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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
En la fiesta de la Inmaculada Concepción de la Virgen, Ella se muestra completamente cercana a nosotros.
Homilía inma005a, predicada en 19981208, con 30 min. y 34 seg. 
Transcripción:
Es la palabra autorizada del Papa la que puede decretar como verdad divinamente revelada una enseñanza que entonces se llama un dogma. Cuando se dice de una persona que es dogmática, no parece que se le esté haciendo ningún elogio. Se llama dogmática a una persona cuando es intransigente, cuando es intolerante, cuando no sale de su pensamiento, cuando no sabe razonar o no quiere argumentar. Entonces decimos que una persona es dogmática, como nosotros los católicos estamos afirmando hoy el dogma de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Es muy fácil que se piense que los que creemos en este dogma o en otros dogmas somos dogmáticos, y por eso creo que la primera tarea del predicador es eliminar ese malentendido. Nosotros no entendemos la palabra dogma como si se tratara de intolerancia, intransigencia o falta de argumentos. ¿No es así? Porque sí. Cuando apenas estaba iniciando mi formación en la Orden Dominicana, tuve ocasión de aprender de uno de mis profesores cuál es el verdadero sentido de un dogma en la Iglesia Católica. No es una pared, no es un muro, no es una barrera, es una puerta, es un camino, es un pozo. Un dogma es el camino por el cual sabemos que puede orientarse el corazón, por el cual se puede ir el pensamiento, y tenemos la certeza de que nunca acabará. Un dogma es como un pozo profundo del que siempre podremos sacar aguas nuevas. Un dogma es como una puerta que se abre hacia una habitación llena de una luz que no conocíamos. Un dogma no es una razón que se cierra, es una razón que se abre mucho más de lo que cualquier racionalista podría admitir. Cuando la Iglesia ha llegado a declarar dogmas como este de la Inmaculada Concepción, lo que ha llegado a decir es que hay senderos en la altura del pensamiento y que quienes transiten por esos senderos, por más que encuentren, jamás agotarán lo que Dios quiere darnos. De modo que no sintamos temor de decir que creemos en dogmas, ni pensemos tampoco que la manera de ganar el corazón o la amistad de nuestros contemporáneos es eliminando todos los dogmas. El mundo, así lo rechace, necesita referencias firmes. El mundo, así no lo crea, así no lo admita, necesita modelos, referencias, ejemplares, prototipos. Y por eso, hoy más que nunca, estar convencidos de nuestras creencias y saber transmitirlas, saber difundirlas a nuestros hermanos, es el mejor servicio que le podemos prestar a este mismo mundo que a veces parece rechazar la fe. En efecto, queridos amigos, ¿qué es el mundo sin referencias de fe y de moral? ¿Qué es sino la jungla del más fuerte? ¿En qué se convierte el mundo si no tiene un modelo a donde mirar, sino en un basurero de ídolos? ¿Qué es el mundo si pierde su referencia a la verdad? ¿Qué es sino un antro de astucias, de mentiras, de engaños, de publicidad resbaladiza que se aprovecha de los más débiles? Necesitamos referencias. Y el Papa Juan Pablo II ha tenido el valor increíble, razón más para admirarle. Ha tenido el valor increíble en este mundo que parece relativizarlo todo. Ha tenido el valor de escribir una carta como esa que publicó en este año 98, Fe y razón, para decirle al mundo, para recordarnos a todos, que si se pierde la referencia a la verdad, todo lo que se llame libertad será esclavitud. Y si se pierde la referencia al bien, toda la tarea humana y toda la vida humana se convierte en un círculo de vicios, se convierte en una cloaca. Queridos amigos, tenemos razón de creer lo que creemos. Hay que estudiarlo, hay que conocerlo, pero que en este día desaparezca cualquier temor y cualquier complejo de creer lo que creemos. Esos mismos compañeros de trabajo, amigos de tu edad, compañeros de curso, esos mismos que se burlan de tus valores y de tus creencias, las necesitan. Y si tú tienes la suficiente mirada, y si tú tienes la suficiente paciencia, verás cómo los que más se burlan y los que más atacan y los más indiferentes son precisamente los más necesitados. Esta es la primera enseñanza que quería compartir con ustedes. No más temor. No más complejos. Cuando alguien se burle de tu Rosario, de tu amor a Dios, de tu alegría casi infantil en cantarle a la Virgen, cuando alguien se burle o ataque, o sea indiferente, ten presente que ahí, ahí hay una persona que necesita de eso que está atacando. ¿No fue lo mismo que pasó cuando la cruz de Jesucristo? Nos cuenta el evangelista Marcos que junto a la cruz del Señor estaba un centurión del ejército romano. Sabemos por la historia para qué estaban los centuriones junto a los crucificados. Tú sabes para qué era. Su propósito era. Su tarea era impedir que la gente que se acercaba a ver el horripilante espectáculo de esos pobres crucificados, porque los romanos crucificaron a muchísima gente. Los centuriones tenían que impedir que la gente que se acercaba a esos crucificados y veían los gestos aterradores de dolor de ellos hicieran algo para aliviar ese dolor. Porque había pasado que algunas veces crucificaban a esclavos normalmente. Y la gente, el pueblo, movido de una compasión apenas explicable, desclavaba a la gente o la bajaba de ahí. El centurión que estaba junto a la cruz de Cristo tenía una tarea muy concreta: impedir la misericordia, frenar toda compasión y asegurarse de que el que estaba ahí clavado, es decir, Jesús, el Hijo de Dios, se muriera en el peor de los tormentos. Para eso estaba el centurión ahí, junto a la cruz de Cristo. Ese centurión es una imagen del mundo que frena, que obstaculiza, que dificulta el encuentro con Dios, que se burla, que ataca, que pretende ser indiferente. Pero cuando Jesús murió en la cruz, nos dice el evangelista, dio un grito muy fuerte, expiró. ¿Y qué nos cuenta luego el Evangelio? El mismo centurión que estaba ahí para asegurarse de que Jesucristo muriera en el peor de los dolores y tormentos, viéndole morir, dijo: Verdaderamente, este era el Hijo de Dios. Se opuso a cualquier piedad, a cualquier misericordia para con Cristo, pero necesitaba de Cristo. Torturó a Cristo y necesitaba de Cristo. Agobió a Cristo, se recostó en Cristo, se recargó en Cristo porque necesitaba que Cristo lo cargara y que Cristo lo llevara. Y eso es lo mismo que nos pasa a nosotros. Y por eso invito a todos, especialmente a los más jóvenes, a que tengan coraje, a que cuando vean la burla, la indiferencia, cuando se queden solos porque su fe los deje solos, no tengan miedo. Un día Dios les va a regalar amigos y hermanos, amigos entrañables, amistad sincera. No tengan miedo de quedarse solos, no tengan miedo de ser raros, no tengan miedo. Esa gente que se burla, como el centurión, agobia a Jesucristo, pero necesita de Jesucristo. Ataca a Jesucristo, pero solo en Él encontrarás salvación. Esto que he dicho se puede proclamar de toda nuestra fe. Pero hoy tenemos una celebración especial y casi no he dicho nada sobre la celebración de hoy. Es la Inmaculada Concepción de la Virgen. La Inmaculada, es decir, la que no tiene mancha; la Inmaculada, es decir, la obra acabada. Esa es la gran esperanza de nosotros. Cuando uno escucha el Evangelio, uno dice: Eso es imposible. Cuando uno oye de perdonar a los enemigos, cuando uno oye de ser honrado y de soportar las agresiones, cuando uno oye de guardar la pureza, de ser sincero, de ser humilde, de no buscar el primer puesto, uno dice: eso no es posible. Eso va en contravía de la ciencia, va en contra del organismo humano, va en contra de la psicología, va en contra de la autoestima, va en contra del pensamiento de hoy. El Evangelio es maravilloso, es bellísimo, pero es tan alto que es muy fácil desalentarse. Y yo creo que nosotros, tal vez todos nosotros, hemos experimentado ese desaliento. Nosotros necesitamos, por eso, igual que todos los seres humanos, esas referencias, esas metas cumplidas, esos puntos de llegada. Cuando alguien ha alcanzado la cumbre, los demás creemos que el camino es posible. Cuando Dios ha hecho toda su obra, nosotros creemos que la obra de Dios es posible. Este es el segundo pensamiento que quiero compartir con ustedes. Mirar a la Virgen María, sobre todo a ella. Igual podríamos decir de muchos santos, pero sobre todo a ella, que es la obra acabada, que es la obra terminada, perfecta, bellísima de Dios. Mirarla a ella es recibir de esa visión la certeza de que el camino es posible, de que vale la pena luchar. Claro que no faltará el que diga: ?Pero es que ella era la Madre de Dios". Y entonces vamos a hacer de pronto con la Virgen lo que a veces hemos hecho con Jesucristo. Me explico. Nosotros decimos cómodamente: Sí, Jesús soportó las humillaciones, perdonó a los enemigos, pero es que Él era Dios. En cambio, yo no soy Dios. Incluso algunas veces decimos: Es que yo no soy ningún santo. Como dándonos el derecho a pecar. Como dándonos o devolviéndonos el derecho a conservar nuestras mediocridades, nuestras mañas o nuestras costumbres. Yo necesito el auxilio del Espíritu Santo para poder transmitir lo que quisiera decirles a mis hermanos en este momento. Cuando nosotros decimos: Jesús hizo eso, pero Él era Dios. La Virgen es perfecta, pero es que ella es la Madre de Dios y además preservada sin pecado. Cuando hablamos así, me parece que no hemos entendido una sola palabra del Evangelio, porque realmente cuando hablamos así estamos diciendo que en Jesucristo la naturaleza humana iba como a caballo de la naturaleza divina. Como quien dice, a Jesús no le tocó a pie. En cambio, a mí sí me toca a pie. Tal vez admitimos, en ese caso, que Jesús es verdadero hombre y verdadero Dios, pero como que nos imaginamos a la naturaleza humana montada sobre la naturaleza divina, como dice el dicho popular, andando en coche. Eso es, repito, no entender una sola palabra del Evangelio. Y por eso, en esta fiesta, en esta Solemnidad de la Inmaculada, es necesario eliminar esa mentira, dejar ese engaño. Cuando nosotros decimos que Jesús era Dios, es como diciendo que a Él no le dolían las cosas como nos duelen a nosotros, o que a Él no le tentaban las cosas como nos tientan a nosotros, o que Él tenía energía adicional, baterías de repuesto, pilas adicionales, pilas suplementarias, y entonces como que Jesús, cuando le tocaban los casos difíciles, se ponía la pila adicional, se enchufaba a la naturaleza divina, que era como espichar el botoncito turbo que tienen algunos computadores. Entonces nosotros como que nos imaginamos que cuando la cosa era muy cruel con Cristo, entonces Él espichaba el botón turbo y ahí volvía a arrancar con nuevo impulso y ahí sí lograba las cosas. Y como nosotros no tenemos botoncito turbo, sino que a nosotros sí nos toca a pie, como no vamos en coche ni tenemos una naturaleza divina en posesión sobre la cual ir a caballo, entonces lo de Cristo es allá Cristo. ¿Cómo hiciera yo para decir con toda claridad que esa es una gran mentira? Ese es un gran engaño, y vamos a tratar de resolverlo. Mis amigos, Jesucristo, Jesucristo, el Hijo de Dios, si es Dios, eso hace más sensible su carne. Si es Dios, eso hace más tierno su corazón. Si es Dios, eso hace más débil, su ser. A ver si lo entendemos. Aquel que se compadece, aquel que se duele, ese es más débil. Por eso, cuando la gente se cansa de sufrir, ¿qué hace? Se pone una armadura para no sentir. ¿Cómo entender que el amor, que es lo más fuerte del universo, es también lo más débil? ¿Cómo entender que el que ama tiene que ser débil? ¿Cómo entender que amar es dejarse afectar por el otro? Si el amor de Dios reside en Jesucristo, Cristo pudo ser afectado por todo y por todos. Si el amor de Dios está en Jesucristo, Cristo es infinitamente receptivo, infinitamente sensible. Cuando las personas aman, sufren. El amor está ligado al sufrimiento. No es posible amar sin descubrir el corazón. No es posible dar abrazos con una pesada armadura. Hay que quitarse la armadura. Hay que quedarse en carne viva. Eso es lo que ha hecho el amor. Por eso, si Dios reina en Jesucristo, y si Jesucristo manifiesta a Dios, no es como un poder que le hace insensible, sino precisamente la unción que desde el centro de su ser lo hace infinitamente afectable, infinitamente sensible. Y, si me soportan la expresión, infinitamente débil. ¿A usted no le llama la atención que estemos celebrando hoy a la Virgen María sin pecado? ¿Usted no se ha puesto a pensar cómo se las arregló Dios para conducir por este mundo donde hay tantos pecados a esta, la madre de su Hijo sin pecado? Eso se parece a una niña que tuviera un vestidito blanco, blanco, blanco, y tuviera que pasar por una cantidad de charcos y barriales y lluvia como la que hemos tenido hoy. Cómo puede una persona caminar por tantos charcos y fangales. ¿Cómo puede avanzar por tanta suciedad y no ensuciarse? Esa es la pregunta que nosotros nos hacemos. Y nuestro primer impulso es imaginar como que Dios metió a María dentro de una especie de burbuja, como algunos niños que no tienen defensas y les tienen que poner vestidos de astronáutica para que el niño vaya por el mundo y no le dé el aire, ni el agua ni el barro. Dios no le puso a María una especie de burbuja para que el mundo no la mirara o no la afectara. Dios no le puso a Jesucristo una especie de armadura para que nadie lo pudiera herir. Dios no hace eso ni con Cristo su Hijo, ni con María, la madre de su Hijo. ¿Qué fue lo que le dio Dios a Jesucristo y qué es lo que le ha dado Dios a esta su Santísima Madre? Cuando los papás se preocupan por la educación de los hijos, a mí me da la impresión de que a veces buscan un colegio burbuja. Buscan como un colegio donde no haya ningún problema, no se diga ninguna mentira, no haya ninguna envidia, no entre ninguna impureza, ningún engaño, que el niño esté como una burbuja. Y cuando uno trata a los niños burbuja, lo único que saben amar es a sí mismos. Los niños burbuja solo aprenden a pensar en sí mismos. Y Cristo no fue un niño burbuja, ni la Virgen fue una niña burbuja. Dios tiene una estrategia distinta. Cristo es infinitamente sensible porque es infinitamente amoroso. María es infinitamente sensible porque es infinitamente amorosa. ¿Qué fue lo que hizo Dios con la gracia del Espíritu Santo que inhabita por naturaleza en Cristo y que inhabita por gracia en María, con la unción del Espíritu Santo que inhabita por gracia en María? La hizo infinitamente sensible a toda la realidad. ¿Y qué sientes cuando te digo esto? Tuvo que sufrir muchísimo. Pues claro que tuvo que sufrir muchísimo. Cristo no estaba metido dentro de una burbuja, ni la Virgen estaba metida dentro de un traje de astronauta. Pasaron por el mundo sintiendo todos los dolores del mundo y descubriendo, más allá de todos esos dolores, el plan providente de Dios Padre. Descubriendo, más allá del dolor, el rostro y la mano del amor. La Inmaculada Concepción. María Santísima, a quien la llamamos así por propiedad: Inmaculada Concepción. María no pasó por esta tierra con un traje de astronauta. No estudió en el colegio Burbuja de Nazareth. No iba al centro comercial Burbuja de Galilea. María no estaba únicamente en los cenáculos santísimos de Jerusalén. María. Lo que tenía dentro de su corazón, lo que impidió que hubiera pecado en ella, no fue una burbuja de poder arbitrario de Dios. Lo que impidió que hubiera pecado en María. Es que había amor y luz. Amor que la hizo sensible a todo, y luz que le permitió ver más allá de las miserias de esta tierra y más allá de los corazones desfigurados de sus hermanos, el rostro de Dios. Nos dice la Biblia que Dios creó al ser humano a imagen y semejanza suya. Pero encima de esa imagen, nuestros pecados y los pecados de las demás personas han echado toneladas de basura, y toda esa hojarasca nos impide ver a Dios. Cuando nos miramos al espejo, por ejemplo, en el espejo de nuestro pasado, cuando miramos a nuestros hermanos heridos, traumatizados, drogados, alcoholizados, idólatras, ¿qué Dios se va a poder ver ahí? Decimos: Pero si alguien tuviera suficiente luz, podría penetrar a través de toda esa basura. Podría descubrir, en medio de todas esas deformidades, la imagen hermosa de Dios. Esto era lo que tenía la Santísima Virgen María. María no vivió rodeada de santísimos, beatísima y mil veces bienaventurados. Tuvo cerca de sí a San José, santo como ninguno, y, desde luego, a Jesús, el Santo de los Santos. Pero yo no creo que María viviera en el barrio La Santidad de Nazaret. El barrio de María y el pueblo de María y la tierra de María estaban marcados por el mismo dolor, por las mismas decepciones, por las mismas frustraciones por las que pasamos todos los seres humanos. ¿Qué era lo que ella tenía que nosotros no tenemos? Ya vimos que no es ninguna armadura ni ninguna burbuja. Lo que ella tenía era amor para acoger esa miseria y luz para ver a través de esa miseria y para descubrir, a pesar de ella, la imagen de Dios y el plan de Dios. Por eso, cuando nosotros celebramos a la Virgen María como Inmaculada, no estamos celebrando que Dios, desde el primer instante, le puso a esa célula, esa primera célula recién concebida, le puso una especie de armadura. Lo que estamos celebrando es que Dios, desde el principio, la amó y la hizo capaz de amar y, por eso mismo, la lanzó a un camino de dolor indescriptible, inenarrable. Si yo, pecador como soy, sufro y sufro tanto siendo tan poco mi amor. Amigos, yo me espanto de pensar el dolor en el que tuvo que vivir María, porque amaba muchísimo. El amor que hay en ella no es como una medalla que se pone encima de una joya, encima de una condecoración. El amor que hay en ella, esos que a veces se llaman los privilegios de la Virgen, no son medallas sobre medallas, no son premios sobre premios; es el camino del dolor, que es el camino del amor, que es el camino de la salvación. Es por ese camino por donde Dios ha querido orientar desde el primer instante de su existencia a María, desde esa primera célula. Si lo quieres describir así biológicamente, desde esa primera célula, Dios lanzó a María por el camino de un amor indescriptible y, por lo mismo, por el camino de un dolor inenarrable y por el camino de una salvación universal. Cuando entendemos que este es el camino, cuando descubrimos que esto es lo que Dios ha hecho en María, también nos resulta muchísimo más cercana. Cuando uno piensa que ella estuvo metida dentro de una burbuja toda su vida, la sentimos lejana, como un astronauta que nunca pisó esta tierra. Pero cuando vemos que el amor la lanzó por el camino del dolor y, por el dolor, a la salvación de todos nosotros, precisamente sentimos que su historia es nuestra historia y que, por consiguiente, la gloria que ella ahora tiene será también nuestra gloria. Así entendemos que cuando se afirma que Cristo es Dios, o cuando se afirma que María es la Inmaculada Concepción, no se está diciendo que no sufrieron, sino al contrario, que se sumergieron hasta el fondo, en lo más íntimo de la miseria humana. Y allá, en esa oscuridad, pudieron descubrir el rostro de Papá Dios y pudieron seguir las huellas de su plan y de su designio. Queridos amigos, la Virgen María no está lejos de nosotros cuando la descubrimos así, y es mejor que no la sintamos lejos, porque como ella habremos de ser para participar del cielo que ella ahora goza, en la misma gracia y el mismo Espíritu que la condujo a ella. Esa misma gracia y ese mismo Espíritu están para nosotros, brotan de la cruz de Cristo, se dan en los sacramentos, particularmente en la Eucaristía, para que nosotros, comiendo este pan del cielo, un día podamos, como ella, inmaculados.

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