
Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Solamente en contraste con la realidad del pecado original es posible comprender el significado de la Inmaculada Concepción.
Homilía inma012a, predicada en 20091208, con 22 min. y 40 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, es una alegría reunirnos en este día de fiesta. Esta es una celebración que nos invita a la esperanza y a la alegría. Contemplar a María es contemplar el Evangelio en todo su esplendor. Es contemplar una obra de Dios sin interrupciones, sin borrones, sin manchas. Es ver al Artífice completando la mejor de sus obras. Por eso esta festividad es una invitación a que el pueblo cristiano crezca en la fe, en la esperanza y en el amor. Una invitación a seguir presurosos los pasos de María que, como una estrella, nos guía en la Nueva Evangelización. Ella es el modelo de la iglesia, y como ella es ahora, así tendrá que ser la Iglesia un día. Porque la misma gracia de Cristo que hizo posible la santidad de María, esa misma gracia es la que habita en nosotros. Esa es la misma gracia que hará pura e inmaculada a la Iglesia entera. ¿Qué celebramos? La Inmaculada Concepción de la Virgen María. Se trata de una concepción inmaculada. ¿Cuándo fue ella concebida y de quiénes? Pues de sus papás, a los cuales la tradición les asigna los nombres de Joaquín y Ana. De la unión de amor entre Joaquín y Ana nació María. Fue concebida ella en esa unión y de esa unión. ¿Cuál es la diferencia entre ella y nosotros? Pues aquí hablamos de una concepción sin mancha. La palabra inmaculada quiere decir eso: sin mácula, sin mancha. ¿Y a qué mancha se hace referencia ahí? Se hace referencia al pecado original. De modo que esta fiesta, para ser debidamente entendida, hay que mirarla en el contraste con esa otra realidad, una realidad más bien triste, que es la realidad del pecado y en particular la realidad del pecado original. Lo que quiero decir es que solo cuando comprendemos la gravedad, la profundidad y la extensión de eso que se llama el pecado original, solo con esa comprensión podemos debidamente entender qué quiere decir la Inmaculada Concepción de María, puesto que ella precisamente fue librada de las consecuencias de ese pecado original. Y, por supuesto, de ese pecado es del que nos habla la primera lectura de hoy. Pero aquí hay que hacer algunas aclaraciones, porque en nuestro tiempo la idea misma del pecado se ha oscurecido mucho. Para algunas personas nada es pecado: todos son opciones, todos son gustos, todos son tendencias. Si mi tendencia es tal o cual, esa es mi manera de ser y todo el mundo tiene que respetarla. Como en nuestra época se ha oscurecido el sentido del pecado, pues es mucho más difícil descubrir qué quiere decir el pecado original. Y por eso resulta difícil también comprender cuál es la victoria divina que celebramos en esta fiesta de hoy. Pues ante todo, tengamos en cuenta que nuestra Iglesia enseña sobre el pecado dos cosas. En el pecado hay dos dimensiones: una se llama la culpa y la otra se llama la pena. En el pecado hay esas dos dimensiones. ¿Qué es la culpa? La culpa es el acto desordenado de la voluntad que se resiste al querer de Dios debidamente conocido. La culpa implica un acto de rebeldía, un acto de desobediencia, un acto de distanciamiento del Querer divino. La culpa se configura en el momento en el que la voluntad decide retirarse, apartarse del Querer Divino. Esa es la culpa. Es una deformidad en la voluntad. La llamamos una deformidad, porque Dios ha querido que nosotros seamos semejanza suya. Dios nos ha querido hermosos, bellos, con la belleza que Él mismo tiene. Pero al apartarnos del plan divino, nos afeamos, nos deformamos. Esa deformidad es lo propio de la culpa. Pero además está la otra dimensión, que es la pena. Obsérvese que la culpa es algo que está en el sujeto. Es el acto de su voluntad. La culpa tuya es tuya y no mía, y la culpa mía es mía y no tuya. Sobre este aspecto personal del pecado nos habla con mucha claridad el profeta Ezequiel, sobre todo cuando dice que cada uno morirá por su propia culpa. Entonces, ¿Qué es la pena? Pues mira, si la culpa es el aspecto subjetivo, el aspecto del sujeto, la pena es la consecuencia objetiva que tiene ese acto desordenado que llamamos el pecado. El ejemplo que suelo utilizar es el de la persona que ha sido demasiado aficionada al alcohol. Ese acto de exceso en la bebida ha sido una serie de culpas. Pero además hay un daño objetivo. Ese daño es su hígado: se ha arruinado. Cuando este hombre resulta con cirrosis, entonces quizás él ya dejó el alcohol. Ya se arrepintió de eso. Ya le pidió perdón a la familia. Ya se confesó. Ya recibió la absolución. Todo lo que tú quieras. Pero hay un aspecto permanente. Hay un daño permanente que es la consecuencia objetiva del pecado. Ese aspecto objetivo del pecado es lo que se llama la pena. Muy bien. Con ese esquema miremos en qué consiste lo del pecado Original. ¿Qué es lo que sucede en la transmisión del pecado original? Pues es muy sencillo. Lo que sucede es que lo que se transmite no es la culpa, sino la pena. Es decir, nosotros no estamos afirmando que un bebé, por ejemplo, cuando va a ser bautizado un bebé que puede tener dos meses de nacido o lo que sea, no estamos diciendo que ese bebé ya es culpable. Por eso a veces los papás o las mamás preguntan: "Pues si vamos a bautizar a nuestro hijo, pero ¿qué culpa tiene? ¿qué pecado ha cometido?". Por supuesto que el bebé no ha cometido ningún pecado. En él no hay culpa ni el pecado original. Es una culpa que se va transmitiendo de padres a hijos, a nietos. El pecado original es una consecuencia del primer pecado. Una consecuencia, es decir, una pena que pasa de padres a hijos, de hijos a nietos. Yo creo que esto lo podemos comprender con un par de comparaciones. Unas tienen que ver con la genética y otras tienen que ver con el ambiente en el que vivimos. Miremos el caso de la genética. Supongamos que una pareja trabajaba en la región de Rusia que se llama Chernóbil. Ellos fueron afectados por esa explosión pavorosa que regó en la atmósfera una cantidad de material radioactivo. Sus genes fueron alterados por ese material radioactivo. Como ellos tuvieron ese daño en sus genes, entonces los hijos que ellos pueden engendrar, lamentablemente van a tener consecuencias. Es decir, a través de los genes, el daño que sufrieron los papás pasa a los hijos y, como los genes no se reparan por sí solos, perfectamente puede estarse dando el caso de lo que llamamos una mutación, es decir, un daño que se seguirá transmitiendo indefinidamente, si esos hijos engendran a otros y a otros y a otros. Ese es un daño que permanece. El pecado original no es un asunto genético. Estoy haciendo solo una comparación de cómo un daño que sufre una determinada pareja puede pasar a otros, y a otros y a otros. Pero el pecado original no es algo biológico. Un gran teólogo llamado Carlos Rahner, dice que se trata de algo parecido a un ambiente. Vamos a tratar de decir algo sobre un ambiente. ¿Qué es una atmósfera? ¿Qué es un ambiente? Es algo muy difícil de precisar. ¿En qué consiste un ambiente agradable?. Cuando uno va a una reunión y dice: "Había muy mal ambiente", eso ¿en qué consiste? Es difícil ponerlo en palabras, pero todos sabemos en qué consiste. Es como una sensación difusa de desconfianza generalizada. Resulta que hay ambientes que son como pegajosos. Por ejemplo, el egoísmo tiende a producir más egoísmo. Los hijos de papás egoístas suelen salir bastante egoístas. Y el pecado, lo mismo que los malos olores, es bastante contagioso. Las mentiras producen más mentiras. El egoísmo produce más egoísmo, la violencia produce más violencia. Un ambiente violento produce gente que a su vez engendra violencia y suscita nuevos ambientes violentos. En otras partes los ambientes son pegajosos y, a veces, es difícil desprenderse de ese ambiente, esa atmósfera en la que uno ha crecido de niño. Por ejemplo, las personas que han tenido una infancia marcada por la soledad, el abandono, la tristeza, difícilmente logran quitarse esas marcas, esas llagas en su alma. Claro que puede suceder, pero es bien difícil porque a donde van llevan esa especie de tristeza. Es como un mal ambiente que producen esas personas. Pues el pecado original, según las palabras de este teólogo, es algo así como ese ambiente, pero no en términos puramente psicológicos, sino es lo que él llama un condicionamiento existencial. Es decir, la manera como nosotros hemos sido engendrados y lo que hemos encontrado al venir a este mundo. Es una especie de resistencia sorda, de rebeldía ante Dios. Nos cuesta trabajo, desde el primer momento en que empezamos a existir, incluso en el acto sexual mismo. Suele haber una gran cantidad de autosatisfacción, una gran cantidad de rebeldía y de ceguera que hace que nuestro primer contacto con la existencia como seres humanos esté marcado por esa especie de rebeldía, por esa especie de dureza. No empezamos a existir en un ambiente neutro, sino en un ambiente contaminado. Y nuestros papás no pueden darnos algo mejor porque ellos mismos tampoco han tenido algo mejor. Esta es una aproximación a lo que significa el pecado original. Es como una condición humana muy profunda, difícil de expresar en palabras, pero perfectamente real, que hace que uno, ya desde niño, experimente una tremenda rebeldía frente a lo que es bueno pero difícil. El ser humano, ya desde la infancia, experimenta que las cosas buenas, si son arduas, causan resistencia, mientras que las cosas malas, si son deleitables, tienen un poder, una atracción. Tienen algo que nos seduce. Esa seducción que tienen las cosas malas pero agradables es lo que la teología llama concupiscencia. El pecado original ha dejado nuestra voluntad herida por la concupiscencia, y nuestra inteligencia la ha dejado marcada por una especie de pereza, una dificultad para buscar lo verdadero. ¡Y eso cómo es de cierto, por Dios! Qué cosa tan difícil es encontrar un ser humano que busque lo verdadero, no lo que está de moda, no lo que es más popular, no lo que se vende más, no lo que da más gusto, sino lo verdadero. Hombres que estén fascinados, apasionados por la verdad. ¿Hombres o mujeres? Qué poquitos son. Por el contrario, la inmensa mayoría de nosotros navegamos por los ríos de esta vida, dejándonos llevar la moda, la costumbre, lo que dicen los de comunicación, lo que todo el mundo hace. Somos repetidores de comportamientos y nuestra inteligencia reposa perezosamente, sin preguntarse a fondo y en serio dónde está la verdad. Esa especie de pereza que tiene la inteligencia para seguir un discurso, para analizar un razonamiento, para no dejarse llevar por las apariencias, esa lentitud y esa dificultad y esa ignorancia de la inteligencia, ese oscurecimiento del entendimiento, también es obra del pecado original. Entonces, ¿qué es finalmente ese pecado? Es una consecuencia repetida generación tras generación, una especie de rebeldía sorda que nos encontramos desde el primer momento de nuestra existencia y que hace extraordinariamente difícil buscar el bien por sí mismo. Esa resistencia interior que nosotros la vivimos, ustedes y yo la vivimos, como oscurecimiento de la inteligencia y como seducción por la concupiscencia. Eso es el pecado original. Pues bien, nosotros estamos celebrando hoy que por una especial dignación, por un regalo especialísimo de Dios, en vistas a la redención que habría de venir por Cristo, Dios le dio un espacio inmenso de libertad al corazón de esta niña que fue concebida de sus papás, pero que fue concebida sin ese peso que nosotros conocemos como concupiscencia y como lentitud y oscurecimiento de la inteligencia. Ella fue concebida como nosotros, pero hubo un regalo, una gracia especialísima que ella recibió. ¿Para qué? Para que pudiera realizar a plenitud la obra de formar a Cristo. No era la misión de ella únicamente darle un cuerpo a Cristo. María no es simplemente una máquina para ofrecer los tejidos o la carne, la sangre, los músculos, los huesos de Cristo. María es la formadora del Hijo de Dios en esta tierra. Educadora de Dios en esta tierra. ¿Cómo podía ella realizar esa misión si su inteligencia padecía esa lentitud, esa pereza que tenemos nosotros para buscar lo verdadero? ¿Cómo hubiera podido ella buscar lo mejor para ese niño que Dios le iba a entregar si la voluntad de ella hubiera estado amarrada por la concupiscencia? Lo que Dios le dio a ella fue una libertad especialísima, una libertad que no anulaba la voluntad de ella, pero que sí la facultaba, que si le daba un poder particular para ser obediente a Dios en esa misión especialísima que ella tenía. ¿Y ahora qué queda para nosotros? Yo sé lo que algunos estarán pensando: "Muy bueno para ella. Así cualquiera. Ah, claro, con esa clase de bendiciones y con esa clase de regalos, así es muy fácil vivir sin pecado". Acuérdate, esta bendición que ella recibió no la hizo inmune al impacto, al dolor que causa el pecado. Muy al contrario, una mente que no está oscurecida es una mente que sufre más que cualquiera. El sufrimiento de María, y esto es ocasión de otra predicación. El sufrimiento de María no puede ser puesto en palabras, porque en el caso nuestro, la misma oscuridad de la inteligencia sirve a manera de anestésico. ¿Por qué nosotros vivimos a veces tan tranquilos cuando hay tanta gente que muere de hambre, cuando hay tanto dolor, egoísmo, violencia, muerte en el mundo? En parte porque nuestra inteligencia es lenta, perezosa e ignorante. Pero si una persona tiene el entendimiento despierto y lúcido, esa persona puede ver con una penetración increíble todo el poder del mal y todo el dolor de la humanidad. Una persona así sufre más que cualquiera de nosotros. No nos imaginemos la vida de María como si ella hubiera estado metida en una burbuja donde no le afectaba nada. Al contrario, haciéndola inmaculada. Dios le dejaba el corazón en carne viva. La vida de María, como la vida de Cristo, estuvo marcada por el dolor desde muy temprana edad. Nada de imaginar a María en burbujas rosadas. María sufrió más que cualquiera. Porque el que tiene la voluntad libre para amar a Dios, y el que tiene la inteligencia lúcida para descubrir de lo bueno y de lo malo, ¡uy!, esa persona sufre como cualquiera, mucho más que cualquiera. Santo Tomás de Aquino dice Nadie sufre más que el que tiene una inteligencia despierta. Dice Santo Tomás que el que tiene mayor inteligencia tiene mayor capacidad de sufrimiento. Y es lógico, porque descubre más los tentáculos espantosos del pecado. Así que, al darle esta gracia de ser inmaculada, Dios también le dio a ella un camino de sufrimiento que tendrá su peor episodio, pero también el más importante, junto a la cruz. ¿Y qué más queda para nosotros? Pues que ella nos está mostrando el camino, que ella nos está diciendo que no tenemos que tener miedo a despertar nuestra inteligencia a la sabiduría divina y que no tenemos que tenerle miedo a las propuestas del amor de Dios. Siguiendo los pasos de ella, amándola, invocándola como intercesora, siguiéndola como modelo nuestro, también nosotros como Iglesia, un día seremos la Inmaculada. Sigamos, entonces, hermanos, nuestro camino, nuestra vida cristiana. Hoy tenemos una razón más. Dios nos ha dado la belleza de su Evangelio en el rostro, en el cuerpo y en el alma de María Santísima, la Purísima.

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