|
|

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Estamos llamados a ser inmaculados por el poder del mismo amor que hizo Inmaculada a la Virgen.
Homilía inma004a, predicada en 19971208, con 18 min. y 29 seg. 
Transcripción:
Queridos amigos, la Iglesia Católica celebra en este día la Inmaculada Concepción de Santa María Virgen, la Madre de Jesucristo, nuestro Dios y Señor. Hay que recordar siempre que la Iglesia solo celebra a Jesucristo. Y cuando celebra a los santos propiamente, lo que celebra en ellos es la obra de Cristo en ellos. Queremos decir que cada santo es una victoria, una más de Jesús, pero la victoria por excelencia, la victoria grande, la victoria plena, el triunfo máximo de Nuestro Señor. Su obra acabada. Su arte bellísimo. Su sabiduría perfecta. Se encuentra precisamente en la Santísima Virgen María. Ese es el primer pensamiento de hoy. Y así como el que quiera conocer a un artista tiene que mirar las obras de ese artista y especialmente las más bellas, las más perfectas. Así, el que quiera conocer qué es lo que hace Jesús, que mire a María. El que quiera conocer qué es el Evangelio de Cristo, que mire a la Santísima Virgen. El que quiera saber cómo obra Dios y qué promete para nosotros, que mire a María. En ella se encuentra la obra completa de pintores grandes como Leonardo da Vinci. Se conservan no solo las obras acabadas, los cuadros terminados, sino también bocetos. Pero si uno quiere saber quién es Leonardo da Vinci, tiene que irse a esa obra que esté completa y perfecta. Por eso, repito, el que quiera saber todo lo que puede el Evangelio en una vida, el que quiera saber hasta dónde alcanza el Evangelio en la estirpe humana, que mire a la Santísima Virgen María. Pero las lecturas de hoy no nos hablan solamente de gracias, bellezas y triunfos. La primera lectura nos ha presentado más bien una derrota. Sí, es una derrota porque se cuenta ahí el pecado de nuestros primeros padres. El lenguaje, evidentemente, es simbólico, pero en la Biblia simbólico no significa imaginario. Simbólico no quiere decir irreal. Simbólico quiere decir profundo, simbólico quiere decir míralo más de una vez porque no lo vas a comprender con una sola mirada. Ahora bien, en ese relato aparece un diálogo entre Dios y Adán, entre Dios y Eva, pero no aparece un diálogo entre Dios y la serpiente. Dios le formula una pregunta al hombre, le formula otra pregunta a la mujer, pero no le hace ninguna pregunta a la serpiente, porque la serpiente sabe quién es Dios y porque Dios sabe quién es la serpiente. Puede haber diálogo en cuanto la criatura racional está sujeta al tiempo. ¿Qué es dialogar? Es caminar juntos por un camino de palabras. El diálogo es la expresión de la comunicación entre los seres humanos, porque nosotros somos racionales, pero estamos sometidos al tiempo. Por eso la manera de comunicarnos entre nosotros es con el diálogo. Pero esa serpiente no está sometida al tiempo. Esta serpiente es un ángel y este ángel que no está sometido al tiempo, este ángel caído que es el demonio y Satanás, no se comunica por un proceso de diálogo, sino por un proceso de mirada. Los ángeles son intuitivos, los ángeles buenos y los ángeles malos. Nosotros, los seres humanos, percibimos las cosas y las descubrimos caminando con palabras, dialogando. Los ángeles captan en una intuición la verdad, captan en una intuición el ser y, desde luego, Dios nuestro Padre, infinitamente mayor a todos los ángeles, libre de toda temporalidad, no requiere de discursos. Entonces es precioso en este pasaje ver cómo no hay diálogo entre la serpiente y Dios. Hay una mirada y hay una sentencia. Esa palabra, hasta donde yo recuerdo y conozco, es la única maldición expresa, fulminada, declarada en la Sagrada Escritura. Salida de la boca de Dios: ¡Maldita! ¡Maldita seas entre todas las criaturas de la tierra! Esa maldición de Dios contra este ángel caído, contra esta serpiente, no es sino el pasar al lenguaje humano y a la historia humana lo que ya había sucedido entre Dios y los ángeles caídos. Podríamos decir que es la traducción a la historia humana de la ruptura que ya se había dado entre este ángel y Dios. Bueno, habría tanto que decir de los santos ángeles y de los ángeles caídos. Pero yo quiero que dirijamos un momento nuestra atención a las preguntas que Dios le hace al hombre y a la mujer. Esas preguntas son muy útiles para nosotros, porque hoy estamos hablando de una criatura sin pecado, la Santísima Virgen María. Pero nosotros no somos esas criaturas sin pecado. Nosotros estamos sometidos, estamos esclavizados en buena parte por nuestras culpas y, por eso, las lecturas no son solamente para que le pongamos otra perla más a la Virgen, otra medalla, otro collar, otro adorno a ella tan hermosa, sino también son para que nosotros descubramos el camino que lleva hacia la gracia. Y ese camino que va hacia la gracia está marcado por el diálogo que Dios inicia. Lo que quiero destacar es que en esa lectura del Génesis, Dios no está castigando al hombre ni castigando a la mujer en el sentido en el que uno suele entender castigo. Castigo es: se portó mal, tenga, sufra y esa expresión de castigo es como una manera de desquite. Muchas veces, sobre todo cuando éramos niños, mirábamos al castigo como una especie de pago. Hice mal, ahora me pagan así y así se empata el partido. Queda equilibrada la cuestión: ya hice mal, ya me pegaron, ya quedó pagado. Y le aplicamos como el mismo esquema a Dios: me porté mal, me castiga y quedamos empatados. Ese es un modo ridículo, me parece, de hablar de Dios. El castigo, si vamos a utilizar esa palabra, esta reprensión divina, este castigo es el principio de su salvación. Con este diálogo y con lo que sigue después: que comerás el pan con el sudor de tu frente, que con dolor parirás los hijos, como le dice respectivamente al hombre y a la mujer. Ese es el comienzo de la salvación. Demos gracias a Dios que quiso hablar con el hombre y con la mujer y no les fulminó una sentencia, como sucedió con la serpiente. Porque el hombre, aunque hubiera pecado, seguía en camino. Y Dios aprovecha la condición temporal del hombre para conducirlo por ese camino, en un itinerario que tendrá su cumbre en el Calvario, en la cruz, en la muerte y en la Pascua. Debemos estar felices de que Dios les haya hablado a ellos y de que Dios nos hable a nosotros y despierte también nuestras conciencias. ¿Qué preguntas? Las que hace Dios. ¿Dónde estás? ¿Dónde estás? Una pregunta como para un retiro espiritual. ¿Dónde estás? Hoy la formularíamos quizá de otro modo. ¿En qué estás? ¿En dónde andas? ¿Cuáles son tus pasos? Hay una oración muy bella de la Santa Iglesia en la que le rogamos a Dios: Señor, no permitas que nuestra vida transcurra entre vicios y pecados. ¿Qué pensamientos te acompañan? ¿Dónde estás? Lo podemos deducir de quién te acompaña. ¿Qué pensamientos te acompañan? Eres tú, como en esos dibujos animados de aquellos personajes que andan con una nubecita negra para donde caminan. ¿Quién te acompaña? ¿Te acompaña una nube negra de amargura? ¿Dónde estás? ¿En dónde andas? ¿Camina contigo la esperanza? ¿Anda contigo la paz o huye de ti la pureza? ¿Está cerca de ti la sabiduría? ¿Está Jesús mismo contigo? ¿Cuál es tu compañía? ¿Cuáles son tus pensamientos? ¿Dónde estás? Este es el primer examen de conciencia de la Sagrada Escritura. ¿Dónde estás? ¿Quién te acompaña y por qué te acompaña? Si lo hubiéramos hecho esta pregunta a Jesús: ¿Quién te acompaña y por qué te acompaña? Él hubiera respondido: "Me acompañan los pobres y los enfermos, y los pecadores, y los excluidos, y los procesos y los publicanos". ¿Y por qué te acompañan? Porque les amo. Porque son imágenes de mi Padre Celestial y porque a ellos comunico la gracia. ¿Y a ti quién te acompaña? ¿Dónde están los pobres? ¿No te acompañan los pobres? ¿No te pareces mucho a Jesús? ¿Y dónde están los enfermos a los que tú estás sanando o no sanas a nadie? Eres más bien un enfermo. ¿Dónde están los enfermos? ¿A quién le estás haciendo bien tú? ¿Dónde estás tú? ¿En qué andas? Te acompañan siempre las mismas personas. Tienes tu pequeño círculo de amigos y te arropas en ellos como en una ruana. Y no permites que tus ojos descubran el dolor de otros. Vives protegido por tu pequeño grupito de amigos. Siempre los mismos. ¿En qué andas? ¿Dónde estás? Y luego esa pregunta a la mujer: ¿Qué es lo que has hecho? El pecado vive de la amnesia. El pecado vive del hoy. El pecado vive de la urgencia de una pasión, de un deseo o de un capricho. Hoy quiero esto, luego hoy lo voy a lograr. Esa es la voz del pecado, en últimas, el susurro de la serpiente. Hoy quiero. Luego hoy consigo. Se acerca a Jesús, se acerca a Dios y habla. ¿Qué es lo que has hecho? No, eso no importa. Usted no me va a embolatar. Usted no me va a crear complejos de culpa, Padre. Váyase con su predicación a otra parte. Si yo me voy a ir, yo me voy a ir. Yo te voy a dejar de cansar. ¿Y qué vas a hacer con tu conciencia? ¿Y qué vas a hacer con tu Creador? ¿Qué es lo que has hecho? Esta es una pregunta que Dios solo le puede dirigir a la criatura racional. Al ángel Dios no le pregunta Esto es una pregunta para la criatura racional, porque al fin y al cabo, ¿qué somos nosotros? Somos lo que hemos sido y lo que estamos siendo. Dediquémonos a la filosofía. Somos lo que hemos sido. No hay otra respuesta. Tengo treinta y dos, o treinta y tres, o treinta y cinco, o cuarenta, o sesenta años. Si alguien me pregunta: ¿Usted quién es? No le puedo responder con otra cosa, sino con mi historia. ¿Usted quién es? Yo estudié, yo trabajé, yo hice, yo deshice. ¿Qué soy? Lo que he sido. ¿Qué es lo que has hecho? ¿Qué es lo que has hecho? Es un examen de conciencia. Y es maravilloso. Dios, con una o con dos preguntas, desnuda al hombre. Lo desnuda. El hombre intenta vestirse, este Adán y esta Eva, con unas hojitas de higuera. Intenta vestirse, intenta esconderse. Se va por allá a un lugar donde todo hable de paz. Se esconde, hace una cobija de cariños humanos y se esconde. Y llega a Dios y le hace una o dos preguntas y le quita la cobija y lo deja desnudo. Estás desnudo. Ya lo dice la carta a los Hebreos: todo está desnudo y patente ante los ojos de Dios. Estás muy escondido. Conseguiste unas rejas maravillosas. Casi nadie puede entrar, sobre todo esa gente fastidiosa y maloliente casi no puede entrar. Tienes unas rejas buenísimas, unas aduanas espectaculares, porterías eficientes y una administración, "Uno A". Maravilloso. Estás muy bien protegido. Par de preguntitas de Dios: ¿Dónde estás y qué es lo que has hecho? Desnudos. Desnudos de nuevo ante Él. ¿Y Dios para qué nos desnuda? Porque en ese desvalimiento, que es el mismo desvalimiento y la misma desnudez de Cristo en la cruz, nosotros nos podemos por fin poner en camino de redención. Y María, estamos celebrando hoy la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Sí, y estamos celebrando en esa Inmaculada Concepción el poder de la redención de Jesucristo. Hay que hacer un santuario. Aquí hay mucha gente de empresa, gente que sabe hacer cosas, diseña y la saca adelante. Pues a ver si son capaces de hacer un santuario de María Redimida. Yo no sé si irá mucha gente. De pronto no me hagan caso. Ahora dudé porque yo no sé si vaya mucha gente al Santuario de María Redimida. Lo que estamos celebrando hoy es la plenitud de la redención. El comienzo de la redención está en esas preguntas antipáticas: ¿Dónde estás? ¿Qué es lo que has hecho? Fíjate que Dios no hace saludos, tontos. ¿Y qué más, Adán? ¿Qué hay por aquí? ¿Qué ha habido? No. Va al grano. Pues bien, la redención empezó con esas preguntas y la redención tiene su plenitud en Jesucristo. Recibamos la palabra de redención. También nosotros, nos dice San Pablo, estamos llamados a ser irreprensibles, irreprochables, inmaculados. También nosotros estamos llamados por el poder del mismo amor que hizo inmaculada a la Virgen a ser inmaculados. Solo que nosotros seremos inmaculados a lo largo del camino y ella fue inmaculada en el camino. Queridos amigos, hoy se realiza esta obra de redención ante nosotros en el altar. Un día hermoso para aceptar a Cristo en la Eucaristía. Un día hermoso para decirle: Señor, haz tu obra, toda tu obra en mí. Señor, ya no quiero detenerte más. Tu mano de artista haz la obra completa en mí, la obra completa. Cada vez que pecamos, como que le frenamos la mano a Dios. Señor, ya no te voy a detener más. Así como entra a tu Cuerpo Santísimo en mi boca, así como entra tu espíritu en mi corazón, así te pido que tu mano haga su obra completa en mi vida. Haz tu obra, toda tu obra en mí.

Derechos Reservados © 1997-2025
La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico, está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente: http://fraynelson.com/.
|