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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Hay algo inmaculado en nosotros.
Homilía inma008a, predicada en 20001208, con 31 min. y 38 seg. 
Transcripción:
Verdaderamente, esas palabras que valen para todos los evangelios valen especialmente para este día. Porque la primera sensación que uno tiene es como la de aquel profeta Isaías: ¡Ay de mí!, hombre de labios impuros, en medio de un pueblo de labios impuros. Isaías dijo eso porque contempló la gloria de Dios en el templo de Jerusalén, un templo que iba a ser destruido, arrasado hasta los cimientos. Lo único que queda de ese templo es el eco de las lamentaciones. Súplicas, ruegos, dolores de muchas generaciones están metidos en ese Muro de Lamentaciones, pues es costumbre de los visitantes judíos, cuando van a ese muro, escribir alguna pequeña plegaria en algún papel y meterla en las grietas de ese muro. Un muro que ni siquiera pertenece al templo como tal, sino a las separaciones entre los antiguos atrios de ese templo. Y ese templo del que nada queda, sí queda la palabra de Isaías, que dijo que había visto la gloria de Dios ahí. Con mayor justicia podemos decirlo nosotros. Porque si aquel templo por un momento se llenó de la gloria de Dios, este otro templo, que es el Cuerpo Santísimo de la Virgen, a quien hoy contemplamos concebida sin pecado, este otro templo no solo no ha sido destruido, sino que en el momento de la desolación, es decir, a la hora de la cruz, estuvo en pie. Y en el momento al que todos somos convocados, a la hora de la muerte, permaneció unida al sueño de Cristo en el sepulcro para ser reconstruido, levantado para siempre en la gloria del cielo, como nos lo cuenta la Iglesia en aquel misterio hermoso de la Asunción. Tenemos, pues, razón para decir y cantar lo que hemos cantado en el Salmo: El Señor ha hecho maravillas, ha hecho un templo, morada perpetua de su gloria, expresión ahora eterna de su hermosura, de su poder y de su sabiduría. Y nosotros hemos visto a este templo lleno de gloria y de gracia, y hemos visto que los ángeles se acercan, pero de un modo particular también aquí. Escribe Santo Tomás de Aquino: "Sabemos de la dignidad a la que Dios ha llamado a la Virgen María, porque en toda la Escritura encontramos a los seres humanos expresando veneración ante los ángeles" Solo en esta escena de hoy encontramos a un ángel expresando veneración y pidiendo consentimiento a un ser humano. Están presentes, pues, los ángeles, empezando por ese Santísimo Embajador Gabriel. Están presentes ahí, reconociendo la presencia de esa gloria que desde el primer momento de la vida de la Virgen fue como su sello propio, fue como su perfume propio, fue como su estilo propio. ¿Y qué queda para nosotros, además de esta inmensa admiración? ¿Además de esa alabanza que nace espontánea en el pueblo católico en este día? Además de ese gozo, ¿qué queda para nosotros? Queda un camino. Queda una ruta. La Inmaculada Concepción de la Virgen no es el final de su camino, sino el principio. Y de alguna manera es también el principio del camino para nosotros. Este misterio está mucho más cerca de nosotros de lo que solemos pensar. Vamos a tratar de demostrarlo con unos tres ejemplos. Primero. Nuestra vocación, como decíamos al principio de esta celebración, no es otra sino ser irreprochables, ser inmaculados en su presencia por el amor. Nos une la misma vocación que tuvo María. Nos une esa misma vocación. En el cielo no entra nada impuro ni manchado. De manera que el cielo es la nación, es la República de los Inmaculados. Sabemos que como primera ciudadana, que como primera dama y reina, está esta Virgen. Pero también sabemos que nosotros estamos llamados allá. De manera que solo el vestido blanco de la gracia, el vestido de bodas que hoy brilla en ella, solo ese vestido es nuestra presentación ante la puerta del banquete de bodas. Desde luego, esto significa una condición de absoluta indigencia. Porque el pasado nos habla de deficiencias, errores y pecados; el presente nos habla de limitaciones, y el futuro nos habla de incertidumbres. ¿Qué queda para nosotros cuando pensamos que el vestido para entrar a los cielos es el hábito de los inmaculados? Queda una conciencia de completa indigencia, de radical humildad. Ante la verdad de lo que somos, frente a lo que estamos llamados a ser, nace la humildad. Una humildad no como propósito nuestro para estar en la tierra, sino una humildad como vocación nuestra para entrar a los cielos. Por eso, cuanto más se cante y se exalte la belleza de la Virgen, pues tanto más ha de ser la humildad y la conciencia de la propia nada en ese cantor, en ese predicador, en ese pueblo que reconoce las bellezas de la Virgen. Este día, el día de la Inmaculada Concepción de Santa María Virgen, es el día de la humildad en el pueblo católico. En este año, el Papa Juan Pablo, con visible gozo, proclamó que el segundo domingo de Pascua, según los deseos que Dios inspiró a Santa Faustina Kowalska, ha de ser conocido, ha de ser llamado el Domingo de la Divina Misericordia. Era una devoción que ya venía caminando, que ya venía avanzando, como hace crecer el Espíritu las cosas en el pueblo de Dios. Cuando el Papa pronunció estas palabras frente a la plaza de San Pedro, abarrotada de fieles, un aplauso incontenible se adueñó de aquel espacio, de aquel momento. Hay un día ahora en la Iglesia, y un día muy particular, para celebrar la Divina Misericordia: el segundo domingo de Pascua, el domingo que cierra la octava de Pascua. Pues así también podemos decir que hay un día, el día para la humildad, y creo que no hay fecha más preciosa que el 8 de diciembre. Nosotros estamos lejos de la santidad de la Inmaculada, pero no estamos lejos de la vocación que Dios le dio. Y por eso nuestra misma condición de pecadores, que en ese sentido nos aleja de la Inmaculada, nos devuelve a una realidad de humildad que nos acerca a la Inmaculada. Aunque el pecado nos aleja de ella, cuando ese pecado se pone ante la luz de Dios y ante la gracia de Dios, se convierte en humildad, en acogida de la gracia, y entonces se convierte en abrazo que nos estrecha a ella. Porque si hay algo, si hay virtud que todos reconocen en María, es precisamente la humildad, como lo dice también el evangelista Lucas en el cántico de la Virgen. Lo que ella mira en sí misma es su humillación, su humildad. Y es ese pico de la humildad el que le permite reconocer precisamente las maravillas de Dios. Por eso, si bien no era tan santa, la vemos lejos. Aprovechemos esa lejanía para convertirla en conciencia de lo que somos, en humildad ante Dios, que por esa humildad la sentiremos mucho más cerca, muy cerca de nosotros. Por eso digo que este misterio de la Inmaculada Concepción no está lejos de nosotros. Y he dicho ese primer ejemplo o razón. Una segunda razón es que María es inmaculada en su concepción, en su vida, en sus palabras, pensamientos, en sus obras y padecimientos, en su muerte y en su eternidad. Por esa razón que está en las palabras de Gabriel: Kejaritomene, amada, llena de gracia, favorecida. Y todo lo que nosotros digamos de la gracia que la hizo inmaculada a ella, todo, absolutamente todo, vale para nosotros. Si un día el Señor Dios me permite inaugurar el Santuario de María Redimida, tendrá que ser un 8 de diciembre, porque eso es lo que nosotros celebramos hoy: la redención de la Virgen. Como lo hemos dicho en otras ocasiones, también hablando de la Santísima, Dios aún nos salva levantándolos y a otros no dejándolos caer. Y eso vale también para nosotros. ¿Hemos cometido todos los pecados? Creo que no. Creo que ni en el deseo, ni en las palabras, ni los pensamientos, ni en las obras, hemos cometido todos los pecados. Seguramente hemos cometido muchos, y muchos de ellos oscuros y feos, como es el pecado. Pero no los hemos cometido todos. Hemos sido salvados de muchos pecados que hubieran podido estar en nuestra vida. ¿En cuántos relatos de conversión hemos escuchado que la gente dice: "Toqué fondo"? Pero uno toca fondo porque había llegado al máximo del pecado que se puede cometer. Ese máximo no existe, porque es un abismo sin fondo. La maldad, el fondo que uno toca, no es el fondo del mal. El fondo que uno toca es la mano redentora de Dios, que se mete a ese fango para no dejar caer más a sus niños y a sus niñas, como el que se estaba ahogando en un pozo o piscina y siente que, bendito Dios, pudo hacer pie en ese fondo y ahí impulsarse para volver a la superficie y sobrevivir. Así también, en muchos relatos de conversión la gente dice: "Toqué fondo", pero lo que tú tocaste no fueron las fauces de Satanás, que hubiera querido devorarte para la eternidad. Lo que tú tocaste no fueron las puertas del infierno, que no se sacian en su afán de tragar. Lo que tú tocaste fue la mano de Dios que, con un misterio que no comprendemos, se metió en esa realidad y también ahí pudo sostenerte para que tu pie alcanzara algo y tú te devolvieras. Aquella parábola del hijo pródigo, que parecía no tener nada de inmaculado, ciertamente ese muchacho, esa parábola del hijo pródigo, muestra cómo todavía allá, en el colmo de la pobreza, de la miseria física, espiritual, emocional, allá estuvo Dios. Todo sucede, decía yo en una ocasión, como si aquel Padre misericordioso, al entregarle la herencia, le hubiera dado entre todos esos sacos, le hubiera dejado algo que el muchacho no pidió, pero que sí iba a necesitar. Aquel padre amoroso le dejó a ese hijo, en el fondo de algunos sacos, su retrato, para que cuando todo se hubiera acabado, el hijo pudiera ver a qué familia pertenecía, pudiera encontrar de nuevo el rostro de su papá y pudiera seguir llamándose hijo. Poder llamarse hijo cuando se está en la pobreza, en las llagas, en la miseria, rodeado de marranos, ese es el milagro: llamarse hijo. El hijo se llamó Marrano, se llamó hijo. O sea que había algo del papá ahí. Algo del papá que estaba ahí, en medio de todo el pecado. Ahí estaba y ahí, en ese rostro del Papa y en ese llamarse Hijo, pudo hacer pie, pudo apoyarse y pudo decir: entonces me devuelvo y tengo que encontrarme con ese Padre. La gracia que brilla tan hermosamente en la Inmaculada es la misma gracia que se ha derramado en nuestras vidas. La fórmula por la cual el Papa Pío Nono declaró. El beato Pío Nono declaró a María como Inmaculada desde el primer instante de su concepción. Alude expresamente a la redención de Cristo por la muerte redentora de Cristo. Pues lo mismo se puede decir de cada uno de nosotros. Estamos aquí por la muerte redentora de Cristo. Cuando nos absuelven, nos absuelven por la muerte redentora de Cristo. Cuando comulgamos, recibimos la gracia unitiva del sacramento por la muerte redentora de Cristo. Aquello que la hace santa, ella es lo mismo que nos hace santos a nosotros. Por eso no estamos lejos de la Inmaculada, ni ella está nunca lejos de nosotros. Esta es la segunda razón o ejemplo. La tercera razón la podemos tomar, en cierto modo, derivada de la segunda. Pensemos otro poco en esa parábola, la del Padre misericordioso y la del hijo pródigo. Desde luego, la menciono porque es la condición de todos nosotros, y es lo que precisamente nos hace sentir lejos de María. El Papa le regaló un retrato, un recuerdo de quién es el Papa y de quién es el hijo. Y el Hijo, en medio de su pecado, pudo encontrar sepultado en medio de su memoria ese retrato, pudo ver los ojos de papá. La memoria de ese pobre pecador que soy yo la llena de muchas cosas, y muchas de esas cosas son instrumentos de Satanás, porque Satanás significa acusador. Allá, en el comienzo del libro de Job, Satanás, dando brincos porque hace el papel de sapo, le dice a Dios: "Quítale esas cosas y verás cómo te maldice en la cara". Es decir, acusa, zapea a Job. Así obra Satanás; es el acusador. Pero resulta que Job, en ese momento, de acuerdo con el relato, no tenía culpas, no tenía las culpas del hijo desperdiciador, no tenía las culpas mías. Job era un hombre recto. Y, sin embargo, en ese hombre recto la maldad de Satanás encontró un modo de acusación. Cuánto más encontrará en el pasado de una persona como yo. En medio del pasado nuestro, hay una cantidad de cosas que son argumentos, expedientes de Satanás para decir: "No merece que hagas nada por este caso, este caso lo perdiste". Pero resulta que en esa misma memoria está el recuerdo, está en los ojos, está la mirada de mi papá. Por favor, pensemos lo que esto significa. En la misma memoria, en donde hay tantas cosas que me reprochan, cosas ciertamente confesadas, pero tomemos simplemente los hechos sin más, en esa misma memoria, donde hay tantas cosas que me acusan, donde hay tanta telaraña y tanto mugre, donde hay tanta basura y tanto fango, en esa misma memoria están los ojos de mi papá, de mi papito Dios, que me miró y que mostró la dulzura de su amor precisamente en el rostro amoroso y misericordioso de su Hijo. Porque el que ha visto a Cristo, ha visto al Padre. Es decir, que aun en medio del desorden y aun en medio de la suciedad que pueda haber en el más terrible de los pecadores, aun ahí hay un pequeño espacio donde Dios está mirando. Hay un pequeño espacio que conserva la mirada de Dios. Ese pequeño espacio está limpio, así todo lo demás esté sucio. Ese pequeño espacio del que hemos hablado en alguna ocasión es la scintilla anime, es la centella del alma, es la recámara del corazón. Siempre hay algo que permanece limpio. Siempre, siempre. Aun en el más terrible de los pecadores, siempre hay algo que permanece limpio. O sea que nosotros tenemos un vínculo de unión con la Inmaculada, no solamente porque tenemos la misma vocación que ella, no solamente porque a nosotros nos salva la misma gracia que ella la salvó, sino también porque en nosotros hay algo inmaculado. Y es precisamente desde eso Inmaculado, desde donde Dios va a hacer todo Inmaculado. Desde el pedazo limpio, desde limpiar todo, desde la mirada de Rosa, tal vez desde ese recuerdo casi desaparecido, desde ese recuerdo borroso de la mirada de papá. Aquel muchacho se pudo seguir llamando hijo. Y desde esa imagen borrosa del rostro del papá. Se puso en camino y pudo encontrar el rostro entero y hermoso del papá. Desde el enigma, desde lo borroso, desde lo opaco, desde lo que casi no existía, llegó hasta lo que existe. Ese es el camino nuestro. Desde esa scintilla animae, desde ese centro del corazón, desde ese puro limpio, desde ese santo que hay en nosotros, desde esa llamada original y maravillosa del Verbo de Dios en nuestras almas, desde ahí nace una fuerza, brota un espíritu. Es el comienzo de una gracia que nos va abriendo para que escuchemos con amor la palabra que nos dice que Dios nos ama, para que nos arrepintamos con sinceridad del pecado cometido, para que recibamos la gracia, para que nos pongamos en camino, para que lleguemos a ser un día plenamente inmaculados en su presencia por el amor. Tenemos dentro de nosotros, hay algo que permanece limpio. Y si hay una cosa que es conmovedora, es encontrar, en los casos más improbables, eso, esa realidad limpia. Encontrar que incluso en esas circunstancias. Está algo que permanece limpio. ¿Cuántas historias podría contar uno como sacerdote a este respecto? Puede decirse que cada buena confesión que uno escucha no es sino un testimonio más de que el rostro de Papá Dios está vivo ahí y sigue inmaculado ahí, incluso en la vida más sucia. Y si digo esto, es, desde luego, por mí propia experiencia al confesarme, pero es también por tantas confesiones y testimonios que uno tiene ocasión de oír. Vidas que parecen lanzadas por las circunstancias, por las familias, por la sociedad, por las propias acciones, lanzadas a los abismos más espantosos de maldad, encuentran un día, entre todo el desorden de su basurero, la mirada limpia de Dios. Hay algo inmaculado en nosotros. Hay algo limpio en nosotros que es el comienzo, el cual existe por puro regalo. Es el comienzo para acoger todas las gracias y todas las misericordias de Dios. Esta es la tercera razón por la que digo que el misterio de la Inmaculada no está lejos de nosotros. Y descubriéndola, entonces, cercana, ¿cómo no saludarla con gratitud? ¿Cómo no recibirla como primera huésped en el corazón redimido? ¿Cómo no tomarla por maestra, por amiga y por madre en los caminos del Espíritu? La poderosa y eficaz intercesión de esta Virgen Orante Santa, en la cual aparece todo el esplendor del Evangelio, esa poderosa y eficaz intercesión obre en favor nuestro, para que desde ese centro del alma Dios acreciente su obra, apresure su obra, hasta el día en que, por su misericordia, junto a ella en los cielos, podamos contemplar plenamente el rostro de Dios, que ahora apenas alcanzamos a entrever.

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