Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

El episodio de la corte del rey Baltasar muestra el camino al que conduce la expansión del ego: ansia desmedida de placeres y de ostentación; profanaciones y mofa a lo sagrado; y al final, la muerte.

Homilía i343013a, predicada en 20211124, con 33 min. y 22 seg.

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Transcripción:

Hermanos, la descripción que se nos hace del rey Baltasar, es la evolución del ego. El ego ¿qué es? Bueno, literalmente significa el yo. Pero, en términos morales, espirituales, hablamos del ego como esa ansia de poder, esa ansia de placer, esa ansia de honores que es inagotable. Alguien decía, el ego es la enfermedad del corazón que no ha encontrado el infinito de Dios, el ego es la enfermedad del corazón que no ha encontrado el infinito de Dios.

Recordemos la frase de San Agustín que es muy famosa: «Nos hiciste Señor, para ti. Nuestro corazón está inquieto mientras no descanse en ti». Y se atribuye a Pascal, creo que es de él la frase: Dios, al hacer al hombre, dejó en su corazón un hueco del tamaño mismo de Dios. Nosotros estamos hechos para el infinito del amor, de la belleza, de la verdad, de la bondad, infinito que solo encontraremos en Dios mismo. Pero si nos hemos apartado de Dios, si le hemos dado la espalda, tratamos de llenar ese infinito con otras cosas.

Llenamos o tratamos de llenar ese infinito con más dinero, con más placer, con más poder, con más honores. Por supuesto, es una búsqueda infructuosa, condenada al fracaso. Porque, siguiendo la imagen de Pascal, el hueco que hay en nuestro corazón, ese vacío que tiene la forma de Dios, que no tiene forma, ese vacío que hay en nosotros no lo llenará nada ni nadie. Por consiguiente, lo único que se hace al echarle cosas a ese vacío es empeorar la condición del corazón. En física se habla de unos objetos que se conocen como agujeros negros.

La razón por la que son negros no es porque tengan ese color, sino porque ni siquiera la luz puede escapar de esos objetos que son tan densos y que acumulan tanta materia y que, por consiguiente, tienen una gravedad descomunal, ni siquiera la luz sale de ellos. El ego es como un agujero negro, el ego es insaciable. Y además hay otra cosa con los agujeros negros que estudia la física, y es que cuando tú le echas cosas, un agujero negro se puede tragar una estrella entera, por ejemplo. Cuando tú le echas cosas al agujero, lo que hace es crecer y volverse más fuerte, es decir, insaciable.

El ego es, en términos de nuestra vida psicológica, emocional, espiritual, el equivalente del agujero negro. Y precisamente porque es insaciable, presenta tres características que asoman en la primera lectura. La primera característica es que necesita novedad, novedad. Por eso los magnates, los potentados de la antigüedad, querían tener colecciones de mujeres para que hubiera siempre otra experiencia, otro tipo de placer. Novedad, novedad que en el fondo es una peregrinación absurda. Novedad que muy pronto llega a la degeneración. Se nota, especialmente en el caso de los vicios.

Ustedes y yo conocemos personas en el mundo de la droga, es muy triste ver esas historias. La persona que empezó, por ejemplo, con la marihuana y va entrando en drogas cada vez más fuertes, más pesadas, más adictivas, porque necesita novedad. Y en la búsqueda de esa novedad pasa por cualquier cosa, muchas veces destruyendo su propia salud, su propio cuerpo. En términos sexuales, fácilmente eso lleva a todo tipo de desorden, de orgía. A ver, pruebo con el otro sexo, con el propio sexo, con transexuales. Y hay un mercado floreciente de ofertas para esa novedad.

El otro día escuchaba una conferencia muy seria de una persona que no se declara creyente, pero eso no es relevante para este tema específico que voy a decir. Esta es una sexóloga que hablaba sobre los daños que producen los experimentos sexuales en las parejas. Entonces, hablaba de pornografía y hablaba de prostitución y de toda la oferta del mercado. Y decía ella que todas esas ofertas son una receta para el desastre matrimonial. No puede ser de otro modo, la persona que está buscando novedad, pues rápidamente se cansa de la misma pareja.

Entonces, intentará todo tipo de cosas, todo tipo de juegos, todo tipo de experiencias. Pero en todo ello va quedando un vacío y muchas veces se va destruyendo la propia salud, como se nota especialmente en el caso de los drogadictos. Novedad entonces, primera característica del ego desbocado. Segunda característica, se llega a la profanación, el ego se va expandiendo. En el caso de los agujeros negros, los astrónomos, los físicos, hablan de un límite que es muy importante en el estudio de esos objetos que se llama el horizonte de eventos.

El horizonte de eventos del agujero negro crece a medida que el agujero traga otras cosas, va aumentando, se va expandiendo en ese sentido el agujero negro. Entonces, la expansión del ego no admite límites, la expansión del ego no conoce prójimo, la expansión del ego destruye el amor al prójimo. Estamos viendo esa escena triste, ustedes y yo en la sociedad actual, especialmente en la familia. Hombres que expanden su ego, mujeres que expanden su ego, tienen que colisionar. Entonces no caben, no caben en la misma casa, no caben en el mismo proyecto. Y como no caben, separarse para reiniciar una historia con otra persona.

Nadie tiene tanta soledad como el ególatra. Puede comprar, pero no puede poseer, más bien las cosas o las experiencias o los placeres lo poseen a él. Entonces, esta expansión del ego hace que desaparezca el prójimo. El prójimo ya no existe, solo existe como un instrumento de mis intereses, como un juguete para mi diversión o como un enemigo para vencerlo. La expansión del ego hace desaparecer al prójimo. Por eso, el camino de la conversión siempre requiere derribar muchos ídolos, pero, sobre todo, el ídolo de toda egolatría, de todo egoísmo.

Las ruinas de nuestro ego son el mejor material para construir una vida nueva, pero hay que derribarlo. Aprended de mí, dice Cristo, soy manso, soy humilde de corazón. Cuando se derrumba la egolatría, reaparece el rostro de mi hermano. Por fin descubro que tengo hermanos, por fin descubro prójimo. La expansión del ego, entonces, no tiene prójimo, pero tampoco tiene Dios, porque no tolera límites. Por eso vemos en la primera lectura que este rey Baltasar, mire que tenía todo, mire lo que dice acá: Gran banquete para sus nobles, qué más tenía él además de sus nobles, sus mujeres, sus concubinas, ¿qué le hace falta?

Pues el tema es que no es que le haga falta, sino que su ego sigue expandiéndose y no tolera el límite de Dios, no tolera la ley de Dios, no tolera que Dios diga hasta aquí. Por eso, es necesaria la profanación. Allí donde la arrogancia, allí donde la soberbia crece, tarde o temprano se llega al satanismo, se llega la profanación, se llega la blasfemia, el sacrilegio y todo lo que se le parezca. Vivimos en tiempos de profanación, hermanos, vivimos en tiempos de sacrilegios y de burla de lo divino.

Hace unos dos años o cosa parecida, en uno de los desfiles de moda más famosos que tiene Estados Unidos, el desfile del Met lo llaman, por el Museo Metropolitano, entiendo yo. Salían, por ejemplo, modelos mujeres semidesnudas utilizando un remedo de casullas y un remedo de la tiara del obispo, esas fotos le dieron la vuelta al mundo. Mujeres burlándose de los crucifijos, hombres burlándose de los atuendos propios de nuestra consagración, por ejemplo, utilizando remedos de hábitos de religiosos o utilizando también remedos del cuello típico del sacerdote, el que solemos llamar clergyman o cuello romano, ese es un ejemplo.

¿Qué necesidad tiene un desfile de modas de burlarse de la tiara del obispo, qué necesidad tiene? Es la necesidad de profanar, es la necesidad de decir: Ni Dios me va a poner un límite a mí, ni Dios. Esa necesidad de profanar trata de pasar por artística, como en el caso este de la moda. Otras veces se viste de protesta social.

Hace unos años un artista empezó a sustraer hostias consagradas. Iba a misa, se hacía filmar, recibía la Eucaristía usualmente en la boca, la sacaba pronto de su boca y coleccionaba hostias consagradas para una obra artística que consistía en poner esas hostias formando una palabra en contra de la Iglesia, pederastia o algo así parecido, con hostias consagradas. Es necesario que sean consagradas, es necesario profanar. Los países de más larga tradición católica son los que están siendo más atacados en este momento por esa ola de profanaciones.

En Francia es difícil que pase un mes sin que se queme una iglesia, no estoy exagerando, mire las estadísticas. No pasa un mes sin que se queme una iglesia. Ciertos movimientos de reforma social se presentan como potentes, fuertes, autónomos. Entonces, las marchas de las llamadas mujeres autoconvocadas en Argentina, siempre tienen dentro de la agenda del día profanar alguna catedral. Es muy repugnante lo que les tengo que decir, ustedes lo habrán visto en noticias también, usando excrementos humanos, pintadas o incendiando o rompiendo vitrales valiosísimos.

En México, tierra de cristeros, se cansaron de esos abusos contra las iglesias y entonces han salido los laicos a hacer murallas humanas para defender los templos, también de eso hay fotos, porque se cansaron de que les dañaran las iglesias estos movimientos. Pero lo que yo quiero destacar es cómo cuando el ser humano se enferma de ego, tarde o temprano se vuelve blasfemo, satánico y considera indispensable profanar. Las razones, no voy a reconocer ningún límite. Ese nivel de ofensa a Dios no es frecuente en nuestro país, aunque debemos recordar que en el departamento de Risaralda, con gran fanfarria se publicó la primera capilla de Satanás.

Entonces, como dijimos en otra charla del retiro, que es parte de nuestro oficio sacerdotal no esperar a que los problemas lleguen a Sabanalarga o a Soledad, o a Barranquilla, o a Baranoa, o a Malambo. No hay que esperar a que el problema llegue ahí. Adelántese usted, sepa para dónde va esto, esto va en esa dirección. Porque el ego que se expande no reconoce límites y por eso, tarde o temprano necesita profanar, necesita destruir lo religioso, porque reconocer la religión, es reconocer un límite. Por supuesto, detrás de eso está el demonio.

Ese demonio que considera como bocado de especial sabor profanarnos a nosotros destruirnos a nosotros, derribarnos a nosotros. Por eso, suplica un salmo diciendo: Que no diga mi enemigo, lo he vencido. Ese salmo lo he tenido que rezar yo varias veces, sobre todo en momentos de cierto ataque, de cierta tentación, me ha servido. Yo le digo a Cristo que no diga mi enemigo lo he vencido. Porque el demonio quiere eso, sabe cuánto logra con el escándalo de la caída de un sacerdote, sabe cuánto logra con el daño de una vida mal vivida, sabe cuánto logra.

Nosotros somos plato apetecible para el enemigo. Por eso, hemos de refugiarnos en la humildad, en primer lugar. San Agustín, que conoció tanto las luchas de la castidad, San Agustín escribió un libro sobre la virginidad consagrada De Virginitate, se conoce. Lo interesante de Virginitate es que más de la mitad del libro es hablando solo de la humildad y la humildad y la humildad. Hermosamente, decía alguien: La castidad es la humildad del cuerpo y la humildad es la castidad del alma. Me fascina ese pensamiento.

Entonces, el ego que se expande primero busca variedad, después no reconoce límites. Y, por último, se autodestruye, solo puede acabar en la muerte. Esa es la declaración de sentencia que pronuncia Daniel: «Mene, tekel, parsin» son las palabras como aparecen en la Escritura: Contado, pesado, dividido. Hay una cuenta para tus días, tus días no son infinitos, es lo primero que le dice Daniel a Baltazar, se te ha encontrado insuficiente, como una joya falsa, como una corona falsa, no tienes el peso específico que deberías tener. Por consiguiente, hasta aquí llegaste.

El texto sigue, claro que ya era una lectura más bien larga. El texto sigue en Daniel, esa misma noche llegó la invasión de los medos, que fueron los que derribaron al imperio caldeo al que pertenecía Baltasar. Entonces, estas reflexiones yo creo que tienen que llegar a lo profundo de nuestro corazón. Lo del «mene, tekel, parsin», el contado, pesado y dividido, es bueno tomárselo en serio. Esta semana estamos reflexionando sobre el final. Entonces, mis días son contados. Hace años me enseñaron esto.

Mire, tres años son un poco más de mil días. Por consiguiente, treinta años son cerca de diez mil días. Por consiguiente, noventa años son cerca de treinta mil días. Vivir noventa años ya empieza a ser una vida particularmente larga, solo Dios sabe quiénes podremos llegar o podrán llegar a esa edad. Entonces, en un taller en el que participé nos invitaban a imaginarnos una hoja, una hojita. Si usted le pone una hoja, un poquito de matemáticas, usted le pone una hoja, le hace una cuadrícula de un centímetro por un centímetro, eso es cien por cien, le quedan diez mil cuadritos.

O sea que si usted pega tres pliegos de cartulina, ahí tiene toda su vida, esos son todos los días que usted va a vivir. En tres pliegos de cartulina con cuadraditos de esos, ahí está toda su vida. Una persona como yo ya vivió más de la mitad, bastante más de la mitad, lo que me queda es pequeñito. Eso hay que hacerlo contado, contado. Uno tiene realmente que preguntarse cuánta vida le queda y tiene que entrar realmente en un proceso de reforma y en un proceso de decir: Voy a vivir el Evangelio el tiempo que me quede, voy a vivirlo, voy a vivirlo, voy a vivir el Evangelio y voy a vivir la evangelización el tiempo que me quede, eso es lo que yo voy a hacer.

No se olvide la comparación de las tres cartulinas, tres cartulinas con cuadraditos de esos, ahí está toda la vida suya y cada día tache un cuadradito de esos. Y luego preguntarnos nuestro peso específico, luego preguntarnos si de verdad tenemos el peso específico que Cristo quería para nosotros, tenemos que preguntarnos ¿qué era lo que quería Cristo cuando nos estaba ordenando? Recordemos la frase de San Agustín: Cuando alguien bautiza es Cristo quien bautiza, es Cristo quien administra cada sacramento.

El día que un obispo puso sus manos y nos consagró presbíteros, ese día eran las manos de Cristo consagrándonos ¿qué quería Cristo de mí ese día? Ese es el peso específico al que yo estoy llamado, lo que Cristo pensó para mí ese día, ese es el sacerdote que yo debería ser, ese, ese, lo que Cristo quería para mí ahí, ¿a qué distancia estoy de eso? Esa pregunta hay que hacérsela hoy, porque esa es la pregunta del pesado para que no permita Dios, no vaya a permitir Dios que vaya a suceder este último dividido, el colapso de la vocación, el colapso existencial de la vida, que no vaya a suceder eso.

Hermanos, el retiro fluye rápidamente, ya pasó más de la mitad del retiro, ya estamos en la parte final del retiro. Ya es el momento de empezar a hacer seriamente nuestras resoluciones, nuestros propósitos ¿qué va a pasar con mi vida? Tenemos que preguntarnos seriamente ¿qué va a pasar con mi vida o hasta cuándo voy a estar jugando, qué es lo que voy a estar haciendo, qué va a pasar conmigo? A mí por lo menos la imagen de las carteleras esas, a mí me ha servido mucho, porque yo pienso ahí otro cuadrito, otro cuadrito, ahí vamos, ahí vamos.

¿Qué voy a hacer con el espacio que me queda? Porque la característica de esa cartelera es que yo no me puedo devolver. Yo no me puedo devolver, ya lo que se hizo, se hizo, pero me queda un tiempo, me queda un tiempo, me queda una oportunidad ¿cómo voy a vivir esa oportunidad? Y la única conclusión que uno puede sacar después de esta primera lectura, la única conclusión es: Yo tengo que reformar mi vida y la primera reforma es en el camino de la humildad, la sinceridad, la oración, como dice la Escritura: Tomad en serio vuestro proceder en esta vida, tomad en serio vuestro proceder.

La seriedad no es amargura, la seriedad no es perder la alegría, la seriedad es simplemente entender lo que está en juego. Es simplemente eso, entender lo que está en juego, tomar conciencia de todo lo que hemos recibido, en esas carteleras que yo me las estoy imaginando aquí, lo que hemos recibido, todo lo que yo he recibido, agradecerle al Señor. Como decía en un retiro espiritual un hermano de comunidad: Si yo estoy vivo es porque todavía, Señor, me das otra oportunidad. ¿Por qué estoy vivo? En tiempo de pandemia preguntémoslo.

A nosotros no solo se nos murió, a los dominicos no solo se nos murió el querido Dominguito, hombre, que ya iba a llegar a sus cien. Se nos murió también un sacerdote más joven que yo, eso le impacta a uno, eso lo cimbronea, lo cimbronea. Se nos murió un padrecito más joven que yo, eso es fuerte. ¿Por qué yo estoy aquí? Y a ese ya lo llamaron a calificar. ¿Por qué yo estoy aquí? Solo por una razón, porque Dios me está dando una oportunidad de que ese resto que me queda, hombre se viva en santidad, se viva bien, se viva con amor.

Cuando yo empecé a acercarme a Dios, porque yo tuve un tiempo malo, muy malo en mi vida. En el mundo de la ciencia, yo ahora hablo con amor de la ciencia, pero la ciencia fue para mí un problema, porque yo me iba volviendo cada vez más ateo, no llegué a ser ateo por pura piedad de Dios, pero yo iba para allá, que corría. En el mundo de la ciencia yo dejé la oración, todo eso en mi juventud. Y Dios se las arregló, eso es historia para otro día, Dios se las arregló a través de María Santísima para traerme, recuperarme la vocación, eso fue una cosa que solo Dios pudo hacerla.

En ese proceso me ayudó un sacerdote en mi juventud. Lo que a mí me impactó del sacerdote no era cómo hablaba, porque no era un gran predicador, seamos sinceros. Pero sabe ¿qué me impactó de él? El modo como ese hombre celebraba la misa. Cuando yo empecé a volver a Dios, este padre que ya verá por qué no puedo decir el nombre, este padre celebraba misa y yo iba las misas de él. Y realmente, o sea, él derrochaba fe, ese hombre irradiaba fe, irradiaba fe. Yo, que estaba tan frío por mi casi ateísmo, yo sentía que ese hombre, ese cura, como dice uno, irradiaba fe.

De tanto verme en sus misas, me invitó a un grupo de oración que él tenía, a través de ese grupo, que era un grupo del Sagrado Corazón y del apostolado de la oración, volví la confesión, volvía la comunión, mejor dicho, resucitó un muerto. Ese padre resucitó a un muerto que era yo. ¿Por qué le estoy contando esto? Porque ese padre tiene procesos gravísimos, gravísimos ante la fiscalía por cosas terribles que hizo, que incluyen menores de edad. Ahora me entiende porque no puedo decir el nombre. Y entonces usted se preguntará ¿cómo es que ese padre tenía todo ese fervor?

La respuesta sabe cuál es, él tuvo un proceso de conversión, él bajó, como puede pasarnos a muchos, él bajó. Por eso tienes esos procesos en la fiscalía y cosas muy complicadas. Pero, hasta cierto punto podemos decir, tocó fondo. Oiga y salió. O sea, iba así, llegó al fondo y salió. Salió, salió y agarró con un impulso, agarró con un impulso su sacerdocio. Yo he orado muchas veces por las víctimas de ese sacerdote, pero también reconozco que a mí me tocó la parte buena porque yo lo pillé cuando ya iba de subida. Llevaba un amor, un amor por la Eucaristía, un amor por Cristo.

Ese sí que cumplía lo que dice la frase: Él celebraba cada misa como si fuera la primera, la única y la última. Y ¿por qué estoy diciendo esto? Porque quiero recordarle a usted, querido padre, que la conversión sí es posible, también en los sacerdotes. Tal vez, no hemos caído en lo que otros han caído, eso no nos interesa aquí, no es eso el tema. El tema es que se puede salir, el tema es que se pueden aprovechar las últimas casillas, el tema es que Cristo te tiene sobre esta tierra para que hagas lo que no has hecho, tal vez en años pasados, para eso te tiene Cristo.

Hombre, en esta Eucaristía recibámosle la mano a Cristo, recibamos la gratitud, recibamos con gratitud su amor y digámosle: Señor, mi ego, ¿a donde me ha llevado mi ego, a qué me ha llevado mi ego? Al desastre me llevaba mi ego, me llevaba por el camino de Baltazar, hasta quedar dividido y anulado. Pero hoy, Señor, con el auxilio de tu gracia, yo quiero hacer propósito fundado en ti para vivir bien lo que me queda. Amén.

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