
Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La Inmaculada Concepción es la imagen preciosa del amor que redime.
Homilía inma015a, predicada en 20101208, con 14 min. y 47 seg. 
Transcripción:
Cuando yo era niño, hace ya unos cuantos años, recuerdo que mi primera impresión ante este pasaje del paraíso terrenal -como decíamos en aquella época- era la impresión de un niño ante el Papa que se puso bravo. O la impresión de un alumno que lo cogieron haciendo trampa en el examen y ahora tiene que enfrentar la ira del profesor, de la maestra o del rector del colegio. Uno, como niño, tiende a asociar los pasajes de la Biblia con las pequeñas, con las limitadas experiencias que uno conoce de sí mismo, de su familia y del colegio. Entonces, para mí, en este pasaje del paraíso terrenal, lo que había que hacer era sacudir la mano y decir: "Dios se puso bravo". Sentíamos -o sentía yo, por lo menos- que Dios estaba muy bravo y que, así como mi mamá cuando nos castigaba, nos decía: "Pues ahora no va al parque", así Dios había sacado a Adán y Eva del paraíso, como quien dice: "Ahora los voy a sacar del parque, ahora sí tienen que ir a trabajar y tienen que ir a hacer sus tareas". Y para mí, salir del paraíso terrenal era algo así como una expresión de la rabia que Dios tenía. Dios se puso muy bravo y nos castigó. Pero claro, ahí queda una gran pregunta: ¿Y por qué Dios sigue bravo todo el tiempo? Porque nosotros no hemos podido entrar en el paraíso terrenal. Sería algo así como que mi abuelito hizo trampa en la previa que le estaban haciendo allá en la escuela y lo castigaron a él, y ese castigo es hereditario. Y entonces el castigo pasó a mi papá y el castigo sigue conmigo, y de aquí para adelante hasta que se acabe el mundo. Entonces yo decía: Dios tiene que ser de muy mal genio, porque ese Dios se pone bravo y no se le quita la rabia, sino que le pasa el castigo de generación en generación: a los hijos, a los nietos, a los bisnietos, y de ahí para abajo todos quedan castigados. Los años pasan y quizás puedo yo repetir lo mismo que dijo San Pablo: "Cuando era niño, pensaba como niño y razonaba como niño. Cuando me hice hombre adulto, dejé las cosas de niño". Pues así también tiene que llegar una edad adulta en la fe. Y esas imágenes tan simples y muchas veces imperfectas que uno tiene cuando se asoma por primera vez a la Biblia, eso toca dejarlo a un lado y tenemos que descubrir otras cosas. Por ejemplo, yo no sé la fecha exacta, pero en algún momento de la vida me llamó la atención en ese pasaje del Génesis -ese es el capítulo tercero- que Dios le hace preguntas al hombre, Adán, y le hace preguntas a la mujer, a Eva. Pero Dios no le hace preguntas a la serpiente. Eso me llamó mucho la atención. Al hombre le pregunta: "¿Dónde estás?". Y esa pregunta ya no me parece que sea una pregunta simplemente de rabia. Es también una pregunta de amor y de cuidado. Lo primero que hace una mamá cuando tiene hijos pequeños, que ha dejado en casa, lo primero que hace es a mamá cuando vuelve a casa. Es averiguar dónde están los hijos: "¿Dónde estás?". Esa pregunta ya no me parece una pregunta cargada de rabia; me parece una pregunta cargada de cuidado y de amor. Y me llama la atención que Dios entra en un diálogo con Adán y luego a la mujer también le hace otra pregunta: "¿Qué es lo que has hecho?". Es una pregunta que, si la miramos bien, es respetuosa. Es una pregunta que quiere despertar la conciencia en ella: "¿Qué es lo que has hecho?" Una pregunta que todos necesitamos precisamente para dejar de vivir como niños asustadizos y para empezar a vivir como gente responsable. También los papás y las mamás les dicen a los hijos: "Dense cuenta de lo que hizo, dense cuenta". Es decir, despierte su conciencia, mi hijo; lo que usted hace tiene consecuencias. Entonces ya me pareció que Dios no estaba simplemente bravo, sino que este Dios es un Dios que se ocupa personalmente de cada hombre y de cada mujer. Por otra parte, aparece toda la irresponsabilidad del ser humano. Le preguntan al hombre y le echa la culpa a la mujer. Le preguntan a la mujer y le echa la culpa a la serpiente. En eso sí que seguimos siendo como niños, buscando siempre la culpa afuera. Pero Dios no le hace preguntas a la serpiente. La serpiente y Dios ya se conocían. Ahí no hay nada que preguntar. Ahí no hay nada que dialogar. El libro del Apocalipsis le da el nombre a la serpiente. Se trata del antiguo demonio, se trata de Satanás. Ahí no hay diálogo. Lo único que hay es una condena que, en términos simbólicos, -como son los de esta parte del Génesis- se describe de esta manera: la condena, "te arrastrarás sobre el vientre, comerás polvo toda tu vida". Entonces uno se da cuenta de que hay una diferencia entre la manera como Dios trata al hombre y a la mujer -que es despertándolos, llevándolos a una conciencia del mal y del bien- y la manera como trata la serpiente, donde no hay diálogo y donde solo hay condena. Entonces uno ve que Dios tiene un plan diferente para el hombre y la mujer en comparación con el plan que ya se ha realizado en la serpiente. Esa serpiente ha escogido ya su destino. En cambio, el hombre y la mujer, sometidos como estamos a la condición temporal, pues resulta que necesitamos esa providencia divina, ese ponernos en camino. Y esa es la expresión clave. Una cosa es decir: "Dios se puso bravo" y otra cosa es decir: "Dios los puso en camino". Y eso es lo que Dios hace cuando los saca del paraíso: los pone en camino. Cosa que, con el correr de los años, uno la entiende muy bien. Salir del paraíso es salir de la vida cómoda, irresponsable y egoísta. Y a lo largo de los años uno va descubriendo que cuando la gente vive en un paraíso, por ejemplo, cuando los muchachitos y las niñitas viven en un paraíso y solo tienen que abrir la boca para que se les complazca en cualquier cosa que se les dé la gana, esos tipos o esas tipas no van a servir para nada. La gente que solamente ha sido mimada, complacida, aplaudida, adulada. Esa gente no sirve de nada. De modo que, una vez que el ser humano ha querido decidir por sí mismo lo que es bueno y lo que es malo, una vez que el ser humano se ha atribuido el papel de Dios -porque Dios es el único que puede decidir sobre lo bueno y lo malo-, una vez que el ser humano ha entrado en esa locura de definir por sí mismo lo que se le ocurre que es bueno y es malo, ese ser humano en un paraíso no tendría otro destino sino convertirse en un monstruo de egoísmo y, por consiguiente, de agresividad hacia el hermano. Porque todo egoísta es potencialmente un homicida. Y eso se ve muy pronto en el relato del Génesis, cuando llegamos a Caín y Abel. Así que, con el correr de los años, le he dado completamente la vuelta a la lectura que yo le hacía a este texto. Es verdad que el pecado de suyo reclama ira, ira que haga justicia, pero lo más importante del Génesis no es que Dios estaba bravo, sino que Dios quería salvar al hombre y a la mujer. Dios salvando al ser humano, Dios poniéndolos en camino, para que a través de las privaciones, a través de las dificultades, se despida de los ídolos de este mundo -que son todos engañosos- y se vuelva hacia Dios. Así que ese camino que empezó en el paraíso terrenal tendrá que ser muy largo, pero llegará un día hasta el Monte Calvario y hasta la Cruz, que es el supremo desierto, que es la suprema privación. Y allí, en la cruz, el Hijo mismo de Dios recuperará para nosotros algo mejor que el paraíso, algo que se llama el cielo. Pero no terminemos esta reflexión sin subrayar la frase que Dios dice sobre la serpiente y la mujer, que es la que explica por qué en tantas imágenes de la Inmaculada, -aunque no en esta que tenemos en la Iglesia- aparece la Virgen y abajo la serpiente derrotada. Dice Dios en el pasaje del Génesis: "Establezco hostilidades entre ti y la mujer". La serpiente había atacado en primer lugar a la mujer. ¿Por qué? Porque la mujer es la ministra de la vida. Porque la mujer es el corazón del hogar y porque la mujer tiene un poder inmenso sobre el hombre, como se demuestra en muchos textos de la Biblia. Y siempre me gusta recordar el caso de Sansón. Sansón podía derrotar a diez mil filisteos, pero una sola filistea le ganó. Todavía hay gente que dice que la Biblia es un libro machista. Yo digo que la Biblia es un libro feminista, porque la Biblia dice que una mujer puede más que diez mil hombres. O sea que la mujer tiene muchísimo poder. Tiene poder sobre el corazón del hombre, tiene poder sobre el corazón de los hijos, tiene poder sobre la vida. La mujer tiene un poder inmenso y por eso la serpiente atacó a la mujer. Porque una vez que la mujer se corrompe moralmente, una vez que la mujer se vuelve ese monstruo de egoísmo del que hemos hablado, únicamente se va a ocupar de su cuerpo -un cuerpo que va a perecer-, se va a ocupar de su placer, -un placer que no va a durar-, y mientras tanto, el plan de Dios se va a frustrar, porque sin mujeres generosas no hay hijos sanos, ni menos hijos santos. Por eso la serpiente atacó a la mujer. Y dice Dios: "Pongo hostilidades entre ti y la mujer", que es una manera de decir: yo salgo a luchar por mi obra preciosa que es el ser humano. Yo salgo a defender la estirpe humana, y para defender la estirpe humana hay que defender a la mujer. ¡Qué hermosa imagen para comprender lo que es la Inmaculada! La Inmaculada es la mujer defendida por Dios. La Inmaculada es el estandarte de la victoria, de la gracia. La Inmaculada es el testimonio más precioso del poder del amor que redime. Bendita Nuestra Señora, concebida sin pecado original. Amén.

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