Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Ser salvado significa ponerse en el camino de la voluntad de Dios, mientras que ser sanado quiere decir que Dios se puso en mi camino.

Homilía i323001a, predicada en 19971112, con 42 min. y 55 seg.

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Transcripción:

Las palabras, las palabras, cada palabra es una llavecita que tú puedes abrir y encontrar tesoros. Así como el mar no tiene sino goticas, la Escritura no tiene sino palabras. Qué tal una persona que se acercara al mar y dijera: Esta gotica no es mar, luego la puedo tirar. Esta gotica tampoco es mar, luego la puedo tirar. Y esta tampoco es mar, luego la puedo tirar. Al cabo de los miles de millones de años se le habría acabado el mar y diría: Y ¿dónde estaba el mar? Resulta que el mar se le perdió, se le escurrió gotica a gotica, porque siempre decía, esta gotica no es mar, la puedo tirar.

Así nos puede pasar a nosotros con la Palabra de Dios. La Palabra de Dios llega a nosotros como un mar de gracias, de sabiduría, como un mar de vida. Y entonces, nosotros podríamos hacer eso con estas palabras: Yendo, yendo, pues si, el verbo ir, forma irregular del verbo ir, gerundio. Pero ¿qué? Nada, ahí no hay nada. Jesús, personaje principal protagonista de los libros llamados los Evangelios, listo. Camino, camino indica senda, trayecto, recorrido. Nosotros podemos despreciar, sin darnos cuenta, los tesoros de la Sagrada Escritura, porque vamos gota a gota, palabra a palabra, dejando pasar.

Así como el océano no tiene sino goticas, la Escritura no tiene sino palabras. Y hay que saber detenerse en las palabras, porque en ellas está todo. El que pierde las palabras, se pierde. La palabra con P mayúscula, esa palabra de la que se nos dice en el prólogo del Evangelio de Juan: «Y la Palabra estaba con Dios y la Palabra era Dios. Y ella estaba al principio junto a Dios, y nada fue hecho sino por ella». Y todo aquello que dice preciosamente, inmortalmente el prólogo del Evangelio de Juan. Goticas, palabras. Feliz el que sabe detenerse en las palabras, feliz, porque, aunque las gotas se parezcan unas a otras, cada una tiene su propio brillo.

Y aunque las palabras parezcan oídas ya muchas veces, cada una tiene su propia verdad. Hay que acercarse a las gotas del océano y hay que acercarse a las palabras de la Escritura, como un orfebre se acerca a sus materiales preciosos. ¿No es el oro siempre el mismo? Y, sin embargo, ningún joyero se cansa de ver el oro. Cada gotica de oro, cada alambrito, cada laminita es nueva, es como el descubrimiento del oro. Así tendríamos nosotros que descubrir la palabra, como el que descubre oro. Decía hermosamente un pensador que ser teólogo, verdaderamente teólogo, es ser un orfebre de palabras.

Saber poner las palabras en la balanza y saber apreciar cuánto pesa cada palabra. Quien pueda hacer este ejercicio, que lo haga, porque se va a llevar para la eternidad torrentes, se va a llevar bodegas, se va a llevar alacenas, se va a llevar tesoros. Descubrir la Palabra de Dios, descubrir cuánto pesa cada palabra de la Palabra de Dios. Con esa introducción, pues, acerquémonos a este texto que seguramente lo hemos oído muchas veces, pero tiene tantas palabras que, si aquí fuéramos a pesar cada una, de pronto resultaría excesivamente larga la predicación.

Entonces, yo quiero tomar solo dos palabritas, y estas dos quiero ponerlas en la balanza y quiero pesarlas. Quiero mejor que descubramos cuánto pesan en nuestros corazones, porque la balanza es el propio corazón. Si lleváramos, por ejemplo, unos quilates de oro y los fuéramos a pesar en la balanza de las verduras de un supermercado, probablemente la balanza de las verduras no registraría nada. La balanza de las verduras está para los tres kilos, los cinco kilos, los doce kilos, la media arroba y no está para esas sutilezas de quilate y medio, tres cuartos de quilate, para eso se necesita una balanza que haya sido calibrada, una balanza que sea fina.

El corazón es la balanza. Y por eso, hay corazones a los que se les llevan estas palabras. Y entonces, se le dice: Mire que Jesús hizo eso, hizo lo de más allá y dijo esto. Y eso no pesa nada en el alma, ¿por qué? Porque la balanza está acostumbrada es a pesar cosas voluminosas. Hubo muchos asesinados, se ganó mucha plata. Eso le interesaba ¿a quién? Nuestras balanzas originalmente en el bautismo, son finas porque el Espíritu Santo llega a nuestros corazones a calibrar la balanza, a darle su ajuste, a darle su precisión. El corazón es una balanza de precisión, y en el bautismo nosotros fuimos afinados y calibrados cuidadosamente.

Pero resulta que esa balanza, que era fina, luego se la llevaron por terrenos pedregosos en camperos, sin amortiguadores y la balanza a fuerza de golpes en uno y otro lado ha perdido su finura. De manera que ya solo puede darse cuenta de las cosas graves. Yo creo que esta experiencia la hemos tenido muchos de nosotros, creo que esta experiencia la tienen muchas personas, porque resulta que hay personas que no sienten que les está pasando nada en la vida hasta que matan al tercer hijo y dicen: Oiga, ahí sí, parece que como grave esto.

Matan al tercer hijo, hay gente que despierta al tercer aborto y dice: Oiga, sí ahí, no, tal vez como que no, como que no era, como que por ahí no era. De pronto se les desarma el hogar, quedan en la calle, lo deben todo y los están buscando para asesinarlos, esos son los tres quintales. Entonces, la persona: Ay sí, ay sí, parece que iba mal, parece que como que no era por ahí. Su balanza, que ha resistido muchos maltratos, sin embargo, todavía algo alcanza a registrar. De manera que cuando llega el sobrepeso de las tragedias humanas, entonces ahí sí sienten que algo les está pasando.

Pero entonces, uno entra a tratamiento, a uno lo llevan otra vez a la fábrica de balanzas, es decir, al taller de los corazones. El taller de los corazones ¿qué es? Es el corazón de Jesucristo. En ese horno, en ese taller, en esa fábrica, se rehacen los corazones, allí se renuevan las vidas. Entonces, le llevan a uno la porquería de balanza que uno tiene. Porquería no porque fuera de mala calidad, sino porque uno la ha maltratado. Le llevan la porquería de balanza de uno a ese corazón donde todas las cosas recobran su importancia.

Y en esa balanza y en ese corazón donde todo tiene su verdadero peso y donde todo tiene su verdadero nombre y donde todo tiene su verdadera luz, en ese corazón uno deja su balanza y ahí el corazón de Jesús, otra vez, va infundiendo Espíritu Santo. Y uno empieza, poco a poco, a recuperar la capacidad de discernir y de pesar cada cosa y de pesar cada palabra. Dos palabras, yo hoy solo quiero hacer dos ejercicios de pesar palabras. Resulta que aquí dice en el Evangelio: «Uno de ellos, uno de los leprosos, viendo que estaba curado». Esa es la palabra que me interesa: curado.

Podríamos traducir también por sanado, viendo que estaba curado, viendo que estaba sanado. Ese que estaba sanado, curado, volvió donde Jesús. Bueno, Jesús hace su comentario amargo: Y ¿dónde están los otros nueve? Desde luego, eso no lo puede responder nadie. ¿Dónde están los otros nueve? Y dice: ¿No han quedado limpios los diez? Evidentemente, esa limpieza es la limpieza de la lepra, es decir, el haber sido curados o haber sido sanados. Entonces, fíjate, los diez fueron sanados, sanados. Sin embargo, uno vuelve y dice: «Levántate, vete, tu fe te ha salvado».

Esas son las dos palabras que me interesan, todos quedaron sanados, pero solo uno quedó salvado. Entonces, uno descubre algo y uno dice: Uy, descubrí algo, descubrí algo en la Biblia. La Biblia empezó a hablarme, eso se llama palabra viva, la Biblia empezó a hablarme. La palabra no será viva hasta que tu corazón no recupere su sintonía, su calibración. Para eso se necesita que lleves tu balanza, quizá aporreada y maltrecha, y la pongas en esta balanza del corazón de Jesucristo, para que allí todas las palabras recuperen su verdadero peso, recuperen su verdadero valor.

Entonces, los diez sanados y uno solo salvado. ¿Qué es lo primero que se le ocurre a uno? Claro, los que habían sido sanados, habían recuperado la salud física, mientras que este que ha sido salvado, no solo ha recuperado la salud física, sino que ha tenido un encuentro personal con Jesucristo. Es decir, ha recibido, por decirlo de alguna manera, no solo salud para su cuerpo, sino también para su alma. Uno podría decir eso, más o menos como haciendo este razonamiento, sanarse es recuperar la salud para el cuerpo, salvarse es recuperar la salud del alma, algo así podría pensar uno.

Pero, el problema que surge de ahí es más profundo, es más profundo, es el problema que hay entre salud y salvación. Porque sanarse ¿qué es? Tener salud. Y salvarse ¿qué es? Tener salvación. Pero ¿qué es la salvación sin la salud, o será que, cómo es la relación entre salud y salvación? Eso ya no resulta tan fácil de responder, porque bueno, uno podría decir: No, es que la salud es la salud física. Sí, eso queda claro ahí en el Evangelio. Pero planteemos el asunto un poco más en general. ¿Cuál es la diferencia entre salud y salvación? Por ejemplo, se supone que un sacerdote es un testigo de la salvación de Dios.

Pero resulta que a un sacerdote le llevan un enfermo mental y no hace nada, se pone a llorar, se tupe, le da miedo: No, llévenlo a un doctor. Bueno. Y ¿usted? ¿No se supone que usted es ministro del Dios Altísimo, no será que el Dios Altísimo puede hacer algo por este enfermito? Pero, puede que sea otro caso, no lo extrememos tanto, quizás no se trata de un enfermo mental, quizás se trata de una dificultad de pareja. O vayámonos por otro lado, qué tal una persona que logra, que logra salud. Si una persona tuviera plena salud, aquello que la Organización Mundial de la Salud llama salud.

Es decir, como esa armonía dentro de su cuerpo, como esa paz en su corazón, como ese equilibrio en sus pensamientos. Bueno, yo pregunto si una persona tiene salud, ¿necesita salvación o será que la salvación es solo para los vaciados? Como quien dice, la salvación es una manera de corregir o medio corregir un bache, un bache económico, por ejemplo, o un bache físico, o un bache afectivo, o un bache intelectual. Estoy mal en el matrimonio, entonces busco a Dios. Un momento, un momento, la cosa se está enredando porque dice uno: ¿Al fin qué?

Entonces, si hubiera una persona que tuviera buen matrimonio, buen sueldo, buena salud, buena plata, buena posición, buenos amigos, pues ese no necesitaría salvación. O ¿será que la salvación es lograr eso? Será que la salvación es lograr que uno se le equilibren sus gastos, se le equilibre en sus afectos, se le equilibren sus metabolismos o sistemas hormonales o neuronales, o como se llamen, ¿será que la salvación es eso? Mejor dicho, yo resumo el problema que estoy planteando en estas dos preguntas. Primera pregunta ¿es la salvación, es la salvación algo así como salud integral, eso es ser salvado?

Tener equilibrio psíquico, tener el corazón en orden, tener una cuenta bancaria que no asusta, tener un computador que no embiste, ¿eso es ser salvado, ser salvado es eso? Segunda pregunta, si ser salvado no es eso, entonces ¿para qué la salvación? Si los problemas reales que tienen las personas son precisamente que les falta dinero, que les falta cariño, que les faltan amigos, que les faltan. Hay una corriente en psicología que se llama el conductismo o el neo-conductismo o el behaviorismo, esto es más o menos sinónimo lo uno de lo otro.

El conductismo tiene esta posición, tiene esta posición: Completémosle a la persona lo que le hace falta, ayudémosle a la persona para que complete lo que le hace falta y ese será su tratamiento. Entonces, por ejemplo, llega una persona emproblemada, con dificultades de autoestima, no se entiende con nadie, pelea con todo el mundo. Entonces, el psicólogo toma esta persona y la va acompañando y la va asesorando para que logre su meta. Y su meta ¿cuál es? En primer lugar, que se socialice un poco, salga de esa selva, de esa jungla en la que usted vive, salga de ese monte.

Sí, bájese de esas lianas, venga aquí al piso, como persona, coma junto con los demás, aprenda a reírse junto con nosotros, socialicese un poquito. De esa manera, usted podrá vivir más equilibradamente. Deje ese cabello hirsuto, ese temperamento insoportable y usted entre en armonía con las otras personas. Entonces, el psicólogo que conoce ochocientas catorce técnicas distintas, va llevando a la persona y la va sacando de ese ostracismo. El primer día, cuando la persona llega donde el psicólogo es como una fiera enjaulada, pelea, alega, llora, patalea, se da contra las paredes.

Va pasando el tiempo y al final ya es una persona que ya se despide de mano. Hasta luego, mucho gusto, doctor, muchas gracias por su tratamiento, permiso. Es decir, se ha logrado que la persona alcance su meta. Es una persona saludable, es una persona sana, es una persona sana. La cosa se complica todavía más porque resulta que el Evangelio dice: Mire, el extranjero este, el samaritano, que era leproso y que fue curado, vuelve donde Jesús. Jesús hace su comentario amargo y luego dice: Levántate. ¿Qué espera? Diríamos nosotros, un abracito, por lo menos.

No, parece que Jesús era demasiado seco, me parece a mí. En muchas ocasiones parece demasiado seco, afectivamente hablando. Levántate, vete. No le dice: Oiga, y ¿qué? No, pues comentemos, tomémonos alguna cosita. O ¿qué? No. Levántate, vete. Ese vete es otra palabra que de pronto vale la pena pesarla y sopesarla, vete. ¿Por qué manda al leproso a que se vaya? Y luego le dice: Tu fe te ha salvado. Oiga, cómo se compaginan, acuérdese que palabra viva es aprender a hacerle preguntas a la Biblia. ¿Cómo se compagina eso de que tu fe te ha salvado y vete, cómo se compagina eso por favor?

Uno esperaría, quienes dicen que este leproso volvió para encontrarse personalmente, amorosamente con Jesucristo, pues quedan con un palmo de narices ahí, porque qué encuentro tan amoroso. Este llega dando gracias y Jesús a quejarse por los que no volvieron. Eso se parece al sacerdote que regaña en misa a los que nunca vienen. Entonces, llega este dando gracias y Jesús no le dice: Bien, diste gracias, sigue así y llegarás muy lejos. No, no le dice eso, sino se pone a hablar de los que no agradecieron. Y después de que se puso a hablar de los que no agradecieron, le dice: Vete, tu fe te ha salvado.

Si tu fe te ha salvado, si se trataba de encontrarse personalmente con Jesucristo, lo normal hubiera sido que le hubiera dicho: Mire, aquí me quedó una vacante, porque resulta que hubo un joven rico que no aceptó. A usted no le interesaría, de pronto, como llenar esa vacante, como dedicarse a evangelizar, es una vida un poco dura. Pero hombre, hay milagros, hay milagros, hay exorcismos, hay. Es una vida, es dura, pero es bonita. Piénselo, piénselo y me cuenta. Jesús no hizo eso. Jesús habló de la ingratitud de los otros, Jesús recalcó que ese era un extranjero, Jesús le dijo: Tu fe te ha salvado. Y Jesús lo despidió.

¿Qué sentido tiene eso? ¿Qué significa decirle a una persona que ya está sana, decirle a esa persona que ahora está salva? Dentro de pocos días tendremos un acontecimiento muy hermoso aquí en nuestra ciudad, el congreso de sanación. ¿Quién organizará Congresos de salvación? Porque aquí es congreso de sanación para sanar, cómo hacer congresos de salvación donde las personas no solo se sanen, sino que se salven. Porque resulta que aquí Jesús distingue muy bien entre lo que es sanarse y lo que es salvarse. ¿Será que se pueden hacer congresos de salvación? Pero ¿cómo será salvarse, cómo será salvarse?

Ustedes se imaginan un congreso de salvación, la gente saldría diciendo: Me salvaron, no me sanaron, sino me salvaron. Soy salvo, no soy sano, sino soy salvo. Si uno piensa mejor las cosas, resulta que la Palabra de Dios, como es viva, uno puede hablar con ella. Entonces, vamos a seguir hablando con este texto. Fíjate lo que aquí sucede, aquí sucede lo siguiente, dice: «Uno de ellos viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos. Se echó por tierra a los pies de Jesús, dándole gracias, este era un samaritano. Jesús tomó la palabra y dijo: ¿No han quedado limpios los diez?» Eso se lo dijo a quien le estaba agradeciendo.

«Los otros nueve, ¿dónde están?» Eso se lo dijo a quien le estaba agradeciendo. «No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios». Lo trató de extranjero y dijo que estaba dando gloria a Dios. Y luego: «Levántate, vete, tu fe te ha salvado». La conclusión, mis queridos amigos, es que Jesús, Jesús puso otra vez en camino a este hombre, le contó cuál era la verdadera manera de agradecer. Mira, la pregunta que le hace: Los otros nueve ¿dónde están? Pero es que las preguntas también tienen un orden. Primera pregunta: ¿No han quedado limpios los diez?

Entonces, usted tiene que hacerse la escena. El samaritano este está postrado, está a los pies de Cristo, agradeciéndole. Y Jesús le dice: ¿No han quedado limpios los diez? Obviamente, el samaritano tiene que responder: Pues sí, creo que sí. Porque es que Jesús no estaba diciendo palabras al aire. Jesús estaba hablando con él, con él. Luego le dice: Los otros nueve ¿dónde están? Entonces, este tenía que decir: No sé, no sé me imagino que tenían mucho que hacer. Se imagina, tanto tiempo leprosos, tenían mucho trabajo atrasado, ¿cierto?

Porque si alguno de ellos, por ejemplo, estaba haciendo una especialización, un posgrado, cualquier cosa, y quedó leproso, ya no podía seguir yendo a la universidad. Entonces ¿qué quiere decir esto? Que como ya no podía seguir yendo, mientras estuviera leproso y ahora quedó sano, tenía que desatrasarse en su posgrado. Y lo mismo el que tenía un negocito, tenía un negocito. Jesús le dice a él: Los otros nueve ¿dónde están? Y ¿qué tendría que responder este hombre? Yo no sé, yo no me preocupé de ellos. Es que uno cree que este Evangelio es para felicitar al agradecido, ¿sí o no?

Uno está convencido de que este Evangelio es para felicitar al agradecido y eso no es cierto. Cuando este señor volvió, Jesús todavía lo vio enfermo. Jesús no lo felicitó porque Jesús solo felicita la obra acabada y la obra no estaba acabada en ese hombre. Luego, no había que felicitarlo todavía. Acuérdate ese otro pasaje: Cuando hayáis hecho todo lo que tenéis que hacer, decid: Somos siervos inútiles. Bueno, pero inútil es una palabra que no corresponde, tal vez del todo al término griego. Por eso otra traducción dice: Somos unos pobres siervos, hicimos lo que teníamos que hacer.

Entonces fíjate, cuando vuelve el leproso sanado, ¿qué es lo que uno se espera? Que Jesús diga: Uy, usted sí es agradecido, pero esa manada de ingratos. Pero bueno, por lo menos usted y yo sí nos entendemos, entonces. Y Jesús no está para eso, resulta que Jesús tiene un ojo clínico para ver si ya la persona está o no está. Y cuando este volvió así como dando gloria a Dios y como todo y alabando a Dios, Jesús sabe mirar el corazón. Seguramente este hombre venía con muchos cánticos y venía con mucho alabaré. Pero Jesús sabe que en ese corazón todavía falta un hervorcito, todavía falta.

Y resulta que Jesús, mientras falte, sigue aplicando lo que dijo en el Evangelio de Juan: La rama que da fruto, la poda para que dé más fruto. De manera que Cristo, cuando le llegó este leproso agradecido, lo que uno se esperaría es que Jesús le dijera: Oiga, qué bien, sabe que me parece un detallazo, hermano, un detallazo. O sea, su gratitud, vea, me conmueve. Supongamos que Jesús le hubiera dicho eso, ¿qué hubiera pasado con ese hombre? Hubiera creído. Bien, entonces ya se vuelve ¿a qué? O a sus negocios, cierto, o a sus estudios, o a sus cosas, como se devolvieron los otros nueve.

Entonces, Jesús ¿qué fue lo que hizo? Lograr que este hombre no se devolviera a sus negocios, le cambió de negocios. Y ¿en qué negocios lo puso? Eso es lo que vamos a ver. Resulta que le dice: ¿No han quedado limpios los diez? Entonces, el otro responde: Sí. Jesús le pregunta: ¿Y los otros nueve? El otro responde: Mmm. Y Jesús le dice: ¿No ha vuelto más que este extranjero para dar gloria a Dios? Sabe ¿qué significa esa pregunta? Esa pregunta significa: Y ¿por qué no convenciste a los otros, por qué no evangelizas a los otros, por qué no hiciste que los otros agradecieran?

Y luego le dice: Levántate, levántate, vete. Ese ve, ese vete es: Ponte en camino, acaba tu tarea, acaba tu tarea. Tu fe te ha salvado. Tu has podido reconocer en mí algo más que un brujo, maravilloso. Ahora haz tu tarea, ve y consigue a los otros nueve, evangelizalos. ¿Dónde están los otros nueve? Yo me imagino este leproso recién curado ¿cómo quedaría? Y ahora. Porque los otros nueve se curaron ¿para qué? Para irse a sus negocios. Y este se curó y fue a dar gracias. Y ¿cuál era el pensado de él? Ahora yo voy, doy las gracias, quedo como un príncipe y luego me voy para mi casita y sigo en lo mío.

Y resulta que fue, dio las gracias y Jesús le dio el cambiazo y le dice: Ahora me haces el favor y te dedicas a evangelizar. Ya que te curé, ya que en ti hay algo más, ahora ve a evangelizar, tu fe te ha salvado. ¿No será que tu misma fe, no será que esa fe puede salvar a otros? Corre, corre, que de pronto los alcanzas, corre a alcanzar los otros nueve. Este parece que es el sentido verdadero de la parábola. Claro que la parábola nos da una enseñanza sobre la gratitud y, desde siempre, los sacerdotes hemos predicado sobre la gratitud a partir de esta parábola.

Pero el sentido fíjate que es muchísimo más profundo, ¿cuál es la verdadera gratitud, cuál es el verdadero agradecimiento? Evangelizar, tu fe te ha salvado, vete. Sal entonces, sal de aquí y vete. Ahora yo me imagino a este leproso la impresión, a este leproso curado, la impresión que le causaría eso. Usted se imagina la escena siguiente. Pues le dijo: Levántate. Se levanta. Vete, ¿Vete, que me vaya? Sí, vete. Que me vaya. Este hombre se puso en camino, evidentemente. Pero fíjate el cambio, dice aquí: «Mientras iban de camino quedaron limpios. Uno de ellos, viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos».

Alababa a Dios a grandes gritos, alababa a Dios a grandes gritos. Eso dice el Evangelio según San Lucas en este capítulo 17 que estamos leyendo. El texto del Evangelio de hoy termina en el versículo 19 del capítulo 17. Fíjate, levántate, vete, tu fe te ha salvado. Sabe usted lo que dice el capítulo 17, versículo 20, o sea, el siguiente versículo ¿qué dice? Dice, que es el Evangelio que corresponde al día de mañana: En aquel tiempo, a unos fariseos que le preguntaban cuándo iba a llegar. Y la historia de los leprosos quedó atrás. Esto quiere decir que la historia de los leprosos termina en el versículo 19 del capítulo 17 de San Lucas.

Esto quiere decir que ya no siguió más historia, esto quiere decir que el leproso se fue, pero ya no se fue dando grandes gritos. Se fue pensando largo, largo, largo. El hombre llegó: Bendición, alabanza, gloria a Dios, he sido sanado, gloria a Dios. Ahora vete a evangelizar. Se acabó la euforia. Ahora vete a evangelizar, tu fe te ha salvado y estás agradecido, que se vea. Si estás agradecido, si quieres darme las gracias, reparte la gracia que hay en ti. Ese sería el verdadero mensaje de esta parábola. Verdadero mientras que el Espíritu Santo, de pronto, nos muestra otra cosa todavía más profunda.

El verdadero mensaje, mientras que el Espíritu Santo no nos muestre algo todavía más hondo, parece que es ese, parece que es ese. Mira, puesto que tu has sido sanado, puesto que tu vienes a dar las gracias, reparte tu gracia. Dar las gracias es dar gracia. Es muy fácil de recordar así. Agradecer es dar las gracias, pues dar las gracias es dar gracia, reparte tu gracia, evangeliza. Y cuando este señor se fue caminando, yo me lo imagino bajándose una colinita, no sé por qué siempre cuando pienso este pasaje, me imagino a Jesús como en una colina.

Y se fueron los diez leprosos y de pronto uno, gloria a Dios, y empieza a devolverse y da brincos y salta de un lado para otro como un cervatillo y llega. Y otra vez se va por la colina abajo. Y yo me imagino a este hombre agarrándose la cabeza, así como algunos de ustedes se agarran la cabeza, Agarrándose la cabeza a dos manos y diciendo: Y ahora para encontrar a esos nueve. Y ahora yo ¿qué hago? Y ahora yo ¿qué hago? El Evangelio no dice si se fue zapateando. Bien me decía mi mamá, bien me decía mi mamá, esto me pasa por metido, por sapo.

Jesús lo puso a evangelizar, a evangelizar, no se puso a felicitarlo, lo puso a evangelizar. Ah, tu vienes a dar las gracias. Vete a repartir gracia entonces. Y ¿mi medalla? Como los niños, y ¿mi colombina, y mi medalla? El leproso se fue bajando la colina. Cuando había recorrido como unos 50 metros, se acordó de su colombina, de su medalla y se volteó para mirar a Cristo. Y Cristo se sonrió y le dijo: Cuando me hayas reunido los nueve, te doy la medalla. Cuando hagas que el universo entero me alabe como tú me estabas alabando, cuando todas las naciones den gloria a Dios, como tú dabas gloria a Dios, entonces será la medalla, entonces será el Reino.

Todavía no es tiempo de medallas, este es tiempo de tarea, es tiempo de evangelio, es tiempo de labor. Eso es muy hermoso, es muy hermoso, ay la Palabra de Dios es un banquete delicioso y hay que saber pesar cada palabra, hermanos, cada palabra. Pero como ustedes son oyentes atentos, por lo menos en su gran mayoría, yo a todos los que veo despiertos, los veo atentos. Como ustedes son gente atenta, entonces seguramente alguno tendrá esta pregunta: Y ¿qué pasó con el tema de la sanación y de la salvación?

Porque nos dedicamos a hacer un análisis de la relación entre dar las gracias y dar gracia y no aclaramos qué pasaba al fin con curado y salvado, porque eso estaba haciendo falta. Ahora ya podemos, me parece, dar una respuesta. El que está salvado se diferencia del que está sanado, eso ya lo habíamos dicho. ¿Cuál es la diferencia? El que está sanado siente que Dios entró en su mundo, el que está salvado entró en el mundo de Dios. El que está sanado quiere decir: Lo que yo quería se me cumplió. El que está salvado es: Voy a cumplir lo que Él quiere.

Ser salvado significa ponerse en el camino de la voluntad de Dios, mientras que ser sanado quiere decir que Dios se puso en mi camino. Toda la gente quiere sanarse, por eso están agotadas las boletas de los congresos de sanación. Que allá sanan, allá sanan, vamos, vamos, Dios entrará en mi vida. Pero si anunciáramos un congreso que fuera para que tú entres en la vida de Dios, para que tú entres en el plan de Dios, no para que Dios entre en tus planes, si anunciáramos que el congreso es ese. Bueno, está bien, yo admito ir a ese congreso, iré a ese congreso. Pero eso significa que ¿ya no me darán más ataques de amibas?

No sabemos, no sabemos, en cuanto amibas, no sabemos. Lo de amibas es tres cuadras abajo en el congreso de sanación, aquí estamos en el Congreso de Salvación. Y entonces, esa caspa intratable, que no se quita con nada, tampoco, como decía el otro, ¿ni aun eso? Pues probablemente vas a ser el primer casposo canonizado. Y entonces, la persona dice: Ah, no, pero es que yo prefería ser, yo prefería ser un calvo feliz, que un casposo santo. De manera que ahí sí no me suena el congreso de salvación. Entonces fíjate, los diez quedaron sanados, sanados, solo uno quedó salvado. ¿Cuál es la diferencia?

Que los que quedaron sanados siguieron en su propio mundo, el que quedó salvado entró en la lógica de Cristo, en el mundo de Cristo. Entonces, salvarse no es simplemente volver a Cristo para que me ponga la medalla, porque yo sí soy de los agradecidos. Señor, gracias porque yo no soy como esa gente que se cree mejor que los demás, así decía un fariseo al cuadrado. Gracias, Señor, me libraste no solo de muchos males, sino incluso del fariseísmo. Gracias, Señor.

Entonces, el salvado, aparte de lo que queda del trigo, la persona salvada, quiero decir, es aquella que entra en el plan de Dios, que no solo se alegra de que Dios entró en sus planes, sino que entra en el plan de Dios. Ese es el salvado, eso es salvarse. Entonces, ahora podemos responder la inquietud sobre el asunto del conductismo o aquel, el conductismo, ¿a qué está dirigido o ese tipo de tratamientos psicológicos son malos o buenos? Yo creo que son buenos en general, claro que sí.

Y hay que favorecer que los profesionales en sus diversas áreas sin que se extralimiten, desde luego, hay que favorecer que los profesionales hagan el bien que pueden hacer. Así lo dice el Eclesiástico, dice que uno debe también acudir a los médicos, eso lo dice la Santa Biblia. Pero ¿cuál es la diferencia? Que un médico, que un psicólogo, ellos me van a hablar de mi mundo, solo Jesús me hablará del mundo de Dios. Ellos me ayudarán para que mi voluntad esté de acuerdo con mis propósitos. Cristo me llevará a que mis propósitos estén de acuerdo con los propósitos de Dios. Esta es la diferencia entre sanación y salvación.

Hemos acogido la Palabra de Dios en nuestro corazón, hemos bendecido al Señor. Y Él, así como cura la lepra, así también cura la ignorancia. Aquellos que se fueron, esos nueve que salieron a perderse porque estaban demasiado presurosos de volver a sus tareas y a su mundo, esos nueve recibieron algo de Cristo para sus cuerpos, pero la lepra de su mente, la oscuridad de su alma, quedó intacta. Nosotros hemos recibido más que estos leprosos.

Si alguien siente gratitud en su alma, ya también sabe, por este pasaje, que para dar las gracias hay que repartir la gracia, hay que evangelizar. Gloria al Padre y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en un principio, por los siglos de los siglos. Amén.

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