
Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Llegar hasta la Inmaculada y con Ella hasta el mismo Dios.
Homilía inma031a, predicada en 20181208, con 34 min. y 3 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos, yo quiero empezar estas palabras acusándome. Cuando yo tenía siete años de edad y unos meses, hice mi Primera Comunión. Las condiciones de mi preparación no fueron las mejores, ni exteriormente ni interiormente. Cuando yo tenía esa edad, recibí a nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía. Muy lejos, muy, muy lejos de lo que Él se merece, con un corazón muy frío, muy distraído. Yo tenía clara en mi cabeza la enseñanza: está Cristo en la Eucaristía, pero el corazón era un pedazo de roca o un pedazo de hielo. Cuando ustedes me oyen hablar a veces sobre la necesidad de orar por los niños y de inculcar en los niños sentimientos de arrepentimiento, de conversión, es porque a mí nadie me hablaba de conversión en aquella época. Y yo era un pedazo de hielo. Con Cristo eso sucedió el 7 de octubre de 1972. A los niños hay que hablarles de conversión, porque hay muchos niños que son indiferentes, fríos y distraídos. Conocen la alegría, pero no la alegría en Dios. Ni les interesa. Cuando tengan hijos, preocúpense de eso: que en sus hijos muy pronto arda el fuego del amor de Dios. No se preocupen solo de que sean buenas personas, buenos alumnos, que no pongan problema. Mi familia es una familia buena, bonita, pero una familia que no tenía suficiente amor a Dios como para preocuparse de esas cosas. Yo, después de eso, seguí confesándome y seguí comulgando. No piensen ustedes que se trataba de pecados terribles. Creo que no, pero también me pregunto si hay algo más terrible que el frío. El frío. El hielo. La indiferencia. El Papa Francisco dice: «El peor pecado de nuestro tiempo es la indiferencia». Jesús, abriendo su pecho, mostrando su amor, y el mundo frío, la gente distraída. Yo tengo mucho dolor por mis pecados, y ya varios de ustedes me han oído. Porque no solamente era esta indiferencia. Las cosas cambiaron para mí hace exactamente cuarenta y seis años. El 7 de diciembre de 1972. Ahí cambiaron las cosas para mí. Ojalá ese cambio hubiera sido permanente, porque tampoco en eso yo he sido modelo. Realmente, no. Pero algo muy bello sucedió hace exactamente cuarenta y seis años, el 7 de diciembre de ese mismo año. O sea, habían pasado dos meses desde la Primera Comunión. Fuimos con mi familia a misa, al Seminario Mayor de la Arquidiócesis de Barranquilla, que era donde yo me encontraba en razón de vacaciones. Yo le podría decir a usted en qué asiento estaba yo sentado esa noche y yo tenía siete años y medio. Eso le da una idea del impacto que tuvo esa experiencia. No había mucha gente en la iglesia. Era, por supuesto, la fiesta de la Inmaculada Concepción. Un padre que ya era mayor en esa época y que con toda probabilidad debe haber muerto fue el instrumento de Dios en esa noche inolvidable para mí. Entonces dijo él, en el momento de la homilía, lo que a mí me corresponde hacer ahora: «Hoy la Iglesia celebra la Inmaculada Concepción. Yo, ¿cómo pudiera explicarles qué es esto de la Inmaculada Concepción?». Y entonces soltó estas palabras. Dijo: «Es como una niña que crece y se hace mujer, pero sigue siendo niña». Esas palabras tuvieron un impacto inesperado en mí. Ese hombre fue un canal del Espíritu Santo. Es una de las razones por las que yo creo en la predicación. Yo no sé cuál es la misa en la que Dios le va a tocar el corazón a usted. Usted ha asistido a muchas misas y ha cantado muchas misas, o ha leído en muchas misas, o se ha arrodillado en muchas misas, y tal vez su corazón, como el mío en aquella época, un corazón frío. O sea, usted no sentía o no siente que se derrite de amor. Pero cuando el hombre suelta esa frase, algo pasó dentro de mí. Eso fue una acción del Espíritu Santo. Porque antes de que yo pudiera entender nada, yo tenía siete años y medio. Antes de que yo pudiera decir nada, me salía como un grito de las entrañas. Y ese grito era: «Yo quiero conocer a esa niña». Mi corazón quedó signado. Quedó sellado por el amor de Cristo en la Eucaristía y por ese prodigio que Dios había hecho en esa niña mujer, en esa mujer, niña. Algo había sucedido ahí. Es decir, que yo puedo hablar de conversión a los siete años y medio. Y yo vuelvo a insistirles: oren mucho por sus niños, por sus niñas. La conversión tiene que suceder. Ustedes no se fíen de que los niños son buenos. Si ustedes preguntan a mis papás, les van a decir: «No era un niño bueno, estudioso», y van a agregar esto que no sé de dónde lo sacan: «Un poco malgeniado». No sé de dónde sacan eso. Pero bueno, seguramente sí era un poco malgeniado, pero ese no era el principal problema. El principal problema era ese hielo. Entonces, cuando a mí me preguntan cuándo hice la primera Comunión, pues técnicamente hice la Primera Comunión el 7 de octubre. Pero yo creo que yo hice la Primera Comunión el 7 de diciembre. Porque ese 7 de diciembre yo sentía hambre de Cristo. Es la primera vez en mi vida que yo he conocido lo que es eso. Yo no solamente quería estar en la misa o cantar en la misa o lo que fuera. Yo quería comer a Cristo. Y en esa noche yo espero que Jesús no se haya disgustado conmigo. En esa noche, lo que yo sentía era: «Este es el hijo de la niña, este es el hijo de aquella niña». La Inmaculada, pues, tiene un poder muy grande. Y yo les cuento que una parte importante de mi vida se ha ido tratando de entender el misterio de la Inmaculada. ¿Por qué? ¿Por qué la Inmaculada es tan importante? Perdónenme que sea tan autobiográfico. Es un poco compartir un testimonio. ¿Qué me pasó? Años después estaba yo distraído, entre paréntesis, fascinado por la ciencia, particularmente ciencia natural, física y las matemáticas. Olvidado de Dios. Bastante frío también. Estudiaba Física en la Universidad Nacional. Tenía diecinueve años de edad. Y de repente, en una clase de mecánica analítica, mientras yo estaba tomando mis apuntes, resolviendo algunos ejercicios de los que ponía la profesora en el tablero, me gusta recordar que los mejores docentes que tuve en la universidad fueron ambas mujeres, muy buenas docentes. Entonces esta mujer estaba explicando ayer el tema de la mecánica analítica, la reparametrización y todo aquello, y de repente viene dentro de mí un deseo: «Yo quiero ver a la Virgen». Es muy difícil explicar esto porque no es un asunto de que se me aparezca, no es un asunto de ir a un santuario. Yo no sé explicarlo bien. Yo llevaba un tiempo realmente de nuevo, así, frío y sin mucha oración ni misa. O sea, ¿cómo sería de pobre mi condición en la universidad, que yo ni siquiera sabía que había una capilla en la Universidad Nacional? Yo ni siquiera sabía eso. No me importaba. Son cosas vergonzosas. Son cosas que yo digo mucho tiempo. Yo he perdido mucho tiempo. O sea, yo puedo hacer mías las palabras de Agustín que ustedes conocen: «Tarde te amé, hermosura tan antigua y tan nueva». O sea, fue de nuevo la Virgen la que me llamó. Y de ese llamado yo resulté en la capilla de la Nacional, y de ahí recuperé la Eucaristía y recuperé la confesión y entré a un pequeño grupo de oración. Y eso fue como resucitar a un muerto. O sea, de nuevo la Virgen, de nuevo la Inmaculada. Entonces yo me quedé pensando: ¿qué tenía que ver la Virgen María con el estudio de la física? No tenía una respuesta para eso. Muchos dirían que no tiene ninguna relación. Esto ya lo he comentado otras veces: sí tiene una relación. Se lo voy a decir de esta manera: la Virgen María es el universo como lo pensó Dios. Lo que usted ve en María Santísima, eso es. Eso es lo que Dios quiere de la humanidad. Eso es lo que Dios quiere de cada corazón. Eso es lo que Dios quiere del universo. Los antiguos sabios y filósofos decían que el ser humano era el microcosmos, porque en cada uno de nosotros se reúne todo lo que tiene el cosmos. Incluso un ateo que ha hecho mucho daño con su ateísmo, Carl Sagan o /Séigan/, dicen otros, tenía esta reflexión tan poética. Decía: «Nosotros estamos hechos de polvo de estrellas». Es fascinante ver el proceso de creación y destrucción de estrellas para la producción de los distintos elementos químicos. Todo empieza con el hidrógeno y por fusión. Luego el helio. Pero tienen que explotar las estrellas dos o tres veces para que se vaya aumentando el número atómico hasta llegar al hierro. Si usted me está escuchando, si usted puede respirar, es por el hierro. Cada uno de sus glóbulos rojos tiene una molécula que en su centro tiene el hierro, y eso es lo que le da el color rojo a su sangre. O sea que esos cacheticos empezaron en las estrellas. Es una reflexión muy bonita de Carl Sagan. ¿Cómo nosotros llevamos polvo de estrellas en cada uno de nuestro cuerpo? ¿Y dónde? ¿En qué estrella se formó el hierro que hoy te da ese hermoso color? Miles, miles y millones de kilómetros, pero todo se ha condensado para que tú existas. O sea, incluso en nuestro cuerpo somos un microcosmos, pero somos un microcosmos desordenado. Cuando esté microcosmos... Por eso dice San Pablo: «La creación gime, gime, esperando la redención de los hijos de Dios. La creación gime porque... porque tú eres un portento, mujer, porque tú eres un portento, muchacho, porque cada uno de nosotros es un portento. Es impresionante lo que llevamos, incluso desde el punto de vista de la química, de la física. Es una cosa asombrosa. Pero somos un microcosmos desordenado. Y ese desorden es, por ejemplo, lo que sucede cuando lo que es más noble y alto en ti queda sometido, queda humillado. Piensa, por ejemplo, en la persona adicta. Una persona adicta sabe con su cabeza: esto me está destruyendo. Pero como un esclavo, allá va. Esto me destruye, pero no puedo vencerlo. Este adulterio me destruye. Pero no puedo dejarlo. Esta pornografía me da asco. Pero no la puedo soltar. Es decir, lo más alto queda humillado, queda doblegado frente a las pasiones más asquerosas, las más sucias. Y nos volvemos así, esclavos de la mentira. Y nos volvemos así, esclavos del orgullo, esclavos de la impureza, esclavos de la envidia. Hoy hablaba en el almuerzo con una buena amiga y me hablaba sobre el resentimiento y sobre la amargura. Tú te pones a pensar: personas marcadas por el resentimiento o marcadas por el ansia de poder, por las ganas de dominar a otra persona, y estás maltratando a otra persona y te estás destruyendo tú. O con la envidia, o con la amargura, o con cada pecado. Entonces, cada uno de nosotros es un universo, pero es un universo desordenado. ¿Y qué es la conversión? La conversión es recuperar ese orden: que lo primero vaya de primero y lo segundo vaya de segundo y lo último vaya de último. Esa es la conversión, y la conversión entonces hace recuperar la belleza. Es tan hermoso ese pensamiento también de los griegos, que siempre pensaban que la belleza estaba unida a la bondad: lo bello y lo bueno. Es decir, allí donde hay verdadera bondad, hay verdadera armonía; donde hay verdadera armonía, hay verdadera belleza. Pero eso queda destruido en nosotros y queda destruido por el pecado. Entonces el pecado arruina ese plan de Dios. Cuando uno mira a una persona confundida, deprimida, incapaz de percibir el orden del mundo, incapaz de encontrar su lugar en la historia, y solo pensando: «Me voy a matar, me voy a matar». Tanto suicidio que hay hoy. Uno dice: «Eres el ser más esplendoroso en la creación visible». Por supuesto, hay una distancia ontológica gigante entre nosotros y lo que sigue para arriba. Lo que sigue para arriba son los ángeles, los santos ángeles. Y ahí sí, como dice el refrán, ese es otro nivel. Siempre me impactó que el vidente del Apocalipsis, una persona tan santa de nombre Juan, parece muy seguro que no era el apóstol Juan, pero bueno, era Juan y había sufrido por la fe y era un hombre santísimo, y cuando a él se le aparece un ángel, queda tan fascinado que cae para adorar a un ángel. O sea, los ángeles realmente son otro nivel, y de ahí hay que dar un salto infinito para llegar a lo que es el Señor, lo que es Dios. Pero en el universo visible no hay nada más hermoso que tú y que yo. No hay nada más bello. No hay nada que cante más la gloria de Dios. Cada ser humano, pero especialmente cada santo, porque la santidad trae esa armonía, recupera y levanta a esa armonía querida por Dios. Cada santo es un canto absolutamente único al querer de Dios. Entonces, pues, ya te das cuenta de lo que significa la Inmaculada. Podemos decir, y por eso empecé acusándome yo, yo, podemos decir que nuestros pecados, nuestros puercos pecados, han deformado eso que Dios quería. Claro, a través de la conversión y, por la acción del Espíritu, eso se va recuperando. Entonces hay una gran belleza que Dios da. Ahora volvamos a la Virgen. Entonces, ¿quién es ella? Es la única del universo visible en la que Dios puede decir: «Esto era lo que yo quería». Yo por eso entiendo perfectamente a las personas que han tenido experiencias tan hermosas como los pastorcitos de Fátima. Eso, eso de ver a María. Claro, no es Dios, pero es ver la mejor obra del mejor artista. La gente se queda asombrada, anonadada, cuando ve la obra de Rafael, de Miguel Ángel, o cuando escuchas una gran sinfonía o cuando miras a un gran ballet. Bueno, aquí el artista es Dios y esta es su mejor obra en la creación visible. Entonces, por eso estas personas... Yo lo puedo entender. Yo no he vivido algo semejante, pero yo lo puedo entender. Yo puedo entender lo que le sucede a esa persona. Es una especie de fascinación. Es una sensación de llegar a la casa. Lo que falta a muchas personas, sobre todo a muchas personas atribuladas. Yo lo digo con amor, sobre todo pensando en los que estén más atribulados ahora, por lo que, por la razón que sea, yo te digo esto: no esperes que las cosas cambien afuera, no esperes que la paz empiece porque cambió tu esposo, porque cambió tu papá, porque cambió tu hijo. Empieza es en ti y quien te puede dar esa sensación de casa es María. Mirando hacia afuera, o sea, uno se pone a mirar afuera. Por muy buenas que sean las personas, tus amigos, compañeros, gente que tú admiras, tu esposa, tus hijos, tus papás, tu novia, donde poses tus ojos. Si realmente fijas la mirada, finalmente vas a encontrar decepción. No importa qué tan buenas parezcan las personas y no importa qué tan tuyas te parezcan. Es mi amada novia. Es mi amado esposo. Es mi amado hijo. Todos te van a decepcionar. No hay vida humana quitándola de la Virgen. Y hay una inquietud, hay un signo de interrogación sobre San José, el cual no vamos a resolver hoy. Pero, quitando, en todo caso, con certeza podemos decir la situación de la Virgen. No hay vida humana que, al examinarla continuamente y de cerca, no termine decepcionando. No esperes que tu paz empiece ahí, porque no va a venir de ahí. Y esto me duele tanto, me duele tanto porque la gente se pasa la vida esperando a que el otro cambie. El día que mi esposo, el día que mi esposa, el día... Sí, sí, mi hijo. Si solamente mi hijo cambiara. Sí cambiará. No hagas eso. Empieza por recuperar la paz tú; cuando tú recuperes la paz, tendrás ojos para ver qué está pasando en tu amigo que de repente se volvió incomprensible para ti. O en tu esposa o en cualquier otra persona que te sea cercana. También eso vale para la gente de Iglesia. Llegar a la Virgen es una sensación absolutamente deliciosa. He escuchado a varias personas que han pasado por cosas horribles. Cosas horribles. Es, por ejemplo, salir de tu casa por la mañana. Dios preserve todos los hogares que están aquí: salir de tu casa por la mañana y tienes mamá y llegas a mediodía y ya no tienes mamá. Tuvo un accidente cerebrovascular y se murió tu mamá. Y ya no tienes mamá. Estoy hablando de ese nivel de situaciones. Y yo les he oído a varias personas que lo único que les ha dado paz, es volver a la Virgen, volver con el Santo Rosario, por ejemplo. No usar el Rosario para darle al otro, no usar el Rosario para cambiar al otro. Usa el Rosario para que sea tu casa. Deja de pensar en lo que tú tienes que cambiar en la otra persona. Ustedes conocen esa frase tan bonita de Santa Teresa de Calcuta. Ella tenía unas respuestas. Una vez le preguntaron: «Madre Teresa, si usted pudiera cambiar algo de la Iglesia, ¿qué cambiaría?» Esperando la noticia, no el titular. Uy, yo me imagino los titulares. Si ella hubiera dicho cualquier barbaridad, ¿no? Bueno: «Creo que ha llegado la hora de las mujeres en la iglesia». Madre Teresa dice... Hubieran sacado el tremendo titular. La respuesta de ella fue muy simple: «¿Usted qué cambiaría de la Iglesia? Yo me cambiaría a mí». Uno se pasa la vida tratando de cambiar a la gente, de resolverle la vida a otra gente. Y siempre la responsabilidad está en otros. El gobierno no sirve. Me contaba una joven que estuvo en una convivencia. Nosotros también hacemos convivencias en Familia Espiritual. Preguntaba una joven que estuvo en una convivencia que les hicieron un ejercicio muy simpático. El ejercicio consistía en que les advirtieron tres veces en distintos momentos antes de que salieran para la convivencia: «Nadie lleve comida, nadie, nadie lleve comida. La comida la vamos a resolver de otra manera. No lleven comida, no lleven comida. ¿Queda claro eso? Si van a llevar comida o no, nadie va a llevar comida». Cuando llegaron al lugar de la convivencia, entonces empiezan a preguntarle a uno por uno, mirándolo a los ojos. «¿Trajo comida?». «No, no, no, yo no». «Pero entonces, como es una de esas convivencias extremas, yo creo que yo me voy a pasar también a ese modelo extremo. ¿Trajo comida?». «No, no, no». «Revisen el equipaje». Sí, había traído, pero la revisión no la hacían instantáneamente, sino que primero preguntaban. Yo no sé cuántas personas eran. Digamos que eran treinta personas de las treinta. Solo una persona. Cuando le preguntaron: «¿Trajo comida?», dijo: «Sí, pero se le dijo que no trajera». Eso también es verdad. Al revisar los equipajes, la gente sí había traído comida. Una gran mayoría. Entonces, ¿cuál era la moraleja? ¿La moraleja? La moraleja era: «Por eso Colombia está como está. Porque todos hemos aprendido a mentir mirando a los ojos». Y el que miente en una cosa pequeña puede mentir en una cosa grande. Entonces el cambio empieza en uno, y uno se pasa la vida tratando de cambiar a las otras personas: que cambie el otro. Y a veces uno se da todas las razones del mundo. Los marxistas tienen todas las razones del mundo para decir: «Hay que cambiar al gobierno, hay que cambiarlo». Los de la Fiscalía dicen: «Hay que cambiar». Bueno, cada uno tiene sus ideas sobre lo que hay que cambiar. Yo solo te invito y con esto termino. Yo solo te invito: regálate la experiencia de estar en casa. Muchos santos lo han dicho con distintos lenguajes, entre ellos uno de los más grandes enamorados de la Virgen, San Luis María Grignon de Monfort. Esa sensación de que ella es mi casa. Otras personas han dicho esto que me parece sublime y místico: ella es el vientre que me engendra y el día que muera ella me dará luz para el cielo. ¡Qué cosa tan hermosa, María! Es el vientre que me cuida, así como la mamita que está embarazada y ama a su criatura, la cuida y el día de dar a luz, lo da a luz. Pero mi mamá me dio a luz para esta tierra. La Virgen me da a luz para el cielo. Entonces date la oportunidad de eso. Date la oportunidad de descansar en ella por un día, por una semana. No pienses en que tiene que cambiar otro. Simplemente, quédate con María. Solamente eso. Quédate con ella. No cambies a nadie. Cambia. Tú sigue el consejo de Madre Teresa. No hay que cambiar tanto a los demás. El primer cambio es el cambio nuestro. Bueno, entonces resumamos las conclusiones de esta homilía. Primera: que Fray Nelson es un miserable pecador, cuyo principal pecado ha sido el hielo y la indiferencia. Cosas que no se ven tan fácilmente. Ese ha sido el principal pecado. Y lo he dicho en público, porque es necesario que estemos todos advertidos sobre ese peligro. Segundo: María es el universo como Dios lo pensó. Tercero: Si te acercas a ella, si dejas de tratar de forzar el cambio en los demás, sea quien sea, si dejas de forzar el cambio en los demás, tú empiezas a recuperar la armonía y la paz. Y cuando eso empieza a suceder dentro de ti, tus ojos, tus palabras, tu corazón se despejan y puedes hablar, pensar y ser de otra manera. Algunos llaman a esto el principio mariano. El principio mariano. ¿Y por qué tiene toda esa fuerza la Virgen? Ya lo hemos explicado. Porque en ella se retrata de tal manera el plan de Dios que acercarse a ella es un poco acercarse a eso que Dios quiere. Es algo parecido a lo que sucede cuando una persona se ha acostumbrado a vivir en el desorden o en el mugre y de repente la llevas a que conozca un lugar limpio, bello, y la persona cambia. Uno de los programas relativamente exitosos en recuperación de adictos en Estados Unidos incluye el hecho de llevarlos con un mínimo de pertenencias, casi nada de sus propias pertenencias, a un lugar que es muy bonito y que tiene una playa preciosa. Y una parte del ejercicio es: Camine por aquí, vea esto, y cuando la persona empieza a ver que existe ese orden y esa belleza afuera, se le entra también al corazón. María hace eso en nosotros. Si nos acostumbramos así a mirarla, a amarla, a estar con ella, empezamos a cambiar también adentro y entonces ya nuestras palabras salen distintas. Y el evangelio que en ella brilló con todo ese esplendor, empieza a brillar también en nosotros. Así nos lo concede el Señor. Amén. Amén. Amén.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|