Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

En el misterio de la Inmaculada Concepción descubrimos el pecado vencido en María, el amor de Dios y la eficacia de la gracia.

Homilía inma006a, predicada en 19981208, con 33 min. y 22 seg.

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Transcripción:

Queridos amigos. Esta es la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Con la bondad del Señor, con la luz del Espíritu Santo, intentemos descubrir cuál es la gracia propia de esta fiesta. ¡Bendito sea Dios!

A lo largo del año tenemos muchas celebraciones que nos hablan de los misterios de María y por eso es necesario que nuestro corazón esté despierto para descubrir qué es lo propio de cada celebración. Podríamos decir, para recibir la gracia propia de cada celebración.

Lo que nos está diciendo la Iglesia en este día es que María, la Madre de Jesucristo, fue concebida sin mancha de pecado original, y luego, como por añadidura, como prolongación, que toda la vida de María fue inmune del pecado, toda la vida de María estuvo libre del pecado. Y así, terminado el curso de su vida en esta tierra, se asoció plenamente a la gloria de los cielos junto con su Hijo Jesucristo, y está en cuerpo y alma en el cielo como Jesús. De manera que la que hoy celebramos como Inmaculada es la misma que en otra festividad, celebramos como asunta a los cielos.

Podemos decir que en la Inmaculada Concepción, en la fiesta de hoy, estamos celebrando que el cielo se hizo presente en esta tierra. Que el corazón y la vida de María fueron como un cielo para Dios. Mientras que en la fiesta de la Asunción estamos como diciendo que la tierra se hizo presente en el cielo. Porque la humanidad que tiene la Santísima Virgen María es en todo semejante a la nuestra.

Pero para recibir esa gracia, entonces, debemos saber qué significa estar libre de pecado original. Y para eso tenemos que recordar una enseñanza que tal vez muchos de nuestros contemporáneos han olvidado y que tal vez muchas veces hemos entendido mal. Las cosas que voy a decir no serán muy nuevas para algunos de ustedes, los que de pronto tengan algunos estudios por catequesis, por cursos de formación en la fe. Yo le pido disculpas a esas personas si sienten que lo que estoy diciendo es demasiado sabido, pero intento hablar con la bondad de Dios para bien de la mayor parte, para bien del mayor número de personas.

Amigos, en el pecado hay dos realidades distintas. Una realidad se llama la culpa y otra realidad se llama la pena. Una cosa es la culpa y otra cosa es la pena. ¿Qué es la culpa? La culpa es esa dimensión del pecado que significa el torcimiento de la voluntad que se rebela ante la voluntad de Dios, que desobedece a Dios. Es el acto mismo que queda grabado, que queda manchando el alma. Es el acto mismo por el que yo, como pecador, Dios me libre de mis pecados, por el que el pecador se rebela contra Dios. Esa es la culpa. La culpa es el torcimiento de la voluntad, la resistencia al plan de Dios, a la voluntad de Dios.

La pena es la consecuencia que deja el pecado en el alma de la persona, particularmente en su voluntad, y que luego deja en el cuerpo de la persona, en la historia de la persona y en las personas que rodean al pecador. Siempre digo el mismo ejemplo porque me parece que es muy ilustrativo. Vamos a pensar, por ejemplo, en una persona que es viciosa del alcohol, un alcohólico. Cada vez que la persona cede a su vicio, cede a la tentación y vuelve a ingerir en grandes cantidades ese alcohol, y se emborracha y desperdicia el dinero de la casa. Cada vez que hace eso, ahí hay una culpa. La persona tiene una culpa grande o pequeña. Puede haber atenuantes, qué sé yo, cuestiones genéticas, de costumbre, lo que sea, pero ahí hay una culpa.

¿Qué es la pena en el caso del alcohólico? La pena es la consecuencia que trae el hecho de ser un vicioso. Esto se entiende bien, por ejemplo, de la siguiente manera. Supongamos que la persona asiste a un grupo de oración o asiste a un congreso de sanación y el sacerdote hace una súplica y la persona siente que el alma se le remueve y siente que puede, con una fortaleza nueva, oponerse a su vicio dominante. Supongamos que esa persona, a raíz de una obra maravillosa del Espíritu de Dios y la cooperación de la voluntad de la persona... Después, desde luego, la persona deja completamente el alcohol.

Ya no hay más culpa, sobre todo si quedara culpa en el alma de la persona y ella se confiesa, recibe el perdón de sus culpas. Ya no hay culpa, pero las deudas en las que metió a la familia por estar tomando trago... Esas deudas no se solucionan por el solo hecho de que la persona diga: "Ya no voy a tomar más" El hígado de la persona, seguramente, está destruido por el exceso de alcohol y ese hígado destrozado no se va a sanar automáticamente porque la persona diga: "Ya no tomo más".

Sí, maravilloso, no tomas más, quiere decir que ya no dañas más tu hígado, pero lo que ya dañaste... Entonces, la culpa quedó perdonada. La persona se arrepintió y le pidió perdón a la familia, le pidió perdón a la esposa, a los hijos. La persona le pidió perdón a Dios e hizo una buena confesión. La culpa ha desaparecido, pero quedan las consecuencias. Esas consecuencias son la pena. Esa es la pena propia del pecado: las consecuencias, primero en el alma de la persona, sobre todo en su voluntad, y luego las consecuencias en el cuerpo de la persona, en la historia de la persona y en las personas que rodean al pecador.

Cuando la iglesia nos habla del pecado original, hay un terrible malentendido que lo viven sobre todo las mamás jóvenes. Una mamá que sea católica quiere bautizar a su hijo recién nacido, quiere bautizarlo prontamente. Ella sabe que es conveniente bautizar a los niños, pero tal vez esta mujer se pregunte, o tal vez alguna otra persona le pregunte, le meta como duda y le diga: "¿Pero de qué pecado vamos a limpiar a este bebecito?" Hay gente que se opone al bautismo de los niños. Por ejemplo, muchos protestantes se oponen al bautismo de los niños y dicen: "¿Pero y qué bautismo para perdón de pecados?". Sí, ¿qué pecado ha cometido ese niño? Ese es un malentendido.

Cuando nosotros hablamos de qué pecado ha cometido el niño, estamos hablando de la culpa. El bebé no tiene ninguna culpa. Yo estoy de acuerdo, pero el bebé sí padece una pena. Y esa pena es que ese bebé llega a una condición existencial, llega a un mundo que no es el mundo que Dios quiso, porque el estado en el que se encuentra el mundo hoy es y está marcado por el pecado, por el egoísmo, por la envidia, por la injusticia.

Cuando nosotros hablamos del perdón del pecado original, no estamos hablando de que el bebé, cuando estaba en el seno de la mamá, cometió pecados. No seamos ridículos. Tampoco estamos diciendo: ¡qué pecado ese niño! Ni estamos diciendo que ese niño, aunque sea muy pequeñito, ya en sus actos voluntarios, está ofendiendo a Dios.

Lo que nosotros estamos diciendo cuando hablamos del pecado original es que hay una pena, que hay una consecuencia que viene de los pecados del mundo, empezando por los pecados de nuestros primeros padres, como fueron recordados en la primera lectura de hoy en el capítulo tercero del Génesis. Lo que nosotros estamos diciendo es que Dios, en su bondad, a través del bautismo, quiere librar a ese bebecito, como puede ser el caso mío. A mí me bautizaron de un mes de nacido. Quiere librar a ese bebecito rollizo. Tal vez quiere librarlo de la pena, es decir, quiere darle la gracia, la bendición, la fuerza del espíritu, para que ese niño, aun en medio de esta tierra, donde es difícil encontrar verdaderos amigos, donde es difícil encontrar sinceridad, donde la pureza solo soporta burlas, donde los honestos muchas veces padecen el castigo que le tocaría a los deshonestos en este mundo... la gracia del Señor, el auxilio del Espíritu Santo por los méritos de Cristo en la cruz, se comunica en el bautismo y hace que ese niño quede libre de esa pena, en el sentido de que es tomado, es arrebatado por el amor de Dios. Es poseído por el amor de Dios. Para que el niño tenga la fortaleza de ser fiel a la voluntad de Dios. Incluso en un mundo que está marcado, como he dicho, por la condición existencial del pecado, del egoísmo, de la soberbia, de la violencia.

Este es el sentido de la enseñanza que la Iglesia nos ofrece sobre el pecado original. Y así entendemos que el pecado original no es algo como una especie. Me disculpan la expresión, que es casi una blasfemia. No es como que Dios se estuviera desquitando año tras año, generación tras generación, desquitándose y desquitándose y desquitándose y vengándose del pecado que cometieron Adán y Eva. Y por eso alguna vez, me decía un señor, un caballero. Estábamos en una predicación, en un curso de formación cristiana, y el hombre, este hombre un poco impaciente, me decía: "¿Pero por qué nosotros tenemos que seguir pagando generación tras generación, que allá Adán y Eva hicieron lo que se les dio la gana y nosotros pagando y pagando, y los hijos de nuestros hijos y los nietos de nuestros nietos pagando?". No es esa la idea. No es, no es que Dios se esté desquitando generación tras generación. Dios no se está desquitando de nada, Dios no se está vengando de nada, mucho menos con los niños pequeños, tiernos, amorosos como son los bebés. Dios no se está desquitando de nada.

Lo que sucede es, como explica muy bien Santa Catalina de Siena y tantos otros santos, que los papás no pueden traer a los niños a un mundo distinto del mundo en el que los papás viven. Lo que sucede es que los papás engendran a los niños en un ámbito existencial, en un ámbito afectivo, en un ámbito ontológico. Incluso podemos decir: no es algo genético, no es un error en las células, no es un problema en el núcleo, en el ADN de las células, es la condición existencial, es la manera interpersonal, cómo nos relacionamos unos con otros, y es el ámbito existencial en el que son engendrados los niños.

Esto quiere decir que desde el primer momento de su existencia los niños solo pueden ser engendrados en el ámbito de amor y en la manera de amar que conocen los papás, y de esa manera de amar y ese ámbito de amor, todos sabemos que se encuentra lastimado, que se encuentra herido, que se encuentra fracturado. Esa fractura es lo que nosotros llamamos el pecado original.

Por este camino, mis amigos, podemos entender que la enseñanza del pecado original es de lo más liberador que tiene la Iglesia. Porque analicemos bien qué es lo que nos está diciendo esta enseñanza. Mira, nos está diciendo Que eso que tú sientes a veces cuando estás triste, cuando estás deprimido, cuando estás disgustado, eso que tú sientes, este mundo es una porquería. Ya no se puede creer en nadie. Todo es plata. Si uno no tiene poder, no vale nada. La ley es para nosotros, los de ruana.

Esas cosas que tú has sentido, cuando tú las dices así, se convierten simplemente en murmuraciones, en protestas contra Dios. Si lo piensas bien, descubrirás que en el fondo, lo que está diciendo la enseñanza del pecado original es que sí, que este mundo sí es una porquería; que eso que sientes tú, que este mundo es terrible y que no se puede creer en nadie y que todo el mundo... Eso que tú dices, eso mismo te lo dice la Iglesia, pero cuando tú lo dices, lo dices con desesperación, lo dices con rabia, lo dices con ganas de venganza.

En cambio, cuando la Iglesia te lo dice, lo que te está proclamando es esto: aunque el mundo está herido por el pecado, aunque hay una condición existencial que hace de este mundo eso que tú llamas una porquería, aunque ese sea el mundo también... A este mundo así puerco y sucio, triste e injusto; a este mundo concreto, a este mundo sucio, es a este mundo al que ha venido Jesús de Nazaret. Es a este mundo al que ha venido su amor.

Dios no esquivó el problema. Dios no huyó del problema. Dios, sabiendo qué era este mundo, envió por misericordia, por compasión infinita, envió a su único Hijo. Nos dio a su único Hijo que vino, ¿a cuál mundo? A este mundo vino. Y él, Jesús en este mundo, construyó una historia nueva, una historia distinta. A través de su Pascua, a través de su cruz, mereció para nosotros el don del Espíritu Santo.

Quebrantó nuestros corazones, terminó de resquebrajar nuestras vidas para que por esas grietas entrara una luz nueva, entrara un viento impetuoso, el viento del Espíritu Santo. Y cuando llega ese espíritu que Cristo nos mereció en la cruz, la misma cruz que agrietó el corazón y lo abrió para que pudiera entrar el Espíritu. Cuando ese Espíritu entra en nosotros, recibimos una fuerza nueva y una vida nueva para hacer hijos de Dios y para dar testimonio de Dios también en este mundo.

El que apesta, este mundo, el que es sucio, este mundo que nos parece tan triste a veces. Amigos, la enseñanza del pecado original, cuando es bien entendida, lo que nos está diciendo es: Dios conoce qué es este mundo y a este mundo envió a su Hijo para que este mundo pudiera ser salvado. Ese es el amor de Dios. Ese es el poder del amor de Dios. Esa es la gracia infinita que Dios nos ha otorgado en su Hijo Jesucristo. A Él sea la gloria y el honor.

Yo pido para Él por esa gloria, por esa gracia, por esa misericordia. Yo pido un aplauso de gratitud por ese amor que ha tenido con nosotros. Ahora entendemos cómo es grande el amor de Dios. Verdaderamente es gigantesco. Es infinito porque vino precisamente a esta tierra.

Así las cosas, preguntémonos y busquemos luz. ¿Qué quiere decir que digamos? ¿Qué quiere decir la enseñanza de la Iglesia? Que la Virgen fue concebida sin pecado original. ¿Eso qué quiere decir? Pues eso quiere decir que esa pena, es decir, la carga de las consecuencias de los pecados que empiezan en nuestros primeros padres. Esa pena Dios la suspendió, Dios la frenó. De manera que en la Santísima Virgen empezará una historia distinta, empezará un amor nuevo, empezará una vida diferente.

Pero vamos a ver qué quiere decir esto. ¿Qué quiere decir exactamente esto? Se habla de la Inmaculada. Concepción, el momento de la concepción. La Inmaculada Concepción es una obra de Dios en María Santísima. Pero la Inmaculada Concepción también es una obra de Dios en los papás de la Virgen María. Y aquí hay una enseñanza hermosa, especialmente para las personas casadas o las personas que se quieren casar.

Todos sabemos que la concepción supone precisamente el intercambio, el comercio sexual entre el hombre y la mujer. Así pues, si nosotros afirmamos que el pecado original es la consecuencia de todas aquellas faltas, y decimos que esto sucede desde el momento en el que somos concebidos. Esto quiere decir que la sexualidad humana, lo mismo que la inteligencia humana, lo mismo que la voluntad humana, están heridas por el pecado.

¿Cómo fue la Inmaculada Concepción de la Virgen? Fue un acto sexual entre un hombre que la tradición llama Joaquín y una mujer que la tradición llama Ana. Fue un acto sexual. O sea que hoy estamos celebrando la santidad de un acto sexual entre un hombre y una mujer. O sea que hoy estamos diciendo que en ese acto sexual entre Joaquín y Ana hubo algo distinto, algo maravilloso, algo a lo que pueden y deben aspirar las personas que engendran hijos en su matrimonio, o que quieren ser papás o que quieren ser mamás.

El ámbito, el ambiente existencial en el que nosotros somos concebidos, es el sexo de nuestros papás. Pues bien, precisamente en la sexualidad es donde más se manifiestan los afanes de dominio, de poder y de egoísmo del corazón humano. Por esta razón, precisamente, el pecado original se transmite de padres a hijos. No es un problema de los genes ni de las células. Es un problema de la condición existencial en que se encuentran el papá y la mamá.

Me explico. Resulta que cuando sucede el intercambio sexual, como se trata de lo que es más deleitable en la naturaleza visible, algo tan deleitable que hace que la persona pierda todo el control de sí misma porque es algo que le puede, algo que se adueña de ella. Puesto que en el sexo hay esa intensidad, hay la máxima donación. Nuestra naturaleza herida hace que las parejas, cuando tienen su intercambio sexual, se llenen de sentimientos, de egoísmo, de altanería, de soberbia, de dominio.

Lo que quiero decir es que el acto sexual del que nació la Virgen María, el acto sexual entre Joaquín y Ana, fue un sexo realizado en la plena donación, sin egoísmo y sin dominio del uno por el otro, sin afán primero de satisfacción propia, sino en el anhelo de darle la gloria a Dios y de darle hijos a Dios. Y por eso la Inmaculada Concepción de la Virgen tiene una implicación muy grande para las parejas, porque la Inmaculada Concepción de la Virgen es una invitación a todas las parejas a purificar su amor físico de manera tal que todo acto sexual suceda sin egoísmo, sin afán de dominio, ante la mirada de Dios y en el anhelo de darle hijos a Dios.

Por esta razón tengo siempre el gusto y tengo la costumbre de recomendarles a las parejas jóvenes a las que trato que tomen como patronos a Joaquín y Ana. Y pienso que la sexualidad también tiene que tener su patrono, tiene que tener sus patronos. Y yo pienso que los patronos de la sexualidad en la Iglesia Católica son San Joaquín y Santa Ana, los papás de la Santísima Virgen María, y también para ellos estoy pidiendo un aplauso.

María Santísima, a la que veneramos y celebramos hoy como Inmaculada, es el fruto del sexo humano. María Santísima. La carne santísima de María. Su corazón Inmaculado. Su mirada. Su boca. Su cuerpo entero. Son la imagen de cuál es la voluntad de Dios para la sexualidad. Su cuerpo es una expresión de cómo una pareja, en este caso Joaquín y Ana, pudo vivir su intimidad y pudo vivir su sexualidad ante Dios con fecundidad, sin egoísmo y sin dominio.

Si afirmamos la verdad del dogma de la Inmaculada Concepción, tenemos que afirmar también que Dios es capaz de santificar la sexualidad humana, como lo hizo con San Joaquín y como lo hizo con Santa Ana. Y por eso nosotros en este día hemos de pedirle a Dios que tome nuestro cuerpo, nuestros afectos, que tome nuestra sexualidad y a cada uno, de acuerdo con el estado de vida que tiene, que le otorgue la unción necesaria para vivir con alegría, con pureza y con santidad su propia sexualidad.

Una última palabra a mis amigos. Dicen algunos protestantes que nosotros los católicos nos inventamos las cosas y dicen: "¿En dónde habla la Biblia que María fue inmaculada?". A mí me parece que si nosotros vamos a buscar la palabra inmaculada en la Biblia, no la vamos a encontrar. Pero lo que yo sí puedo asegurar es que toda la Biblia, no un libro, ni un capítulo, ni un versículo, ni una palabra. Toda la Biblia nos revela el plan de Dios, nos revela el anhelo de Dios de verse completamente reflejado en su criatura. Ya desde el Génesis llama al ser humano a imagen y semejanza de Dios y, por consiguiente, desde el principio de la Escritura y hasta el final, está el anhelo de Dios de comunicarse plenamente.

Cuando el evangelio que hemos escuchado hoy llama a María la llena de gracia, está diciéndonos que esa plena comunicación de Dios se pudo dar en primer lugar en María. Y esto precisamente es lo que ha sido punto de partida en la Iglesia Católica para afirmar la plenitud de la obra divina en ella, y afirmar entonces que el pecado no tuvo ningún poder en ella.

Recojamos, amigos, las alegrías y las enseñanzas de este día. Estamos celebrando a la Inmaculada Concepción y por eso empezamos haciendo claridad sobre el pecado y sobre qué significa el pecado original. Luego contamos las grandezas del bautismo y luego dijimos que esa maravilla fue la que se realizó en María a través de la santificación de la sexualidad de una pareja, lo cual nos invitó también a que nosotros viviéramos en nuestro propio estado de vida la santidad en nuestra sexualidad.

Por este camino Dios quiso, como dice la oración de la Iglesia, preparar una digna morada a Jesucristo. Tendría tantas cosas que compartir, mis amigos, sobre esta frase que dice la Iglesia: una digna morada. Se trataba de la verdad de la humanidad de Cristo, para que Cristo pudiera ser y pudiera ser creído por nosotros como verdadero Dios, y pudiera al mismo tiempo ser verdaderamente hombre y ser educado verdadera y humanamente por la mamá. Es evidente que ella no solo por tener una habitación limpia, sino para que fuera real la humanidad de Jesucristo. Ella tenía que ser inmaculada.

Señor Dios, te damos gracias, te bendecimos. Te alabamos, Señor, en el misterio de la Inmaculada Concepción. En ella descubrimos el pecado vencido. En ella descubrimos tu amor. En ella descubrimos la eficacia de la gracia. Yo te pido, Dios mío, que por ese corazón y por las plegarias, por las oraciones de María, a todos nos regales la fidelidad a tu voluntad.

Recorre nuestros corazones, recorre nuestros afectos, recorre nuestros cuerpos. Permite, Señor, que seamos sanados, especialmente en nuestros afectos y en nuestra sexualidad. Permite, Señor, que en lo más íntimo de nuestro corazón, desechemos, en virtud de la gracia de Cristo, todo egoísmo y toda dominación. Santifica, te pido, santifica el amor de las parejas, santifica la vida íntima de las parejas. Santifica, Señor, los niños que son engendrados y danos a todos el gozo de experimentar la potencia de tu Espíritu Santo.

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