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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
¿Qué celebramos en la Inmaculada Concepción del la Virgen María?
Homilía inma002a, predicada en 19951208, con 13 min. y 59 seg. 
Transcripción:
Celebra la Iglesia en este día la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Pero puede haber un poco de confusión, porque el Santo Evangelio nos habla de la concepción de Jesucristo. ¿Quiénes son los papás de Cristo? Dios eterno y María. ¿Quiénes son los papás de María? De acuerdo con la tradición, Joaquín y Ana. Hoy no estamos celebrando la concepción de Cristo, es decir, no estamos celebrando el misterio de la Encarnación en las entrañas de María. No, sino estamos celebrando la concepción de María en el vientre de la mamá de ella, es decir, de Ana. De acuerdo con la tradición, estamos celebrando el comienzo de la existencia de María. Y estamos diciendo con toda la Iglesia que ese comienzo, que el comienzo del ser de esta mujer, es inmaculado, palabra que proviene del latín y que significa sin mácula, sin mancha. Es tan particular esta concepción que la Iglesia la celebra, como diferenciando el origen de María del origen de los demás mortales. De aquí surgen de inmediato preguntas. ¿Quiere eso decir que entonces las demás concepciones, se supone que, aparte de la de Cristo también por razones obvias, pero las demás concepciones, la tuya y la mía, entonces fueron concepciones maculadas, fueron concepciones manchadas? Quiere decir entonces que en todo acto creador, en todo acto co-creador de la pareja humana, ahí hay mancha. No supone eso como una especie de desprecio o de prejuicio, por lo menos ante la sexualidad y ante el acto por el que nosotros somos creados. Hay que ir despacio, hay que ir despacio en esas preguntas y en las correspondientes respuestas. Cuando se habla de mancha, no se está diciendo que el acto por el que somos creados sea en sí mismo malo. No supone, y esto debe quedar claro, no supone un desprecio ni al cuerpo, ni al sexo, ni al acto sexual. De ninguna manera supone desprecio, ni supone condenación anticipada a esas realidades. Bien sabemos que todo ha salido de las manos de Dios y que tan nuestro es nuestro cuerpo como nuestra alma. Si queremos utilizar esa terminología, y que el que hizo el rostro que se puede ver, también hizo las partes de nuestro cuerpo que con pudor tapamos. De manera que Dios no se avergüenza de lo que ha hecho ni se tapa los ojos, sino que, al contrario, como lo sugiere discretamente la lectura del Génesis, de alguna manera quiere que su criatura sepa, se sepa siempre desnuda ante Él. De manera que el problema no es de cuerpo ni de sexo, pero sí es problema de mancha. Y sí es problema de aquello que la Iglesia llama el pecado original, ¿qué es el pecado original? La imagen que la mayoría de nosotros tenemos es que por allá hubo unos señores, o mejor dicho un señor y una señora que se llamaban Adán y Eva. Adán y Eva cometieron graves errores, o por lo menos un grave error. La mayor parte de la gente, por cierto, se imagina que la Iglesia enseña que ese error fue un pecado sexual, y viene toda la historia de la manzana. Paja, pura paja. La Biblia no habla de ninguna manzana. Esa confusión vino mucho después, y el pretender que el pecado original, el que cometieron Adán y Eva, fue un pecado de sexo, es engaño. Y es mentira que se sigue repitiendo como tantas mentiras. Pero es paja, es pura paja. Puede dejarla de lado a partir del día de hoy. No tiene nada que ver con lo que nosotros estamos creyendo en la Santa Iglesia Católica. Entonces, ¿qué se imagina la gente? Que estos señores cometieron allá su pecado y que Dios, por lo visto, se puso tan bravo a causa de ese pecado que se resolvió a castigar la gente. Y entonces sigue generación tras generación y todo niño que nace, nace culpable. Y entonces algunos cristianos, por lo menos cuando reflexionan en estas cosas, dicen: "Dios debe ser un Señor sumamente raro". Por ejemplo, eso les pasa a las mamás. Las mamás ven su bebecito, ven su bebito inocente, culpable, ¿no? ¿Cómo va a ser culpable si no ha hecho nada? ¿Qué culpable? ¿Culpable de qué? Pecado original. Pero ¿cuál pecado? No ha podido hacer nada. El muchachito lo único que hace es llorar, mamar y algunas otras cositas. Algunas otras gracias. Así que, culpable. ¿Qué culpa puede tener ese niño? ¿Es esa la enseñanza de la Iglesia Católica? Tampoco. Esa tampoco es. No es un problema de culpa el problema del pecado original. Queridos amigos, amigos de Dios y de la Virgen, el pecado original significa simplemente la terrible consecuencia, óigase bien, la terrible consecuencia que tuvo el pecado de nuestros primeros padres. Hay un ejemplo que he repetido con frecuencia. Los que me lo hayan oído me disculpan. Suponga usted un señor que es muy amigo de la bebida. El caballero, para decirlo sin ambages, es un alcohólico de siete suelas y no alcohólico anónimo, sino borracho conocido. Bueno, este señor, llegando a una cierta edad, pero avanzada, deja las copas, deja el licor. Y el hombre, a partir de ahí, comienza a comportarse con sobriedad. Muy bien. Ha desaparecido la culpa de la persona. Él ya no es culpable. Si tú te lo encuentras ahora por la calle, ya no le puedes decir: ¿Usted es un alcohólico? No, señor. Tendrías que decir: Usted fue un alcohólico. La culpa como tal ha desaparecido, pero no ha desaparecido. La consecuencia de los treinta y cinco o cuarenta años de aguardiente o chirrinche que el hombre tiene entre pecho y espalda. Eso no ha desaparecido. Supongamos que el caballero este deja el licor. Tenía 71 años cuando dejó el licor. A los 73 muere de una terrible cirrosis. Él ya no era un alcohólico, pero las consecuencias de su alcoholismo dejaron deteriorado su organismo. Esas consecuencias externas son lo que la Iglesia Católica llama la pena, que es distinta de la culpa. La culpa desaparece ciertamente, por ejemplo, con la confesión, la culpa desaparece cuando este señor deja su alcoholismo, pero la pena, las consecuencias de su alcoholismo, no han desaparecido. Ahora demos un pasito más. En el caso del alcohólico, es claro que su organismo ha quedado deteriorado, pero es que eso no vale solo para sí mismo. Nosotros formamos una comunidad humana. Supongamos que el hombre dejó su trago, dejó su exceso en la bebida y se murió, como contamos. El hombre se murió de su cirrosis. Las consecuencias de haber sido durante treinta y más años un alcohólico se murieron con él. No han muerto con él. Seguramente en la mente de sus hijos, seguramente en el corazón de sus hijos, han quedado grabados a fuego, han quedado impresos de tal manera recuerdos de su papá borracho, insultando a la mamá, escenas vergonzosas, escenas ridículas. Y el día que el muchacho fue a pedirle a la mamá que necesitaba unas fotocopias urgentes para la universidad y la mamá le dijo: "Mijo, comprenda que no hay plata". Y el muchacho lloró de rabia y dijo: "¿Y cómo si hay plata pal trago, mi papá?". Eso no se le ha olvidado al muchacho. Seguramente eso es lo que llamamos la pena externa, la pena pública, colectiva; esa pena pública colectiva, como ya lo sugiere el ejemplo que estoy dando, puede perfectamente ser transmitida a otras personas. No es un problema de biología, no es un problema de transmisión genética. El pecado original no es algo así, sino es una condición existencial, un radical egoísmo, una radical desconfianza ante Dios y una radical suficiencia por la cual el ser humano pretende apoyarse en sí mismo, se aferra a su propio amor y no se abre a la gracia de Dios. De ese estado lamentable, nosotros salimos por esa inundación de amor que es la cruz de Cristo. Y esa es la historia de nuestra redención. Estamos celebrando la Inmaculada Concepción de la Virgen. ¿Esto qué querrá decir? ¿Que María ha quedado libre de esa pena? Es decir, que por una intervención amorosa de Dios, ella ha quedado libre de esa pena. Ha quedado desde el origen mismo de su existencia, esencia abierta a amar y al amor. Y esa es María. Y así la necesitaba Dios para que fuera Madre de su Hijo, para que fuera esclava de Dios, para que fuera verdadera obediente a la voluntad del Señor y para que pudiera darse desde el fondo de sí misma, entregando hasta su Hijo en el altar de la cruz. Entonces, la Inmaculada Concepción de la Virgen María, atención, no es una especie de medalla que le puso Dios a la Virgen. Tampoco es una odiosa preferencia, una especie de nepotismo celestial, como si Dios dijera: ?Usted se llama Juan Fernando López, nace con pecado. Usted se llama Antonia Pérez, nace con pecado. Usted se llama Nelson Medina, nace con pecado, es decir, ya dijimos, con la pena del pecado original. Usted se llama María. ¿Usted? Si no, usted se salvó?. Usted se llama. ¿Será así? Como quien dice. Odiosas preferencias. Si quieres mirarlo de esa manera, míralo. Pero no se trata de eso. Dios escoge siempre con vista a una misión. Cuando en una empresa hay el favorito del jefe, ¿para qué el jefe lo tiene como favorito? Para que trabaje menos y para pagarle más. Esos son los favoritismos en esta tierra. Las escogencias de Dios no son así. El gran elegido de Dios es Jesucristo. Este es mi hijo, el Amado, el predilecto. Pero ese gran elegido de Dios, Jesús, es elegido y es levantado para que desde allí alumbre a los otros. Y así sucede siempre en el plan divino. Él nos elige para capacitarnos para amar más. Y sí, Él otorga en este día, y eso es lo que celebra la Iglesia, la Inmaculada Concepción a la Virgen; es, como ya dije, porque así la necesitaba para el plan de salvación. De modo que nosotros los cristianos bien podemos alegrarnos en la Inmaculada Concepción de la Virgen, porque por esa puertecita entró el Rey Supremo, porque por esa humildad entró nuestra salvación, porque por esa belleza se alumbró nuestra vida. Bien podemos nosotros alegrarnos en la Inmaculada Concepción de la Virgen, porque ella es inmaculada, no para sí misma. Así como Cristo recibe el Espíritu en su bautismo, no para sí mismo, y así como cada uno de nosotros recibe esta palabra y recibe esa Eucaristía no para sí mismo, sino para bien de los hermanos y para gloria del Padre.

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