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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El tiempo que me queda y el bien que me falta
Homilía i343011a, predicada en 20191127, con 11 min. y 39 seg. 
Transcripción:
Ha sido norma constante entre los sabios, que cuando uno ve algo bueno debe pensar en imitarlo, en la medida en que eso es posible. Y cuando uno ve algo malo, debe pensar si lo tiene en primer lugar y en cómo evitarlo. Y de esa manera, en vez de estar pensando en la vida de otros, uno trabaja en su propia vida. Siguiendo ese criterio, acerquémonos a la lectura del profeta Daniel, capítulo quinto, como aparece en la primera lectura de hoy.
Es fácil ver cuán reprobable es el comportamiento de este Baltasar arrogante, vanidoso, lujurioso, sacrílego, fácilmente podemos apilar sobre su cabeza multitud de defectos y pecados. Pero no nos quedemos en el ejercicio estéril de acusarlo a él que ya bien acusado está. Y más bien, pensemos qué de esto que le ha sucedido a él, puede aplicarse a nosotros, si acaso podemos aprender alguna lección. Si hay algo que nosotros debemos aprender y, sobre todo, aprender a evitar.
Las tres palabras que aquella mano divina escribe sobre la pared se refieren a la limitación del tiempo, que es algo inevitable para toda vida humana. Luego, a la insuficiencia de lo que ha hecho Baltazar, la cortedad de su resultado ante Dios. Y, por último, una sentencia que tiene rostro político, digamos, y que describe lo que va a suceder con ese reino. Es el reino de los caldeos con capital en Babilonia, y efectivamente ellos van a ser saqueados y van a ser divididos por los persas. Por supuesto, nosotros no queremos que nos suceda semejante fracaso y condena, lo que es propio de la última palabra de las tres.
O sea que debemos centrarnos en las otras dos. Y las otras dos se refieren a cuánto tiempo me queda y a cuánto bien me falta. Las dos palabras son contado y pesado. Tus días han sido contados, hay un límite en el tiempo. ¿Cuánto tiempo te queda? A Baltazar realmente le quedaban horas. Porque si uno sigue leyendo el relato se da cuenta que el comienzo de la invasión persa sucede en pocas horas después de esta escena. ¿Cuánto tiempo te queda? Y lo otro es que ha sido encontrado falto de peso. Tu vida está llamada a dar un fruto y dar un fruto bueno, pero el fruto ha sido deficiente, ha sido pobre, te has quedado corto.
Entonces, parece que podemos aplicar este texto a nuestra vida, si nosotros caemos en cuenta de que esas dos primeras palabras son relevantes para reformar nuestra conducta y para volvernos con mayor impulso hacia Dios. Porque esas dos palabras me están recordando que hay un límite en mi tiempo y que hay una medida, que hay un fruto que de alguna manera se espera de mí. De otro modo, pues sería estéril y Dios no quiere que mi vida sea estéril. Recordemos lo que decíamos en alguna de las predicaciones de ayer, Jesucristo quiere que mi vida dé fruto, fruto que sea abundante y que permanezca, fruto abundante.
Baltazar se quedó notoriamente corto. Se ha pesado, lo que tú has hecho está corto, está insuficiente. Todo esto nos conduce entonces a una saludable reflexión. La reflexión sobre el tiempo que queda y sobre el bien que falta. Es una reflexión que siempre ha servido para mover a reforma y a conversión a muchas personas. En una época en la Iglesia era casi el tema continuo de los retiros espirituales siempre se hablaba de ello. Cuánto falta, viene la muerte, pues con todo lo que trae la muerte, juicio personal, juicio universal. Quizás, había una exageración en ese énfasis permanente.
Y con alguna frecuencia, ese énfasis llevaba también a una especie de pastoral del miedo. He contado en otras ocasiones lo que me decía una señora paraguaya, recordando su propio tiempo de infancia. Ella estaba en una especie de internado y las niñas de ese internado hacían retiros espirituales una o dos veces al año. Un padre muy serio, alto, enjuto, macilento, les predicaba y con su voz estentórea les hablaba de los rigores del infierno para que aprendieran a convertirse.
Y una de las imágenes que usaba este padre para que las niñas no se durmieran en la predicación, pero, sobre todo, para que su vida cambiara, era decirles que en el infierno solo había un reloj. Y que la única hora que daba ese reloj era nunca jamás, nunca jamás, nunca jamás. Claro, después de esa meditación, pues las envía todas a acostar. Ya te imaginas qué noche pasaban esas niñas, era como una especie de pastoral del miedo. No hace falta llegar hasta allá, pero sí hay que preguntarse sobre el tiempo que queda, sobre el modo de aprovechar sana y santamente el tiempo, que nuestra vida esté llena de los frutos del espíritu.
Un modo bonito de preguntarse esto es preguntarse por el rastro. Cuando hago examen de mi conciencia, a menudo utilizo esa imagen ¿qué voy dejando, qué voy dejando detrás, qué he dejado en muchas vidas? De Jesucristo se dice en Hechos de los Apóstoles, capítulo 10: Pasó haciendo el bien. Dejó un rastro perfumado de bondad, de humildad, de mansedumbre, salvación y alegría. Ese es Cristo. ¿Yo qué rastro voy dejando? Los tiranos, los déspotas, los codiciosos, los egoístas de este mundo van dejando un rastro de muerte porque lo de ellos es: aplastaré al que sea y me saldré con la mía. Me saldré con la mía, no importa quién caiga. Y dejan un rastro de muerte.
Quizás no estamos en ese extremo, claro que no. Pero hay que preguntarse ¿qué voy dejando, qué van dejando mis días? para ver cuál es ese fruto y que ese fruto sea grato a Dios. Puede decirse que nosotros cada día vamos dando puntadas en un tejido. ¿Cómo va ese tejido? Es grato a mi Señor. Estas reflexiones las entiende mejor que nadie una monja, una contemplativa, porque se ha entregado, esta mujer bendita se ha entregado del todo a Jesucristo. Todo es por amor a Él, todo es por agradarle.
Si todo es por agradarle a Él, entonces, he de preguntarme con frecuencia: ¿Te gusta, amado mío, Jesús de mi alma te gusta, te gusta lo que voy tejiendo? El criterio no puede ser otro. No debemos confundirnos con lo que el mundo llama exitoso, o valioso, o novedoso, o cualquier otro adjetivo que a veces pondera tanto este mundo, no confundirse con eso. Sino una y otra vez entrar en la recámara del propio conocimiento y con sencillez de alma y profunda sinceridad, como quien se pone tan cerca, tan cerca del regazo del amado, preguntarle: Jesús, Jesús amado, ¿te gusta, te gusta?
Quiero de verdad agradarte, quiero de verdad agradarte, quiero ser expresión de tu gloria y quiero así ser gratitud para ti. Mi gratitud no será de palabras, mi gratitud será el tejido de mis días. Creo que si obramos de esa manera, sacaremos algo muy bueno de esta escena tan triste del final de la vida del rey Baltasar. Recordar el tiempo que falta, pero, sobre todo, el mucho bien y el mucho amor que nos hace falta.

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