Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Nos alegramos con María, a la que Dios hizo inmaculados, sabiendo que somos llamados a compartir su misma pureza y santidad.

Homilía inma016a, predicada en 20111208, con 4 min. y 11 seg.

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Transcripción:

Tantas cosas tan hermosas se han dicho y se han cantado de la Santísima Virgen María. Ella, la llena de gracia, ha recibido no solamente la felicitación de los seres humanos, sino también el saludo respetuoso de un ángel y la declaración de amor de un Dios.

Es importante, sin embargo, que cuando meditamos sobre la Santísima Virgen, jamás olvidemos que, aunque haya tantas cosas que en cierto sentido la separan de nosotros, porque es tan santa, porque es tan pura, porque está tan llena de Dios. Nunca debemos olvidar que hay tantas otras cosas, y son muchas más las que nos recuerdan que ella, lo mismo que nosotros, tuvo que hacer el peregrinar de la fe.

Ella tuvo que descubrir, lo mismo que nosotros, la presencia escondida, bendita, providente, salvadora de Dios. Ella, lo mismo que nosotros, tuvo que ser levantada, consagrada, defendida por el mismo Espíritu Santo que nosotros hemos recibido.

Y, sobre todo, no olvidemos que todo lo que celebramos, todo lo que aplaudimos en María y todo lo que nos admira de ella, es también herencia para nosotros, es también nuestro propio tesoro. De hecho, en la carta a los Efesios dice el apóstol San Pablo que nosotros hemos sido llamados para ser inmaculados en la presencia de Dios por el amor.

Inmaculado quiere decir sin mácula. Y esa palabra, tomada del latín, significa mancha. Así que la Inmaculada es la que está libre de toda mancha desde su concepción y después, por supuesto, en el curso de su vida. Pues si ella es la Inmaculada, ese es también nuestro camino.

Nosotros hemos sido lavados por la sangre redentora de Cristo para que nos suceda lo que cuenta el libro del Apocalipsis. Allí el vidente contempló a una multitud que tenía vestiduras blancas, vestiduras relucientes como las de Cristo en la transfiguración.

Y tú recuerdas que en la transfiguración el evangelista comenta: Ninguna lavandera; nadie podría blanquear tanto una tela. Pues ciertamente en esta tierra no se puede alcanzar ese resplandor. Pero la sangre de Jesucristo nos lava y da ese resplandor inmaculado a nuestros corazones.

O sea que no son las fuerzas humanas, sino la gracia bendita de Cristo la que nos lava, la que nos renueva, la que nos santifica, la que nos hace resplandecientes, la que hace que nosotros, mirando a María, descubramos no solamente el gozo de lo que Dios le ha dado, sino la promesa de lo que Dios quiere darnos.

Hoy te saludamos con amor y con agradecimiento. Santísima Virgen, y te pedimos, como lo repetimos tantas veces en el Rosario: Ruega por nosotros, pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén.

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