Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Al proclamar el misterio de la Inmaculada pidamos al Señor que nuestra vida se aferre a Él, que seamos verdaderos seguidores y discípulos suyos como lo fue la Virgen María.

Homilía inma030a, predicada en 20181208, con 5 min. y 8 seg.

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Transcripción:

El 8 de diciembre, nuestra Madre, la Iglesia, celebra a la Santísima Virgen María, la Virgen Inmaculada, de tantos temas preciosos de meditación a los que puede acercarse nuestro corazón. Yo quiero destacar uno: el demonio detesta el nombre de María. El demonio detesta a la Inmaculada, pero así como la detesta, le tiene miedo. Verdadero terror.

Este tema puede parecer un poco extraño o un poco oscuro para algunas personas, pero cuando veamos por qué sucede esto, es decir, por qué el demonio odia y a la vez teme a la Virgen Inmaculada, entonces tendremos una clave muy firme para vivir nuestra propia vida cristiana.

¿Qué significa que la Virgen Santísima es la Inmaculada? Literalmente, inmaculada quiere decir sin mácula, es decir, sin mancha. Sabemos por el apóstol San Pablo en el capítulo primero de la Carta a los Efesios que esa es también nuestra vocación cristiana. Hemos sido llamados para estar en la presencia de Dios sin mancha, es decir, que el camino de ella es ya nuestro camino, y que la victoria de Dios en ella es la victoria que Dios quiere tener en cada uno de nosotros.

¿No es entonces un tema ajeno a nuestra vida cristiana? No estamos hablando simplemente de los privilegios de una criatura, sino estamos hablando del camino que todos nosotros, como discípulos, estamos llamados a seguir. Esa aclaración es importante.

Pero ella es la Inmaculada. ¿Dónde y de qué manera se mancha el corazón? El corazón humano, le dijo Dios a Santa Catalina de Siena, ha sido hecho de amor. El alma humana ha sido hecha de amor y, como tal, lleva el sello precioso de la luz de Dios. Lo que aparta el corazón de la luz de Dios es el pecado. Entonces, cada victoria del demonio deja finalmente algún tipo de mancha en nosotros.

La teología católica estudia cómo se dan esas manchas y por eso está la diferencia entre lo que es la culpa y lo que es la pena. La culpa es el torcimiento, la deformidad de la voluntad cuando busca lo que se aparta del querer de Dios y así se hace daño a sí misma. La pena, en cambio, es la consecuencia permanente de ese acto desordenado, con la característica de que las consecuencias de nuestros pecados muchas veces no se quedan solo en nosotros, sino que llegan a otras personas.

Pues bien, cuando hablamos de una persona inmaculada, estamos hablando de una victoria de Dios. Estamos diciendo que todo lo que el enemigo planeó, diseñó, propuso, intentó en contra de la Madre de Jesús, todo fracasó. Todo. Todo fracasó.

Si tú piensas bien lo que eso significa, descubres por qué esa mezcla de odio y miedo en el demonio. Odio porque le recuerda su derrota más estrepitosa, más completa, y miedo porque sabe que esa derrota se debe solamente a Dios y que, por eso, toda la pureza, toda la belleza, toda la sabiduría, toda la virtud de la Virgen Santísima no es otra cosa sino la fuerza de la presencia de Dios en ella.

Y, por supuesto, el demonio tiene perfectamente claro que allí donde está Dios es absoluta la derrota que tiene el demonio y por eso tiene miedo.

Entonces, ¿por qué comentamos este tema? Porque el secreto de María también es secreto que toca nuestro corazón. En la medida en que el Señor, con la fuerza de su Espíritu, en la medida en que el Señor nos reviste de su gracia, en la medida en que nuestro corazón se apega a Él con la oración, con el amor, con la práctica de la virtud, con la vida de los sacramentos, todo aquello que hemos dicho de la Virgen Santísima se cumple en nosotros.

Y eso no lo digo yo solamente, eso lo dice el apóstol Santiago: "Resistan al diablo y huirá de ustedes". Y hemos visto que eso es verdad y hemos visto que eso se cumple. Demos gracias al Señor. Y mientras proclamamos el misterio de la hermosura de la Inmaculada, pidamos al Señor que nuestra vida se apegue, se aferre a Él, que seamos verdaderos seguidores y discípulos suyos, como lo fue María.

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