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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Pidamos a Dios ser conscientes de nuestros pecados para luego recibir de Jesucristo el regalo de la salvación.
Homilía i283007a, predicada en 20191016, con 6 min. y 55 seg. 
Transcripción:
¿Cuántos idiomas hablaba San Pablo? Es una buena pregunta. Él nació en Tarso de Cilicia, que queda al noroccidente de la actual Turquía, políticamente era parte del Imperio romano. Culturalmente, religiosamente Pablo pertenece por completo al pueblo judío. Esto quiere decir que como era parte del Imperio romano, debía conocer mucho y probablemente hablar el latín, que era la lengua oficial del imperio. Pero sucede que en toda la cuenca del Mediterráneo el idioma que más se hablaba no era el latín, sino el griego.
Culturalmente, Grecia tuvo un impacto mayúsculo en el Imperio romano y se hablaba una versión simplificada de griego conocido como el griego común, el griego koiné. Y entonces, quiere decir que Pablo seguramente entendía muy bien o hablaba en latín, conocía y hablaba la lengua griega. Pero, por otra parte, él era un hebreo convencido, él era judío de raza. Como era un estudioso de la escritura, tenía que conocer la lengua hebrea, una lengua que ya en ese momento era muy antigua, pero también sabía entenderse bien con sus hermanos de raza, que ya más que hebreo, hablaban una versión renovada, una versión derivada del hebreo que era el arameo.
Todo esto indica que Pablo estaba como en la mitad entre dos mundos, entre el mundo pagano con las lenguas griega y latina, y el mundo judío con las lenguas hebrea y aramea. Posiblemente no es descabellado, él conocía bastante bien, por lo menos estas cuatro lenguas: griego, latín, hebreo y arameo. Pero lo que más nos interesa es que habiendo nacido donde nació y habiéndose formado donde se formó, Pablo tenía una doble mirada sobre el mundo. Conocía muy bien la realidad del mundo pagano y conocía, por supuesto, muy bien la realidad del mundo judío.
Precisamente estos dos mundos son los que asoman en los comienzos de la Carta a los Romanos. El capítulo primero está dedicado a la realidad, muchas veces diríamos, deprimente, del mundo pagano que se entrega con desenfreno al libertinaje. Pero si nos vamos al mundo judío, encontramos que, por una parte, ha recibido una ley sabia, una ley bendita, la ley de Moisés, pero que lamentablemente, no vive de acuerdo con esa ley, sino que esa ley se ha convertido simplemente en un motivo de arrogancia y de hipocresía.
Motivo de arrogancia porque los principales estudiosos y supuestamente practicantes de esa ley eran los fariseos, y el mismo Pablo estuvo de lleno en el grupo de los fariseos, esa especie de secta era la que más atraía el corazón apasionado, ardiente de Pablo en su juventud. De manera que él se dedicó con verdadero fanatismo al estudio de la Sagrada Escritura y a imponer las exigencias de la Escritura y a pretender que todo el mundo tenía que cumplir esa ley. Esto hacía que con mucha facilidad los fariseos se convirtieran en personas particularmente arrogantes.
A mí no se me olvida una frase que uno de ellos, un fariseo, dice en el Evangelio, no en el evangelio de hoy, sino en otro texto, dice este fariseo: «Aquellos que no conocen la ley son unos malditos». Esa es la arrogancia farisea que Pablo la había vivido muy bien. Por otra parte, ese nivel altísimo, ese estándar descomunal de perfección que esperaban los fariseos, realmente no lo tenían ellos mismos. Y ahí es donde aparece el otro aspecto detestable de la vida judía en general y de los fariseos en particular. Es decir, la hipocresía para pedir a otros lo que uno no está viviendo y para exigir a otros lo que uno no puede contribuir.
De modo que estos dos primeros capítulos de la Carta a los Romanos nos presentan una visión sumamente amplia de lo que era el mundo de aquella época, pero que también nos enseña muchas cosas para nuestro mundo actual. Por un lado, el mundo pagano que se entrega a la idolatría y al libertinaje. Y luego, el mundo judío que tiene una ley maravillosa, que es la ley de Moisés, pero que se entrega de lleno a la arrogancia y la hipocresía. Entonces idolatría, libertinaje, arrogancia, hipocresía, esta es la herencia del corazón humano cuando no conoce la gran noticia, la gran noticia que Pablo mismo quiere darnos en el capítulo tercero de la Carta a los Romanos.
Es decir, en el texto al que nos vamos a asomar muy pronto. La estructura de la Carta a los Romanos refleja así mucho del modo de predicación de Pablo. Es decir, Pablo en su predicación quiere, en primer lugar, que descubramos la magnitud de la situación en la que vivimos, los problemas en los que estamos, cómo nos atrapan, cómo nos encadenan nuestros pecados y nuestras mentiras. Y después de hacernos conscientes de esta realidad, el siguiente paso en la predicación es que nosotros descubramos cómo Dios nos ha dado en la persona de Jesucristo, de una manera absolutamente gratuita, como un regalo de su más puro amor, nos ha regalado la salvación.
Ese regalo de su amor inmerecido, pero tan necesario para nosotros, es lo que nosotros conocemos como la gracia. Y por eso, la gracia de Dios está en el centro de todas las predicaciones de Pablo. Así que, ya ves, este hombre hablaba tres o cuatro idiomas, conocía muy bien dos realidades culturales muy distintas y desde esa diferencia viene a proclamar, como todo el mundo, toda la humanidad tiene una necesidad inmensa que Dios, por su bondad, ha satisfecho a través de la persona de Cristo, a través del amor que nos llega por Cristo. Ese es el gran mensaje de la Carta a los Romanos.

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