Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La Inmaculada Concepción de María, una fiesta en la esperanza.

Homilía inma011a, predicada en 20061208, con 10 min. y 51 seg.

Click derecho para descargar versión MP3

Transcripción:

Hermanos queridos, esta es una fiesta en la que sobresalen tantas cosas, tantas virtudes, tantas gracias, tanta belleza. Pero yo quiero destacar, en todo ese jardín de cosas hermosas que nos trae la Inmaculada. Quiero destacar dos palabras: la palabra ternura y la palabra esperanza. Y empiezo con la esperanza.

En esta fiesta estamos celebrando no solamente lo que María fue. Estamos celebrando lo que nosotros seremos. A ella la saludamos hoy llamándola Inmaculada, pero ese es el saludo que la Biblia tiene también para nosotros cuando dice que Dios nos llamó para que fuéramos santos e inmaculados en su presencia por el amor. Otra traducción dice: irreprochables a sus ojos. Somos llamados a ser inmaculados. Y el mismo Dios que, por el poder de su Espíritu, guardó de la pena del pecado original a María, nos liberará de la culpa de nuestros propios pecados, porque el Dios que venció al pecado en María vencerá al pecado en nosotros.

Venció al pecado en María, no permitiéndole que tuviera poder en ella. Vencerá al pecado en nosotros retirándole el poder que el pecado ya ha tenido. Como hermosamente decía el lema de una comunidad religiosa: Dios a unos los salva levantándolos y a otros no dejándolos caer. Y María la celebramos hoy como salvada.

Este es un terreno de continua discusión con los cristianos no católicos. Ellos dicen: Bueno, pero si María es inmaculada, si María nunca cometió pecado, ¿de qué la salvó Dios? Entonces ella no necesitaba ser salvada". Ese es un modo muy pobre de argumentar, con todo respeto, porque precisamente Dios aún nos los salva levantándolos y a otros no dejándolos caer.

Si voy caminando por la calle, hay una alcantarilla que no tiene su tapa. Es un peligro. Lamentablemente, nadie ha puesto ningún aviso y yo voy caminando distraído. Estoy a punto de irme por ese hueco y alguien me da un grito y me dice: "¡Hey, cuidado!" Me salvó y no fue porque me cayera, sino porque no me dejó caer. Me salvó.

María es salva. María es salvada por el poder del amor de Dios. María es redimida. Nosotros nunca hemos negado, nosotros, Iglesia Católica, nunca hemos negado eso. Y el mismo Dios que la salvó a ella, evitando que el pecado tuviera poder en ella, es el mismo Dios que nos salva a nosotros retirando el poder que el pecado ha tenido en nosotros. Es el mismo y único Dios.

Y si por ahora, oficialmente, por lo menos, solo llamamos Inmaculada a la Virgen, pues ser inmaculados y ser inmaculadas será nuestra carta de ciudadanía en los cielos. Porque en los cielos no cabe que entre nada impuro ni manchado, dice el libro del Apocalipsis. De manera que hoy estamos saludando no solo la santidad de María en el pasado, sino estamos saludando a nuestra santidad en el futuro.

Esta no es una fiesta que se queda mirando al ayer. Esta es una fiesta que nos lanza hacia el mañana, junto a Dios, y en ese sentido es una fiesta en la esperanza. Somos llamados en la esperanza, mis hermanos, a celebrar lo que Dios quiere realizar en nuestras vidas.

Pero la otra palabra es la palabra ternura. Una palabra difícil de pronunciar en el mundo de hoy, y especialmente difícil de pronunciar en esta ciudad de Nueva York, que precisamente destaca por su rudeza. Quizás es un exceso de prejuicio que muchas personas tienen con Nueva York. Tal vez no es la ciudad más dura o más agresiva, pero la fama la tiene. Y a juzgar por algunas cosas que encuentro cada vez que paso por aquí, como que hay razones para afirmarlo.

No es la ciudad de la ternura. En todo caso, es difícil pronunciar la ternura allí donde tantos rostros duros, y donde tantos codos duros y donde tantas miradas duras y donde una manera tan dura de conducir son el pan de cada día. Y uno se pregunta: ¿Qué sentido puede tener la ternura cuando a veces la selva de cemento nos vuelve tan duros?

Y sin embargo, yo les invito hoy, mis hermanos, aquí desde el corazón de Nueva York, desde el corazón de este siglo XXI. Les invito, mis hermanos, a que acojamos con amor la ternura que tiene esta fiesta, porque el ser humano también necesita esa ternura.

Además, Dios dice que esa ternura es importante porque ustedes recuerdan lo que anunció por boca del profeta Ezequiel: "Yo les quitaré el corazón de piedra y les daré corazón de carne", que puede también ser traducido: "Yo les quitaré ese corazón agresivo y les daré un corazón capaz de ternura".

¿Por qué es importante la ternura? Porque el corazón de piedra no siente. Para sentir, uno tiene que ser susceptible de ser afectado. Uno tiene que poder recibir el impacto del otro. Ser tierno es poder recibir el impacto de otro. La roca, por lo menos en cuanto a que es roca, no recibe impacto, no cambia, ella no se mueve; por eso no siente. Se quiebra, pero no siente.

La ternura es la capacidad de sentir, y eso es precisamente lo que necesitamos. Necesitamos reencontrar la ternura, necesitamos reencontrar nuestra propia necesidad de ternura. Porque a veces, durante tantos días, nos hablan un lenguaje de dureza que uno mismo cree que ya no tiene derecho a la ternura. Uno mismo cree que ya no tiene derecho a que otro le ayude a sentir, le ayude a encontrar el camino de la sanación después del sufrimiento.

Y es imposible encontrar la sanación si otra persona no siente, si no le duele, si no le importa lo que a mí me está pasando. La ternura es la puerta para la compasión. La ternura es la puerta para la misericordia y la ternura es la puerta para la solidaridad, para el abrazo, para el amor de hermano.

Necesitamos ternura, necesitamos abrazos, necesitamos cercanía. Lo necesitamos todos. Y yo le doy gracias a Dios que existe, por ejemplo, este espacio tan bello de alegría, de sonrisa, de amor. Cómo me gusta que ustedes se quieran, que puedan abrazarse, que puedan apoyarse, que puedan reconocerse en medio de ustedes. El Señor derrama esa misericordia, el Señor expresa esa ternura y, por supuesto, esa ternura tiene mucho que ver con la fiesta de hoy.

En general, los niños pequeños hoy estamos recordando a María en su comienzo, más que incluso que en su niñez. Estamos recordando en el comienzo mismo de su existencia, allí donde todo es tan frágil, con la fragilidad que tiene un bebé, con la fragilidad que tiene un feto, con la fragilidad que tiene un embrión. Y es maravilloso pensar que ese embrión que fue María fue amado, fue revestido de la fortaleza de Dios, fue defendido desde ese primer momento. Dios que protege la delicadeza de la vida.

Yo le pido hoy a la Santísima Virgen, que un día fue un embrión santo, un embrión santo en el vientre de la mamá de ella, que por tradición decimos que se llamaba Ana, yo le pido a María, por los méritos de ese amor infinito de Dios que se derramó en ella cuando ella era un embrión, que ella ayude a defender a los embriones humanos.

Porque hoy se quiere volver al embrión humano. Piezas de repuesto. Hoy se quiere volver al embrión humano material para rehacer mis órganos. ¿Qué tal eso? "Vamos a tomar tu cuerpo, lo vamos a volver pedazos para que yo pueda recuperar mi cuerpo". Pues tú te niegas y la ley se pone de tu lado y te defiende. Pero los embriones, ¿quién defiende a los embriones?

Hoy necesitamos esa ternura, la ternura de esta fiesta, y entender que Dios defendió ese embrión que fue María, que lo revistió, que lo defendió de sus enemigos y que desde el primer momento de su existencia la amó, derramó sobre ella ese amor en previsión de los méritos de Cristo y en vista de esa misión tan singular, tan completamente única, que ya tenía ojos llenos de ternura.

Si los científicos pudieran tener esa ternura, no tomarían un embrión para decir: "Bueno, vamos a sacar de aquí dos riñones, un hígado, vamos a volver estos pedazos para solucionarle el problema a alguien". Necesitamos esa ternura para recuperar esa humanidad.

Yo le pido a la Santísima Virgen que nos devuelva el sentido de la verdadera ternura, que recuperemos la verdadera sensibilidad y que reencontremos el sentido maravilloso de nuestra esperanza cristiana. Y aquí digo yo, como Jesús: muchas más cosas quisiera decirles, pero por ahora no pueden con ellas.

Sigamos nuestra celebración, hermanos. Es la fiesta de la Inmaculada, es la fiesta de una ternura, de una delicadeza, de una belleza sin igual. Es la fiesta de una esperanza maravillosa a la que somos llamados en Cristo.

Publícalo en Facebook! Cuéntalo en Twitter!

Derechos Reservados © 1997-2025

La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico,
está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente:
http://fraynelson.com/.

 

Volver a las homilías de hoy.

Página de entrada a FRAYNELSON.COM