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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Las cosas creadas pueden acercarnos a Dios o también apartarnos de Él, si se convierten en ídolos. Por eso debemos mantener el corazón libre, renunciando a los apegos para buscar únicamente al Dios Eterno.
Homilía i313008a, predicada en 20251105, con 7 min. y 2 seg. 
Transcripción:
Hay una canción muy conocida en el mundo católico, suele cantarse en la Santa Misa cuando se preparan el pan y el vino sobre el altar, en la parte que nos interesa dice: Hay que morir para vivir. Entre tus manos, confío mi ser. Morir para vivir es una manera interesante de resumir el Evangelio de hoy. Cristo nos dice: El que no renuncie a todos sus bienes no puede ser discípulo mío. Que es algo muy parecido a lo de la canción, ¿no? Hay que morir para vivir.
Y ¿por qué es así? Esa es una pregunta que nos hacemos. Y luego otra pregunta ¿qué saca uno con eso? Eso de morir no suena muy agradable, aunque nos digan que es morir para vivir, eso no suena muy bonito ¿por qué es así y qué saca uno con eso? ¿Por qué es así? Pues mira, las cosas de este mundo, que no son solo las cosas materiales, sino también las personas, las ideas, los sentimientos, todo ello a lo que tú le puedes dar importancia y a lo que tú le puedes dar el corazón, todo ello tiene un carácter ambiguo. Atención que esta explicación no es frecuente escucharla.
Las cosas creadas, que te repito, no son solo las cosas materiales, sino también las personas, los sentimientos, el patriotismo, el globalismo, la filosofía, todas las cosas creadas, que es prácticamente todo lo que tú puedas imaginar y que, de alguna manera, pueda tocar tu corazón, todo es ambiguo. ¿Qué quiere decir la palabra ambiguo aquí? Quiere decir que en un sentido tiene una dimensión positiva, pero en otro sentido, puede tener también una dimensión negativa. ¿En qué sentido las cosas creadas son positivas? Son positivas en el sentido de que nos hablan de una bondad, nos hablan de un origen.
Así, por ejemplo, San Pablo en el primer capítulo de la Carta a los Romanos, nos habla de cómo de las cosas creadas se puede pasar al Creador. Yo puedo ver, por ejemplo, la magnificencia de los cielos y contemplando ese firmamento precioso, elevar mi mente hacia Aquel que le ha dado un orden y una hermosura a todo eso. O puedo encontrarme con la ternura del rostro de un bebé y en esa ternura encontrar algo que me remite a Dios o puedo escrutar en mi propio corazón y darme cuenta que mis anhelos de felicidad, pues tienen un origen tan profundo que me llevan finalmente a Dios. O sea que las cosas pueden llevarme a Dios, esa es la parte positiva.
Pero las cosas también pueden alejarme de Dios, y eso es lo que conecta con el Evangelio de hoy y lo que conecta con la canción que recordé. ¿En qué sentido las cosas pueden alejarme de Dios? Pues en que es posible que la bondad parcial, temporal y finita de las cosas creadas de tal manera me atrape, que yo ya no busque el bien mayor, yo ya no busque al que es bueno sobre toda bondad, sino me quedo únicamente en la cosa creada. Por ejemplo, están los placeres, el placer de poseer cosas o el placer de comer, o el placer del sexo.
Y puede que mi corazón herido por las consecuencias del pecado original y por los pecados personales, de tal modo se quede aprisionado por la bondad parcial de las cosas, que ya no busque lo que es superior. Y entonces, cuando nos quedamos en las cosas creadas sin buscar y agradecer y adorar al Creador, entonces ya esas cosas creadas son ídolos, y en cuanto ídolos, son estorbos. La bondad de las cosas creadas nos puede remitir al Creador, al Dios eterno, o nos puede atrapar, y entonces se convierten en ídolos. Por eso hablamos de una ambigüedad, hay una ambigüedad en las cosas creadas.
Y por eso, nos damos cuenta que es necesario lo que Cristo nos dice, nos dice que renunciemos a los bienes. Renunciar puede ser materialmente, como muchos santos han llevado una vida de extremada pobreza, o puede ser, ante todo, la libertad del corazón que no se deja atrapar por las cosas. Y cuando digo las cosas es tampoco ninguna persona, tampoco ninguna idea, tampoco ningún sentimiento. Nada puede atrapar mi corazón, porque mi corazón ya tiene dueño y mi dueño es el Señor. Entonces, ¿por qué hay que hacer esas renuncias, ya sean explícitas o, por lo menos, implícitas, pero en ambos casos muy claras?
Pues es que es indispensable hacer esas renuncias, porque si no las hago voy a caer en idolatría. Y la idolatría significa esclavitud y significa perder el bien mayor, el que era propio para mi vida. Y entonces ¿qué saco yo con esas renuncias? Mantener mi corazón libre para buscar al Dios eterno. Para recordar siempre que Él es, Él es, Él es el que lo merece todo. Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas. Él es el que lo merece todo, a Él pertenece mi vida. O como dice poéticamente, el Cantar de los Cantares: «Mi Amado es para mí y yo soy para mi Amado».
Así que todos los demás amores pueden existir, siempre y cuando, siempre y cuando no compitan ni pretendan quitarle su lugar al amor por excelencia, que es el amor de Dios. Que la gloria del Señor nos instruye interiormente y nos dé la fortaleza para vivir esta preciosa enseñanza que nos da el Evangelio. Amén.

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