
Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Desde el Génesis, Dios se pronuncia a favor de la mujer: promesa que alcanza su plenitud en la Santa Virgen Inmaculada, sobre la que el pecado no tuvo nunca poder.
Homilía inma025a, predicada en 20151208, con 32 min. y 41 seg. 
Transcripción:
Amados hermanos, hay un sello particular de esta Solemnidad de la Inmaculada. Es el sello de la alegría. En una nación hermana, en Nicaragua, existe una costumbre muy bonita en este día. Muchas veces se repite la siguiente exclamación: ¿Quién causa tanta alegría? Y se responde: la Concepción de María. Porque es propia de esta celebración la alegría, porque es la alegría de una victoria. Nada puede haber más triste que el pecado. Señal de frustración. Señal de error. Señal de división. Presagio de muerte. Y por eso, aquel que vence al pecado y aquella en quien el pecado no tuvo poder son señales de alegría. La primera lectura que hemos escuchado, tomada del libro del Génesis, nos muestra lo que parece el fracaso del plan de Dios. Dios, lleno de sabiduría y de amor, ha puesto al hombre y a la mujer en un lugar hermoso, un lugar de delicias llamado Edén o Paraíso. Pero hay un pacto entre Dios y el hombre para que esa felicidad sea perfecta y sea perpetua. Ese pacto es la obediencia. El enemigo malo, el demonio, sabe que solo podrá lograr su propósito nefasto atacando el cordón que une al hombre con Dios, y ese es el cordón de la obediencia. Además, el enemigo malo quiere que su ataque sea certero y quiere perpetuar el desastre en el ser humano por una sola razón: porque el hombre es imagen de Dios. La razón por la que el demonio nos odia es exactamente esa. Cada uno de nosotros, amados hermanos, cada uno es el reflejo de Dios, la imagen de Dios. El demonio que detesta a Dios y a sus obras, y por eso también se detesta a sí mismo y vive en perpetuo conflicto consigo mismo. El demonio destruye, quiere destruir esa imagen de Dios que encuentra en el hombre. Por eso busca a la mujer, porque Dios le ha encomendado a la mujer el ministerio de la vida. Porque la vida humana es imposible en el plan de Dios si no es a través de la mujer, porque las fuentes, los manantiales de la vida, están en la mujer. Por eso el demonio se dirige en primer lugar a ella y en ella lo que quiere causar es la desobediencia. Con astucia realmente impresionante, empieza a crear desconfianza entre la criatura humana, entre esta mujer que la Biblia llama Eva, y Dios, su Creador. ?¿Es verdad que Dios les ha prohibido comer de todos los árboles del jardín?". La pregunta ya incluye una mentira. No es cierto que Dios haya prohibido comer de todos los árboles. Pero esa pregunta ya denota el veneno. Esa pregunta ya muestra la aspiración, el propósito del enemigo de romper el hilo de la confianza. Porque cuando se rompe el hilo de la confianza, después se rompe el hilo de la obediencia. Y por eso el demonio ataca primero el hilo de la confianza. Es como si le dijera a la mujer: "No te fíes de Dios, Dios es un torturador que te ha puesto en un lugar delicioso, pero que jamás podrás disfrutar". De esa manera, atacando la confianza, el demonio inocula por primera vez lo que se llama la gran mentira. La gran mentira es que uno tiene que escoger entre ser obediente o ser feliz. El demonio, así como la serpiente que cuando muerde inyecta su veneno. El demonio inyecta ese veneno en el corazón de Eva. Destruye la confianza. "Dios no es bueno. Dios no quiere tu bien. Dios se burla de ti. Te ha puesto en un lugar hermoso, pero no puedes disfrutar de ese lugar. Así que ahora te toca escoger, Eva. Ahora te toca escoger entre ser obediente o ser feliz". Esa, hermanos, es la gran mentira. Lamentablemente, la mujer no tiene en ese momento la perspicacia, la sabiduría suficiente para darse cuenta de que no es buena idea discutir con la tentación. Le falta además la capacidad, la perspicacia, para darse cuenta del engaño que está detrás de esa mentira. Porque no es solo la mentira, es el engaño que está detrás. Detrás de la mentira chiquita, -la mentira chiquita es que no se puede comer de ninguno de los árboles- está la gran mentira y la gran mentira es: "Eva, te toca escoger entre ser obediente o ser feliz". Lamentablemente, el demonio logra su propósito. El hilo de la confianza se rompe. Entonces Eva empieza a pensar por sí misma. Se ha desconectado de la Palabra sabia que Dios le ha dado. Se ha desconectado de la palabra providente que Dios le ha dado. Se ha roto el hilo de la confianza. Son dos los hilos que nos unen a Dios, el hilo de la confianza y el hilo de la obediencia. Y ya el demonio, tristemente, ha logrado romper el primero, el hilo de la confianza. Con su disparo certero, inteligente, ha logrado que Eva empiece a mirar la fruta, empiece a mirar el fruto prohibido como algo que puede ser su bien, aunque Dios se lo haya prohibido. Ya le ha entrado el veneno de la gran mentira. Hermanos, esto es importante comprenderlo. La gran mentira sigue siendo la estrategia privilegiada del demonio con cada uno de nosotros. El demonio sigue repitiendo la gran mentira a hombres y mujeres de todos los tiempos y lo intentará hasta el día del Juicio Final, hasta el final de los tiempos. El demonio intentará meternos en una falsa encrucijada. Y la falsa encrucijada es: "Tengo que escoger entre ser obediente o ser feliz". El que se deja meter en esa falsa encrucijada, el que se deja inocular la gran mentira, lamentablemente va a seguir el camino de Evangelio. Y sabemos lo que ha sucedido. Eva cae, Eva desobedece y Eva da de ese fruto de desobediencia a su marido, a Adán, y a Adán cae. ¿Qué hace Dios frente al pecado de desobediencia, que es el pecado fundamental? Lo central en el pecado original está en la desobediencia. Ese es el tema central del pecado original. Hay una cierta tradición que se ha repetido durante siglos, y ahí la idea en mucha gente de que el pecado original es un pecado de sexo. No es así como lo presenta la Escritura. Lo fundamental, el problema fundamental, no es el sexo. El problema fundamental es la desobediencia a Dios. Por supuesto, la desobediencia a Dios conlleva un desorden en todas las áreas de la vida humana y, por consiguiente, va a llevar a multitud de desórdenes sexuales. Pero lo fundamental en el pecado original es la desobediencia. Lo que más conmueve, hermanos, es ver que Dios, que en cierto sentido ha sido burlado por su criatura amada, por el ser humano; lo que más conmueve es ver que Dios no deja que simplemente se hunda ese proyecto. Tenemos que ver en las preguntas que Dios le hace a Adán y a Eva. Tenemos que ver la primera expresión de su misericordia. Yo espero que ustedes hayan notado en el texto que fue leído. Ustedes hayan notado que Dios le hace una pregunta a Adán: ¿Dónde estás? Le hace una pregunta a Eva: "¿Qué es lo que has hecho?". Pero a la serpiente no le hace ninguna pregunta. No hay diálogo entre Dios y la serpiente, no hay diálogo entre Dios y Satanás. Porque es que la confrontación entre el demonio, que es un ángel caído, y Dios, esa confrontación, ese combate, ya sucedió antes de la creación del hombre, y el destino eterno del demonio ya está dictado antes de la creación del hombre. ¿Por qué Dios sí le pregunta a Adán y a Eva y no le pregunta a la serpiente? Porque la pregunta es el comienzo de la misericordia. Porque la pregunta que Dios le hace a Adán es el despertador de su conciencia. Y la pregunta que le hace a Eva es el despertador de su conciencia. A través de la pregunta, a través del diálogo que Dios se digna tener con Adán y con Eva, ya está teniendo la primera compasión con ellos. Porque la primera compasión de Dios con el ser humano es despertarle la conciencia. Y las dos preguntas que la Biblia trae como hechas a Adán y a Eva. Esas dos preguntas son valiosas para todos los tiempos. Son preguntas que uno debe tener grabadas en el corazón. La primera pregunta es: "¿Dónde estás?". La segunda pregunta es: "¿Qué has hecho?". Esas dos preguntas son el primer examen de conciencia de la historia de la humanidad. "¿Dónde estás?" Es una pregunta profundísima. Es una pregunta que tenemos que hacernos. No desde el punto de vista geográfico. Dios no necesitaba un GPS para ubicar a Adán. No es una pregunta geográfica. Es una pregunta existencial que podemos traducir de varias maneras muy profundas: "¿Hasta dónde has llegado, Adán? ¿Cuáles son los caminos que estás recorriendo? Mira quiénes te acompañan en este momento. Mira a dónde has llegado". Eso es lo que significa esa pregunta. "¿Dónde estás?". Es una manera de despertar nuestra conciencia para descubrir cuánto nos hemos alejado del camino. "¿Dónde estás?" Es una manera de reavivar en nosotros la capacidad de reconocer la verdad de lo que estamos haciendo. Algunos de ustedes, estoy seguro, que han tenido fuertes procesos de conversión, y es posible que algunos de ustedes, en sus caminos de conversión, hayan escuchado la misma pregunta que Dios le hizo a Adán. Por ejemplo, cuando una persona se deja llevar por el vicio, rodeado de pésimas amistades, va a toda clase de fiestas, a toda clase de desorden. Un día esa persona se despierta con un dolor de cabeza espantoso, con la ropa sucia. Lo han robado. Está en la calle. Y entonces se pregunta: "¿A dónde he llegado yo? ¿Qué más tiene que sucederme para que mi vida cambie?". Esa es la misma pregunta que Dios le hizo a Adán. "¿A dónde has llegado, Adán? ¿Hasta dónde? ¿Hasta dónde pretendes llegar con tu obstinación, con tu soberbia, con tu mentira? ¿Hasta dónde te ha llevado tu codicia? ¿Hasta dónde te ha llevado tu vicio? ¿Qué más tiene que sucederte para que rompas con ese camino?". Esa pregunta, hermanos, hay que verla como una pregunta de ternura. Es una pregunta de compasión. Es una pregunta de amor. Es una pregunta que inaugura la posibilidad de la salvación. A Eva le hace otra pregunta que podemos poner en paralelo: "¿Qué es lo que has hecho?". Es una pregunta muy necesaria. Mira los años que tienes y pregúntate qué es lo que has hecho con la vida que Dios te ha dado. ¿Cuántos años tienes? ¿Veinte? ¿Treinta? ¿Cincuenta? ¿Setenta? Pregunta: ¿Qué hay en tus manos? Pregunta: ¿Cuál es el balance que hay en tus manos? Pregunta: ¿Con qué te vas a presentar a la hora de la muerte? ¿Qué le vas a presentar al Eterno? Esa pregunta -¿qué es lo que he hecho?, ¿qué he hecho con mi vida?- esa pregunta está contenida en la pregunta que Dios le hizo a Eva y es una pregunta de ternura. Es una pregunta que invita a recapacitar, porque lo único que tenemos para redimir el tiempo pasado es el tiempo futuro. Y yo espero que nosotros, a partir de esta hermosa fiesta de la Inmaculada, tomemos una resolución nueva de emplear nuestro tiempo como aquellos que quieren recuperar camino. Imagina un grupo de peregrinos que van recorriendo durante varios días muchas ciudades; van en ruta hacia un santuario, como pudiera ser el caso del Santuario de Santiago de Compostela, allá en Galicia, en España. Son días y días de camino. Pero un día uno de esos peregrinos se quedó profundamente dormido. Se despierta tardísimo y parece que sus compañeros no lo echaron de menos porque todos ya llevan horas andando. Este, cuando por fin se incorpora, se da cuenta de que ha perdido demasiado tiempo. ¿Qué hace? Pues corre. Se vuelve ágil. Ya no pierde un segundo más. Quiere, con la agilidad de su corazón. Quiere con la presteza de sus actos. Quiere recuperar el tiempo que ha perdido. Pues yo te digo: tal vez has pasado la mayor parte de tu vida medio dormido, perdiendo el tiempo en tonterías y en distracciones, porque esa es otra estrategia predilecta del demonio. Basta con tener a una persona suficientemente distraída para que no llegue a enterarse nunca de quién es el que realmente le ama y de qué quiere ese Amor, con A mayúscula, de cada uno de nosotros. Por eso, saquemos como enseñanza práctica, mis hermanos, saquemos como enseñanza práctica que de hoy en adelante hay que aprovechar mejor la vida. Uno no puede pasarse la vida medio dormido, atontado, distraído, ocupado solamente en mimarse, en consentirse. Ha llegado la hora de levantarse. Ha llegado la hora de servir, de trabajar, de luchar. Ya hemos perdido demasiado tiempo. Ya no más. Eso nos enseña la escritura el día de hoy. Y qué hermoso que este sea el día de consagraciones de los servidores del servidor. ¡Qué hermoso! Porque lo que yo entiendo que el Espíritu Santo quizás le quiere decir a esta comunidad es: ha llegado el tiempo de servir. Ya no más pérdida, ya no más perder el tiempo, ya no más vivir para nosotros mismos, ya no más vivir para nuestra conveniencia, para nuestro placer, para nuestro gozo, gusto, para nuestro confort. Ya no más vivir para nuestra comodidad. Se acabó ese tiempo, no más. ¿Con qué me presento ante Dios? ¿Qué le voy a presentar ante Dios? ¿La suma de mis comodidades? ¿El mostrario de los colchones donde descansé? ¿Reposé? ¿Eso es lo que le voy a presentar a Dios? ¿Qué le voy a presentar al Eterno? ¿Qué es lo que he hecho con mi vida? ¿Tú te das cuenta de la profundidad que tienen estas dos preguntas del libro del Génesis? La primera pregunta fue: "¿Dónde estás?", que se traduce también como: "¿Hasta dónde has llegado? ¿En qué caminos andas? ¿Con quién? ¿Con quién pasas la vida? ¿De verdad esa es la gente con la que tienes que estar?". Todo eso está en la pregunta a Adán. Y luego la pregunta a Eva: "¿Qué es lo que has hecho?". ¿Cuál va siendo el balance? ¿Cuál es el fruto de tus esfuerzos? Y si te das cuenta, como me doy cuenta yo, que el fruto es pobre, si te das cuenta que el fruto es escaso, pues aplícate lo que dice San Pablo: "Nosotros no somos hijos de la noche ni de las tinieblas. Nosotros somos hijos de la luz. La noche va pasando, el día está encima". Eso tiene que ser lema de los servidores del servidor. La noche va pasando, el día está encima. Es el tiempo para amar, es el tiempo para caminar. Es el tiempo para combatir. Es el tiempo para servir. La parte más bella de la lectura del Génesis está después de que el hombre y la mujer dan sus respuestas. Ustedes se dan cuenta de que las respuestas del hombre y de la mujer son respuestas que dan vergüenza. ¿Qué clase de infantilismo el de Adán? "La mujer que me diste como compañera, me dio del fruto y comí", como niño irresponsable que anda buscando a qué compañerito echarle la culpa. Y la mujer realmente no da una respuesta a lo que ella presenta. Es más bien una confesión de su ineptitud para vencer la tentación: "La serpiente me engañó y comí". Pero después de que esas explicaciones inanes, insuficientes, ridículas se han pronunciado. Después de eso, entonces Dios habla. Y esa palabra que Dios dice, esa es la que más nos interesa en este momento. Dijo Dios a la serpiente: "Serás maldita, te arrastrarás sobre el vientre". Y esta frase, que es la razón principal por la que se lee este texto hoy: "Establezco hostilidades entre ti y la mujer, entre tu estirpe y la suya". Esta es una de esas raras ocasiones en las que yo creo que todos deberíamos sentir el deseo de entrar en lo que significa el corazón de una mujer bienaventurada. Las mujeres que están aquí presentes, ustedes pueden entender mejor que nadie lo que significa esta palabra. Como hombre, como varón, yo tengo que hacer el ejercicio de entender que soy parte de la Iglesia, novia y esposa de Cristo, pero a la mujer le queda más fácil entender esta palabra si abre el oído espiritual, si abre su corazón. La mujer sabe entender esta palabra; la repito. Dios le dice a la serpiente, es decir, al demonio: "Establezco hostilidades entre ti y la mujer", porque esa palabra es tan importante. ¿Y por qué quiero que las mujeres sientan gozo al escuchar esa palabra? Un gozo que debería ser más perfecto, mucho más perfecto que la tristeza que sentimos al ver que somos pecadores. Cuando Dios le dice a la serpiente: "Establezco hostilidad entre ti y la mujer". Uno tiene que hacer este sencillo, este elemental razonamiento: la hostilidad entre la serpiente y Dios ya estaba desde antes de la creación del mundo visible. Cuando Dios dice "establezco hostilidad entre ti y la mujer", es evidente de qué lado se pone Dios. Ese es el descubrimiento en este pasaje. Génesis, capítulo 3. Dios se pone del lado de la mujer para defenderla a ella, para bendecirla a ella. Pero sobre todo porque antes dijimos: la razón por la que la serpiente atacó a la mujer fue para atacar en ella la descendencia de la mujer. Puesto que las fuentes de la vida humana pasa por el corazón, por el vientre, por las entrañas de ustedes, mujeres, puesto que en ustedes están las llaves del manantial de la vida humana. Mujeres, por eso el demonio quiere en primer lugar destruir, pervertir, prostituir, ensuciar, confundir a la mujer. Por eso, porque dañando a la mujer se daña todo en la sociedad, porque en la mujer está la fuente de la vida. Y ahora Dios dice: "Un momento, un momento. La serpiente atacó en primer lugar a la mujer, pero yo me pongo del lado de la mujer". Esto es glorioso. Los Padres de la Iglesia llamaban a este pasaje. Lo llamaban el primer Evangelio. Esa frase que acabamos de leer es el primer Evangelio: "Pongo hostilidad entre ti y la mujer". Ese es el primer Evangelio. Hermanos amados, ese pasaje es lo que acabamos de escuchar. Se realizó de modo eminente, perfecto, en María Santísima. En ella vemos la mujer recuperada por el amor de Dios, desde el primer instante de su concepción. Y por eso esta es fiesta de alegría y de gozo. Benditos aquellos que contemplen con ojos limpios el corazón de la Inmaculada y descubran en ese corazón el verdadero plan de Dios. A mí me pasó. A mí me sucedió. Termino con una nota autobiográfica. Yo estudiaba física en la Universidad Nacional de Colombia, no lejos de aquí. Porque estudiaba física, porque me gustaba el estudio, porque me admiraba lo que podían encontrar grandes científicos como Isaac Newton o como Albert Einstein. Yo quería conocer el universo, quería conocer las leyes últimas que rigen el universo. Llegó un momento en el que la ciencia se convirtió casi en una idolatría para mí. Dios, que ya me había hecho un primer llamado hacia el sacerdocio, resultó pospuesto en mi vida. Me avergüenza decirlo en público, pero lo digo para edificación de ustedes. Yo pospuse el llamado de Dios porque me fasciné con la ciencia hasta llegar a la idolatría del conocimiento. Nunca fui ateo, por misericordia de mi Padre Dios. Pero estuve ciertamente en gravísimo peligro, y no por culpa de nadie, sino por culpa mía, por idólatra, por arrogante, por pecador. En esa condición, un día llegó a mi mente un deseo inexplicable: el deseo de ver a la Virgen. No tenía que ver con mi vida cristiana, porque yo casi no hacía oración nunca. No me importaba si ir o no ir a misa. Creo que en vez de corazón tenía un pedazo sucio de hielo en el pecho. Pero ahí es donde se ve que Dios es misericordioso. Porque siendo como soy, como he sido tan desagradecido y en aquella época espantoso, traidor, Dios se las arregló para sembrar en mi corazón el deseo de ver a María. Un deseo que no se me quitaba. Un deseo de ver a la Virgen. Un deseo que yo no entendía. Estaba yo; lo he contado en otras ocasiones. Estaba yo en clase de física, estaba en clase de mecánica analítica, y de repente levantaba mis ojos del cuaderno y sentía en mi corazón deseos de ver a la Virgen María. Yo no entendía qué me pasaba. Resumiendo, ese deseo me llevó a buscar si había una capilla en la Universidad Nacional. Yo llevaba años estudiando y nunca me había interesado saber si había una capilla. Eso no estaba en mis preocupaciones, pero el deseo persistente de ver a la Virgen finalmente me llevó a buscar una capilla. Y en la capilla encontré el silencio. Y en la capilla encontré la oración. Y en la capilla encontré el sacerdote. Y con el sacerdote encontré la confesión. Y con la confesión volví a encontrar la Eucaristía. Y yo tengo que decir que mi vocación se debe a la Virgen. Fue ella la que me fue guiando, fue ella la que me fue llevando al altar, a la confesión, al sacerdote, a la oración. Y empezó a revivir lo que parecía un ascua completamente apagada. Eso lo hizo la belleza de la Virgen. Lo bueno que pueda haber en mí, después de Dios, por favor, atribúyanlo a la Virgen María y solo a ella. Años después, yo me preguntaba por qué me había pasado eso. Años después, yo me preguntaba qué tenía que ver la física con la Virgen María. Un día el Señor me lo explicó, porque hasta allá llega la ternura de Dios: no solo a curarlo a uno, sino también a darle explicaciones, como si uno fuera digno de eso. Realmente, Dios no tendría que explicarnos nada, pero es tan tierno que con mucha frecuencia nos deja conocer sus motivos y sus razones. Un día Dios me mostró por qué la Inmaculada, por qué María era tan importante. Básicamente, lo que me dijo el Señor, traducido al lenguaje humano, fue: "En la física tú buscabas cómo es el universo, pero el universo que te muestra la física es el universo herido por el pecado. Ese universo ya no retrata perfectamente lo que yo quiero y lo que yo quise". "Si quieres saber cómo es el universo que yo quiero, mira a María. Ese es el universo que yo quiero. El universo como yo lo quiero. El propósito que yo quiero para toda criatura se llama María. La hermosura que yo quiero para toda criatura, incluyendo tu corazón, se llama María". Entonces entendí que el estudio más perfecto de la física consiste en volverse a la Santísima Virgen y consiste en descubrir, en la perfección de su respuesta y en la abundancia de su gracia, el verdadero plan de Dios. Hermanos, Ella es la victoria. Repito: Ella es la victoria. En ella se muestra la victoria y, a través de ella, nos ha llegado la victoria. Y en Ella y con Ella triunfará la gracia del Evangelio de Jesucristo. Amén.

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