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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El sacrificio de aquellos siete hijos, de los que nos habla 2 Macabeos 7, muestra que cuando hay fe en la resurrección hay capacidad de darlo todo en la vida.
Homilía i333010a, predicada en 20211117, con 22 min. y 16 seg. 
Transcripción:
Esta semana, mis hermanos, hemos venido apoyándonos en la primera lectura de los libros de los Macabeos para hacer algunas reflexiones en torno a esa palabra, esa denuncia que hace el Papa Francisco sobre la mundanización. Y algo que hemos dicho es que la mundanización entra suave y después pisa duro. Al principio parece que es algo sensato, que sirve para que uno se evite problemas. Pero pronto, cuando ya se siente en posesión de la casa, impone sus reglas.
Observemos que ese es el procedimiento que se ha seguido, que siempre se ha seguido, en lo que San Juan Pablo II llamaba la cultura de la muerte. Tome el solo ejemplo del aborto, siempre se utiliza la misma receta. Y lo sorprendente para mí y para muchos, es que la gente, viendo que se está siguiendo el mismo guión, no despierta. ¿A qué me refiero? El guión siempre es el mismo, se presentan casos extremos, se apela a emociones fuertes, se utilizan historias específicas para manipulación emocional de las masas.
Y a partir de ahí, el gran propósito, que ya se logró en Colombia con respecto al aborto, es abrir una rendija. Abierta la rendija se mete ahí una cuña, lo mismo que hacen los leñadores, y luego se empuja la cuña para ampliar las circunstancias. Esa fue la película que se presentó aquí en Colombia, fue la misma película que se presentó en Argentina, la misma película que se presentó en México. Siempre utilizan el mismo guión, siempre se entra suave y la suavidad, en este caso, consiste en presentar el aborto como una especie de protección de los derechos de la mujer.
Entonces, se habla del caso de malformación, se habla del caso de peligro para la salud de la mujer, se habla del caso de violación. Pero después que ya se ha abierto esa rendija, ya estamos en la siguiente fase. Ahora tenemos el caso del asalto de la Corte Constitucional a los derechos de los colombianos. Sabemos que la Corte Constitucional tiene por ley, el propósito de interpretar la Constitución, no de cambiarla. Pero esta Corte Constitucional está obrando como Corte Constituyente, creando legislación, lo que no le corresponde.
Pero ese no es nuestro tema de hoy, es solo para contar cómo la mundanización funciona así, entra suave, parece algo sensato y después se impone. En la primera lectura de hoy, capítulo séptimo de segundo Macabeos, se presenta ese estado posterior, es decir, cuando ya el poder enemigo, el poder blasfemo se siente seguro. Entonces, ya abre la persecución descarada y es ahí donde se producen las muertes de estos 7 hijos y luego la muerte de la mujer, porque ella también, la mamá, también fue martirizada.
Y ¿qué nos enseña este texto? Pues nos enseña la fuerza de la fe en la resurrección, es un dato central de nuestra fe. El apóstol San Pablo nos dice en primera Corintios 15: «Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe». En el centro de nuestra fe está la resurrección del Señor, pero a veces es difícil percibir uno por qué es así. Es decir, la vida de Cristo, la vida del Jesús histórico, como se dice a veces en teología, la vida de Cristo es absolutamente ejemplar. Es una vida santa, inocente, generosa, solidaria, es una vida de entrega, una vida de amor.
¿No bastaría ese ejemplo del Jesús histórico para nuestra fe cristiana? Respuesta, no. Y hay otro dato que hay que recordar, en Hechos de los Apóstoles, capítulo 3, se cuenta el milagro de aquel paralítico de nacimiento, el que estaba sentado junto a la puerta llamada Hermosa. Cuando sucede el milagro, y este hombre, lleno de júbilo, entra corriendo, brincando en el templo. La gente se aglomera llena de admiración. Y el apóstol Pedro ¿qué predica? Predica la culpa colectiva del pueblo que ha llevado a Cristo a la muerte y la grandeza de la resurrección.
Y afirma el apóstol Pedro: «Por el nombre de Cristo, por el nombre del Resucitado, este se presenta hoy ante vosotros como lo veis». Llama la atención eso, Pedro aprovecha ese milagro para predicar la resurrección. El hecho no pasa inadvertido a las autoridades. Sabemos que las autoridades del templo eran el grupo de los saduceos y la Biblia nos cuenta en dos o tres lugares que los saduceos no creían en la resurrección. Como tantos otros textos, igual que les decía por la tarde, yo tomo esos textos donde se habla de sacerdotes, escribas y trato de aplicármelos.
Porque llama la atención que los más incrédulos del pueblo eran los sacerdotes, según lo que presenta la Sagrada Escritura. Tanto que en el libro de los Hechos de los Apóstoles, con una gotica de humor, en uno de esos sumarios que hace San Lucas documentando el crecimiento de la Iglesia, dice: Y hasta muchos sacerdotes abrazaron la fe, como diciendo hasta los sacerdotes se estaban convirtiendo. Los saduceos no creían en la resurrección y a ellos no les preocupa que haya sucedido el milagro, les preocupa que Pedro predique la resurrección.
Y como Pedro predica la resurrección junto con el apóstol Juan, a ambos los encierran, los castigan, los azotan y les advierten severamente: No enseñen en el nombre de Cristo, no prediquen la resurrección. O sea que debe haber algo muy grande en la resurrección. Si Pablo dice que de ahí depende toda nuestra fe, si Pedro recién sucedido el milagro dice: Fue por el Resucitado, y si después los sumos sacerdotes le dicen a Pedro: No predique la resurrección, algo muy serio tiene que ser la resurrección.
Eso muy serio de la resurrección, es lo que aparece en el segundo libro de los Macabeos, que es un texto fundamental precisamente para soporte, podríamos decir, para alimento de nuestra fe. Dice aquí, este es el testimonio de fe que da la mujer hablando específicamente de la resurrección: «El Creador del universo, quien modela la raza humana y determina el origen de todo, fue el que les dio a ustedes el aliento de vida y organizó los elementos de su organismo. Él, Dios, por su misericordia, les devolverá el aliento y la vida». Esa es la proclamación de la fe en la resurrección, «les devolverá el aliento y la vida si ahora se sacrifican por su fe».
Y luego, hay otra proclamación de la fe en la resurrección que hace esta señora cuando ella habla al último de los hijos. Ya le han matado 6, y ella le dice esto al último de los hijos: «No temas a ese verdugo, mantente a la altura de tus hermanos y acepta la muerte. Así, por la misericordia de Dios te recobraré junto con ellos». O sea que ella siente que la muerte no tiene la última palabra y proclama su fe en la resurrección. Precisamente, estos textos de Macabeos nos ayudan a ver en qué consiste la fuerza que da la fe en la resurrección.
La última herramienta de manipulación, la última herramienta de dominio del mundo, la última herramienta de dominio que tiene el mundo es la amenaza de la tortura, porque a todos nos duele sufrir, y la amenaza de la muerte, la amenaza de la tortura y la amenaza de la muerte. Pero cuando una persona cree en la resurrección, por supuesto, el dolor sigue siendo dolor y la muerte sigue siendo amarga. Pero el que cree en la resurrección tiene una fuerza, tiene una luz para superar esa amenaza que es la última, que es la más fuerte.
No queda otra arma en el arsenal de los opresores, no queda otra arma si no es la tortura y la muerte. Y el que tiene los ojos puestos en la resurrección es capaz, como dice el texto, por misericordia de Dios, es capaz de vencer a esa última arma y, por consiguiente, es capaz de desarmar al adversario. Observemos el lenguaje de Cristo en el Evangelio de Juan: «A mí nadie me quita la vida. Tengo poder para darla y tengo poder para recobrarla». Así llega Cristo a su pasión y a su muerte. Entonces ya vamos entendiendo, recordando que la resurrección da una fuerza muy grande.
En una frase que me parece muy bonita, podemos decir esto: la fe en la resurrección capacita para entregar totalmente la vida, porque el que cree en la resurrección tiene certeza de que todo lo que entregue, lo recuperará, como dice esta señora refiriéndose a su único tesoro que eran sus hijos. Te recobraré, le dice ella al hijo que va a ser torturado y asesinado, te recobraré. Y antes dijo: Dios les va a devolver el aliento y la vida si ahora se sacrifican. Entonces, la resurrección da una fuerza, da fuerza para entregar la vida. El que cree en la resurrección tiene fuerza para entregar la vida, tiene fuerza para no reservarse nada.
Cuando nuestra fe en la resurrección se debilita, existe siempre el peligro de que las amenazas de los poderes de este mundo nos gobiernen. Observemos que la Carta a los Hebreos dice que el demonio nos dominaba a través de la muerte, a través del miedo a la muerte, por allá, en la altura del capítulo quinto de la Carta a los Hebreos. O sea, detrás de lo que hemos llamado aquí mundo y mundanización, detrás de eso, es el demonio mismo el que quiere volvernos cobardes, el que limita nuestra entrega, el que cierra la llave de nuestra generosidad.
El que nos susurra con voz asquerosamente dulzarrona, nos susurra al oído: Resérvate algo, no des todo, no des todo, resérvate algo. Y cuánto daño ese resérvate algo, cuánto daño hace ese resérvate algo, especialmente en los ministros del Señor. Porque si hay algo que es admirable en los santos pastores que celebra la Iglesia, es precisamente que no se reservaron nada. Hace poco tiempo estábamos recordando a un gran pastor de la antigüedad, San Martín de Tours. Y lo que se elogia en San Martín de Tours es que no se reservó nada.
No rechazo el trabajo, no rechazo el trabajo, si viene la muerte, venga la muerte, si toca trabajar más, no rechazo el trabajo. Oh, varón admirable, dice la antífona de ese día, que se mostró grande ante la vida y ante la muerte, no se reservó nada. Y si hay algo que nosotros podemos amar de nuestros obispos, es eso, se entregó, se dio por la grey. Sí hay algo que la gente está esperando de nosotros es eso. Ese padrecito se quemó, se entregó por nosotros. Obviamente, como enseña Santo Tomás de Aquino, todo acto de amor tiene que ir unido a un acto de sabiduría.
Por consiguiente, eso de quemarse no puede ser un acto de irresponsabilidad. Hay que saber quemarse también, pero hay que quemarse, hay que darla toda, hay que no reservarse nada. Esa es la grandeza, esa es la belleza del don sacerdotal. Esa es la razón de nuestra consagración, esa es la razón de nuestro celibato, en particular en la tradición latina, es el no reservarse nada. No se guardó nada, lo dio todo. Pero ¿cómo lo va a dar todo el que solo cree en esta vida? Ese era el problema de los saduceos.
Ahora entendamos, mis hermanos, porque ellos se oponían a la enseñanza de la resurrección, incluso antes de la Pasión de Cristo. Resulta que para los sumos sacerdotes, que la gente creyera en la resurrección era un gran peligro ¿por qué? Porque estaba el precedente todavía fresco de los Macabeos, la gente que cree en la resurrección la da toda. Y el gran terror de los sacerdotes era que surgiera un grupo de gente alborotada, que no se midiera, que se entregara totalmente y que despertara la ira del Imperio romano. Según las palabras de Caifás: Vendrán los romanos y acabarán con el lugar santo, acabarán con todo.
Entonces, los saduceos ni creían, ni querían creer, ni les convenía creer en la resurrección, porque ellos tenían su tinglado bien montado, porque ellos tenían su vida demasiado bien organizada, porque eran demasiado buenos políticos capaces de negociar con un procurador romano incircunciso y con un rey de pacotilla, un impostor llamado Herodes. La habilidad de ellos se parece a lo que dice el salmo: Nuestros labios nos defienden. ¿Quién será nuestro amo? Esa era la habilidad de los sumos sacerdotes, diplomáticos, políticos, hábiles, astutos para negociar y para salirse con la suya y mantener sus privilegios.
Lo que menos querían ellos era una revuelta de gente entusiasta, de gente demasiado entusiasta que creyera en la resurrección. Ellos sentían que la fe en la resurrección era una gasolina demasiado peligrosa en ese polvorín, y por eso querían asfixiar, estrangular las voces que predicaban la resurrección, porque querían que esa gasolina no entrara en Jerusalén. Convencidos, como estaban, que si llegaba la fe en la resurrección, la gente se iba a levantar contra los romanos. Por supuesto, la fe cristiana tenía intereses más altos que derribar al Imperio romano, pero esa era la idea que ellos tenían.
Entonces ahora todo tiene sentido, tiene sentido que San Pablo nos diga que el corazón de nuestra fe es la resurrección. Porque, en efecto, si se pierde la fe en la resurrección, si se llega a perder la fe en la resurrección, entonces uno empieza a reservarse, a encogerse, a seguir el camino de los saduceos, a protegerse. Yo tengo que guardar lo mío, tengo que cuidar lo mío. El que cree en la resurrección la da toda, la entrega toda, toda la vida, porque está convencido: Lo que yo dé lo recuperaré y lo recuperaré mejor, mejor que lo que entrego. Yo entrego días y recibo eternidad. O como decía Santa Teresa de Jesús: Sufrir pasa, haber sufrido queda.
Sigamos, hermanos, nuestra celebración eucarística pidiendo al Señor la renovación de nuestra fe. En el Año de la Fe, al inaugurar el Año de la Fe, decía el Papa Benedicto: No demos por descontada la fe, no la demos por descontada, en nadie, tampoco en nosotros sacerdotes. Y la doctora de Siena, a la que le debo tanto, Santa Catalina, decía: Al orar por el sacerdote lo primero que hay que pedir es la fe.
Con las explicaciones que nos da San Pablo, entendemos que lo primero que necesitamos creer nosotros mismos es en la resurrección, corazón de nuestra fe ¿para qué? Para ser auténticamente generosos, para no reservarnos nada y para dar un fruto que permanezca según la voluntad de Cristo, a quien sea la gloria por los siglos. Amén.

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