Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Tanto la oración como la salvación misma son dones que de tal modo nos rebasan, que sólo podemos anhelarlos y agradecerlos humildemente.

Homilía i303006a, predicada en 20131030, con 12 min. y 33 seg.

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Transcripción:

Amados hermanos, podemos decir que las lecturas del día de hoy nos hacen un llamado a la humildad. Porque una de las dimensiones de la humildad es no creerse uno muy seguro en sí mismo, no apoyarse demasiado en lo que uno es o en lo que uno piensa, o en lo que uno tiene o en lo que uno sabe. Es verdad que uno sabe cosas y tiene cualidades y puede lograr algunos objetivos o metas, pero el peligro está en que uno se apoya demasiado en eso que cree que tiene, en eso que cree que sabe, en eso que cree que puede, y es ahí donde viene el gran error.

Por eso, la primera lectura de la Carta a los Romanos nos dice que nosotros no sabemos pedir lo que nos conviene, no sabemos orar, ni siquiera sabemos pedir lo que conviene. Tal vez las luces que nosotros tenemos no son suficientes. Y, tal vez lo que yo considero más urgente para mí, lo que yo considero que es la solución de todos mis problemas, lo que yo considero que sería la gran demostración del amor de Dios, tal vez no es lo que yo necesito. Entonces, fíjate cómo esta lectura me invita a la humildad. Tal vez yo no sé qué es exactamente lo que necesito, no lo sé.

Y, por consiguiente, si no sé qué es lo que necesito, mi petición tiene que ser demasiado humilde y esa petición tiene que dejarle el campo libre a Dios para que haga lo que Él ve que tiene que hacer en mi vida. Si nosotros aprendiéramos esta lección, te aseguro que cambiaríamos muchas cosas. Piensa, por ejemplo, en el caso de una persona que tiene el papá enfermo, la mamá enferma. Es una situación muy dolorosa y muy difícil. Yo creo que muchos de los que estamos aquí hemos pasado por eso y algunos de los que estamos aquí hemos tenido que despedir para la eternidad al papá o a la mamá, o a ambos.

Y claro, lo normal para uno, cuando uno tiene la mamá enferma, ¿qué es? Pedir que se cure. Pero, y ¿si Dios tiene otra idea? Qué tal que Dios, que ama mucho más de lo que pueden expresar mis palabras, digo incluso mucho más de lo que puedo yo pensar. ¿Qué tal que ese Dios tenga en su pensamiento: Ya esta señora está madura para el cielo, para la eternidad? Eso yo no lo puedo saber, eso solamente lo sabe el que escruta los corazones, solamente Dios sabe quién está maduro para la eternidad y quién no. Y ¿qué tal que Dios ya le quiera dar el regalo del cielo a mi madre y yo queriéndola retener y retener?

Entonces, yo estaría luchando contra Dios y yo estaría oponiéndome a Dios. Entonces, ¿cómo tengo que orar cuando veo a mi madre tan enferma? Tengo que orar con humildad, humildad: Señor, si es tu voluntad, concédele la salud, pero que sea tu voluntad la que se haga Señor, tu eres el que sabe, yo no sé. Eso es lo que nos está diciendo el apóstol San Pablo que nuestra oración tiene que ser una oración humilde, porque yo no sé pedir lo que conviene, ni siquiera lo sé para mí mismo. Tenemos el caso de un niño que se llamaba Domingo, Domingo Savio, ese sabio se escribe con V corta porque es un apellido italiano, Domingo Savio.

Y este niño se hizo un propósito en la vida: Primero morir antes que pecar. Este niño murió antes de cumplir 15 años de edad. A los ojos del mundo, es una tragedia que muera un niño a tan temprana edad. Pero si lo pensamos bien, ¿no será que Dios escuchó las súplicas de ese niño? Tal vez, si le hubiera dado más años, ese niño no hubiera agradado más a Dios, quizás se hubiera apartado, solo Dios lo sabe. Entonces, fíjate la invitación a la humildad que nos hace la primera lectura de hoy. Yo no sé pedir lo que conviene y, por consiguiente, yo no le puedo imponer mis criterios a Dios, porque Dios es el único que tiene todos los elementos de juicio.

Dios es el que sabe qué tiene que llegar a mi vida, Dios es el que sabe qué es lo mejor que me puede suceder a mí. Ustedes se imaginan una persona que entrara a un combate, a una batalla, una guerra y dijera: Dios mío, que me hieran, que me hieran, por favor. Nadie va a hacer eso, sin embargo, conocemos el caso de un hombre que se llamaba Ignacio. Ese es un nombre que se ha vuelto muy popular ahora, Ignacio, hay una cantidad de Ignacio por ahí. Entonces, este se llamaba Ignacio. Y resulta que Ignacio fue a la batalla y lo hirieron.

Y mientras estaba recuperándose de sus heridas, se puso a leer vidas de santos. Y mientras estaba leyendo vidas de santos, surgió en su corazón el deseo de ser santo, de manera que las heridas de la guerra le llevaron a leer vidas de santos, y las vidas de santos le llevaron a querer ser santo. Y fue un gran santo y es un gran santo de la Iglesia Católica, San Ignacio de Loyola. ¿Quien puede entrar a la batalla diciendo: Señor, que me hieran, que me hieran? Y, sin embargo, de una herida mira todo lo que salió, solo Dios sabe.

Y te puedo asegurar que cuando él que era católico, pero un católico muy distraído y muy tibio, cuando él que era católico fue herido, te puedo asegurar que no se sintió feliz y te puedo asegurar que en ese momento no pensó: Qué bendición, me hirieron. No, solo Dios sabe, yo no sé. Por consiguiente, mi vida cristiana tiene que estar marcada por la humildad. Él sabe qué es lo mejor para mí, yo tengo que obrar según mi conciencia, claro, tengo que obrar según lo que alcanzo a entender con las luces que tengo. Pero será Dios el único que determine qué es lo que me tiene que pasar.

O sea, yo no estoy llamando a la irresponsabilidad, a la dejadez, a la negligencia, no. Haz las cosas lo mejor que puedes, con las luces que tiene tu mente y con la claridad que tenga tu conciencia, haz las cosas lo mejor. Pero si haciendo las cosas lo mejor que puedes, te llega una contradicción, un fracaso, una herida, un problema, no te exasperes, no sabes todo, Dios es el único que sabe. El Evangelio también nos llama a la humildad. Señor, ¿será que son pocos los que se salvan? La respuesta que da Jesús tiene sobre todo un propósito, que nadie se crea muy seguro.

¿Tú crees que ya vas muy adelante en la virtud, tú crees que ya eres muy fiel a Dios, tú crees que ya te las sabes todas en la religión y en el Evangelio y en la Iglesia? Ten cuidado, porque hay una frase que está al final de este Evangelio y dice: «Los que ahora son los últimos serán los primeros, y los que ahora son los primeros serán los últimos». Tal vez, yo me considero de los primeros supuestamente porque hago muchas oraciones, o porque hago muchas obras de caridad, o porque he estudiado mucho, o porque estoy muy comprometido con la Iglesia, solo Dios sabe.

Tal vez yo me creo muy bueno, pero Dios es el que escruta los corazones. Y tal vez, aquellos que se creen muy buenos se apoyan tanto en su propia virtud y en la bondad que creen que tienen, que no se apoyan tanto en Dios. Y es Dios el único que regala la eternidad, porque la eternidad junto a Él siempre, siempre es un regalo. Entonces, yo no puedo estar muy seguro ni de lo que sé, ni de lo que he vivido. ¿Quiere entonces decir que tengo que vivir en pánico, como diciendo, quién sabe qué va a pasar conmigo, tengo que vivir en la angustia y en la incertidumbre?

No, yo tengo que vivir obrando en buena conciencia, entregando mi vida a Dios y dejando el fruto para Él. Él es el único que sabe cuál es la oración que debo hacer, y Él es el único que sabe cuál es el lugar que a mí me corresponde y qué es lo mejor que me puede suceder. Con esta humildad, fíjate que nos estamos acercando al corazón de una mujer muy santa, a la que todos amamos, nuestra querida Virgen María. ¿Qué dijo ella? Yo soy la esclava del Señor. ¿Qué quiere decir eso? Lo que Dios disponga, lo que Dios quiera, lo que Dios piense está bien pensado y está bien dispuesto, aquí estoy yo para cumplir su voluntad.

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