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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Así como lo hizo la Virgen María, nosotros también tenemos que abrirle espacio a Cristo, debemos ser morada de Cristo.
Homilía inma014a, predicada en 20101208, con 22 min. y 40 seg. 
Transcripción:
Queridos amigos, durante el tiempo de Adviento hay tres personajes que nos van guiando en la gozosa espera de la llegada de Cristo. Ellos son el profeta Isaías, el profeta Juan, llamado el Bautista, y esta santa mujer, la Madre de Jesús, Nuestra Señora, la Virgen. Isaías, Juan Bautista y María, la Madre de Jesús, son nuestros maestros en el Adviento. Y por eso esta celebración de la Inmaculada Concepción de la Virgen viene muy bien, para que ella, con la santidad de su cuerpo y de su espíritu, ella, que preparó digna morada al Señor, nos enseñe, con el perfume de su misma pureza, lo que significa el Adviento. Ante todo, aclaremos que estamos celebrando la Inmaculada Concepción de la Virgen. Esta no es la Inmaculada concepción de Jesús. Jesús, por supuesto, fue concebido de manera inmaculada y además milagrosa. Y es lo que celebramos el 25 de marzo, en la fiesta de la Anunciación a María Santísima y de la Encarnación del Señor. Estamos celebrando la concepción de Cristo, el comienzo de su existencia en esta tierra, que por supuesto tiene ese nombre tan diciente y a la vez tan teológico: la Encarnación. Esa es la encarnación del Hijo de Dios. Esa es la concepción de Jesucristo y eso es el 25 de marzo. Aquí estamos hablando de la concepción de María y estamos diciendo que en el acto por el cual ella fue engendrada de sus papás, que según la tradición se llamaban Joaquín y Ana, en ese acto hubo una particular intervención, una particular unción, una particular bendición de Dios. Ese es el misterio que celebramos hoy. Y las dos notas características de esa intervención divina están en la oración propia de esta Misa, en la Misa de la Inmaculada Concepción. En la oración colecta, que se dice al principio, hemos recordado dos cosas. Primero, que se trata de preparar en María una digna morada para el Hijo de Dios. Y segundo, que María ha recibido esa bendición no simplemente para sí misma, sino que la ha recibido en razón de los méritos de Jesucristo. Es decir, la gracia de Cristo preparó a María para que fuera morada de Cristo. Ese trabalenguas hay que entenderlo bien y hay que disfrutarlo en la mirada de Dios. Lo repito: María se preparaba, o quiso ser elegida por Dios para convertirse en morada de Cristo, pero para ser morada de Cristo, María necesitaba la gracia de Cristo. De modo que la concepción de María fue una especie de redención anticipada si queremos hablar de ese modo. No es que María esté por fuera del ámbito de la redención, sino que la redención operó en ella de modo, si queremos decirlo, anticipado. Cristo la preparó para Cristo. La gracia de Cristo la preparó para que fuera morada de Cristo. Y esto no tiene que extrañarnos, que Cristo prepara para Cristo. Eso no tiene nada de extraño, porque en realidad eso es lo que sucede. Solo Dios puede prepararnos para que nosotros atendamos su llamado. Y así también dice el evangelista San Juan que nosotros hemos recibido gracia sobre gracia, porque Dios, con cada bendición de su amor, algo nos otorga, pero sobre todo nos prepara para algo mejor. Cada intervención divina, cada acto de su Providencia, cada regalo de su amor, ya es amor, pero es también preparación para recibir más amor. Cada bendición ya es bendición, pero es preparación para recibir más bendición. Cada unción ya es unción, pero nos prepara para recibir más unción. Dios quiere acrecentar su presencia en nosotros y por eso no tiene nada de extraño que la gracia redentora de Cristo, acción bendita del Espíritu Santo en su cuerpo y en su mente desde el primer instante de su vida, hayan sido una preparación para que María pudiera realmente acoger a Jesús con todas sus consecuencias. Hay muchas cosas bellas que pueden decirse sobre la Inmaculada Concepción. Pero yo quiero solamente comentar una. María Santísima, decimos, fue preparada como digna morada para el Hijo de Dios. Pero esto no se refiere únicamente al cuerpo de María. Esto no se refiere únicamente al vientre de María, a las entrañas de María. El problema no era producir la carne de Cristo. El problema no es simplemente de biología y de anatomía. Abrirle espacio al Hijo de Dios significa acoger su reinado. Abrirle espacio al Hijo de Dios significa recibir la potencia de su gracia, de su amor, de su luz. Y en esto encontramos el nexo profundo que une a la Inmaculada con cada uno de nosotros, porque también nosotros tenemos que quedar embarazados de Cristo, porque también nosotros tenemos que abrirle espacio a Cristo, porque también nosotros tenemos que ser morada de Cristo. Cristo tiene que llegar a nosotros para vivir todo su misterio, para realizar toda su obra, para completar ese misterio de salvación y de amor que había quedado incompleto, que había quedado roto por obra del pecado. Cada uno de nosotros tiene que reconocerse radicalmente incompleto ante Dios. Yo soy incompleto. Yo estoy roto. El pecado y la ignorancia me han descoyuntado, han fracturado mi vida, le han robado su alegría más pura, le han quitado su perfume más valioso. Por eso la obra del pecado tiene que ser deshecha. Y hay uno que tiene que triunfar sobre aquello que el pecado hizo en mi vida. Y ese que tiene que triunfar se llama Jesucristo. Jesucristo tiene que llegar y tiene que triunfar en mi vida y yo tengo que abrirle espacio a Cristo para que Cristo llegue y haga toda su obra. Pero ahora preguntémonos: ¿cuánto espacio hay que abrirle a Cristo desde el punto de vista biológico? Las mamás le abren un espacio en su matriz al bebé. Es un espectáculo hermoso. Es una poesía viva. Contemplar a una mamá en gestación, como ella tiene que acomodar su propio cuerpo, sus huesos, sus tejidos, su piel, todo, tiene que acomodarlo para que el bebé pueda vivir. Tiene que aprender a caminar, a alimentarse, a sentarse, a acostarse. El bebé no llega únicamente a los tejidos de ella, llega a toda la vida de ella. Y por eso las mamás gestantes tienen que educarse y tienen que entrenarse en una serie de cambios que deben hacer en su vida. Pero aún el bebé más grande ocupa comparativamente poco espacio. Un bebé grande puede pesar 3 kilos, supongo yo, tal vez 4, no lo sé. Y aunque esa es una proporción grande, y aunque trae todos esos cambios en las rutinas de la vida de la mujer, sigue siendo poco. Porque la mujer misma, me imagino, que pesa por lo menos veinte veces, quince veces lo que pesa su bebé. En cambio, cuando se trata de Jesucristo, cuando se trata de que Cristo sea concebido en nuestra vida, cuando se trata de quedar existencialmente embarazados de Cristo, se trata también de que Cristo lo colme todo. Esto es lo mismo que expresa el apóstol San Pablo en su famosa frase: «Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí». Podemos decir que Pablo estaba preñado de la gloria de Dios, estaba preñado de la presencia de Jesucristo. Estaba tan completamente lleno de Jesucristo que no quedaba espacio para Pablo. Pablo había desaparecido. Ya solo quedaba Cristo. Eso es estar embarazado de Cristo. Es abrirle tal espacio en nuestra vida que no quede espacio para nada más. Que no quede espacio para Nelson, porque todo lo ha llenado Cristo. Que no quede espacio para Pablo, porque todo lo ha llenado Cristo. Y tú tienes que decir lo mismo. ¿Cuál es tu nombre? Tú te llamas Josefina. Josefina tiene que decir que no quede espacio para Josefina, que todo lo llene Jesucristo. ¿Tú te llamas Antonio? Antonio tiene que decir que ya no quede espacio para Antonio, que todo lo llene Jesucristo. Eso es colmarnos de la presencia de Dios. Eso es ser digna morada de Cristo. No es digna morada de Cristo aquella vida que se reserva todavía un poquito. Solo es digna morada de Cristo, aquel o aquella que abre todo su espacio para el misterio del Verbo encarnado, del Dios Salvador, del Rey y Buen Pastor de nuestras almas. María Santísima, por supuesto, es el ejemplo más elocuente de lo que esto significa, y ella necesitaba estar completamente llena del amor de Dios, de la bendición de Dios y de la presencia de Dios. Así la saludó el ángel, como lo recordamos en el evangelio de hoy. La saludó: llena de gracia. No había espacio para nada más, solo había espacio para la gracia de Dios. No había espacio para nada más, solo espacio para el amor de Dios, la bendición de Dios y la luz de Dios. No quedó espacio para María. Todo lo llenó Jesucristo. Eso se llama comunión. Eso se llama santidad. Eso se llama inhabitación divina en el corazón humano. Así tiene que suceder también en nosotros. Pero el caso de María sigue siendo aún más singular, porque resulta que ella, y lo mismo San José, pero sobre todo ella, tenía como misión particular ejercer autoridad sobre Cristo. Y es aquí, mis hermanos, donde el misterio se vuelve sublime. Y es aquí donde uno comprende cuáles fueron los caminos de oración y de reflexión que llevaron al Papa, en el siglo XIX, a declarar el misterio de la Inmaculada Concepción. ¿Cuáles fueron esos caminos? Toma la frase que dije hace un instante. María, como mamá, tenía verdadero poder sobre Jesucristo. En efecto, toda mamá tiene poder sobre el hijo. Tiene poder para enseñarle, poder para corregirle, tiene poder para darle las primeras palabras y las primeras oraciones. Es que el tema principal, mis hermanos, no es simplemente de qué estaba hecho el cuerpo de Cristo, que por supuesto fue hecho de las entrañas de María. Pero el tema principal no son los músculos, los tejidos, la grasa, los nervios o los huesos. El tema principal es quién tiene poder sobre Cristo. Y en esto María sí que es completamente singular. Porque resulta que María en cuanto Madre, por esa vocación única y singular que Dios le encargó, Iba a tener y efectivamente tuvo, poder sobre Jesús. Y es aquí donde descubrimos cuál fue el camino que siguió el Papa para declarar la Inmaculada Concepción. No cabe pensar que haya ni la más mínima sombra de pecado en aquel que tiene poder sobre Jesucristo. No poder simplemente para alimentarlo, para guiarlo, sino poder para construirlo en su verdadera humanidad, la misma humanidad que Él entregó por nosotros en la cruz. No se puede creer que aquella que tuvo ese único, intransferible poder sobre el Hijo de Dios hubiera tenido cualquier clase de sombra de pecado. Eso no se puede creer, porque eso sería poner el pecado teniendo poder sobre Jesús. Y eso no puede ser de ninguna manera. La muerte no tuvo poder sobre Él, porque el pecado no tuvo poder sobre Él. Así entendemos que María no es Dios, pero tenía que ser, en cierto sentido, divina. Es decir, tenía que estar de tal modo habitada por el poder del amor de Dios y por la luz de Dios, que todo lo que ella hacía en la tierra era como traducción del amor inefable y eterno que el Padre Celestial tiene a su Hijo en el cielo. Esa es la santidad de María. Eso es lo que estamos celebrando hoy: la vocación única, la vocación bendita de esta Santa Santísima Mujer que fue en cierto modo divinizada, es decir, fue en cierto modo transfigurada por la divinidad. Sí, yo sé lo que van a decir algunos: que esto es idolatría. No, señor. El apóstol San Pedro nos dice que, por efecto de la redención, nosotros, tú y yo, hemos sido hechos partícipes de la naturaleza divina. Hemos sido transformados a imagen de la divinidad. El apóstol San Juan dice: «Nosotros ya somos hijos de Dios. No se ha revelado lo que seremos cuando se manifieste. Seremos semejantes a Él». Este es el verdadero objetivo de la existencia que Dios nos concedió: ser deificados, ser divinizados, ser completamente poseídos por la gloria del Padre. Para eso hemos nacido. Esa es nuestra vocación más humana: llegar a ser plenamente como Dios por gracia de Dios. Y si esa es la vocación que todos tenemos, según declara el apóstol San Pedro, y según repite el apóstol San Juan, no tiene nada de extraño que nosotros digamos que en María, para poder realizar su vocación, se ha completado esa presencia densa, esa presencia victoriosa, esa presencia irreversible, esa presencia perfumada, soberana de Dios. De modo que todo lo que ella hizo, teniendo poder sobre Jesucristo, todo lo que ella hizo, correspondía exactamente a lo que el Padre Celestial quería para su Hijo desde toda la eternidad. Este grado de fidelidad, este grado de absoluta concordia con el Querer Divino, no es posible tenerlo si no es en la total transparencia para la luz de Dios. Esa total transparencia es la que celebramos en la fiesta de la Inmaculada Concepción. Hoy celebramos a María como transparencia divina. Hoy celebramos a María como cristal purísimo que deja pasar toda la luz. Hoy celebramos a María como aquella infinitamente dócil, según declaran sus propias palabras: «Aquí está la esclava del Señor». Y, sin embargo, aunque su vocación es tan completa, es tan perfecta y tan singular, hay sobre esta tierra una serie de personajes, una serie de personas que, por un derramamiento de la piedad de Jesucristo, tenemos una centella, una centella de lo que tuvo María, pero no por mérito nuestro. Estoy hablando de los sacerdotes, en concreto de los presbíteros y de los obispos. María tuvo poder sobre el cuerpo de Jesucristo. De algún modo, el sacerdote, y por supuesto el obispo, de algún modo, el sacerdote también tiene poder sobre el cuerpo de Cristo. ¿No es equivalente al poder de María? De ningún modo. No se puede poner en paralelo, pero sí hay una centella de participación. Porque en la celebración eucarística, poseído por Jesucristo y en persona de Jesucristo, el sacerdote tiene poder sobre el cuerpo de Cristo. Que esto sirva para que quienes hemos recibido la unción sacerdotal nos humillemos en la presencia de Dios, reconociendo que somos indignos. Y que esto sirva para que los novicios de nuestra comunidad que se encuentran aquí presentes, sepan reconocer cuál es la vocación a la que están siendo llamados, si es que se sienten llamados a ser sacerdotes de Cristo. Porque el sacerdote de Cristo se parece a María, por lo menos en una centella, en que también tiene algo del poder sobre el cuerpo de Jesucristo: poder para amar, poder para servir, pero al fin y al cabo, un poder real que la Iglesia necesita para subsistir. En este día tan hermoso de la Inmaculada Concepción, alabemos a Dios nuestro Padre. Todo lo que María tiene, lo tiene para la gloria de Cristo, para la obra de Cristo y para el Evangelio de Cristo. No se puede mirarla a ella sin reconocer que Dios es misericordia infinita, abismo de piedad que no acaba. Alegrémonos en María. Felicitémosla con gozo en los comienzos, en los albores de su existencia, y pidamos al Señor que nosotros, todos, pero especialmente los sacerdotes, vivamos con mayor fidelidad y con mayor entrega el misterio de amor que hemos recibido de las entrañas de María, de la Palabra de María y del abrazo de María. Bendito sea el Hijo de María, hoy y siempre. Amén.

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