Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

La pureza de la Virgen María.

Homilía inma003a, predicada en 19971208, con 17 min. y 6 seg.

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Transcripción:

Queridos hermanos. Invoquemos juntos la presencia del Espíritu Santo. ¿Quién puede predicar bien de la Virgen María? Creo que solo el Espíritu Santo. En un momento de silencio, regálenme una intención de su corazón para que Dios me conceda el Espíritu Santo para hablar y a todos el Espíritu Santo para escuchar.

Queridos hermanos. Cuando predicamos de nuestros amigos y hermanos los santos, el corazón se llena de esperanza, porque son tantas las luchas que a veces padecemos en esta tierra, por nuestras fragilidades interiores y por las dificultades exteriores. Son tantas las luchas que saber que alguien ha alcanzado el puerto nos alegra a los que vamos todavía navegando. Sí, volver la mirada a los santos es llenar el corazón de esperanza y de alegría. ¿Quién de nosotros no ha sentido ganas de ser mejor leyendo la historia, por ejemplo, de Santa Bernardita, leyendo una preciosa biografía de Francisco de Asís, leyendo la historia de la conversión de San Agustín, leyendo, en fin, la vida de cualquier otro santo? Qué importantes son los santos en la vida del cristiano, porque los santos son como la continuación de las páginas del Evangelio. Si evangelio significa buena noticia, yo pienso que, después de las páginas sagradas de la Biblia, ninguna página nos hace tanto bien como esas vidas maravillosas por sus virtudes, pero sobre todo, maravillosas por la virtud de la gracia de Dios.

Y, sin embargo, cuando nosotros recorremos las vidas de los santos, en cada uno de ellos algo encontramos que tal vez es como una especie de lunar. Sí. Qué generoso San Francisco, qué poeta, qué cantor del amor divino. Pero ya ves, para descubrir ese amor, cuántas heridas causó Francisco al mismo corazón de su Señor. Hermoso y grande San Agustín. Sí, y su palabra nos conmueve. Su enseñanza nos hace derramar lágrimas de arrepentimiento y de gratitud. Pero, ¿cuántas cosas vivió antes de su conversión? Y si buscamos otros santos, como por ejemplo a Tomás de Aquino, del cual no se recuerda pecado grave alguno, y todo indica que jamás cometió ni un solo pecado mortal. Santo Tomás de Aquino. Si pensamos en un santo como Tomás de Aquino, el corazón respira más hondo, sentimos un gozo más profundo si se quiere. Pero, ¿quién de ellos fue suficientemente agradecido? ¿Quién de ellos alabó a Dios como Dios se merece? ¿Quién de ellos? Si nosotros, los seres humanos, estamos sometidos no solo a la insidia del demonio, sino también a la fragilidad y al cansancio en nuestra carne y también a la envidia, el ataque, la burla del mundo.

Otra cosa bien distinta sucede cuando volvemos nuestros ojos a la Santísima Virgen María. Aquí sí que vengan los poetas. Aquí sí que vengan los sabios. Aquí que se reúnan las criaturas, todas del universo. Aquí que todos canten con lo mejor de su belleza. Aquí que todas las miradas descansen y se posen y se gocen en un amor que pudo realizarse plena y completamente. No hay lugar alguno. Eso es lo que estamos celebrando. Eso es lo que conmueve mi corazón. No hay lugar alguno, hermanos, en ese rostro bellísimo, en ese corazón purísimo, en esa carne santísima, en esa oración viva, llena del mismo Dios. No hay lugar alguno. Y esto quiere decir que en ella y también con ella, Dios realizó toda su obra. Nunca Dios fue tan Dios como cuando hizo a María. Nunca Dios fue tan Dios como cuando escuchó su oración, cuando la hizo crecer en virtud, cuando la acogió para siempre en la gloria. María es la obra acabada, hermosa, perfecta, de Dios, el Creador. A Dios Creador lo celebramos en todos sus santos. Y cuando nos alegramos en los santos y cuando le aplaudimos sus santos, le estamos diciendo: Te quedó bien hecho. Qué bien hecho te quedó San Maximiliano María Kolbe. ¡Qué santazo tan grande! ¡Qué bien hecha te quedó, Catalina de Siena! Qué hermoso te quedó ese San Francisco, es una belleza de hombre. En todos los Santos celebramos a Dios como Creador, porque Él es el único hacedor de todo cuanto existe.

Pero otro lenguaje, tal vez otra lengua, una lengua que nadie ha descubierto, otra lengua que solo tiene el Espíritu Santo, lengua de fuego, otra lengua tendríamos que tener para decirle a Dios Creador cómo le quedó hecha la criatura por excelencia, la belleza por excelencia, la santa entre las santas, la siempre Virgen y gloriosa María, Madre de su Hijo, nuestro Señor. En ella, en la Virgen María, por fin Dios pudo mostrar todo lo que podía hacer. ¿Cómo me duelen mis pecados a esta hora? Cómo me duele ser un pecador, porque cada una de mis culpas, cada uno de mis pecados, ha sido como un freno que le he puesto a la mano de Dios. Dios ha querido hacernos a cada uno de nosotros, bien lo dice la Divina Escritura, ha querido hacernos a su imagen, a su semejanza. Y si a alguien se le había olvidado, lo repite el Señor Jesús en el Santo Evangelio: Sed perfectos, como es perfecto vuestro Padre celestial, sed perfectos. Pues este pintor maravilloso, este infinito artesano y bendito artista, Dios, mi creador, ha tenido que frenar su mano cada vez que yo cometo un pecado. Dios, escultor por encima de toda imaginación, fantástico creador, por encima de toda fantasía, ha tenido que frenar su obra ante mis pecados. Y por eso el rostro de nosotros los pecadores, la vida de nosotros los pecadores, lleva las huellas del sí de Dios, pero lamentablemente también lleva las huellas del no que nosotros a veces le hemos dicho. Llevamos esas huellas.

La vida de la Virgen María lleva el sello de un sí continuo, de un amén continuo, de una fe continua, de un amor continuo. Este es el misterio que tienen los ojos de la Virgen María. Yo me alegro por aquellos a quienes Dios les ha concedido ver a la Virgen. Yo felicito y me alegro de las personas que han podido mirarla a la Virgen María. Los ojos de la Virgen María. ¿Cómo te los contará? ¿Cómo te los describiera? Mira, piensa en esto. Cada pecado que nosotros cometemos es como una fractura en el camino. Es como una fractura. Luego el camino se puede reparar, se puede poner un puente y sigue el camino. Ese puente lo recibimos de Dios precisamente con la gracia de la confesión. Un puente. Pero el camino se había roto. Cuantas más son las fracturas del camino de la vida, más turbia se vuelve la mirada. Porque cuando se mira el rostro de uno de nosotros, los pecadores, de alguna manera los ojos que nos miran tienen que detenerse ante todas esas barreras, paredes, murallas, obstáculos con que nosotros hemos frenado la obra divina.

Por eso muchos de nosotros a veces sentimos tan lejana nuestra infancia. Cuando uno, por ejemplo, llega a esta edad y se encuentra su cuadernito de primera comunión, el cuaderno con el que hizo su preparación a la Primera Comunión, y uno siente a veces con dolor y a veces con lágrimas: Por Dios, cuántas cosas han sucedido y, sobre todo, cuántas han pasado que no debían haber pasado. Qué distante estoy de ese niño. Qué lejos estoy de esa niña, qué lejos; he perdido tal vez el camino. Hay demasiadas fracturas en mi vida.

Con los ojos de la Virgen María no sucede así. Si tú le miras a los ojos, tú sientes un camino infinito. La sientes mujer, la sientes joven, la sientes niña. Tú puedes mirar la infancia de la Virgen, mirar la niña con mirarla a los ojos. La puedes mirar, niña, porque no hay ninguna ruptura, porque no hay ninguna fractura, porque nada se rompió, porque ella, en el fondo y en la realidad de su carne y de su alma, tiene toda la belleza de la niña, así como tiene toda la madurez de la edad adulta. Qué pesar nosotros los pecadores que hemos escogido. Digo que hemos escogido porque, cuando niños, teníamos la inocencia sin la madurez, sin la experiencia. Y después tenemos la experiencia, sin la inocencia. Bendita la Virgen María, que tiene la inocencia y la belleza y la experiencia, que tiene toda la belleza del niño, toda la pureza del niño, toda la inocencia del niño, todo el vigor del joven, toda la esperanza del joven, toda la experiencia del adulto, toda la ecuanimidad y la prudencia del adulto, toda la madurez y el desprendimiento del anciano. Es muy bella. Y en sus ojos, nuestros ojos cansados descansan. Feliz el que mira los ojos de la Virgen María. En esos ojos inmaculados, por fin el corazón reposa, porque son ojos que no tienen fracturas. Son ojos que te abren el camino a una vida en la que no hay nada que se haya roto.

¿Sabes qué es lo más lindo de esto? Que cuando yo hablo de este recorrido, yo digo: Te puedes pasear por toda la vida de ella, mirándola a los ojos por toda la vida. ¿Y si fuéramos más atrás de la infancia? Si quisiéramos mirarla, bebecita, si quisiéramos mirarla como nos invita a la iglesia hoy, si quisiéramos mirarla recién creada. Esa es la Inmaculada Concepción recién creada. Si quisiéramos mirar a la Virgen María recién creada, ¿sabes lo que veríamos? A Dios, se ve Dios, es transparente y se ve Dios. Por eso el demonio tiembla, por eso le huye, porque se ve Dios. Dios, Dios en el perfume de su cuerpo, Dios en la luz de sus ojos, Dios en la verdad y dulzura de sus palabras, Dios en el candor de sus pensamientos, Dios en la fortaleza de su fe, Dios en el infinito de su amor. Se ve Dios.

Es un cielo tener a María, mirar a María. Yo creo que ya no hay mucha distancia entre eso y el cielo. Abrazarla, recibirla, amarla, aceptarla, acoger esa propuesta de esos ojos que han llorado por el pecado del mundo, de ese corazón que ruega por ti, por mí. Recibir la propuesta de ese corazón. Tomar esas manitos, mirar esos ojos. Ya no hay mucha distancia entre el cielo y eso. No hay mucha distancia.

Hermanos, esta es una fiesta del cielo. Esta es una fiesta de gloria y de cielo. Esta es una fiesta de gozo, de gloria y de cielo. Y, por eso, si nuestra mente, que a veces carece tanto de luz, y nuestro corazón, que hoy dice sí y mañana dice no, si nuestra mente y nuestro corazón alcanzan a alegrarse tanto en ella. Yo me pregunto: ¿Cuántos se alegrarán los ángeles? Porque los ángeles, bendecidos por la misma gracia de Dios, pueden con mayor profundidad, con mayor agilidad, con mayor sabiduría y sobre todo, con mayor amor, descubrir en los ojos y en el Corazón Inmaculado de la Virgen al mismísimo Dios a quien ellos adoran. Y, por eso, los ángeles, en un movimiento espontáneo, irreprimible de su corazón repleto de Dios, la reconocen a ella como reina, la reconocen como Señora, porque en ella, de tal manera, obra Dios, de tal manera obra su poder de redención, que en ella y a través de ella se reconoce mejor que en cualquier otra criatura la acción.

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