Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Catequesis sobre el pecado original, partiendo de la distinción entre culpa y pena. Modo de obrar la gracia en la Inmaculada Concepción de María, y en los bautizados.

Homilía inma017a, predicada en 20111208, con 16 min. y 19 seg.

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Transcripción:

Mis hermanos, celebramos hoy la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Es decir, estamos celebrando que María, desde el primer momento de su concepción, fue librada de la mancha del pecado original. Y estamos también celebrando un bautismo. Supongo que la mayoría de ustedes, o todos, estamos aquí particularmente por esa razón. Nos gozamos en el don de la vida en María Camila. Y en este día tan bello para la Iglesia, celebramos su bautismo.

Creo que es un buen momento para preguntarnos qué es aquello del pecado original. Yo recuerdo mucho en Chiquinquirá, hace unos años, una señora me hacía esa pregunta mientras cargaba su bebé, así como María Camila en brazos de la mamá. Y decía la señora, mirando su bebita tan perfecta, tan hermosa: "Pero ¿ qué pecado le van a quitar a mi hija?". Porque dicen que el bautismo es precisamente para borrar o para quitar el pecado original. Y ella hacía esa pregunta, que es una pregunta muy profunda: "¿Qué mal ha hecho mi hija?, ¿Qué mal ha hecho mi bebita?, ¿qué le van a quitar si ella es como un angelito?".

Pues qué buen momento para recordar lo que enseña nuestra Iglesia sobre el pecado. Tengamos en cuenta que en el pecado hay dos cosas, hermanos, hay como dos dimensiones. Una dimensión es la culpa, y obviamente esa dimensión no existe en una bebé. Nosotros con el bautismo no le estamos quitando ninguna culpa a María Camila, porque ella ¿qué culpa puede tener? No le estamos quitando ninguna culpa.

Son dos dimensiones que tiene el pecado. Uno es la culpa, la otra dimensión se llama la pena. ¿Qué es la culpa? La culpa es el torcimiento, la deformación de nuestra voluntad cuando se rebela frente al querer de Dios, una vez conocido. Esa es la culpa. Y lo otro ¿qué es la pena? La pena es la consecuencia del pecado. Ah, por ahí va el bautismo.

Por ejemplo, si una persona está jugando a la pelota, le falla el tiro y rompe una ventana. Ahí podemos entender lo de la culpa y la pena. Esa persona se acerca al dueño de la casa y le dice: "Por favor, perdóneme, discúlpeme. Hombre, no fue mi intención. Estábamos muy animados en el juego y se me fue mal la pelota". Y el otro le dice: "Hombre, yo entiendo que esas cosas pasan. No se preocupe, está disculpado". La persona ha quedado disculpada, es decir, ha quedado sin culpa. Pero la ventana sigue rota. La ventana sigue rota.

Esa es la pena, la consecuencia objetiva, histórica, personal y social que trae el pecado. Esa consecuencia a veces es bastante material, como en el ejemplo que estoy dando de la pelota. Ahí quedó rota la ventana, uno puede ver los pedazos de vidrio. Esa es una consecuencia muy material. Pero las consecuencias del pecado a veces no son tan materiales.

Vamos a pensar en este ejemplo. Una persona, lamentablemente, se acostumbró a decir mentiras todo el tiempo. Cualquier cosa que le decían, una mentira por quedar bien, una mentira por sacar provecho, una mentira y otra mentira. Su vida se ha vuelto una sarta de mentiras. Pero esa persona un día como que se despierta a la presencia de Dios, se da cuenta que no puede seguir viviendo así. Se arrepiente, se confiesa. Hermoso camino de conversión.

Recibida la absolución de sus pecados en el sacramento de la Confesión, esa persona ha quedado perdonada de su culpa. Pero ustedes se dan cuenta que hay una consecuencia de las mentiras que ha dicho. Sus mentiras quedan rodando por el mundo. Si calumnió a alguien, esa calumnia sigue haciendo daño.

Y hay otro tipo de pena o de consecuencia negativa de ese pecado. El cerebro de esa persona se acostumbró a construir mentiras a una velocidad prodigiosa, de modo que esa persona sale de confesarse, se demoró un rato en la Iglesia, llega tarde a su trabajo y el jefe le pregunta: "¿Y por qué llegas tarde?. Y, acabando de confesarse, dice: "Es que... es que había mucha congestión en el tráfico", por no decir que se estaba confesando. Es decir, su cerebro ya formó un hábito, el hábito de la mentira.

Nuestro maestro Santo Tomás de Aquino estudia ese tema, el tema de los hábitos, tanto los buenos como los malos. Y los hábitos son cosas que de algún modo permanecen en nosotros, es algo que uno va cargando. La persona que se acostumbra a pensar mal, la persona que se acostumbra a pensar vulgaridades, la persona que se acostumbra a hablar con doble sentido, la persona que se acostumbra a mentir. Esas costumbres quedan en uno y esas también son penas, es decir, son consecuencias del pecado, consecuencias que lo hacen sufrir a uno, consecuencias que hacen que la vida se vuelva pesada.

Pero hay algo más. Vamos a suponer el caso de una persona que vivió metida en el vicio del alcohol, pero se convirtió, dejó ese vicio. Sin embargo, tenía un daño muy grande en su organismo. Desarrolló una espantosa cirrosis. Murió prematuramente. Es un caso doloroso. Murió prematuramente. Dejó tres hijos pequeños.

La muerte prematura fue consecuencia de una vida de alcohol. Uno se da cuenta que esos niños quedan huérfanos por algo que ellos no hicieron. Esos niños tendrán que pasar por muchos trabajos, soledades, dificultades por algo que ellos no hicieron. Este es el aspecto social que tiene el pecado.

Todo pecado que nosotros cometemos tiene repercusiones en el universo material, en el universo espiritual de nuestro corazón, de nuestra mente, de nuestra alma. Y tiene consecuencias en la mente y en el cuerpo y en el alma de otros. Ahí vamos entendiendo qué es lo que quiere decir esta pena original, porque realmente cuando hablamos de pecado original hablamos de esa especie de pena que va pasando de padres a hijos.

Y ahora uno entiende mejor por qué el pecado original va de padres a hijos. Pues, mis hermanos, porque la naturaleza que nosotros recibimos de nuestros papás es una naturaleza deficiente, porque ellos no pueden darnos otra naturaleza sino la que ellos mismos han recibido. Y nuestra naturaleza no es simplemente material. Nuestra naturaleza tiene que ver con nuestra manera de comunicarnos, nuestra manera de pensar, nuestra manera de sentir.

De modo que las imperfecciones de nuestra naturaleza configuran una condición existencial en la que nacen las nuevas generaciones. Y esa condición existencial no la podemos cambiar nosotros, porque nosotros no podemos, con un solo impulso, frenar las consecuencias de nuestros propios pecados y de los pecados de generaciones anteriores.

De modo que esa limitación, esa carencia, ese daño en la naturaleza humana que viene desde antiguo, eso es lo que llamamos el pecado original.

Según eso, ¿qué es lo que ha sucedido con la Santísima Virgen? Pues mira, dicho de modo muy breve, una de las grandes consecuencias que trae el pecado original es una especie de egoísmo raizal, una incapacidad de entregarse con plenitud al plan de Dios. Una mezcla de temor, conveniencia, egoísmo, cobardía, que hace que la raíz misma de nuestro ser no la podamos entregar a Dios únicamente para su gloria.

Esa consecuencia, que es difícil de poner en palabras, es sin embargo muy real. Y todo aquel que se empeñe en buscar con fidelidad el Evangelio, la vida en el Espíritu y la santidad, va a experimentar esa dificultad. Nuestro corazón tiene una rebeldía radical, tiene una dificultad extraordinaria para entregarse a Dios. Es una de las peores consecuencias de lo que llamamos la culpa original, o mejor todavía, la pena, esa pena que viene de generación en generación.

Pues María Santísima fue llamada a una vocación completamente singular, una vocación única, que no se había dado antes y que no se repetirá jamás: la Madre del Hijo de Dios. Para ser verdadera Madre, no una actriz representando un papel, sino verdadera mamá, con todos sus deberes y derechos, ella tenía que tener algún género de autoridad desde el primer momento de la existencia de ese Niño, que es verdadero Dios como el Padre.

Inmediatamente uno se da cuenta que esto solo es posible si el corazón de María es transparencia purísima de Dios. Llamada entonces a esa vocación sublime, María fue preservada de las consecuencias del pecado original. Es decir, esa rebeldía, ese egoísmo radical que ustedes y yo experimentamos, y que hace que uno no sienta muchas veces con espontaneidad y con gozo el amor a Dios y el servicio a Dios, esa atadura que todos experimentamos, Dios la retiró de esta preciosa bebé, la Santísima Virgen María, desde el primer momento de su existencia.

Eso no anulaba la voluntad de María. Ella seguía teniendo su propia voluntad, pero una voluntad que podía avanzar, que podía caminar en un ámbito nuevo de verdad. Es decir, ella podía reconocer en el fondo de su ser, podía reconocer con mayor claridad el querer de Dios y, sobre todo, podía entregarse a Él, como lo recuerda el Evangelio que hemos leído: "Aquí está la esclava del Señor".

Esa es la Inmaculada Concepción de María. Esa provisión, esa Providencia de Dios sobre María, en razón de la vocación singular a la que Dios mismo la llamaba, sin quitarle, sin embargo, la voluntad que como ser humano tenía y tiene.

Y ahora, ¿qué sucede con la otra María, con María Camila? Pues con la otra María lo que sucede es que en el bautismo, nosotros aplicamos sobre esta hermosísima niña, aplicamos los méritos de la Pasión de Cristo, es decir, todo lo que Cristo ganó para nosotros en la cruz, ¿Qué significa la victoria sobre el demonio y sobre el pecado?, ¿qué significa la adopción como hija del Eterno Padre? ¿qué significa el ser miembro vivo de la Iglesia? Esos tesoros llegan sobre María Camila.

Eso significa que, de ahora en adelante, se cumplirá en ella lo que dijo Santa Catalina de Siena: "Ni el demonio ni criatura alguna podrá obligarla a pecar si ella no quiere". ¡Qué tesoro tan grande!

Por supuesto, como María Camila no se encuentra en la misma condición de la Santísima Virgen, ella experimentará con fuerza esa misma dificultad, esa misma rebeldía, esa misma inercia que nos dificulta decirle sí a Dios en todo, pase lo que pase. Pero las puertas de la gracia divina, las puertas del cielo, las puertas del amor de Dios, las esclusas del amor de Dios están abiertas para que ella reciba el torrente que alegra la ciudad de Dios y pueda responder al amor divino y ser contada un día entre los santos.

Y con estas palabras quiero terminar. Para eso bautizamos a María Camila, para que sea santa, y para eso hemos sido bautizados nosotros. Esta no es una pura ceremonia social. Esto es el comienzo de un itinerario que solo será feliz si un día María Camila contempla a Jesucristo en el cielo y se goza para siempre mirando a su Redentor en el banquete de la Patria eterna.

Para eso realizamos el bautismo: para que ella sea custodiada en esta tierra, para que ella ponga su mirada en María Santísima como espejo del Evangelio y para que un día ella pueda llegar al cielo. Amén.

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