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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El brillo de la Buena Nueva en horas de persecución
Homilía i343010a, predicada en 20191127, con 49 min. y 23 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, las palabras que acabamos de escuchar en el Evangelio son duras y nos hablan de tiempos duros. Por otra parte, la palabra evangelio quiere decir, por supuesto, una buena noticia. Y en un pasaje como este de San Lucas, capítulo 21, uno termina preguntándose dónde quedó la buena noticia. Porque nos habla de rechazo, persecución, tortura, muerte incluso. Algunos de los aquí presentes hemos tenido algunas experiencias, tal vez pequeñas, tal vez más grandes, de persecución.
Y tal vez en los momentos en que uno se siente rechazado, Jesús nos dice, incluso por la propia familia, uno no termina de ver qué es lo bueno de ello. ¿Qué puede haber de bueno en que me echen, me arrojen, me acusen, me juzguen injustamente, me persigan, me maltraten o me maten? Vamos a dedicar esta reflexión, queridos hermanos, a ver lo bueno que está en ese tiempo, en el tiempo duro. La época en la que nosotros estamos, por lo menos en un lugar como España, no es exactamente de abierta persecución si comparamos con lo que ha sucedido y está sucediendo en otros lugares.
Es necesario hoy levantar la voz y recordar lo que están sufriendo los cristianos en Pakistán, lo que están sufriendo en el norte de Nigeria, lo que están sufriendo en Irak, lo que están sufriendo en Siria, lo que han sufrido en Kenia, en Corea del Norte, en China continental. Hace poco veía un documental sobre un grupo de fieles chinos, arrodillados, rezando, tratando de impedir que demolieran un templo. Fueron dispersados con la agresividad propia de las fuerzas armadas. Entraron esas máquinas gigantescas, esos bulldozer y ahí ves tú la iglesia caerse a pedazos.
Esa clase de cosas no suceden en este momento aquí. Pero hay quien dice que no estamos tampoco demasiado lejos de que vuelvan a suceder. Y por supuesto, digo vuelvan a suceder, porque es bueno recordar que este país ha sufrido mucho por la fe y que en los tiempos confusos pero muy agresivos de la guerra civil, hubo gente que tuvo que ver cosas parecidas. De hecho, hace unos pocos días ya vimos que fue quemado el Cristo, un Cristo en Zaragoza.
Y hemos visto las burlas en Chile, mientras se despedazaban las imágenes religiosas, casi compitiendo en la agresividad contra los edificios, casi compitiendo con la agresividad que tuvieron los del Estado Islámico, en lo que tiene que ver con los edificios. El Estado Islámico era mucho más brutal, por supuesto, con las personas. Entonces, la gente empieza haciendo pintadas o grafitis en las paredes, pero de tanto pintar las paredes un día deciden quemarlas o tirarlas abajo. Nuestros hermanos en México, aquí tenemos un seminarista mexicano.
Nuestros hermanos en México han decidido proteger sus iglesias porque se cansaron de que cada vez que había una protesta, una marcha, sobre todo las espantosas marchas feministas, resultaban las iglesias profanadas, saqueadas, envilecidas, ensuciadas, en Argentina llevan años haciéndolo. Los mexicanos que ya han tenido alguna experiencia de esos abusos dijeron, a nosotros no nos lo van a hacer. Y entonces, han empezado, ya lo han hecho varias veces, a hacer muros humanos en torno a las iglesias.
De manera que cuando llegan estas marchas, que ya en ese momento no son marchas sino hordas de gente descompuesta, pues ahí están estos cristianos parados codo con codo protegiendo sus iglesias, como diciendo, si le vas a hacer algo a la casa de Dios, primero me lo tienes que hacer a mí y ha funcionado. Las feministas organizaron su marcha con los consabidos gritos y denuncias y no hubo ni una sola profanación, ni una sola. Pero ¿por qué hubo gente que se paró ahí? Aguanto yo, pero a la casa de mi Señor no le hacen nada.
Debo anotar inmediatamente que esto no significa, de ninguna manera significa que nosotros aprobemos la violencia contra la mujer. Ha habido demasiada violencia, demasiada, demasiado desprecio, demasiada humillación hacia demasiadas mujeres. Y es bueno que se haga visible el dolor que han sufrido muchas mujeres. Pero eso no se soluciona destruyendo los bienes públicos, el transporte masivo o las iglesias. Bueno, esa es la primera parte de esta predicación, saber que hay persecuciones incluso violentas en muchas partes del mundo, que en este preciso instante no sucede en nosotros aquí, pero que puede volver a suceder.
Pasamos a la segunda parte, ya tratando de acercarnos al texto, volvemos a nuestra pregunta ¿qué puede haber de bueno en las persecuciones, en los maltratos? Podemos decir que la Iglesia, cuando es perseguida, se parece a lo que viven tantas personas cuando tienen dificultades, tentaciones, crisis o desiertos. Digamos que hay un paralelo entre lo que el cristiano vive en su pequeña historia y lo que la Iglesia vive en su historia macro, hay un paralelo. ¿Qué suele suceder cuando nosotros pasamos por tiempos duros, tiempos de tentación, de dificultad? ¿Qué suele suceder si salimos victoriosos con la gracia de Dios?
Pues lo que suele suceder es que nuestra fe resulta purificada, iluminada y fortalecida. Los tiempos de persecución han dado purificación, iluminación y nuevo vigor, fortaleza. Si uno se deja aplastar por un tiempo de desierto, por un tiempo de desánimo, por un tiempo de tentación, pues lamentablemente será un triunfo del enemigo, triunfo parcial, esperemos que nunca sea triunfo total. Pero si uno, a pesar de las circunstancias, se levanta, y será Dios quien lo haga posible. Si de esa crisis, si de ese golpe, si de esa decepción, si de ese tiempo duro de tentación te levantas. Si te levantas, te vas a levantar más fuerte.
Y por eso, estoy seguro, para volver a México, estoy seguro que cada uno de aquellos que se paró a rodear la Catedral y otros lugares emblemáticos de la Iglesia Católica en ese país, que cada uno de los que se paró a defender la Catedral exponiéndose a insultos o a que lo escupieran, o a que lo empujaran, o a que lo maltrataran. Y yo siempre pienso, en primer lugar, en mis jóvenes. Cada uno de esos muchachos, pero todos los demás, hombres y mujeres, cada uno de esos jóvenes ahí parado, mirando el triste espectáculo y los gritos y lo que pasara.
Cada uno de los que aguantó ese impacto, vamos a llamarlo ese aguacero, cada uno de los que aguantó volvió a su casa más fuerte, más fuerte. La fe se hizo más pura, la fe se hizo más clara, la fe se hizo más fuerte. Y lo mismo le puedes aplicar a tu propia vida, lo mismo vale para tu vida. También tu fe se va a volver más pura, se va a volver más luminosa, más clara, más diáfana y se va a volver más fuerte. Por eso, la Palabra del Señor es indispensable: «Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas». Todo el secreto está en la perseverancia.
Hay que aguantar el aguacero que a veces es aguacero de insultos, que a veces es aguacero de blasfemias, que a veces es aguacero de soledad. Porque la soledad también llueve y enfría el alma hasta calarla, es necesario soportarlo. Entonces, no nos quedemos mirando en los que nos persiguen por fuera, miremos ante todo al Señor que nos sostiene y levanta por dentro. Si te quedas mirando solo lo de fuera, te va a pasar lo de Pedro cuando se fue hundiendo, te acuerdas. Cristo caminaba sobre el agua y entonces Pedro le dice: Si eres tú, manda que yo camine. Y Cristo le ordena: Ven. Y Pedro empieza a caminar.
Pero todos nos acordamos también cuando empezó a hundirse, porque el Evangelio lo dice. ¿Cuándo empezó a hundirse? Cuando se quedó mirando el viento, la fuerza, la noche, las olas. Si nosotros nos quedamos mirando en que mira cómo están las cosas, pero es que mira cómo se ha puesto esto, pero es que mira. Si nosotros nos quedamos en posición de simple pánico y de simple escándalo, te voy a decir una palabra muy fuerte, tus aspavientos, tu escándalo y tu pánico son alabanzas al diablo, no le des alabanzas al diablo.
Porque cada vez que tú dices: Pero mira lo que han hecho, pero mira lo que han hecho. Y ahora mira lo que van a hacer. En el fondo lo que estás diciendo es qué poderoso es el mal, pero qué grande es el mal, mira cuántas cosas logra el mal. De mi boca no saldrán esas alabanzas. Nosotros miramos las profanaciones, esas sí que han sucedido aquí, en esta España querida. Nosotros miramos las profanaciones, nosotros miramos las blasfemias, los insultos, nosotros miramos eso. Y nuestros ojos, sin embargo, no se apartan de Aquel en quien está la victoria, nuestra mirada está en Él.
Y esta enseñanza es tan cierta que vale no solo para las persecuciones o para las tentaciones. Vale para muchas otras cosas, casi diría yo, para cualquier crisis en tu vida. Estás enfermo, has tenido una enfermedad, la estás padeciendo, temes tenerla, si tú te quedas mirando solo tu enfermedad y tu enfermedad y me voy a enfermar y qué terrible enfermarse, estás como Pedro, mirando la fuerza del viento, el tamaño de las olas y ya sabes lo que te va a suceder, te vas a hundir. Hay que mirar al Señor que vence al viento y al mar, hay que mirar al Señor que vence a la noche y al abismo.
Y entonces, somos fortalecidos. Y cuando crece en nosotros esa fortaleza, se cumple lo que dice San Pablo en segunda Corintios: Bendito sea Dios que nos consuela en todas nuestras tribulaciones, para que nosotros podamos consolar a los que están padeciendo. Entonces, habiendo padecido nosotros, y habiendo vencido, también nosotros, nos volvemos manos extendidas, capaces de decirle al hermano que estás débil, agárrate aquí, agárrate aquí, que entre todos salimos. Y eso se llama ser comunidad y ahí termina la segunda parte de esta predicación.
La primera parte es, las persecuciones existen. La segunda parte es, las persecuciones traen un bien a tu vida, tu fe va a ser purificada, los tres verbos, purificada, iluminada y fortalecida. Pasemos a la tercera parte de nuestra enseñanza hoy. Un caso interesante se da cuando Cristo dice: «No tenéis que preparar vuestra defensa. Yo os daré palabras y sabiduría a las que no podrá hacer frente ni contradecir ningún adversario vuestro». Esta frase del Señor amerita un punto de explicación. ¿Qué significa ese hermoso pensamiento?
Cristo, por una parte, nos está diciendo algo que debemos evitar, pero, por otra parte, nos está profetizando algo bueno que va a suceder. Lo que debemos evitar es preparar, dice Él, nuestra defensa. ¿A qué se refiere? Es una frase que por exceso de concisión no resulta tan fácil de entender. ¿Quiere decir que entonces no vale la pena formarse, quiere decirse que el sacerdote no debe tomar tanto tiempo preparando sus predicaciones o sus homilías? No parece que vaya por ese lado, porque el mismo Cristo en otras partes de la Escritura nos dice que uno tiene que sentarse a hacer las cuentas, eso también es de Cristo.
El que vaya a hacer una torre haga primero las cuentas a ver si va a tener con qué acabar. El que vaya a salir al encuentro de un ejército de veinte mil, mire a ver si con diez mil va a poder. O sea que Jesús nos invita a ser previsivos en otros textos. Y como no puede haber contradicción en las palabras del Señor, es evidente que no debemos interpretar este mensaje del Evangelio de hoy, Lucas 21, en clave de invitación a la improvisación. Aquello de «no preparéis vuestra defensa» no se debe entender como una invitación a la improvisación.
Según nos enseña Santo Tomás de Aquino, nunca la interpretación de un texto bíblico debe ser tal que niegue la verdad que hay en otro texto bíblico, porque eso sería decir que Dios se contradice. Entonces, Cristo no nos está invitando a que no nos formemos, Cristo no nos está invitando a que seamos simplemente unos espontáneos o a que estemos en perpetua improvisación, no es la idea. ¿Cuál podrá ser la idea entonces? ¿Qué quiere decir esto de no preparar la defensa? Lo podemos describir de esta manera.
Cuando hay que enfrentarse a las grandes autoridades, cuando ya no es simplemente la persecución, llamémosla horizontal, la que te encuentras en la sociedad, sino que ya viene de la autoridad hacia ti, es muy fácil que asustado, disminuido, achicado por el desafío que implica ser interrogado, ser juzgado, tú empieces a preparar tu defensa. Pero resulta que nuestros adversarios son mucho más fuertes que nosotros, mucho más fuertes. Esto, este pasaje hay que relacionarlo con aquello de Goliat y David.
Si tú recuerdas al principio Saúl, que era el rey de aquel tiempo, Saúl le dice a David: Ponte una armadura. O sea, Saúl tenía en su cabeza que aquel gigantón de Goliat iba a destrozar a David. Según la descripción que hace la Biblia, Goliat medía cerca de tres metros de altura, guerrero de toda la vida. Es decir, Goliat va a despedazar a este muchachito. Pero Saúl le dice a David, como un poco por darle alguna protección, ponte por lo menos esta armadura. Resulta que David no había sido hombre de guerra nunca.
Y que apenas David se pone la armadura de soldado, sin estar acostumbrado a ese tipo de indumentaria, lejos de sentirse más capacitado para la batalla, ¿cómo se sintió? Pues más impedido. No puedo moverme con esto, no era su entrenamiento. Entonces, podemos decir que cuando ante un desafío gigantesco, mayúsculo. Cuando ante un desafío brutal, desproporcionado, como es esto de ser juzgados por las autoridades religiosas o civiles, frente a un desafío así, tratar uno de preparar a ver qué digo, a ver cómo planteo las cosas, llenarse uno la cabeza de sus propios argumentos, equivale a lo que David tenía con esa armadura, lejos de ayudarle la armadura, le estorbaba.
Finalmente, todos sabemos lo que sucedió. Entonces, ¿David cómo salió? Sin armadura. Y sin armadura ¿qué tenía él? Tenía agilidad. Goliat era como un tanque de guerra, David era como un corredor, como un atleta. Entonces, la falta de armadura que cualquiera hubiera interpretado como un punto más para la derrota de David fue, en realidad, una ventaja. Es interesante el diálogo que se establece entre David y Goliat. Lo primero que hace Goliat es despreciar a David. Después de despreciarlo, de burlarse de él, de insultarlo, pasa a blasfemar.
David, por su parte, ¿qué le responde a Goliat? David le responde: Tú sales contra mí con tu espada, con tu escudo, con tu armadura. Yo voy contra ti en el nombre del Señor de los ejércitos. Pero es muy importante lo que añade David. David añade esto: El Señor que me rescató de las garras del oso y del león, me rescatará también de ti. Es decir, que David en realidad hace dos cosas. Por una parte, se quita la armadura y por otra parte se viste de absoluta confianza en el Señor. Entonces, ¿cómo debemos interpretar este texto?
Debemos interpretarlo, ya lo dije, no como una invitación a ser improvisados o irresponsables con nuestra formación, sino debemos interpretarlo en el sentido de que nuestra verdadera armadura no está en nuestros pensamientos, no está en nuestros recursos, en nuestras virtudes o en nuestras estrategias. La única armadura que te puede dar la victoria es tu absoluta confianza en el Señor. Y así como Dios, en el caso de David y Goliat, se inventó un nuevo modo de guerra, que nunca se le hubiera ocurrido a Goliat, aquello de la honda, ¿no?
Así como Dios en ese momento se inventó ese modo de guerra que no existía, Dios tiene suficiente capacidad creadora y creativa para darte a ti lo que tu vas a necesitar en los momentos más difíciles. O sea que nosotros sí tenemos que formarnos y prepararnos, pero debemos entender que más allá de cualquier formación o preparación que tengamos, es el recuerdo de las maravillas del Señor y es la absoluta confianza en Él lo que nos dará la victoria. Y aquí conviene dar un par de ejemplos breves, uno me pasó a mí.
Fue a nuestro convento de Dominicos, allá en Bogotá, un muchacho que, según todas las indicaciones, tenía una situación de posesión diabólica. No he tenido demasiados casos de esos, aunque sí he tenido algunas experiencias fuertes con gente que ha estado metida en satanismo. Entonces, este muchacho que tenía pues su situación, se queda en un momento frente a mí, quedamos los dos en una sala. Se me queda mirando y me estudia, hay odio, hay desprecio, hay rabia en esos ojos. No me dejo asustar. Entonces, abre su boca y me dice: Yo soy más fuerte que tú. Yo soy más fuerte que tú.
Y entonces, pues yo estaba en oración, por supuesto. Entonces, yo me acordaba de este pasaje, claro, porque esa es una de las situaciones en la que tú te sientes desigual. Sabemos que el demonio es un ángel caído. En cuanto ángel, tiene una rapidez de inteligencia y una capacidad de ataque que no te la imaginas, está más allá de tu velocidad de pensamiento. Entonces, yo, como sabía esto, yo me había preparado con oración y yo estaba orando, pero yo no tenía ningún discurso. Y me suelta el hombre esa frase: Yo soy más fuerte que tú.
Pero te digo, es lo que cuenta este Evangelio, como si alguien me hubiera dictado aquí en el oído lo que yo tenía que responder, es increíble, es increíble. Y entonces yo, sin apartar mis ojos de él, le digo: Sí, claro, tú eres más fuerte que yo. Se queda desconcertado, no esperaba que yo le dijera eso. Y entonces añado: Pero tú no eres más fuerte que Cristo, y lo que está en ti no es más fuerte que Cristo. Se derrumba, increíble, increíble. Una cosa lindísima. ¿Qué tal que yo me ponga a competir en inteligencia o en rapidez mental con un demonio? No tiene sentido.
Entonces, lo que nosotros tenemos que entender es que nuestro verdadero escudo, nuestra verdadera armadura, no es la armadura de Saúl. La armadura que nos defiende no es la armadura de Saúl, de hecho, la armadura de Saúl puede ser tan pesada que lejos de ayudarnos, nos impide y nos frena. La armadura que necesitamos es la de Efesios capítulo 6, que te dejo tarea leerlo, esa armadura de la fe y esa espada de la palabra y eso funciona y eso funciona. Dejemos solo con ese ejemplo. Entonces mira, ¿qué es lo que hemos visto?
El primer punto de nuestra predicación fue sí hay persecución, no lo dudes. Sube, baja, cambia, muta, se va para un país, se va para otro, sí hay persecución. Y cuando tengo cerca a un hermano sacerdote, cuando tengo cerca a un amigo seminarista, sobre todo pienso en el amigo seminarista. Yo digo ¿se estará preparando para tiempos de persecución? Es una pregunta que me queda, porque defender hoy la fe no está fácil y hay señales de que puede llegar a ser bastante difícil. Entonces, primer punto, que hay persecución.
Segundo punto, que la persecución trae cosas buenas, sobre todo en el orden de la misma fe, porque la purifica, porque la ilumina y porque la fortalece. Tercer punto, ante los desafíos mayores, Cristo no nos invita a la improvisación, pero sí nos invita algo, a que nuestra confianza esté solamente en él. Y os he compartido ese pequeño testimonio de lo que a mí me pasó, porque me sucedió a mí mismo. Y es que es maravilloso, o sea, yo entiendo la alegría de los apóstoles cuando vuelven de una misión y le dicen a Cristo: Hasta los demonios se nos someten, es que es verdad, es que es así.
Último punto de nuestra predicación: «Y hasta vuestros padres, parientes, hermanos y amigos os entregarán». A ver, que el mundo me persiga, ya se sabe. Pero ¿también mi familia, también la gente más cercana, también mis amigos? Pues Cristo dice que sí, que también ellos van a ser parte de la persecución. Y entonces, nosotros volvemos a preguntar lo del comienzo ¿y dónde está la buena noticia ahí, entonces? Si todo eso sucede, entonces ¿dónde está la buena noticia? Y tenemos la respuesta. Sabes ¿dónde está la buena noticia ahí? Mira, el amor de familia es algo tan bello, es algo tan grato, pero no es un amor perfecto.
Y ahora disculpadme, que el otro ejemplo que voy a dar también es mío, también es de mi familia. Mi madre, que Dios tenga en su gloria, murió hace unos diez años. Mi madre era mujer piadosa, santo rosario, novena misa diaria, los últimos, qué sé yo, 20 años de su vida misa diaria. O sea, mujer creyente, no solo en la práctica religiosa y piadosa, en su diario vivir. A esa mujer, mamá, le sucede un día que descubre que uno de sus hijos, que por aquí está con vosotros, uno de sus hijos, está con la idea de ser sacerdote.
Por aquella época, como algunos conocéis, yo estaba estudiando Física Pura en la Universidad Nacional de Colombia, tenía beca completa en la universidad, los resultados académicos magníficos, el futuro realmente brillante a ojos del mundo, por lo menos. Y ese hijito de ella, porque para las mamás, los hijos siempre son hijitos. Y ese hijito de ella que tiene todo ese futuro, le viene con una historia. Y la historia es: Que me voy de sacerdote. Y entra mi mamá en una crisis brutal que fue crisis de todo, crisis del corazón, del afecto, de la fe, de la oración.
Ella misma dice que tardó mucho tiempo en sanarse de eso, pero se sanó, Dios la sanó. Y luego se convirtió, mientras estuvo en esta tierra, en mi aliada número uno, increíble el apoyo de mi madre con su intercesión, con su oración en cada misión donde yo estaba. Tengo esperanza de que ella pueda estar en el cielo, quizás puede estar en el cielo. Y muchas veces, me parece sentir la fuerza de su oración, yo creo que ella sigue intercediendo por mí. Pero antes de llegar a ser esa aliada número uno, mi mamita la pasó muy mal, o como decís por aquí, fatal.
Y si le hubieras preguntado y ella hubiera sido española, hubiera dicho: La estoy pasando fatal. Tan fatal que cuando llegó el día 27 de diciembre de 1984, que era el día en el que este servidor vuestro tenía que agarrar sus maletitas y salir por la puerta de la casa porque ya empezaba, porque eso no se podía aplazar, porque ya tenía que entrar al postulantado de los dominicos, que no se llamaba postulantado, sino prenoviciado. Ese día mi mamá no se despidió de mí, ese día no me quiso ver, ese día no me dio ni un abrazo ni un beso, ese día no me dio la bendición. Otros días me había dado la bendición, pero ese día no.
Bueno, todos entendíamos el dolor terrible que ella tenía, que era un desprendimiento muy complicado para su corazón de madre. No digo que todas las mamás sean así, pero yo hago chiste y digo que, tal vez, las oraciones que mi mamá hacía eran: Señor, dales muchas abundantes vacaciones a mis amigas, creo que esa era la oración que ella hacía. Cuando le tocó a ella. Y es que, entre otras cosas, mi mejor amigo en el colegio era muy piadoso y todo el mundo creía que él era el que se iba a ir de sacerdote y no yo. Pero Dios sabe qué hace y cómo hace y por qué lo hace.
A donde yo voy, mis hermanos, es que siendo una mujer buena, honrada, amorosa, piadosa, como lo son, bendito sea Dios, tantísimas mamás en todas partes, siendo una mujer así, cuando le llegó el momento de que estas son las maletas de mi hijo y mi hijo se va, ya no le dio, ya no le dio el corazón. Por no contar otras anécdotas que las he contado, ella me llevó casi obligado, me llevó a un servicio psicológico a que me evaluaran, nunca sabré si lo gané o lo perdí. El doctor le dijo, el doctor le dijo a ella: No veo ningún daño psicológico en este hombre.
Y me acuerdo la cara de mi madre cuando el doctor le dice eso, porque se lo dijo delante de mí, y a ella se le cae la cara porque era una esperanza que ella tenía, que hubiera un argumento para decir, no te puede decir. ¿A qué voy con toda esta historia? A que, así como la fe tiene que ser purificada, el amor tiene que ser purificado. Y el amor es el amor del papá, de la mamá, del hermano, del amigo, de la amiga. Este Evangelio vale hoy especialmente para los grupos de amigos, porque mucha gente está más apegada a los amigos que a la familia.
Esto vale hoy, especialmente para los amigos y, sobre todo, hoy se ha metido la idea de definir amistad como complicidad. El amigo es el cómplice, el amigo es el que me apoya en lo que yo vaya a hacer, así sea abortar. Cuando me siento a confesar y alguna mujer se confiesa de aborto con mucha frecuencia, dice: Y una amiga me acompañó, una amiga me lo aconsejó, una amiga. Entonces, ¿qué quiere decir? Que esa que fue amiga de la otra para llevarla a abortar, tomó este modo de pensamiento: Si ella quiere abortar, mi manera de ser amiga es apoyarla a abortar.
Esa es la imagen deformada de amistad que tenemos en nuestro tiempo, se llama amistad como complicidad. Y ¿a dónde voy yo? Mis hermanos, voy solamente a decir esto, voy solamente a decir que también el amor tiene que purificarse y que también los tiempos de dificultad tienen que purificarse. Mi mamá no me entregó a ningún juzgado, pero sí me llevó al psicólogo, ¿no? Mi mamá no me persiguió, pero tampoco me dio el abrazo o la bendición el día que me fui. Luego ella cambió totalmente, eso también debo decirlo en justicia de su memoria.
Y cambió de una manera tan preciosa que, casi diría, es que era otra persona. Qué modo de amar la evangelización que yo ya empezaba a hacer en ese tiempo, ella tuvo un cambio total. Pero lo que quiero decir es, que en ese momento el amor de mamá estaba peleando con el amor de Dios. Así como hay momentos en que el amor del esposo se pone como un obstáculo para decir más o menos guardando las proporciones: ¿Vas a seguir con tu Cristo o vas a estar conmigo? Hay esposos que hacen eso y hay amigos que hacen eso y eso también me pasó a mí.
Os he dicho que yo estudiaba física en la Universidad Nacional, que además tiene fama de bastante atea. Cuando yo ya estaba con este, mi hábito dominicano, estaba en el noviciado, llevaba tres o cuatro meses, un grupo de mis amigos de la universidad, estudiantes de Física, fueron a visitarme al noviciado en número de 12 o 15. Y estuvieron allá y la última frase que muchos me dijeron y jamás me volvieron a dirigir la palabra, la última frase fue: Pues si a usted le gusta eso y está feliz, todo está bien. Pero esa fue la fórmula de despedida, esa fue la fórmula de decirme: Y ya no cuentes más conmigo.
O sea que yo leo este Evangelio y creo que algo entiendo, algo entiendo, no en el sentido de que ellos me hayan enviado a la mazmorra o al juzgado, pero algo entiendo en el sentido de que el amor de los que tú llamas tus amigos, así como el amor de tu propia familia, en un cierto momento, puede ponerse como obstáculo frente a la gloria de Cristo. Y por eso, en un cierto momento, si lo que está en juego es la gloria de Cristo y la verdad del Evangelio, en un cierto momento, hay que decir: Pues me voy sin abrazo, me voy sin beso, me voy sin bendición, pero me voy. Y luego la gente agradece, luego muchos años después, luego la gente agradece.
Entonces, ¿qué nos enseña este último texto? Y con esto terminamos. ¿Qué nos enseña este texto? Que los tiempos de dificultad también dentro de la familia son tiempos de gran crecimiento espiritual. Cuántos hijos no chantajean a las mamás y a los papás, cuando los papás y las mamás empiezan a tomar en serio la fe, cuántos hijos. No hace mucho estuve en un congreso carismático, bellísimo congreso en una ciudad del sur de Colombia. Me hospedó una familia, él, el esposo y ella, la señora de la casa, no solo bellísimas personas, sino realmente enamorados de Dios y de trabajar por la gloria de Dios.
Pero uno de esos hijos vino a un país de Europa, al este de Portugal y al sur de Francia y perdió la fe y perdió la fe. Y cuando este hombre vuelve, pues gran alegría, él estaba haciendo unos estudios en este país. Cuando él vuelve allá con gran alegría ¿no? La familia: Vuelve el hijo, el hijo que viene de Europa, Europa, viene el hijo. Bueno, después de dos o tres frases de rigor, el hombre planta su posición: Mamá. Porque claro, la mamá súper piadosa, la mamá qué le decía cada tres frases: Ay, pero bendito sea Dios que llegaste por bien. Gracias a Dios que terminaste tu estudio. Que Dios te bendiga en esta nueva etapa. Eso era Dios, Dios y Dios.
A la tercera frase le dice el hijo: Mamá, ya no más Dios, ya no más Dios. Así, como lo estoy diciendo. No, mamá. Ya no más. Dios ya no. Mira, tú y yo nos queremos y nos entendemos, pero ya no me menciones más a Dios. Y entonces, empieza el chantaje emocional. Si tú quieres que yo frecuente tu casa, menos rezo, menos Dios, menos carismas, menos, menos bulla. Si tú quieres que yo esté en tu casa, si quieres que no vuelva, sigue con tu fanatismo. ¿Qué significa eso? Qué significa decirle a una mamá: Si quieres que yo sea tu hijo, entonces bájale el volumen a Dios. Si quieres que yo no vuelva, sigue con tu fanatismo.
¿Qué significa eso? Es una extorsión emocional. Pero esta mujer, Dios la bendiga, y tantas otras he conocido así. Esta mujer la tiene muy clara y ella dice: Él tendrá que volver. Pero ahí sí, como dijo el profeta Jeremías, le dijo Dios a Jeremías, será mi hijo el que tendrá que volver a la fe. Yo no me voy a ir a donde él se fue, pero eso duele, eso duele y crucifica tu carne, eso duele, eso duele y talla, pero hay que hacerlo. Y eso es lo que nos está enseñando Cristo aquí, que hay que hacerlo, que uno no puede ni siquiera con el amigo más entrañable, más entrañable.
En América Latina tenemos expresiones, ¿no? Me encanta en Perú, están mis amigos peruanos por aquí, ¿no? ¿Dónde están mis amigos peruanos? Te acuerdas cuando dicen el pata, el pata es ¿quién es el pata? El pata es la persona que es así, el súper amigo, no así, súper entrañable. Los venezolanos dicen el pana, el pana se supone que es el amigo así de toda la vida. Somos súper conectados, ¿no? En muchos lugares se utiliza la palabra compa o compadre para indicar una persona muy cercana y a veces ni compadres son en términos de sacramentos.
Pues dale el nombre que quieras según tu país, pero así sea tu amigazo, tu amigazo de toda la vida, así sea tu hijo entrañable, así sea tu mamita, tienes que estar preparado para lo que sea. Dios, va Dios primero. Tú eres mi madre y te amo y moriré amándote, pero va Dios primero. Tú eres mi hijo y mira, como si nunca hubiera salido de mis entrañas, te amo más que a mi sangre, pero va Dios primero, va Dios primero, va Dios primero. Eso es lo que nos está diciendo el Señor aquí. Hemos terminado, hemos terminado, mis hermanos.
La pregunta que nos hicimos es ¿Cuál es la buena noticia acá? Y la respuesta que hemos encontrado consta de una introducción y tres puntos. La introducción es que persecución siempre ha habido y siempre va a haber. Y los tres puntos son que la persecución te mejora la fe, que la persecución te permite apreciar la acción del Espíritu Santo en vivo y en directo y que para eso no confíes en la armadura de Saúl, confía en la armadura de Efesios 6 y ahí te la dejo.
Y lo tercero, que la persecución, incluso si es en tu propia casa, de tus propios amigos, que se burlen de ti, que te hagan a un lado, la persecución levanta el amor y levanta el amor de qué manera, de qué manera. Sigamos esta celebración Vamos a hacer en este momento, un tiempo que tendrá que ser un poco breve, tampoco queremos abusar. Vamos a hacer un rato de oración, un momento de oración, porque yo estoy seguro que cada uno de vosotros que sienta con fuerza, pero con fuerza, con fuego, la acción del Espíritu, va a entender lo que acabamos de predicar mejor que todas las palabras que yo diga.
Lo vas a entender y lo vas a vivir, porque cuando tú sientes ese fuego, tú sientes con esto como Francisco Javier, como Daniel Comboni hasta el fin del mundo, con esto, hasta el fin del mundo. Ese es el fuego que necesitamos, pero hay que vivirlo, hay que experimentarlo. Eso no puede ser que simplemente se lo cuenten a uno. Bendito sea el Señor. Amén.

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