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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
La condenación eterna consiste en que Cristo no nos conozca. No confiemos en nuestras propias fuerzas pues pueden traicionarnos. Confiemos en la Sangre de Cristo que nos redime.
Homilía i303003a, predicada en 20071031, con 17 min. y 50 seg. 
Transcripción:
Hermanos amados, quiero compartirles dos puntos de reflexión sobre este Evangelio que acabamos de oír. Lo primero, quizás lo más importante, es la necesidad de que Jesús nos conozca. Observa esa fórmula, esa frase tan, tan dura, no permita Dios que nosotros tengamos que oírla: No los conozco, no os conozco. Esa no es otra cosa sino la fórmula misma de la condenación eterna. Si Jesús no me conoce, si Jesús no me reconoce, estoy perdido, estoy perdido para siempre.
O sea que yo tengo que conocer a Jesús para recibirlo como mi Salvador, pero Él tiene que conocerme a mí, porque fíjate lo que dice ahí el Evangelio. Lo que dice Jesús a los condenados es: Yo no los conozco, yo no sé quiénes son ustedes. Por consiguiente, la fórmula principal para evitar esa hora desastrosa que jamás venga sobre nuestra existencia, es dejarse conocer de Jesús. Lo grave no es tener problemas, sino tener problemas que no hemos entregado a la luz de Cristo, a la gracia de Cristo, al poder de Cristo. Problemas tenemos todos, traiciones hemos cometido todos, enfermedades afligen todos los corazones, eso no es lo grave.
Observa el contraste, que ya lo habrás escuchado en otra oportunidad entre Pedro y Judas. ¿No fueron traidores ambos, no fueron cobardes ambos, no huyeron ambos, no entregaron a Jesús ambos, no resultaron ambos pobres amigos y pésimos discípulos? Por supuesto que sí. Pero ¿cuál es la gran diferencia? Que Pedro se dejó mirar de Jesús, y ese baño de la luz que viene de los ojos de Cristo, ese baño de luz produjo en Pedro llanto de arrepentimiento y finalmente confianza en la gracia que es mayor que nuestra conciencia, así nos enseña la primera carta de Juan.
Dios es mayor que nuestra conciencia. De modo, mis hermanos, que hay que tener buen cuidado en que Jesús conozca todo de nosotros, todo. Todos nuestros amigos, todos nuestros afectos, todos nuestros proyectos, todas nuestras heridas, todas nuestras lágrimas, que todo lo conozca Jesús. Esfuérzate, esfuérzate por descubrir, por destapar, por revelar ante Jesús todo, absolutamente todo, incluso lo que es vergonzoso, incluso lo que es sucio. Esto es, entre otras cosas, lo que practicamos en el bendito sacramento de la confesión. En la confesión ¿qué es lo que estamos haciendo?
Estamos llegando donde Jesús presente en la persona del sacerdote, y le estamos diciendo: Aquí estoy, este soy yo, esta soy yo. Conóceme Jesús, conoce mi lepra, conoce mi llaga, conoce mi necesidad. Conóceme, Jesús, conóceme, conóceme ahora, porque no quiero que llegue el último día y tú tengas que decir: Yo no sé tú quién eres, yo a ti no te he visto. Mírame, Jesús, mírame para que no tengas que decir que no me conoces. Conoce todo de mí Jesús, conoce hasta el último rincón de mi alma, conoce hasta lo que me da vergüenza, conoce hasta lo que me humilla.
Yo predico demasiado esta necesidad de presentarle a Jesús, de llevarle a Jesús todo lo que nosotros tenemos, incluso nuestras iras. Esto lo he dicho en otra ocasión, pero no sobra aquí. Uno no tiene que tranquilizarse para orar, uno tiene que orar para tranquilizarse, porque si tú dices: No, yo no puedo orar, así estoy que tiemblo de la ira, no puedo orar así. Voy a tranquilizarme. Si tú te tranquilizas, el mérito es tuyo, suponiendo que logres hacerlo. Uno tiene que empezar a orar con rabia. Yo soy experto en eso, orar con rabia. Cuando necesiten un taller, me dicen.
Hay que orar con rabia, hay que orar con tristeza. Orar no es voy a empezar a sosegarme, a tranquilizarme, hago mi yoga, ¿no? Hago mi yoga, me tranquilizo, me sereno, cuando ya todo me importa cinco centavos, entonces ahí sí, venga Jesús, oremos. No, yo empiezo a orar cuando todo me importa, cuando todo me duele, cuando todo me da ira. Conóceme Jesús, conoce mi mal genio, conoce mis ojos inyectados de rabia o vestidos de lágrimas, conóceme, Jesús. Este es el primer mensaje de hoy, creo que queda claro. Conóceme, Jesús, conóceme, conoce todo de mí.
Conoce mis amistades. Mira, Jesús, te presento mis amigos. Mira aquí ese con cara de crápula, ese es mi amigo entrañable. Esa otra señorita poco respetable, esa es amiga mía. Este otro señor aquí con cara de estafador, mi amigo querido. Ve, y yo, claro, que soy otro de la misma línea. Conóceme, Jesús. Estos son mis amigos, cierto. Conóceme, Jesús. Estos son mis negocios, conoce mis negocios, Jesús. Mira aquí, esta es la escena en que yo le hago trampa a un pobre y me lo brinco para robarlo, conoce, Jesús.
Por supuesto, en la medida en que uno va destapando las cosas ante Jesús, Jesús va haciendo en nosotros lo que hizo en San Pedro. Los baña, baña todos nuestros acontecimientos, hechos, eventos, sueños, proyectos, recuerdos, baña todo con sus ojos, baña todo en su luz y uno, así no quiera, va mejorando, va transformándose. Conóceme, Jesús. Esto es muy importante. En segundo lugar, viene el otro tema ¿cómo es Dios, Dios al fin es duro o es blandito? Dios al fin es exigente, o es súper compasivo o es súper exigente o es súper misericordioso. Al fin, ¿cómo es Dios?
Lo que nos dice Jesús en este Evangelio es que lo que Jesús es, en buena parte depende, de lo que tú, de lo que Dios es, en buena parte depende de lo que tú quieras hacer con Dios. Eso es un poco raro, pero eso es así, eso es así. Vamos a ver cómo funciona. Estas palabras de este Evangelio son palabras bastante duras, son palabras que hablan de gente que se quedó por fuera y eso significa condenación eterna. Y ¿a quiénes les dice Jesús? Ojo, ojo ¿A quienes dice Jesús: Ojo que se van a quedar por fuera, a quiénes? A los que creían que ya estaban adentro, ¿ves?
Esta no es una amenaza sobre la condenación del mundo, no. Mire, leamos con cuidado y vera, yo no estoy inventando, yo no estoy inventando. Dice Aquí: «Será el llanto y el rechinar de dientes cuando veáis a Abrahán, Isaac, Jacob y los profetas en el Reino de Dios, y vosotros os veáis echados fuera. Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se sentarán en la mesa en el Reino de Dios». Y ustedes quedarán fuera. Entonces, ¿qué quiere decir? El que cree, el que se cree muy adentro, recibe de Dios esta módica cachetada.
No, yo estoy adentro. Yo soy, mire, dominico, partamos de esa base, dominico, sacerdote, predicador. Estoy adentro, ya mi caso es clarísimo. No, señor, su caso no es claro en absoluto. Usted se creía muy adentro. Pero, espere y empezamos a evaluar a ver cómo es su situación. Entonces fíjate, el que se cree muy adentro, cuidado y se queda afuera. Y a los que nosotros juzgamos que se van a quedar afuera. Cuidado, porque de pronto esos son los que entran de primeros. Y vendrán ¿de donde dice Jesús? Vendrán del oriente y el occidente, el norte y el sur.
Vendrán de muchos lugares y nos llevaremos muchas sorpresas, muchísimas. El cielo será un lugar lleno de sorpresas cuando llegue uno allá y se encuentre gente de la Dian, y de muchos otros lugares también. Si. Uno se llevará una cantidad de sorpresas. Ay y usted aquí. Pues sí, sí, aquí estoy, aquí estoy, aquí me llamó el Señor. Pero ¿cómo así, cómo así? Y ¿usted no era un vecino malgeniado que yo tenía? Sí, sí, yo sufría, yo tenía un mal genio terrible, eso es verdad, yo tenía muy mal genio. Pero yo no era el único malgeniado de esa cuadra.
Oiga, lo que Jesús nos está invitando aquí, sobre todo es, dejen de estar inventando la mente de Dios y dejen de estarse creyendo ustedes muy adentro, muy buenos, muy santos. Nosotros somos del equipo de los que alabamos, bendecimos, predicamos, nosotros somos de los buenos del paseo. Ese es el peor error que uno puede cometer, ese es el peor error. Entonces, esas son las dos enseñanzas de hoy. Primera, dejarse conocer de Jesús. Segunda enseñanza, no adivinemos la mente de Dios y no nos creamos demasiado seguros.
Entonces, si uno no se cree seguro, ¿qué tiene que ser, inseguro? No, lo que tenemos que hacer es seguros, pero no seguros de nosotros, sino seguros de Él, seguros de su sangre, seguros de su redención, seguros de su compasión. Es impresionante la muerte de los santos, a mí me ha tocado ya la muerte de algunos cuantos santos. Les voy a contar la muerte de tres santos aquí, de una manera breve, y hay otros que yo creo que son santos y están caminando sobre esta tierra. Muerte de tres santos.
Primer santo que voy a recordar es un señor que me impactó profundamente, esto sucedió en Bolivia, en Santa Cruz, un hombre con un cáncer terrible, un hombre muriendo, un hombre agonizando, un hombre padeciendo terriblemente y le dijeron que yo iba a llevarle el Santísimo Sacramento. Y este hombre, que casi no podía moverse, les ordenó a los de su casa: A mí hoy me bañan bien y me visten bien, porque es mi última visita con Jesús. Y está preparado y hay que ver esos ojos y hay que ver esa hambre de Cristo en esos ojos y hay que ver esa humildad.
Y este hombre aceptando sus dolores, pidiendo perdón por sus pecados y diciéndole al Señor: Si esto que me está sucediendo es para librar a mi familia de muchas cosas, lo acepto y lo abrazo Señor, que me pase a mí y que no le pase a nadie más. Tan bello, a mí me tocó ver eso y yo me sentía yo, pues sacerdote. Mira, delante de la santidad, delante de la caridad, delante de lo que es el amor, así como en flor, todos nos sentimos pequeños. Yo le doy gracias a Dios por mi sacerdocio, por supuesto, pero eso lo hizo Dios, eso no es mérito mío.
Yo llegué donde ese hombre, yo lloraba de gozo dándole gracias a Dios, porque yo decía: Señor, si me muero esta noche, ya puedo decir que conocí un santo. Qué manera de orar, qué manera de amar, qué manera de entregarse, qué generosidad tan absoluta, ese hombre estaba como en la cruz, pero él no pensaba en él, él pensaba en el mundo, en los pecados del mundo, él pensaba en entregarse por su familia. Es muy linda, la muerte de un santo es una cosa bellísima, eso es muy hermoso.
Luego, yo me acuerdo de nuestro querido hermano Campo Elías Claro, un dominico sacerdote. Un hombre tímido por naturaleza, gran conversador, pero un hombre tímido en materia de espiritualidad, él muy poco hablaba como de esas convicciones de su fe, más bien introvertido en ese aspecto. Él en medio de una enfermedad larga, penosa, difícil, de pronto un día Dios le liberó la timidez, Dios le quitó la timidez y él empezó a orar, a orar en voz alta. Él era mi vecino, quedaba al frente mi habitación y al frente quedaba la de él.
Y empieza este hombre a orar, pero a los gritos, a los gritos, orando, pidiéndole a Dios por Colombia, por los pobres, por los sacerdotes, por las vocaciones. Yo creo que es de las veces que yo he sentido más cerca. Sabe ¿qué pensaba yo? Este es Cristo en la cruz, intercediendo por todos nosotros. Yo me sentí tan pequeño, tan pequeñito, pero tan amado. Yo sentía, mientras haya corazones así, el mundo se va a salvar. El mundo no se puede hundir mientras haya corazones que interceden de esa manera.
Pero el ejemplo que estaba pensando, en primer lugar, no era el de estos dos que yo considero santos en su manera de morir, sino una santa a la que le debo demasiado, que se llama Santa Catalina de Siena. Esta mujer que lleva esa vida admirable, con esa pureza, con esa sabiduría, con esa generosidad, hasta arriesgar su propia vida. Ella en la ciudad de Florencia, sabía que la iban a matar porque ella apoyaba al Papa y en esa época el condado de Florencia estaba en contra del Papa. Y ella fue allá a la boca del lobo, a predicar, a llamar a la paz y a rezar por el Papa.
Y entonces, en la casa en la que ella estaba, entró un hombre resuelto a acabar con ella de una vez. Ella era virgen seglar: Voy a acabar con esa virgen seglar, voy a acabar con esa loca. Y este hombre con un cuchillo inmenso, esos que utilizan para matar ganados, entró allá donde estaba ella y fue dando pasos y pasos. Y a medida que se acercaba donde estaba ella, ella se quedó mirándolo. Oiga, y el hombre no podía, él temblaba como si fuera él al que fueran a matar. Y llegó donde ella, así como que a unos dos pasos. Y no pudo, no pudo, se le cayó el cuchillo de la mano y salió corriendo asustado, el hombre.
Y entonces, rompió en llanto Santa Catalina y le dijo a Dios: Pero si ya iba a ser mártir, si ya iba a ser mártir, esa fue Santa Catalina de Siena. Cuando ya llegó la hora, ella no murió mártir. Ella murió, ella murió de amor a los 33 años de edad, en 1380 murió Santa Catalina de Siena. Y esta mujer que tenía toda esa santidad, ella es doctora de la Iglesia. Ha sido, junto con Santo Tomás de Aquino, mis dos grandes maestros. Lo bueno que ustedes vean que yo diga, atribúyanselo a Cristo, a Santo Tomás y a Santa Catalina.
Y Santa Catalina, que tenía esa sabiduría, esa santidad tan grande, se está muriendo. Y ¿qué hace ella? Sangre, sangre, pidiendo la sangre de Cristo. Ella no se fió en sus larguísimas horas de oración, en sus ayunos, en sus misiones, en su deseo del martirio, ella no se apoyó en sí misma. Ella únicamente se apoyó en Jesús. Y eso tenemos que hacer nosotros, nosotros también tenemos que morir como Santa Catalina, sangre, sangre, sangre, pidiendo la sangre de Cristo.
Nosotros también tenemos que morir intercediendo por el mundo como Campo Elías Claro y como mi anónimo amigo en Bolivia, que me hizo llorar lo que no está escrito. Esa es la muerte de un cristiano. Y en esta víspera hermosa de la fiesta de todos los santos, que nosotros sintamos que el Señor nos llama a eso, no a sentirnos, no a creernos seguros de nosotros, sino a estar seguros, segurísimos de su amor. Amén.

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