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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La Virgen María, modelo del universo.
Homilía inma009a, predicada en 20001208, con 14 min. y 49 seg. 
Transcripción:
En nuestro pueblo católico, y mucho más fuera del pueblo católico, hay una confusión con respecto a esta fiesta de hoy. Estamos celebrando la Inmaculada Concepción de la Virgen. Es decir, estamos celebrando que el comienzo de la vida de María estuvo marcado por una singular presencia de Dios, una presencia redentora, santificadora, que es expresión del amor de Dios para ella y que es el comienzo de la misión de ella en favor de la salvación de todos nosotros. Pero muchas personas piensan que estamos celebrando es la concepción de Jesús, es decir, que Jesús fue concebido sin pecado. Pues de eso, desde luego, que no hay duda. La confusión es más fácil de darse porque el evangelio que acabamos de escuchar es el evangelio de la concepción de Jesús. Pero lo que estamos celebrando no es la concepción de Jesús por obra del Espíritu, sino la obra del Espíritu en la concepción de María. Por eso el nombre completo de esta fiesta es Inmaculada Concepción de Santa María Virgen. Es la concepción de María. Eso estamos celebrando hoy. ¿Y qué hay que celebrarle a eso?, ¿qué es lo que dice la Iglesia y por qué eso es motivo de celebración? Yo quiero empezar contándoles a todos algo que ya les he contado a algunos. Hace 28 años. Un 8 de diciembre. Yo tenía 7 de edad. Había hecho la Primera Comunión en ese año, el setenta y dos, y estaba con algunos parientes, no sé si eran mis papás o tíos, en la iglesia del seminario en Barranquilla, de donde es mi familia. En esa celebración fuimos, y yo le puedo decir en qué lugar de esa iglesia estaba yo, porque me quedó perfectamente grabado. Yo estoy pensando que ese fue el día que cambió mi vida. Estoy pensando que ese es el día que cambió, que le di el rumbo a mi existencia, un 8 de diciembre. ¿Qué pasó? En esa ocasión estaba predicando un padre mayorcito, un padre viejito, que tenía hace 28 años el mismo problema que yo tengo ahora: tratar de contarle a usted, tratar de contarle a la asamblea qué es lo que estamos celebrando, para que usted lo encuentre sabor, color, sentido, alegría, para que usted lo encuentre. La dimensión de regalo de bendición que usted tiene. Ese padre viejito estaba allá en el altar de la iglesia del Seminario de Barranquilla. Nunca sabré cómo se llamaba, pero fue el instrumento de Dios, fue el precioso instrumento de Dios para que mi vida cambiara. Y desde esa época yo tomo muy en serio lo que les sucede a los niños, para bien o para mal, porque a los siete años se definió mi vida. O sea que los niños viven experiencias buenas o malas que les definen la vida. El padre nos dio una explicación de la cual yo no le entendí mayor cosa, pero hubo unas dos frases que sí se me quedaron, y esas dos frases abrieron la puerta a una historia que ya mire dónde va. Dijo el padre, más o menos estas frases, recordadas, rescatadas del disco duro de hace 28 años. ¿Cómo les explicara yo, cómo pudiera yo contarles este misterio de la Inmaculada? Y dijo: "Es como pensar en una niña que crece y se hace mujer y sigue siendo niña". Niña que crece y se hace mujer y sigue siendo niña. Yo me imagino que yo estaba medio distraído, seguramente por eso no recuerdo más de esa homilía, pero esa frase, yo no sé qué fue lo que produjo dentro de mí, pero como una reacción impensada, impetuosa, instantánea, irreprimible, como una cosa que salía del fondo de las entrañas, yo sentí que por dentro una voz, mi voz, decía: yo quiero conocer a esa niña. No me acuerdo de haberlo dicho en voz alta, pero ahora pienso que tal vez, si miro mi historia, la frase que más ha determinado decisiones en mi existencia: yo quiero conocer a esa niña. Un tiempo después, esa frase y ese momento se me olvidaron. Quedaron, como dicen los psicoanalistas, con perdón de los conductistas, quedaron sepultadas en el inconsciente o en el subteniente, quedaron por allá olvidadas. Muchos años después, muchos años, es como unos doce después, cuando estaba estudiando en la Universidad Nacional, estudiaba física, y entonces me empezó a suceder una cosa muy rara, que ya muchos de ustedes conocen, porque este testimonio lo he dado en otras oportunidades. Yo salía de clase y sentía un deseo de ver a María, ver a la Virgen María. En ese momento se me había borrado de la memoria el hecho que aconteció a los siete años, pero era una cosa graciosa, porque yo salía del laboratorio de electrodinámica o salía de clase de mecánica analítica II con un deseo inmenso de ver a la Virgen. Y yo sentía que no tenía como demasiado sentido eso. ¿Por qué se supone que quiere uno ver a la Virgen después de estudiar el espacio de fases de una partícula? ¿Por qué quiere uno ver a la Virgen? Yo no entendía. Pero sí le cuento que en ese tiempo estaba tan profundamente enamorado de mi carrera y tan completamente olvidado de una incipiente vocación sacerdotal que me había visitado a los 15 años. Estaba tan enamorado de mi carrera que yo no pensaba en casarme porque yo quería ser uno de esos científicos que no se casan, sino que se dedican a la investigación pura, como Isaac Newton, por allá un científico metido en su laboratorio desentrañando los secretos del universo. Ahora me parece como tierno. Yo miro a ese muchachito, yo miro a ese muchachito de 17, 18, 19 años que tenía como gran ideal de su vida desentrañar el universo. Mire a ese muchachito y le siento como cariño. Además, porque a lo largo de la vida me he encontrado varios muchachitos, así como una mezcla de inteligente y nerd, y me he encontrado con que esas personas necesitan, necesitan mucho encontrarse con la Virgen. ¿Y por qué? Yo no lograba entender por qué. Unos años después se fue aclarando la cosa. Yo lo que quería, como estudiante de física, era descubrir los secretos del universo, quería conocer el universo. El ideal de un físico cosmólogo, que era más o menos lo que yo se supone que iba a hacer, es encontrar el conjunto de ecuaciones que unifican las cuatro fuerzas de la naturaleza. Es decir, los Pokémon me iban a quedar tachuelas, iba a conocer las raíces de las cuatro fuerzas de la naturaleza, la teoría del campo unificado y todas esas historias. Pues bien, el universo, ver el universo. Si un día se logra, si un día se logra ese maravilloso conjunto de ecuaciones que van a unificar las fuerzas del universo, entonces en esas ecuaciones vamos a estar mirando algo así como qué pensó Dios cuando hizo todo esto. Este año, precisamente hace unas semanas, estaba terminando de leer un libro. que además se los recomiendo, que se llama Teoría del todo; lo escribe un físico y matemático inglés, John Barrow. Teoría del todo, es decir, en donde va la gente que siguió por el camino que yo no seguí. Es como averiguar uno en qué anda esa gente. Bueno, pero mi conclusión fue: si yo quiero ver el universo, si yo quiero encontrarme con el universo, es normal que vuelva los ojos hacia María, porque en ella aparece el universo como Dios lo pensó. El gran estorbo, el desorden del mundo, según el lenguaje de la Biblia, se llama pecado. Y la basura de los ojos, según la Biblia, se llama pecado. Y el ruido del pensamiento que no nos deja encontrar. La verdad, según la Biblia, se llama pecado, y el sesgo del corazón que nos impide encontrarnos con el plan de Dios, según la Biblia, se llama pecado. Quita entonces el pecado, y habrás quitado el desorden. Habrás quitado esa opacidad de los ojos, habrás quitado ese sesgo del corazón, te habrás encontrado con el plan de Dios. Quita el pecado, quita el pecado y verás. Aparta de ti el pecado y empezarás a ver, empezarás a encontrar la verdad. Decía Jesús: El que comete pecado es esclavo del pecado. Y también decía: la verdad os hará libres. Pero no cualquier verdad me hace libre. Saber el número y el peso atómico, por seguir con las ciencias naturales, de todos los elementos descubiertos, seguramente no me trae demasiada libertad. Pero hay una verdad, una fantástica verdad, que atrae libertad. Y esa es la verdad sobre por qué existo, para qué todo esto, qué sentido tiene el mal, a dónde iremos a parar, cuál es una posición sensata, hermosa, lógica, justificable frente a todo el mundo. Encontrar la verdad, esa verdad profunda, eso que le da lo que nosotros llamamos sentido a la vida. Encontrar eso es encontrar la verdad que lo hace a uno libre. Y para encontrar esa verdad, que no es otra sino la verdad del amor misericordioso de Dios, necesitamos quitar el estorbo.

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