
Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
María vence el engaño de la serpiente cuando acepta a Dios sin condiciones.
Homilía inma020a, predicada en 20121208, con 12 min. y 48 seg. 
Transcripción:
Nos invita a nuestra Madre, la Iglesia, a mirar el contraste entre Eva y María. Eva es engañada por un ángel. Un ángel caído. Un ángel astuto. Un ángel enemigo. María es saludada y evangelizada por otro ángel. Un ángel fiel a Dios que trae la buena noticia. El ángel caído, el del Génesis, trae la pésima noticia. El ángel santo, el arcángel Gabriel, trae la bendita noticia de la salvación. Dice Eva en ese texto del Génesis: «La serpiente me engañó». Ese engaño de la serpiente conviene conocerlo bien, porque esa serpiente sigue actuando, y sigue engañando, y sigue atacando en primer lugar a la mujer. Entonces hay que conocer el engaño de la serpiente. ¿Qué fue lo que dijo la serpiente a Eva? Lo primero que hizo fue calumniar a Dios. Pero ya desde esa primera calumnia quiso presentar a Dios como enemigo de la felicidad de Eva y de la raza que iba a nacer de Eva. Ese es el engaño de la serpiente. La serpiente engaña presentando a Dios como un obstáculo en mi felicidad. La ley de Dios como un obstáculo en mi prosperidad, en mi disfrute, en mi éxito. La ley de Dios me estorba, los mandamientos de Dios me estorban. La voluntad de Dios entra en conflicto con mi voluntad. Cuando se presentan las cosas así, la decisión que uno lamentablemente toma es dejar a Dios de lado y seguir el camino de lo que uno cree que es la propia felicidad, la propia sabiduría, el propio plan. El engaño de la serpiente es presentar a Dios como el obstáculo para que yo logre lo que yo quiera. El obstáculo de la serpiente es presentar una alternativa falsa. O sigues con Dios o sigues tu camino de felicidad, de prosperidad, de disfrute. Escoge. Esa falsa escogencia, pues, llevó a Eva a desobedecer. Reconozcamos que ese engaño sigue vigente. Por ejemplo, cuando una persona siente que su honradez no le ha servido para nada. «No he podido salir de pobre porque no he podido salir de honrado». Cuando la honradez es un estorbo. Cuando una persona, por ejemplo, quiere ser fiel a Dios y es ridiculizada. Cuando una persona quiere amar a Dios y quiere vivir en la pureza y entonces se encuentra sin amor, sin afecto, porque el afecto que se le ofrece es con pago en especie. Entonces, pues, esa persona ¿qué siente? Siente la alternativa. O sigo con Dios y me quedo sin afecto y me quedo sin amigos, o me despido de esa religión absurda, opresora, dictatorial y encuentro amigos y encuentro cariño. Es el engaño de la serpiente. Esto sienten muchos de los jóvenes que están en nuestros colegios, y es ahí donde principalmente pierden la fe, o por lo menos la práctica de la fe y luego la fe. «Si creo en Dios, si practico la fe, si vivo los sacramentos, soy un ridículo». Entonces, para no ser ridículo, para no quedarme aislado, para no perder amistad, compañía, etcétera, entonces desobedezco a Dios. El engaño de la serpiente sigue vivo. No le pasa únicamente a los jóvenes. Es impresionante descubrir, y esto yo creo que debería producirnos un escalofrío de pánico, que nosotros amamos algunos pecados. Si no amáramos el pecado, el pecado no tendría ningún poder sobre nosotros. Es aterrorizante, pero es cierto, que hay personas que aman el resentimiento, aman el sentirse víctimas, aman el tener una lista de las culpas de otros. Aman el sentir que la vida está en deuda con ellos y, por consiguiente, aman resentirse, vivir en resentimiento, vivir en odio. Y es el engaño. A ver cómo funciona el engaño de la serpiente. En ese caso dice uno: bueno, ¿pero por qué una persona se puede apegar al resentimiento? Por ejemplo, hay religiosas que viven resentidas de cosas que les hicieron, de palabras, que les dijeron, de cosas que les pasaron. h Una maestra que yo tuve. «¿Pero ya la enterraron?» «Sí, la enterraron». «Pero no la enterraron suficientemente hondo. Tenían que haberla enterrado más hondo por allá». ¿Por qué amamos el resentimiento? ¿Qué tiene de bueno estar resentido? ¿Por qué hay religiosas que acumulan cosas y tienen ahí su veneno? «Y es que me la hicieron». ¿Y por qué no sueltan el resentimiento? Porque estar resentido reporta unos bienes. ¿Cuáles? ¿Estás resentido? Es repetirse esta canción por la mañana, por la tarde y por la noche: «Pobrecita, yo que no he sido entendida; pobrecita yo, que nunca fui amada; pobrecita yo, la nunca valorada; pobrecita yo, la resentida». Así, con verso y todo. Y esa canción del «pobrecita yo» me hace sentir que en el fondo yo soy importante. «Ninguna de estas viejas se ha dado cuenta de todo lo que yo valgo. Nadie sabe aquí lo que yo valgo, pero yo soy muy valiosa y lo valiosa que soy yo. Solo Dios sabe. Solo Dios sabe lo valiosa que yo soy». Entonces es un acto de autocaricia del ego. «Aquí nadie sabe lo que yo valgo. Yo sí. Soy tan valiosa. Yo soy tan bonita, tan valiosa. Pero nadie, nadie ha entendido eso. Bueno, se lo pierden ellas». ¿Ve? Entonces el resentimiento es una manera de acariciarse. El resentimiento es una manera de decir: «Yo soy mucho más importante y nadie se ha dado cuenta». Ese es el resentimiento. La mentira, por supuesto, trae sus propias ventajas. La astucia, la humillación. Humillar gente. Eso es muy sabroso. Es humillar otra persona y sentir. «Allá quedó abajo. Yo quedé aquí arriba». Por supuesto. Es un placer corrupto. Es un placer malsano. Es un placer dañino. Pero es un placer. De nuevo, es el placer de: ¿cuánto valgo?, ¿cuánto puedo?, ¿cuánto logro? Es el engaño de la serpiente. Entonces, ¿cómo sería? Hablemos, por ejemplo, de una religiosa. ¿Cómo sería una religiosa que no cayera en el engaño de la serpiente? No caer en el engaño de la serpiente es creer en la propuesta de Dios y creer que la propuesta de Dios es mi propuesta. Es lo mejor para mí. Imagínate una persona que llegara a decir eso: lo que Dios ama, lo que Dios manda, lo que Dios pide, lo que Dios quiere, es lo mejor para mí. Sea que yo lo entienda, sea que no lo entienda, sea que al principio me parezca, o sea que solo me parezca al final, lo que Dios manda, lo que Dios quiere, lo que Dios permite, lo que Dios propone, es lo mejor para mí. Ese es el sentido profundo de la palabra «esclava». La palabra «esclava», una palabra que gustaba tanto al padre Higuera, esa esclavitud mariana. La palabra «esclava» quiere decir la persona que, más allá de sus razones, de sus planes, de su imaginación, de sus teorías, de sus pareceres, es capaz de tomar todo eso y arrojarlo delante de Dios y decir: «Entienda yo o no entienda, me parezca o no me parezca, vaya en contradicción de quien sea. Primero Dios». Esa es la esclava del Señor. Pero para eso se necesita una virtud interior, una fuerza interior que es muy difícil. Esa fue la gracia interior que Dios le infundió a ésta desde el momento de su concepción, para que ella pudiera vivir así para nosotros. Esa es como una meta. Para ella fue una forma de vida. Cuando hablamos de vivir en esclavitud, de amor hacia Dios, para nosotros es una meta. Para ella fue su vida. ¿Cómo se puede vivir así? Pues para eso necesitaba ella una gracia previniente, una gracia anterior a su propia voluntad. Y esa es la Inmaculada Concepción. Pero esa gracia, como toda gracia, la da el Espíritu. Ese es el mismo Espíritu que obra en nosotros. Entonces, al mismo tiempo, María es excepcional y es como nosotros. Es excepcional, porque en ella esa obra de la gracia empieza en la Inmaculada Concepción. Es como nosotros, porque el mismo Espíritu que obró en ella obra en nosotros para que venzamos el engaño de la serpiente.

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