Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La Inmaculada Concepción es el comienzo de un precioso diálogo de amor entre la criatura, la Virgen María y el Creador, inscribiéndose la misión como madre del Redentor.

Homilía inma028a, predicada en 20171208, con 7 min. y 29 seg.

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Transcripción:

El 8 de diciembre nuestra Iglesia Católica celebra la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Con la ayuda del Espíritu Santo, quisiera compartir dos o tres pensamientos que nos ayuden a reconocer la belleza y también la fecundidad de esta fiesta. Porque no es solamente celebrar a María, es también descubrir cómo el don de Dios, a través de la misión que le encomendó a ella, nos afecta para bien, nos bendice a todos.

Para comenzar, debemos recordar lo que significa el pecado. El pecado es resistencia o rebelión frente a Dios, y por eso en el pecado hay dos dimensiones. Una es el acto torcido, rebelde de la voluntad; a eso lo llamamos la culpa. Y luego están las consecuencias que ese acto torcido tiene incluso después de que ha terminado la culpa.

Pensemos en el caso de una persona que es viciosa, por ejemplo, viciosa del alcohol. Cada vez que esa persona se ha emborrachado, efectivamente tiene una culpa. Pero supongamos que la persona reforma su vida, hace un buen tratamiento, por ejemplo, en Alcohólicos Anónimos, hace una buena confesión, empieza una nueva etapa en su vida. Evidentemente, la culpa ha desaparecido, pero las consecuencias de sus borracheras no desaparecen automáticamente. Por ejemplo, es posible que después de tantos años de excederse en el alcohol, esa persona haya dañado su hígado. Entonces le queda una consecuencia de su pecado, esa consecuencia del pecado que no es la culpa porque ya él se arrepintió de su culpa, ya le perdonaron su culpa. Esa consecuencia del pecado es lo que llamamos la pena.

Las consecuencias del pecado son las penas y, por consiguiente, observamos que las consecuencias del pecado no quedan únicamente limitadas a la propia persona. Por seguir con el ejemplo del alcohólico, si esa persona, por su vicio, arruinó el patrimonio de su familia, llevó a la familia a la ruina, quiere decir que las consecuencias de su pecado no se quedaron únicamente en él, sino que también le hicieron daño a sus hijos, que no tenían nada que ver con el alcohol. Hijos que incluso es posible que nunca se hayan tomado una copa y, sin embargo, experimentan las consecuencias del pecado del papá. Eso es lo que llamamos la transmisión de la pena. La pena se transmite porque las consecuencias del pecado no se limitan a la persona que ha cometido una culpa.

Así entendemos lo que significa el llamado pecado original, la terrible rebeldía de nuestros primeros padres, a los que la Biblia llama Adán y Eva. La terrible rebeldía contra Dios, pues supone una culpa espantosa, pero además trae una pena, es decir, nuestra manera de relacionarnos con Dios, con el prójimo, con la naturaleza, con nosotros mismos. La manera de relacionarnos ha quedado deteriorada, ha quedado destruida. Y esa condición existencial que ha quedado dañada es la única que los padres pueden dar a sus hijos. Es decir, la absoluta donación de amor hacia Dios, que sería lo justo y que sería lo propio y que era el plan original de Dios, ya no puede cumplirse. ¿Por qué? Porque queda una consecuencia, queda una herida profunda que da una deficiencia profunda en el corazón humano, que hace que no pueda darse de esa manera por ese pecado que se ha cometido.

Entonces, las consecuencias del pecado de nuestros primeros padres no se quedaron en ellos. Esas consecuencias han pasado a la descendencia y eso es lo que se transmite. De manera que el pecado original no es la transmisión de la culpa, como diciendo que el que nació ya es culpable. No, es la transmisión de una naturaleza humana deficiente. ¿Deficiente en qué sentido? Deficiente en el sentido de que no hay un verdadero gobierno de la fe sobre la razón, ni de la razón sobre las emociones y sobre nuestra realidad corporal. Entonces, esa especie de rebeldía, esa especie de fractura interior, hace que nosotros tengamos una tendencia particular a pecar y, sobre todo, es algo que demuestra que el pecado de alguna manera tiene poder sobre nosotros.

Pues bien, mis queridos hermanos, cuando nosotros afirmamos este dogma precioso de la Inmaculada Concepción, lo que estamos diciendo es que ese poder del pecado, ni como culpa ni como pena, llegó a la Santísima Virgen María en el comienzo de su existencia. Luego ella respondió libremente a ese don excelso con el don de su propia voluntad entregada a Dios. De manera que en María hay que reconocer un origen que fue preservado de esa consecuencia, de esa pena, de ese modo de rebeldía que venía de nuestros primeros padres. Ella fue preservada de eso.

¿Por qué? Porque el pecado no podía tener ningún poder sobre ella. ¿Por qué? Porque, como verdadera madre, tenía de alguna manera una autoridad, tenía un poder sobre la criatura que habría de nacer de ella. Y esa criatura creada a partir de ella no es otra sino el mismo Cristo, unido sustancialmente al Verbo eterno del Padre. De modo que el pecado no podía tener ningún poder sobre el Verbo de Dios, ningún poder. Y como el pecado no podía tener poder sobre Cristo, sobre el Hijo de Dios, entonces María fue preservada de cualquier huella de poder que el pecado pudiera tener en ella desde su concepción.

Por supuesto, facultada por esta gracia preciosa, María tuvo también la capacidad de responder con amor, con fe y con obediencia a ese amor de Dios, y por eso ella es la llena de gracia. De modo que la Inmaculada Concepción es el comienzo de una preciosa historia, de un precioso diálogo de amor entre la criatura María y el Creador. Y en ese diálogo de amor, de fidelidad y de pureza, es donde se inscribe la misión absolutamente única que ella tiene como Madre del Redentor. Eso estamos celebrando en esta hermosísima fiesta de la Inmaculada Concepción.

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