Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

María Santísima, la primera redimida.

Homilía inma007a, predicada en 19991208, con 19 min. y 56 seg.

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Transcripción:

Para nosotros, por gracia de Dios, bautizados y miembros de la Iglesia Católica. Este es un día muy hermoso, día que con razón escogen las familias para unirlo a sus amores, a sus celebraciones, a sus ternuras.

En este día, sobre todo los niños, son bendecidos en muchos lugares con la recepción del cuerpo eucarístico por primera vez. Es día atípico de primeras comuniones y de bautismos.

Es un día que nos ayuda a recordar a todos aquello que nos dijo San Pablo. Dios nos espera, santos; nos espera inmaculados en el cielo. Si aquí en la tierra la Virgen Inmaculada parece tan completamente solita, porque no sabemos de otro inmaculado aparte, desde luego, de nuestro Señor Jesucristo. Sí, aquí queda tan solita la Virgen en la tierra. Y si aquí es tan extraño ser inmaculado, lo que es extraño y no solo extraño, sino imposible en el cielo, es no ser inmaculado.

Si aquí nos causa extrañeza que haya una persona limpia, lo que causaría extrañeza y es imposible en el cielo, es que hubiera alguna suciedad, alguna mancha, alguna mácula en los habitantes de la patria celestial. Por eso esta fiesta tiene sabor de cielo.

Podemos decir que la presencia de María en medio del pueblo de Dios es un llamado vigoroso hacia ese destino que todos nosotros, como bautizados, esperamos y hacia el cual nos encaminamos. De este tenor son las palabras con las que nos enseña el Concilio Vaticano II, en el capítulo octavo de la Constitución Lumen Gentium, cuando se refiere precisamente al misterio de la Virgen en medio del pueblo de Dios. María es un llamado de cielo. María es, podríamos decir, la muestra más completa que tenemos, la realización más perfecta que conocemos del Evangelio de Jesucristo. A mí me alegra mucho que en esa Constitución, Lumen Gentium, cuando se habla de la Santísima Virgen, se haya utilizado la palabra que yo amo para referirme al misterio de ella. Se la llama expresamente redimida, para extrañeza de algunos corazones que de pronto pecan por exceso de devoción o de piedad.

María es llamada redimida, la más perfectamente redimida. Las palabras casi textuales del Concilio son: ha sido redimida de modo eminente, es decir, del modo más sobresaliente. Lo que celebramos en ella no es que no necesita a Dios, sino que todo lo que necesitó de Dios, todo se realizó en ella. No estamos celebrando a una vida independiente de Dios, que sería como una especie de diosa o un ángel, quién sabe qué sería. Estamos celebrando a una persona humana redimida.

En las conversaciones o discusiones con cristianos no católicos, evidentemente el tema de la Virgen es constante y recurrente. Y una y otra vez me corresponde, como parte católica, recordar a mis hermanos protestantes que nosotros no enseñamos que María fuera una criatura ajena al misterio de la redención de Cristo. Todo lo contrario. Lo que enseña la Iglesia es que todo el misterio de la redención de Jesucristo en nadie se ha realizado tan perfectamente como en la Santísima Virgen.

La objeción de ellos es: bueno, pero ¿redimida de qué, si no cometió pecado? Dicen ustedes que no cometió ningún pecado. Es que redimido, pues, en el lenguaje bíblico y para casi todos los efectos, es sinónimo de salvado. O sea que lo que estamos celebrando es la aurora de la plenitud de salvación que se dio en la vida de la Virgen desde el primer instante. Esa es la Inmaculada Concepción hasta el último instante. Esa es la Asunción: desde el primero hasta el último salvada. Y ahí se puede entender mejor.

Pero ¿salvada de qué? Sí, no cometió pecado. Pues eso. Salvada de pecar. Salvada de pecar. Hay un ejemplo que comentaba incluso en un programa de la radio recientemente. Si una persona se está ahogando y otra la saca, la salvó. Quiere decir que se murió y el otro la resucita. No quiere decir que la salvó de morir. Algo así es lo que ha sucedido con María. María ha sido salvada. Oídos piadosos, acostúmbrense al Concilio y enseñen por todas partes que María ha sido salvada. Ha sido redimida.

Esto cambia completamente la mirada sobre la Virgen. Completamente. Cuando uno descubre a María como redimida, a María como salvada, descubre que todo el origen, el mérito, la fortaleza y la belleza de la Virgen finalmente refluyen en la obra de la gracia, y de este modo, la mariología se resuelve en cristología, y las afirmaciones mariológicas se convierten en afirmaciones de alabanza y de profundización en el misterio de Jesucristo. Y esto es señal de buena salud en la Iglesia.

Casi diría yo que es el criterio de una verdadera mariología. Toda aquella enseñanza o poesía también, o devoción o expresión de religiosidad popular que pueda ser referida a Jesucristo y a su misterio, y que levante la gloria y extienda la gloria de Jesucristo, es mariología sana; lo que no sirva para exaltar la gloria de Jesucristo, no es mariología sana.

La Iglesia comprendió esto desde muy pronto. Hay dos misterios que están muy unidos: el de la virginidad perpetua de Nuestra Señora y el de su Inmaculada Concepción y posterior impecabilidad. Podemos decir que la virginidad perpetua de María es como la señal exterior, querida por Dios, del misterio interior de esa victoria sobre el pecado. No porque la sexualidad de suyo sea pecado, ni porque sea impensable la realización del sexo sin pecado. No por eso, sino porque, como ya explicaban antiguos padres de la Iglesia, la perpetua virginidad de Nuestra Señora es la señal libremente querida por Dios de que el Salvador solo podía venir de él; es decir, la señal de que la gracia es completamente gracia. Solo Dios podía dar ese Salvador. Por eso quiso Dios que María fuera perpetuamente virgen.

Enseñan antiguos padres de la Iglesia, pues, hay una relación entre esa perpetua virginidad, que es evidentemente una señal hermosísima de dedicación completa a Dios, y la concepción inmaculada y la impecabilidad de la Virgen, que es la ofrenda continua de su corazón generoso y santo a Dios.

Pues bien. Ya en esos siglos antiguos, en los grupos de vírgenes que evidentemente tenían que recordar a los oídos de la Iglesia el misterio de la Virgen. En los grupos de vírgenes se insistía en la dedicación hacia Dios.

Mejor dicho. Hay un caso casi absurdo que si no lo digo no quedo tranquilo. Resulta que en algunos de esos grupos antiguos de vírgenes recibían viudas, pero no les cambiaban el nombre: viudas. De ahí viene, por cierto, la justificación histórica de que luego hayan nacido comunidades religiosas que reciben viudas. ¿Esto qué significa? Que la Iglesia entendió el misterio de la virginidad, consagrada ante todo como una victoria de la redención, no tanto como un hecho en la carne, la biología o la fisiología del hombre o de la mujer.

¿Y esto qué indica? Que para la Iglesia el misterio admirable es el misterio de lo que sucede cuando Jesucristo llega a reinar. Cuando Jesús llega a reinar en una vida. Por eso hay un verbo que puede sonar lo más extraño del mundo, pero que es el verbo propio para describir a aquellos corazones que quieren seguir a la Virgen. Son corazones que se virginizan. Ese verbo suena rarísimo en la mentalidad común, pues nadie se puede virginizar. No se puede virginizar. Se es o no se es. Pero resulta que en la mente de la Iglesia no es así.

El ritual de consagración de virgen es especialmente adecuado para vírgenes seglares. Cuando habla de las condiciones de las candidatas, dice que no hayan celebrado nupcias ni vivido públicamente en estado contrario a la castidad. Desde luego, esto conlleva también que no tengan hijos.

Esa es la expresión de lo que venimos diciendo. Es el misterio de la redención, la joya preciosa del Corazón Inmaculado de la Virgen.

Cuando descubrimos que en el centro del misterio de la Virgen está la obra de la redención y que la Iglesia ha tomado a sus hijas más amadas, las vírgenes, y ha pedido para ellas que se sumerjan en el misterio de la redención sin poner otra condición. ¿Eso qué está indicando? Está indicando que la Santísima Virgen no es un extraterrestre, no es ajena a la vida de la Iglesia, sino es la primera en un camino de redimidos en el que todos estamos.

Si nosotros hacemos consideraciones solamente en estos términos, ella nunca pecó y yo todo lo que he pecado. María en sus pensamientos. Todo para Dios y yo muy poquito para Dios. En sus palabras, jamás una ofensa. Y yo hasta esta mañana, cuando ya iba entrando a la iglesia, ofensas a Dios. Si hacemos ese tipo de comparaciones que son verdaderas en su propio sentido, pues la Virgen queda en otra galaxia, queda por allá lejana, como una especie de vida intocable.

Pero sí nosotros comprendemos que ella es así porque en ella ha obrado el poder del amor de Dios, y que ese es el mismo poder de amor que obra en la consagración del Cuerpo y Sangre de Cristo. Y el mismo poder de amor que obra en mi corazón. Entonces yo puedo afirmar: si soy consagrado, yo puedo afirmar que ese amor quiere virginizar mi vida. Y si soy cristiano, puedo afirmar que ese amor me está haciendo inmaculado.

Él nos eligió en la persona de Cristo antes de crear el mundo para que fuésemos santos e irreprochables ante Él por el amor.

¿Qué significa ser irreprochable ante Él por el amor? Ser inmaculado. Así que esta no es una fiesta solamente para aplaudir a la única entre toda la historia de los hombres, la única que sí respondió, la única que sí es santa, la única que sí es pura.

No es una fiesta como para festejarla a ella y, con esa especie de tributo o de honor, olvidarnos de la responsabilidad que nosotros tenemos, sobre todo si pensamos que, como bien ha enseñado la Iglesia, todo lo que tiene la Virgen lo tiene recibido de Dios y en razón de nuestra salvación, todo, porque todo lo que recibió la Virgen, incluido el don único, hasta donde entendemos, de ser concebida sin mancha de pecado original, todo eso tiene un objetivo, como dice la oración de la Santa Misa de hoy: una digna morada, una morada apropiada para el Salvador de quién. De ella y de nosotros.

Por eso las fiestas de la Virgen hay que saber vivirlas. Las fiestas de la Virgen no pueden parecerse a los reinados de belleza. Cuando las señoras miran la televisión. Yo he visto que las mujeres se interesan más por los reinados de belleza, incluso que los hombres. Toca que los psicólogos nos ayuden a explicar muchas cosas ahí, pero el hecho es que son más curiosas y más interesadas en los reinados de belleza de las mujeres que los hombres.

Bueno, cuando finalmente ya salió la de Cundinamarca, que fue la de este año, cuando ya finalmente sale la Reina de Colombia, la reina de belleza, y vienen los aplausos de las otras reinas y los aplausos de las mujeres allí presentes. Yo digo: bueno, ¿qué sentirán estas mujeres aplaudiendo a las otras? Porque muchas de las que aplauden son feítas. Y no se les cura lo feas. Por el aplauso.

Nosotros no podemos hacer de las fiestas de la Virgen algo parecido. Ella es la hermosa. Ella es la Santa. Tan rico que le fue a ella. Tan bueno para usted que le fue tan rico que Dios la consintió tanto y ya. ¿Y quedarnos feos? No, señora, no nos podemos quedar feos. No nos podemos quedar feos. Nadie se resigne a ser feo. El que esté gordo, adelgace. Toca no resignarse.

Ella es la hermosa. Como dicen en los campos colombianos. La pura y limpia. Ella es la señorita y la princesa, la más linda, pero esa es la muestra de lo que Dios quiere para mí, y esa es la señal del poder del Espíritu Santo, porque eso que es ella ahora, eso es lo que yo estoy llamado a hacer por el mismo Espíritu que obró en ella. -

Que Dios en su misericordia nos haga amadores de la belleza espiritual y, especialmente a las mujeres consagradas, especialmente a las que han sentido el llamado de dedicarse a Dios, les dé el gozo, la esperanza, la fuerza, la alegría de saber que ese poder del Espíritu ni ha disminuido, ni ha cambiado, ni se ha distraído. Está ahí para que tu consagración, para que tu vida sea plena y perfecta.

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