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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Quien no reconoce por encima de sí un poder mayor, el poder de Dios; lleva a que se cometan las peores depravaciones y crueldades.
Homilía i323005a, predicada en 20191113, con 5 min. y 47 seg. 
Transcripción:
¿Qué tanta religión debería tener un buen político? Esta es la dura pregunta que aborda el capítulo sexto del Libro de la Sabiduría. De hecho, el libro de la Sabiduría, que aparece como escrito por Salomón, está dedicado a aquellos que tienen poder y muy concretamente a los reyes. Menciono esto porque claramente el poder de los antiguos reyes era mucho más grande que el poder que hoy podría tener, por ejemplo, un presidente o un diputado. La división de poderes que existe en los gobiernos actuales cambia sustancialmente las cosas. Los reyes antiguos, en cambio, eran al mismo tiempo poder ejecutivo, legislativo y judicial.
Así pues, la pregunta que se plantea o que está planteada en el libro de la Sabiduría a la altura del capítulo sexto, es ¿qué tanta religión, qué tanto de la fe debería tener un político? Estoy seguro que para muchas personas la respuesta es obvia y la dirían con un cierto gesto de disgusto: No mezclemos política con religión. El político debe abstenerse por completo de meterse en asuntos de religión. La religión debe abstenerse de meterse en asuntos de política. El Estado debe ser aconfesional. Otros dirán: El Estado debe ser laico. Y otros dirán: El Estado debe tratar la religión como un asunto completamente privado.
Esta sería una discusión muy larga, pero no estamos aquí para esa discusión, sino para recordar lo que dice el Libro de la Sabiduría. Y lo que menciona este libro de la Biblia, que fue escrito en el siglo primero antes de Cristo, muy pronto antes de nuestro Señor, y fue escrito directamente en lengua griega. Si hay algo que llama la atención en el texto de hoy, de la misa de hoy, es que hace alusión a un pequeñito dato, pero un dato que cambia absolutamente todo. Y ese dato es que no importa cuán poderoso tú seas en esta tierra, y no importa cuánta gente tú tengas debajo de ti, siempre hay alguien que está encima de ti.
Es decir, tu reinado, tu gobierno, tu cuota de poder nunca está por encima del poderoso de Israel, del Rey de reyes, del Señor de señores. El dato religioso, el dato de fe fundamental, el que no debemos olvidar, es ese. Que el gobernante que se olvida de que hay un poder mayor, pondrá a todos a su servicio, al servicio de sus intereses, al servicio de sus afectos, al servicio de sus amigos, al servicio de sus vicios, pasiones y pecados. El que no reconoce un poder mayor, indudablemente se emborracha de poder. Y esa borrachera de poder lleva a las peores depravaciones que ha conocido la humanidad.
Recordemos, por ejemplo, algunos de los emperadores, y la lista es bastante larga, emperadores del Imperio romano que cometieron crueldades realmente sin nombre. Aquí hay que mencionar, en primer lugar, a Calígula, un verdadero sádico y torturador. Hay que mencionar, por supuesto, a Nerón, no podemos olvidarnos de Domiciano. Incluso un hombre que hizo un buen gobierno en una primera parte de su tiempo como emperador, después se convirtió en un asesino, pero un asesino con todo el poder de su lado, estoy hablando del Emperador Adriano.
Entonces date cuenta, cuando un gobernante no reconoce a nadie más por encima suyo, se convierte finalmente en un déspota que quiere que todos los demás estén a su servicio. Se convierte en un paranoico como Stalin, que ve enemigos en todas partes, se convierte en un torturador como Calígula, se convierte en un loco furioso como Hitler. Eso es lo que sucede cuando una persona no reconoce a nadie más. Ahora bien, si reconoces a alguien más, tal vez reconoces a una autoridad humana. Pero esa autoridad humana que está por encima de ti, si no reconoce a nadie más, pues vuelve a ponernos en el mismo problema.
Por eso dice con sabiduría, el libro que lleva ese nombre, el libro de la Sabiduría, capítulo sexto: Ustedes reyes, ustedes gobernantes, ustedes tendrán que dar cuenta. Y eso no es porque sí soy creyente, si no soy creyente. Puedes ser todo lo ateo que tú quieras, tu ateísmo no cambia que Dios existe. Ahora, la discusión sobre por qué afirmamos que Dios existe es otra discusión y la hemos tenido en otros sitios. Pero quiero destacar eso, tu ateísmo no hace que Dios desaparezca y el hecho de que tú te declares ateo no te sustrae al juicio del juez justo, el único justo y santo que es el Señor.

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