hay momentos de gran alegría, de gran ternura; hay una felicidad profunda. Aquello de amar y de ser amado es algo absolutamente precioso; llena el corazón de gozo. Pero hay también decepciones, hay también momentos oscuros; hay disgustos, hay peleas. Un buen noviazgo seguramente tiene que pasar por todas esas fases para que, si luego el noviazgo se resuelve en matrimonio, la persona que llegue al matrimonio no llegue basada en ilusiones y fantasías.

Este no es un asunto de cuento de hadas, ni para el matrimonio, ni para la vida religiosa.

Hermana Viviana ha entregado ya una porción de su vida a este monasterio. Ha conocido momentos felices y ha conocido momentos tristes, momentos de entusiasmo y momentos de desilusión. Eso es lo propio de la fe, y toda vocación que se viva en serio requiere también de ese proceso. Ese es el proceso de la fe.

¿Para qué le sirven las decepciones a los novios, a las novias? ¿Para qué les sirven las decepciones? Les sirven, por ejemplo, para que piensen bien qué es lo que están haciendo. Piense bien, bájese de esa nube: usted se va a casar con un ser humano.

Claro, uno podría decir en el caso de la vida religiosa: no puede haber mejor esposo que Cristo. Eso es totalmente cierto. Pero las condiciones específicas de la vida religiosa supone una cantidad de decepciones: decepciones de nosotros los sacerdotes. Todo lo que se espera, todo lo que sería de esperar de un sacerdote, y a veces uno conoce unos sacerdotes y queda decepcionado. Y eso les pasa a ellas también. Algunas de ellas habrán pasado por profundas decepciones con sacerdotes, incluyéndome, por supuesto, decepciones de las mismas hermanas.

Esto es vida religiosa. ¡Ay, no! Esto es vida religiosa. ¿Yo qué estoy haciendo aquí? ¿Dónde queda la puerta cuando le quitan el seguro? No es fácil. No es nada fácil. Pero es que precisamente la fe, la fe viene después de las decepciones, en cierto sentido.

Yo tengo una gran confianza de que nuestra querida amiga y hermana Viviana está dando este paso, no en la fantasía ni en la ilusión, sino en la fe. Y la fe no niega las dificultades, no niega los problemas, ni los problemas pasados, ni los problemas presentes, ni los problemas futuros. La fe no niega los problemas, pero la fe, así como nos abre los ojos para que veamos el tamaño de los problemas, también nos abre los ojos, y todavía más, para que comprendamos quién está a nuestro lado.

¿Quién hace el camino a nuestro lado? ¿Quién se ha declarado en favor nuestro?

Entonces, la vida de María fue vida en la fe y la vida de la religiosa, del sacerdote, del matrimonio, según la Iglesia, será una vida de fe.

La vida de María no fue una sucesión de milagros. A mí me gusta recordar una predicación que le escuché a un padre sobre el día 26 de marzo. Él hablaba de la fe del 26 de marzo. ¿Usted se estará preguntando qué pasó el veintiséis de marzo? Ese es el problema, que el 26 de marzo no pasó nada. Ese es el problema, porque el 25 de marzo, la Anunciación.

Pero, como nos recordó el texto del Evangelio que se leyó, dice aquí, mire cómo termina: «Y la dejó el ángel». La dejó el ángel, y queda ella para vivir el 26 de marzo.

Entonces hoy estamos a 8 de diciembre. Hoy, 8 de diciembre, le ponen corona, le parten torta, la felicitan, la abrazan. Pero hay que ver qué queda de Viviana mañana. Hay que ver qué sucede con Viviana y del 9 de diciembre y el 10 y el 11.

¿Y si Dios le concede llegar a viejita? Probablemente, chuchumeca. ¿Cómo va a vivir su chuchumeca seria? Esa es la fe. La fe es esa.

Y esto sirva también de consejo para las niñas que quieren casarse, porque como sacerdote que ya tiene unos años, yo noto, hay una tragedia y es que las niñas no se preparan para el matrimonio, se preparan para la boda. La boda: cómo va a ser mi boda y cómo va a ser la luna de miel. ¿Y después de eso qué? ¿Qué va a pasar después? ¿Qué va a pasar el 26 de marzo? ¿Qué va a pasar el 9 de diciembre?

Hay una especie de araña que llaman la viuda negra, porque después de que celebra sus bodas... Ustedes me entienden, elimina a su pareja. Entonces yo creo que muchas niñas como que están pensando eso: yo me caso y después de la luna de miel desaparece el sujeto. Y no, el problema es que el sujeto no desaparece; de hecho, cada vez aparece más y más y más.

Entonces la fe.

Segundo, la esperanza. La esperanza mira al futuro. Le he escuchado a varios predicadores que la gran crisis que tiene el mundo hoy es la crisis de la esperanza. ¿Qué es lo contrario de la esperanza? Lo contrario de la esperanza a corto plazo se llama desesperación. Pero hay otro contrario que tiene la esperanza, que se llama la desesperanza, que es el vivir como con un presentimiento oscuro, que las cosas cada vez van a ser peor.

Hay, por ejemplo, muchas personas. Si se les pregunta: «¿Usted cree que la economía va a mejorar?», algunos dicen que sí, pero en este momento las estadísticas dicen que la mayoría no cree. Hay una crisis de esperanza.

Si les preguntamos a muchos jóvenes: «¿Usted cree que vale la pena estudiar una carrera?» No, no lo sienten. De hecho, mucha gente no está entrando a estudiar carreras. Están buscando atajos, otras maneras, capacitarse en ciertas habilidades y destrezas técnicas. Eso me sirve más. O quizás volverme influencer. Me vuelvo influencer, me tapo de plata, le compro un apartamento a mi mamá. Y eso que cuento estar pagando matrículas y madrugando para clase. Esa es una crisis de la esperanza.

La crisis de la esperanza también entra en los monasterios. Los monasterios tienen estas paredes, algunas de ellas gruesas, otras delgaditas, pero las paredes delgaditas gruesas, no impiden que se cuelen los verdaderos daños para el corazón de las monjas. Y uno de esos daños es la desesperanza.

Prácticamente todas las vocaciones que yo he visto naufragar, de hombres o de mujeres. Por ejemplo, hace pocos días, en el convento donde yo vivo, el convento de formación de los dominicos, dos muchachos se retiraron; tenían que renovar su profesión religiosa, se retiraron.

Prácticamente todas las vocaciones que yo he visto naufragar tienen crisis en esta virtud de la esperanza. Sienten que las cosas no van a mejorar, sienten que las cosas se van a empeorar. Algunos sienten que las buenas horas de la vida religiosa quedaron atrás. «Yo, si hubiera querido ser?», dicen, «yo si hubiera querido ser dominico, pero allá en los buenos tiempos, no en estos tiempos de pacotilla».

Entonces varias de las religiosas aquí presentes, especialmente de las más jóvenes, pueden tener esa tentación: sentir que los buenos tiempos de la vida religiosa están atrás.

Pero hay una característica que tiene nuestra vida cristiana y nuestra fe cristiana. En el libro del Apocalipsis, capítulo primero, se le da un título a nuestro Señor Jesucristo. Él se da ese título porque Él saluda al vidente del Apocalipsis y dice: "Yo soy el que era, el que es y el que va a venir".

A mí me encanta la expresión: «el que va a venir», porque se dice con un solo término en griego: ho erómenos. Egó eimí ho erómenos: «Yo soy el que va a venir».

Celebrar una profesión solemne, hermana querida, es tener la mirada puesta en el erómenos, en el que va a venir. Para mí eso es lo más impresionante.

Por supuesto que yo también soy religioso y lo vivo. Pero es que lo que Dios le ha dado al corazón femenino es tan impresionante? Yo estoy convencido de que las mujeres entienden muchas cosas de la vida religiosa que nosotros, los mismos religiosos, difícilmente comprendemos.

Por ejemplo, eso: esperar al Novio que viene, esperar al Cristo que viene. Saber que las bodas definitivas están más adelante y vivir de esa esperanza.

Decía el Papa Benedicto, recordando a San Pablo: "En esperanza somos salvados" Es vivir en esperanza.

Viviana, lo que estamos celebrando es tu profesión solemne, que nos llena de gozo. Pero lo que estamos celebrando es el acto tuyo de esperanza por el cual tú vas a entregar todos los días de tu vida, aguardando al que va a venir.

Y solo podrás decir que has llegado a sus brazos y que Él ha llegado plenamente a ti. El día que entres en la eternidad. Entonces, el día más parecido a la profesión solemne es el día de la muerte.

Y es muy importante que Viviana, y los parientes de Viviana, y los que estamos hoy aquí comprendamos la grandeza que conecta la profesión religiosa con la muerte. De aquí, lo único grande que va a suceder en tu vida es la muerte.

Cuando las religiosas están viviendo sus primeros pasos? ¿Cuál es el primer paso? ¿El noviciado? No, señor. Hay algo anterior. ¿El postulantado? Tampoco. Hay algo anterior: el aspirantado. Y, como me gusta decir, antes de aspirantes son suspirantes.

Entonces, la hermana que ha pasado por su aspirantado? aspirantado, postulantado, noviciado, juniorado? siempre está mirando el siguiente paso.

Entonces, por ejemplo: «Soy novicia? vamos a ver, vamos a ver si me dan la profesión». Entonces vas a ser juniora. Es juniora. Seguramente ya se ha enfrentado con cosas muy duras, pero bueno, «vamos a ver, vamos a ver si me dieron la renovación». Y así sigue renovando.

Pero una vez que le concede la comunidad la profesión solemne, ya de aquí no sigue nada. Lo que sigue aquí es la muerte. Ese es el encuentro, el encuentro con el amado.

Entonces, a mí me impacta. Yo cada vez que vengo a este monasterio, -que vengo cuando puedo y me reciben-, cada vez que vengo, a mí me impacta la vida de ellas. Ellas no son perfectas, pero cada una de ellas me impactan porque, aunque tengan los defectos que tengan, cada una de ellas está viviendo en esperanza.

Por encima de sus dificultades, de sus tentaciones, de sus problemas, está viviendo en esperanza; está viviendo a la espera del gran encuentro.

María vivió en esperanza. Y si hay una causa por la que ella salió de este mundo, fue por amor.

Caridad. Tercera virtud. La caridad es el alma de toda vida cristiana. La caridad es el motivo único y principal de nuestra unión con Cristo.

«Esto os mando: que améis, que os améis unos a otros». Jesús no dijo esto: os mando, amad a las monjas que se lo merezcan. Tampoco dijo: amad a las monjas que sean vuestras amigas, a las que os caigan bien, a las que os traten bien. Él dijo: "Amar, amar".

Claro, el primer ámbito de amor para ellas es su propio monasterio. Pero el amor de ellas se extiende mucho más allá. Los que estamos aquí, todos hemos recibido amor de estas monjas a través de su oración, sus cuidados, su alegría, su testimonio.

¿Y cómo hace uno para amar a la gente que no es así como muy fácil de amar? Esa es la gran pregunta. Y muchas vocaciones que no habían naufragado por el tema de la esperanza naufragan por este tema del amor.

«No, es que yo realmente no puedo con esa hermana. No puedo».

Yo siempre les recomiendo: cuando tengan dificultades con una hermana, coman saludable. Es importante comer saludable. Usted come saludable, come saludable, come saludable Y vamos a ver en el largo plazo?

Pero además de comer saludable, ¿Qué más puede hacer una monja en las dificultades de vida comunitaria? Que esto vale también para nosotros, porque usted también debe tener esas dificultades.

Hay gente a la que uno le cuesta trabajo amar. Al sacerdote le pasa lo mismo. En las familias pasa lo mismo. Hay papás que se sienten dolidos por sus hijos; hijos que se sienten decepcionados de sus papás.

La clave -y es lo que encontramos en María Santísima-, la clave está en que el amor nuestro no sale de nosotros. No se ponga usted como fuente de amor, porque eso no funciona. No funciona. El amor de uno se le acaba; a uno se le acaba el amor y, si a uno no se lo acaba, se lo acaban.

Hay gente que es buena pa?acabarle a uno. El charquito de amor que uno tiene lo dejan a uno realmente sin ganas de quererlos y sin ganas de nada.

Pero hay una fuente que no se agota.

Entonces, para querer a las personas, el modo cristiano es este: el modo cristiano no es él y yo, o ella y yo. Eso no funciona. Eso se le puede acabar, y muy fácilmente se le acaba.

Y, sobre todo, como en la vida religiosa, no se escogieron entre ellas -porque en un matrimonio, al fin y al cabo, la gente dice: "bueno, esto fue lo que yo escogí, ¿quién me mandó?"-, pero en una vida religiosa no existe eso?

Mira, la clave está en pensar esto: el mismo que me amó a mí lo ama a él, la ama a ella. El mismo que me tuvo paciencia a mí le tiene paciencia a ella. El mismo que esperó por mi conversión -y que en Getsemaní derramó su sangre, que luego completó en el cáliz de la cruz- ese mismo es el que ama a mi hermano, el que ama a mi hermana.

Entonces, nosotros no queremos a la gente porque la gente sea muy querida. Hay gente que es querida y hay gente que no, y hay gente que es querida y se vuelve antipática. Solo sirven para promoción vocacional y después no, y hay gente que uno al principio no la valora y después se da cuenta que es un auténtico tesoro.

Todo esto que yo he descrito -de la gente que me cae bien, la gente que me gusta, no me gusta- todo eso es lo que la Biblia llama la carne. Y es muy peligroso que entre el amor de la carne, porque el amor de la carne siempre trae divisiones.

Efectivamente, la persona que a mí me cae muy bien tal vez no le cae tan bien a otros. Y si yo pretendo imponer la persona que me cae bien a mí a que le caiga bien a todo el mundo, voy a causar división, polarización en la comunidad.

El amor de la carne solo trae destrucción.

Por eso es muy importante que toda religión -sea en realidad, todo cristiano; pero es que en la vida religiosa no hay otra manera de sobrevivir-. Es muy importante que toda religiosa descubra que tiene sus propias preferencias, por la razón que sea. Preferencias es: quién me gusta, quién no me gusta, quién me cae bien, quién me cae mal.

Pero uno tiene que levantarse por encima de eso, por encima y por encima de eso, hacer esta consideración: ¿Cuánto amó Cristo? ¿Cuánto ama a Cristo a esta persona? ¿Y cuánto le costó a Cristo?

Cada una de estas monjas es una historia de amor inconclusa. Es el fruto de las lágrimas de Cristo. Y estoy seguro que Cristo sigue llorando por muchos de nosotros. Estoy seguro, -usted me entiende la comparación-.

Entonces, cuando usted encuentre la persona que le decepciona, el camino es ese. El camino es: «¿Cuánto estará llorando también Cristo por esto?» Y entonces, si yo lloro, no lloraré de rabia para destruir a mi hermano, sino yo lloro para unir mis tres lágrimas al torrente de llanto de Cristo por esa persona que quizás está destruyendo su vocación, profanando sus votos.

Humildad. La humildad aparece especialmente en aquella frase que utiliza la Virgen: "Aquí está la esclava del Señor". Y también dice: «Ha mirado la humillación de su esclava», en el Magníficat.

Solo digo una palabra sobre la humildad: la humildad nos ayuda a controlar el tamaño del ego. El ego se parece mucho a la barriga o panza; tiene una tendencia constante a dilatarse. El ego siempre quiere crecer, siempre.

Pero aquí también voy a hacer una comparación infantil, como la comparación que hice de los dos amigos que iban cruzando la calle. Voy a hacer una comparación infantil. Mira: Cuanto más grande el ego, más fácil le resulta al demonio acertar en sus disparos. Acuérdate: el tiro al blanco es la misma idea. Cuando el target, cuando la diana, cuando el blanco es pequeñito, es muy difícil acertar. Pero imaginémonos un tiro al blanco en que el blanco son cinco metros de diámetro? y cualquiera, -hasta yo-.

Entonces, sabemos que el demonio detesta a los cristianos; sabemos que el demonio ataca especialmente a los consagrados. Por eso nosotros, sacerdotes, tenemos que humillarnos todos los días, y varias veces al día, si queremos tratar de perseverar en gracia.

Por consiguiente, el demonio detesta a estas mujeres. Las detesta porque cada una de ustedes es una señal de la victoria de Dios. Y cuanto más pura sea tu vocación, pues más señal eres de Dios, y más te detesta el demonio.

Pero no hay que tenerle miedo. ¿Pero qué pasa? Que si el ego es grande, le queda muy fácil al demonio acertar en sus disparos.

A medida que el ego -como el de María- se va volviendo más pequeño, el asqueroso demonio dispara, dispara sus saetas, lanza sus flechas incendiarias, sus dardos envenenados? y no logra darnos, no logra darnos.

La otra comparación, que siempre se comenta, es la de la visión que tuvo San Antonio -que la hemos comentado en este mismo lugar-. Vio San Antonio, camino del pueblo, que una cantidad de demonios iban hacia ese pueblo con redes de todos los estilos.

Lloroso, San Antonio Abad preguntó: «¿Quién puede salvarse así?». Y la respuesta que oyó del cielo fue: «Solo el pequeño. Ninguna red atrapará al que es pequeño».

Es necesario, como María, saber escabullirse. Es necesario, como María, hacerle no solo difícil, sino imposible, su disparo al demonio.

Terminemos hablando sobre la libertad. La libertad es hoy más necesaria que nunca. Acabo de mencionar la visión que tuvo San Antonio Abad: lo que quiere el demonio es enlazarnos.

No se nos olvide que el demonio nos estudia a cada uno de nosotros. San Pedro dice: «Ronda buscando a quién devorar». Ronda es que le da la vuelta y da la vuelta para saber por dónde puede atacar. Y, por eso, no ataca usualmente del mismo modo a dos personas, así sean hermanos, sean amigos o sean de la misma orden religiosa.

Si ve que a una determinada persona la puede atacar por el orgullo, le cae por ahí. Si ve que la puede atacar por la codicia, a otra persona la ataca por la incredulidad; a otra, la ataca por la lujuria.

Y es perfectamente posible que lo que resulta fácil de vencer para una de las hermanas no resulta tan fácil de vencer para otra, porque las tentaciones son distintas, porque las luchas son distintas.

Por eso es necesario adelantarse en el conocimiento de uno mismo. Pero por eso es necesario también amar la libertad que nos trajo Cristo. Porque nuestra libertad es nuestra forma santa de ser rebeldes. Así como hay una rebeldía que es propia del pecado, hay una rebeldía que es propia de la santidad.

La rebeldía propia del pecado es la imposición de la propia voluntad; y en esa rebeldía terminamos siendo esclavos, porque la voluntad nos la manejan nuestras ganas, nuestras pasiones, nuestras mentiras.

Pero hay una rebeldía santa que tiene su ejemplo perfecto en San Juan Bautista y en tantos otros santos. ¿En qué consiste esa rebeldía santa? En no dejar que el corazón tenga otro dueño, sino es el que por mí derramó su sangre.

La misma mujer que dijo: "Aquí está la esclava del Señor", no fue esclava de nada ni de nadie más.

Pablo tenía la misma costumbre. Pablo decía que él era el esclavo de Cristo; esclavo de Cristo, pero esclavo de Cristo significaba libre de todo lo demás.

Hermana Viviana, cuando esperamos que las cosas cambien afuera, agonizamos. Cuando cambiamos nosotros por dentro, resucitamos. La única persona en la que realmente puedes influir eres tú misma.

Eres tú misma para los demás, el beneficio del servicio, la caridad, la oración. Pero la única persona que tú puedes realmente mejorar eres tú. Y eso es ser libre.

Lo contrario es estar esperando, estar esperando que cambien los otros, que cambie el país, que cambie el presidente. «A ver si con el otro presidente? a ver». Que cambie la economía, que cambie la Federación, que cambien las monjas. Y, efectivamente, cambian y llegan otras: a veces peores, a veces mejores.

Libres. Tu profesión religiosa, hermana, es un grito de libertad. Y la de todas aquí presentes. Vivir la profesión religiosa es un grito de libertad. m

Y ese grito de libertad es: soy de Cristo. Vivo con las demás monjas. Tengo una obediencia a la abadesa y proporcionalmente, a la Federación, los visitadores, el obispo? lo que sea -perdón que hable así: lo que sea-.

Tengo esas obediencias. Pero ser, ser: soy de Cristo. Yo no soy de nadie más. Esa es la libertad.

Y esta libertad de ellas, como la libertad de todo auténtico predicador, sacerdote, religioso, misionero, catequista, cristiano? esa libertad. Ella es un gran testimonio, porque esa libertad será el secreto de tu alegría.

Decía Cristo: «Les voy a dar una alegría que nadie les va a quitar; les voy a dar una paz que nadie les va a quitar». No es que a uno no le duelan las cosas, no es que uno no le preocupen las cosas; pero es que mi vida es de Él, mi vida no es de nadie más. Eso es ser libre.

Y cuando uno es libre así, uno no condiciona la fidelidad, ni la felicidad, ni la paz. No la condiciona a nada ni a nadie.

Esa libertad tuya, y la de cada monja, le va a hacer un bien inmenso -inmenso- a este monasterio, y va a ser un testimonio absolutamente precioso para cada uno de nosotros.

Hermana Viviana. Gracias por concedernos vivir este momento. Primero, gracias a Dios; gracias al monasterio que te formó; gracias a tu familia, que antes que el monasterio te otorgó tantos dones. Gracias a ti por tu respuesta.

Gracias, y que el Señor que hoy te concede esta libertad la preserve para siempre, hasta el día en que sea Él el que diga: "Viviana, vamos, ahora sí a celebrar las bodas eternas".

Amén.

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