Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Pidamos el fuego del Espíritu Santo quien santificó a María Santísima, para que nos lleve por el verdadero camino de la pureza y saque todo lo que pretende ensuciar la obra de Dios.

Homilía inma024a, predicada en 20151208, con 5 min. y 37 seg.

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Transcripción:

El 8 de diciembre nuestra Iglesia Católica celebra a la Inmaculada Virgen María. El nombre propio de esta fiesta litúrgica es la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Pero una cosa que me llama la atención, como creyente y como sacerdote, es la manera como esta fiesta tiene distintos ecos en distintos lugares. Por ejemplo, en muchos sitios es sobre todo la pureza de la Santísima Virgen la que se destaca en esta festividad. María, la verdadera mente pura, la Purísima, la pura y limpia. Estas son expresiones con las que nuestro pueblo reconoce el hecho singular de la Inmaculada Concepción. Pero también nos muestra con qué ojos contempla el cristiano a la madre del Señor. Buena ocasión, entonces, para reflexionar un instante sobre lo que significa la pureza y sobre la necesidad de esa virtud que, si algo podemos decir, es que ha sido y es espantosamente maltratada.

Pureza alude, ante todo, a aquella condición por la cual una cosa es liberada, limpiada de toda contaminación. Así, por ejemplo, los metales que conocemos como preciosos, por decir algo, la plata o el oro, son metales que necesitan pasar por el crisol. Y una vez que la temperatura se eleva y que, de hecho, estos metales se vuelven líquidos, es posible separar lo que no es oro; lo que no es plata se puede separar del metal precioso, es decir, se quitan las impurezas, se quita la escoria. Lo que queda entonces es plata refinada, oro refinado. A eso aludimos con la palabra pureza.

De lo cual podemos tomar dos lecciones. La primera, que no hay pureza donde no hay fuego. No soy un experto en metales, pero no sé de ningún recurso mecánico que permita limpiar un trozo, por ejemplo, de plata, así como se encuentra en una mina. No hay manera de limpiarlo. El oro, como se saca de la mina o como se encuentra en el río, necesita ese proceso de purificación, y no hay ningún proceso puramente mecánico que logre ese efecto. Se necesita el fuego. Y solamente cuando llega ese fuego es posible separar, es posible discernir, es posible llegar a la pureza.

Como muchas veces la impureza, por ejemplo, la impureza de las pasiones, la impureza de los deseos lujuriosos, como muchas veces la impureza se asocia también con un tipo de fuego, podemos decir que la victoria de la pureza es la victoria del fuego de Dios sobre los fuegos, sobre los ardores, sobre las pasiones de este mundo. Necesitamos llenarnos del fuego de Dios, necesitamos llenarnos del amor de Dios, para que ese amor eche fuera todo amor que disgusta a Dios, todo amor que entra en conflicto con Dios, todo amor que quiere suplantar a Dios, todo amor que pretende ensuciar aquello que Dios ha hecho.

El camino de la pureza casi siempre se describe como un camino de negaciones. No hagas esto, y no hagas esto. Y cuidado con esto, y aléjate de esto. Es verdad que se necesita la negación, pero el verdadero camino de la pureza, y eso es lo que nos muestra María Santísima, es el camino de un gigantesco sí al fuego de Dios, para que todo lo demás salga. Porque lo que está lleno del fuego de Dios ya no tiene espacio, ni tiempo, ni interés para otros fuegos, o para otros engaños, o para otros ardores.

Que venga a nosotros ese fuego, que el mismo Espíritu Santo que desde el primer instante de su vida santificó el cuerpo y el alma de María, venga a nosotros, para que, experimentando la alegría y la dulzura de la pureza, nos demos cuenta que es simplemente un auténtico sí, un valiente sí, un amoroso sí al Dios que nos ha dicho sí.

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