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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Qué significa eso de dejar la onza de oro en el banco
Homilía i333007a, predicada en 20171122, con 13 min. y 53 seg. 
Transcripción:
Queridos hermanos, destaquemos dos cosas del Evangelio de hoy, sin dejar de fascinarnos por la primera lectura, que es impresionante, es ejemplo de fidelidad de aquella madre y de sus siete hijos mártires en la época de los Macabeos, por allá en el siglo II antes de Cristo. Con nuestra fascinación y admiración por esos testigos de la fe, volvamos, sin embargo, nuestra mirada al Evangelio y destaquemos un par de cosas.
Primero, observemos que todos recibieron, en esta parábola todos recibieron lo mismo, una onza de oro, pero no todos entregaron lo mismo. Uno entregó 10, otro entregó 5, y hubo por ahí alguno que simplemente devolvió lo mismo que había recibido. Esta parábola está en contraste con la parábola de los talentos. En la parábola de los talentos lo que se da es distinto, aquí lo que se da es lo mismo. Pero ese no es el detalle que quiero destacar, sino esto otro. Observemos que, hubo uno que logró producir 10 onzas de oro, multiplicó por 10 lo que había recibido, recibió una felicitación y recibió una cuota de confianza.
Otro que también trabajó, no logró tanto, pero logró, logró 5. Y ese recibe también felicitación y recibe también una cuota de mando. Hermanos, aquí hay una enseñanza. Parece que lo más importante no es necesariamente el número, lo importante es que cada uno trabaje según lo que puede. Por eso, hubo felicitación para el que ganó 10 y hubo felicitación para el que ganó 5. Hubo ese acto de confianza de darle 5 ciudades a uno, acto de darle 10 ciudades al otro. Es decir, felicitación y premio hubo y hay para todo el que trabaje. El pecado es no trabajar lo que uno ha recibido.
Tal vez, no vas a lograr lo mismo que otra persona, pero lo importante no es que te compares con otra persona, lo importante es que trabajes lo tuyo. La palabra de crítica que aparece aquí es: empleado holgazán. La holgazanería esa sí no está permitida, hay que trabajar. Voy a lograr mucho, voy a lograr poco, depende de tantas circunstancias, depende de talentos, depende de otras personas, depende de mucho. Pero lo que no está permitido es ser holgazán, hay que trabajar con lo que uno ha recibido, sin compararse con los demás. Esa es la primera lección que quisiera destacar hoy.
Porque siempre el pretexto del perezoso está afuera. Es que al otro sí se le dan las cosas, es que el otro resultó más inteligente, es que el otro sí tiene amigos y yo no. No más pretextos, cada uno tiene que trabajar. Ese era el primer punto. Y el segundo punto que quiero destacar es el tema del banco. Siempre me llamó la atención eso, ¿por qué no pusiste mi onza de oro en el banco? Yo hubiera podido reclamar los intereses. Me llama la atención porque, entre otras cosas, eso parece indicar que las instituciones bancarias o financieras, de alguna manera, han existido hace muchísimo tiempo, imagínate desde cuándo es esta parábola.
Y entonces, yo me pregunto ¿cómo debemos entender eso del banco, qué quiere decir eso? Porque da la impresión de que el que produjo 10 fue quien trabajó mucho, el que produjo 5 trabajó mucho, pero hay como un nivel mínimo. Un nivel mínimo, lo mínimo es, pon mi dinero en el banco, lo mínimo. Debajo de ese nivel ya viene la crítica y el castigo: empleado holgazán. Entonces, uno se pregunta ¿a qué puede equivaler eso de poner el dinero en el banco? Porque uno se puede imaginar que lo de ganar las 10 onzas o las 5 onzas equivale a trabajar, digamos, cultivar los dones que uno tiene, cosas como esas.
Pero ¿a qué puede corresponder eso del dinero en el banco? No hay una única interpretación posible, yo les voy a comentar una que conozco. Posiblemente, lo de poner el dinero en el banco es, hay alguien que puede trabajar con lo que tú tienes. Es decir, que lo grave de este hombre no estuvo únicamente en la holgazanería, no es solamente el hecho de que él no trabajó, sino que, como dice el refrán, ni raja ni presta el hacha. Si no vas a poner a trabajar tu hacha tú, para trabajar, dásela a otro que sí trabaje. Entonces, si no vas a hacer tú las cosas, dale la oportunidad a otro, ese es el mínimo.
Si no te consideras capaz, por alguna razón, no te consideras capaz de aprovechar eso que has recibido, entonces hay que darle la oportunidad a otro, otro lo podrá aprovechar. Esto queda un poquito abstracto, excepto cuando uno mira las cosas que uno tiene. Hay en el ser humano una tendencia a acumular. Una de las cosas interesantes de que lo cambien a uno de casa es esa, no sé si les haya pasado a los que están cambiando de casa. Cuando uno cambia de casa, uno empieza a ver todo lo que ha acumulado. Uno acumula una cantidad de cosas.
Nosotros, religiosos, tendemos a acumular libros, ropa, fotocopias, regalos y uno va haciendo todo un cargamento. Cuando lo cambian de casa, uno empieza a ver, hay cosas que tengo que botar, hay cosas que tengo que regalar. Y ¿qué son todas esas cosas? Esas son las onzas de oro que uno tiene envueltas en el pañuelo. ¿Por qué? Porque vamos a pensar, por ejemplo, en la ropa o en un libro. Un libro que usted tiene ahí, y ahí está el libro, y ahí lo dejó por la noche y ahí lo encontró por la mañana, ahí está el libro. Pero usted ese libro no lo ha tocado, no lo ha utilizado y lleva años sin utilizarlo.
Esa es la onza que usted tiene que dar, no acumule. O sea, la invitación aquí es no acumule, no vale la pena acumular. Yo les cuento una cosa, cuando estaba en Colombia, en mi primera etapa después de la ordenación, me pasó lo que le sucede a muchos religiosos y a mucho sacerdote joven. Esa fiebre por acumular esos libros que son tan importantes, que son grandes referencias y en el fondo, en el fondo, se le van volviendo a uno como su pequeño tesoro y su pequeño gran apego. Saludablemente, mis superiores me mandaron a la ciudad de Villavicencio.
Ya ahí hubo un primer desprendimiento, ya me di cuenta que yo no podía cargar con todo eso. Entonces, ahí dejé unos libros. Llegué a Villavicencio, estuve dos años en Villavicencio, que ahora te vas para Irlanda, no se puede cargar tanto, en las maletas no cabe tanto, habría que pagar exceso de equipaje. ¿Qué hay que hacer? Entonces, deje, regale, suelte. Trabajé allá en el doctorado en Irlanda. ¿Qué hizo Fray Nelson? Otra vez acumulando cosas. Cuando ya me tocaba regresar, nueva sesión de regalos. Pero ya cuando volví, creo que aprendí la lección, dije: No tiene sentido esto, no tiene sentido.
Entonces, de ahí en adelante me he puesto por meta, no que la haya cumplido perfectamente, pero me he puesto por meta dejar de acumular cosas, qué hace uno acumulando cosas. Entonces, en nuestras casas, lo mismo que en las casas de ustedes y en todas, pues debe haber siempre una biblioteca comunitaria. Pues va para la biblioteca, regalé todo lo que tenía, todo lo que tenía. Me quedan unos pocos libros que son prestados de unos amigos, regalé todo, salí de todo. No creo que sea gran virtud de mi parte, no me miren con cara de qué admirable, no. Más bien es una cosa práctica.
Mejor hacerlo uno en vida, porque a mí ya me tocó la muerte de un hermano. Se murió un padrecito que había sido profesor mío. Y entonces, siempre se cumple lo que dice Jesús en la parábola: Y lo que has acumulado ¿para quién será? Entonces, parece que la enseñanza de la parábola es doble. Por una parte, evitar la holgazanería, siempre hay que trabajar. Pero, por otro lado, cultivar la sobriedad, eso que tienes tú acumulado y que no estás utilizando, a otro le puede hacer bien. El gran San Basilio, llamado por eso Basilio Magno, San Basilio Magno decía: La ropa que no estás utilizando ya es de alguien, estás robando.
Impresionante, lo que no utilizas tú, lo que hace tiempo no utilizas, lo que de verdad no utilizas, ni hay mucha posibilidad de que utilices, ya es de alguien. Y esa persona necesita eso, tú lo estás guardando. Entonces el banco, ¿cuál es? El banco, según esta interpretación, que repito, seguramente no es la única, el banco es entender lo que nos han dicho los grandes santos y que es lo mismo que nos dice Jesús de acumular tesoros en el cielo. Haz el ejercicio de salir, de desprenderte, de soltar, de dejar. Ese ejercicio es realmente valioso, ese ejercicio es realmente importante.
Entonces, que nos queden esas dos enseñanzas. Primero, laboriosidad, a trabajar cada uno con lo que tenga. Nada de excusas de estar diciendo que es que el otro sí, que aquí pasó, que si me dijeron que no me dijeron, que yo fue, que yo no entendí. Hay gente que se está muriendo y no, yo realmente no entendí, no entendí qué era lo que tocaba hacer. Pues ya se le acabó el tiempo a entender hermano, porque se le acabó la vida. Entonces, la laboriosidad. Y la segunda ¿cuál es? Nada de estar guardando cosas por allá en pañuelos. Desprendimiento, sobriedad, laboriosidad y sobriedad. Así nos quiere Dios, así nos quiere Dios.
Nosotros tuvimos en mi comunidad un padre, quién sabe si se habrá después proceso de beatificación de él, porque fue un padre muy notable, muy generoso, muy misionero. Y este padre literalmente metía todo su trasteo en dos maletas, dos maletas medianas y sé porque lo enviaron a distintas partes. Nunca se llevó de ninguna casa nada que no fueran dos maletas, que él las podía cargar con sus manos, un ejemplo interesante.
En cambio, para otras personas toca romper la puerta, traer la grúa, sacar el piano cargado, luego las cajas de regalos, los corazoncitos, las tarjetas, los peluches, los sacos, las bufandas, los escudos, las placas. El Señor nos quiere más ágiles para trabajar y más desprendidos, más libres. Que Él mismo que así nos quiere, nos lo conceda.

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