Esta es tu casa!

Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.

Homilía i283002a, predicada en 20091014, con 26 min. y 2 seg.

Click derecho para descargar versión MP3

Transcripción:

Esta semana empezamos a leer la Carta a los Romanos, en la primera lectura de la Santa Misa. El lunes pasado empezamos la lectura de este importante documento que se encuentra en la Biblia. La mayor parte de ustedes tienen biblia en la casa, yo supongo. Pues, uno de los documentos más importantes del Nuevo Testamento es esta Carta a los Romanos, es la carta más extensa que escribió San Pablo, tiene 16 capítulos en total. Y estamos leyendo poco a poco, como a sorbos, estamos leyendo lo que escribió San Pablo a los cristianos de Roma. Vamos a ver qué podemos aprender el día de hoy.

Yo creo que uno debe venir a la misa pensando también eso ¿qué voy a aprender hoy? Me cuentan la historia de un papá que iba a la misa acompañado de sus hijos, este era un hombre campesino, y tenían que bajar al pueblo desde allá, desde la vereda se iban caminando al pueblo y después de la misa, por supuesto, tenían que volver a la casita, tenían que volver a coger camino hacia la casa, siempre era una caminata larga. Y el papá, cuando ya salían de la misa y cuando ya les tocaba devolverse a la casa, les preguntaba siempre a los hijos qué habían aprendido, qué fue lo que dijo el padre, qué era lo que decía la primera lectura.

Este era un hombre que tenía varios hijos y, a veces, alguno acertaba y, a veces, algún otro de los hijos. Fíjate qué manera tan sencilla la de este hombre que ni siquiera sabía leer ni escribir, era un campesino humilde, pero él enseñaba a los hijos que, si uno viene a la iglesia, no es como un bulto de papas. Aquí me quedé, aquí caliento este puesto y luego me paro y me voy. No, señor. A la iglesia venimos para ser sanados, para ser educados, para ser corregidos, para ser consolados. Y también venimos para aprender muchas cosas, cosas importantes porque son cosas para toda la vida.

Hoy, por ejemplo, vamos a aprender muchas cosas con esta primera lectura de la Carta a los Romanos. En primer lugar, San Pablo nos habla de esa tendencia que tenemos los seres humanos, la tendencia a estar juzgando a las otras personas. Casi siempre utilizamos un juicio muy estricto sobre los demás y, en cambio, no miramos los defectos propios. Por eso, dice San Pablo en este capítulo segundo de Romanos: «Tú que te eriges en juez, no tienes disculpa. Al dar sentencia contra el otro, te condenas tú mismo porque tú te portas igual». Esto no solo es una enseñanza espiritual y religiosa, esto es muy propio de la psicología humana.

Fíjese usted que, casi siempre, uno critica en las otras personas los mismos defectos que uno tiene y casi siempre uno critica que otras personas tienen lo que uno quisiera tener. Mire este caso, por ejemplo, cuando una persona es de mal genio, es iracunda, en todas partes vive diciendo: qué gente tan insoportable. Cuando una persona es vanidosa, cuando una persona es soberbia, en todas partes se encuentra orgullo. La persona que es perezosa en ninguna parte encuentra qué hacer. Y la persona que es mentirosa vive quejándose de que hoy nadie es sincero. El que es enamorado del dinero ¿qué estribillo tiene? Hoy todo es plata.

Es decir que los seres humanos vivimos denunciando los pecados, vivimos hablando de los defectos que están afuera, pero no miramos lo que tenemos adentro. Esa es la primera lección que nos da la primera lectura de hoy, que somos injustos porque solemos condenar, solemos criticar lo que nosotros mismos tenemos. A mí me ha pasado eso, cuando yo estaba empezando mi vida religiosa hace unos cuantos años, que son más de 20, ya. Yo me acuerdo que yo era muy pronto, muy rápido para juzgar y para criticar, incluso a mis hermanos de comunidad, que Dios me perdone, yo me he confesado de eso.

Pero fíjese que los años han pasado y lo que ha sucedido es que casi todos, por no decir todos los defectos y pecados y cosas que yo criticaba en otros, ya los he cometido yo mismo. Uno vive criticando en otros, pero no se fija en uno y resulta que todos estamos hechos del mismo barro. Entonces, San Pablo nos llama la atención sobre ese tema y dice: Cuidado, cuidado, porque tú juzgas a los que hacen tales y cuales cosas, mientras tú haces lo mismo. Y nos hace esta pregunta San Pablo ¿te figuras que vas a escapar de la sentencia de Dios?

Así que esta es la primera lección el día de hoy, antes de estar juzgando mucho afuera, miremos para adentro, miremos para adentro. ¿Qué es lo que estamos haciendo? ¿Cuál es nuestro comportamiento ante Dios? En segundo lugar, San Pablo nos enseña a apreciar la misericordia de Dios, que la paciencia de Dios no sea un motivo para descararnos nosotros. Porque Dios es compasivo, Dios es misericordioso, pero existe siempre el peligro de creer uno que ese tiempo que Dios le da, es algo así como si Dios no se diera cuenta de las cosas. Y Dios se da cuenta de todo y Dios lo conoce todo.

Nos dice San Pablo: «Con la dureza de tu corazón impenitente, te estás almacenando castigos para el día del castigo, cuando se revelará el justo juicio de Dios». Entonces, la segunda enseñanza del día de hoy es, no le demos largas a la conversión, no le demos largas al arrepentimiento. Dios es paciente, eso es verdad, pero ¿quién de nosotros sabe cuánto tiempo le queda pendiente, cuánto tiempo le queda por vivir? Yo, por eso, sin ser trágico, yo por eso siempre pienso cuando hay un accidente, yo me hago esta pregunta: Las personas que iban en ese automóvil, que iban en ese avión, ¿estarían preparadas?

Este año, por ejemplo, hubo un accidente misterioso, en el sentido de que no se ha podido conocer la causa exacta. Un avión de una gran aerolínea llamada Air France, salió desde Brasil, me parece que fue desde Sao Paulo, iba dirigiéndose hacia París. Cuando el avión partió de Brasil a las siete de la noche o cualquier hora que hubiera sido, hora de Brasil, todos esos pasajeros, y el avión iba lleno, tenían en su mente muchos planes para el futuro. Había un buen número de franceses, un buen número de brasileros. Había también personas de otros países, Inglaterra, Irlanda, Alemania, España.

Cuando ellos se subieron al avión, ellos estaban pensando mañana a estas horas ya estoy en París o mañana a estas horas ya estoy en Londres. Ellos estaban haciendo planes para el resto de su vida, estaban pensando qué iban a hacer con su dinero, qué iban a hacer con su tiempo, dónde más iban a estudiar. Algunos quizás estaban pensando en formar una familia. De hecho, conozco el caso de una pareja, se habían casado recientemente y fueron a pasar su luna de miel a Brasil. Qué cosa tan bonita, un país hermoso.

Por supuesto, los planes de los recién casados eran planes a largo plazo, estaban pensando seguramente tener una familia muy hermosa, ya tenían comprado un apartamento, ya tenían una vida laboral, unos amigos, se suben al avión. En medio de la noche algo sucedió, no sabemos qué, hay distintas teorías. La teoría más conocida, la más difundida es que los aparatos que miden la velocidad del aire fallaron y el piloto o el computador que maneja el avión fue acelerando, acelerando, acelerando, el avión iba ganando cada vez más velocidad.

Pero esos aviones no están programados para alcanzar una velocidad tan supremamente alta, porque entonces alcanzan lo que se llama la barrera del sonido. Y cuando el avión se va acercando a esa velocidad límite, el fuselaje no aguanta, se estalla. El avión se estalló en el aire, dicen los expertos. Los cadáveres que pudieron recuperar, que fueron como entre 20 o 30. Los cadáveres, esto es tan duro decirlo, no tenían ropa. ¿Por qué? Porque cuando una persona va viajando a novecientos y tantos kilómetros por hora y se encuentra a doce kilómetros de altura y va a esa velocidad y se rompe el fuselaje, la fuerza del viento es tan grande que rapa, quita toda la ropa.

Los cadáveres quedaron desnudos, los que pudieron recuperar. Se reventó el avión en el aire, las personas nunca se dieron cuenta cuando iban a morir, estaban algunos de ellos ya dormidos, otros estarían terminando la cena que dan en el avión. Y yo me pregunto, esas personas, los recién casados, los recién graduados, esas personas ¿estaban preparadas para ese momento, estaban preparadas para encontrarse con Dios? ¿Quién de nosotros tiene la vida comprada?

En mi propia familia, mi cuñada, lamentablemente falleció, una mujer de menor edad que yo, esposa de mi hermano menor. Una mujer, diría uno, joven, tenía un problema congénito, un aneurisma, una bomba de tiempo en su cabeza. Un día, ella salió para su trabajo y estando ahí conversando con unas compañeras del colegio en el trabajo, en el lugar donde ella laboraba, se le estalla esa bomba de tiempo en la cabeza, queda inconsciente. Unas horas después era cadáver, eso le sucedió a mi cuñada. Mi cuñada era una persona joven, la muerte llega a todos, a cualquier hora.

¿Quién de nosotros, quién de nosotros puede decir: A mí no me va a pasar eso? Quién de nosotros, puedo ser yo mismo, quién de nosotros resulta que tiene ahí en la cabeza o en otra parte del cuerpo una debilidad en el tejido, se revienta eso, derrame cerebral, quedó como un vegetal. No hay que ser trágicos, pero sí hay que ser realistas. Y el apóstol San Pablo nos dice que no podemos tener un corazón duro. Corazón duro ¿cuál es? El corazón que se vuelve resistente a los llamados de Dios, ese es un corazón duro. Nuestro corazón no puede ser duro ante Dios.

Si Dios te está llamando al arrepentimiento, si Dios te está llamando a la conversión, no le des largas a esa conversión, tú no sabes cuánto tiempo te queda. Y no solamente tiempo para arrepentirse ante Dios. Les voy a contar una historia de las casas funerarias. ¿Por qué llora la gente en los funerales? Hay psicólogos que han estudiado este tema. ¿En qué consiste el dolor de las personas en los funerales? Y sabe qué conclusión han obtenido, las personas lloran en los funerales por todas las cosas que no dijeron al muerto, por todos los perdones que nunca pidieron, por todas las obras buenas que nunca hicieron, ese es el llanto.

Hay personas que tienen un resentimiento con el papá y como están de pelea con el papá, nunca vienen a visitarlo. El papá se quedó allá en Chiquinquirá, en Saboyá, en Nariño. El papá se quedó allá en la vereda, se quedó allá en el campo y los hijos nunca van a visitar al papá porque tienen malos recuerdos del papá. Quizás, el papá era borracho, era malgeniado. Quizás el papá era de esos hombres violentos que creen que golpeando a los hijos ganan autoridad. Y por eso, los hijos no voltean a mirar ahora al papá. Y hay una división, hay una pelea entre los padres y los hijos.

Y los hijos ya hicieron su vida por allá lejos, se fueron para Bucaramanga, se fueron para Villavicencio, se fueron para Barranquilla, se fueron para Estados Unidos. Nunca llaman al papá. Mi papá es un viejo amargado, yo tengo malos recuerdos de mi infancia. Yo no me meto con ese viejo. Pero, ese viejo ahora sí que es un viejo, ahora está enfermo, ahora vive solo, ahora está triste y él suspira por ver a esos hijos y también por ver a los nietos. Pero ni los hijos ni los nietos aparecen nunca. Entonces, el papá se siente triste y el papá se siente solo.

Y un día el papá se agrava, ya llega la enfermedad propia de la edad avanzada. El papá queda inconsciente, llaman de emergencia al hijo, lo llaman a Barranquilla, a Villavicencio, a Bucaramanga: Oiga, corra, que su papá se está muriendo. Y el hombre al fin hace el viaje y cuando llega lo encuentra ya cadáver. Y ahí sí, en la funeraria a llorar, mijo, a llorar. Ay, mi papá, mi papito, mi papito. ¿Por qué no se lo dijo cuando estaba en vida, por qué no le dijo: Papá perdonémonos, por qué no se lo dijo? ¿Por qué no le dijo: Mamá perdonémonos?

¿Cómo es posible que en las familias hay unos resentimientos que duran años y años y nunca se perdonan? Hasta que llega el momento terrible de la muerte. Y cuando ya llega la muerte, entonces ahí sí. Ay, mi mamá, mi mamita, mi mamá. Y la pobre vieja ha muerto sola, triste, amargada. Quizás fue una persona que cometió errores, quizá la educación que recibió no le daba para más. Por eso, esta advertencia que nos da San Pablo, fíjate cómo es de sabia, cuidado con el manejo del tiempo.

Dice aquí el apóstol San Pablo: «Desprecias el tesoro de la bondad, la tolerancia y la paciencia de Dios al no reconocer que esa bondad es para empujarte a la conversión». Ese es el segundo consejo que nos da San Pablo. Y yo les digo una cosa a todos, pero especialmente a los que ya pasamos de cierta edad, tenemos que reconciliarnos con las personas, la gente se muere y nosotros también. No se quede usted con el dolor de que se le murió el papá y usted nunca lo perdonó o nunca le pidió perdón, porque después llega la gente aquí a arrodillarse y a llorar y a decirle a uno: Y ahora ¿yo qué hago, y ahora yo qué hago?

Y claro que siempre tendremos el consuelo de la oración. Pero ¿no es verdad que tendríamos que ahorrarnos ese dolor, aprendiendo a hablar a tiempo con la gente? Por eso hay que tener mucho cuidado con la manera como utilizamos el tiempo, es muy importante. Y la última enseñanza que quiero destacar del apóstol San Pablo el día de hoy, está en la última frase que nos dice en esta primera carta, en esta primera lectura. Dice San Pablo: «Pena y angustia tocarán a todo malhechor. Primero al judío, pero también al griego». Y al final dice: «Dios no tiene favoritismos».

Esa frase la aplica a San Pablo porque los de la raza judía pensaban que ellos tenían ventaja, como Dios, el Dios único y verdadero, había ya hecho alianza con ellos, esa alianza que está condensada en los Diez Mandamientos, la alianza que se hizo a través de Moisés. Entonces, los judíos pensaban que ellos tenían ventaja. Pero resulta que esto también es muy propio de la naturaleza humana. Uno a veces cree que tiene ventaja, tiene ventaja porque nació en un país católico, o tiene ventaja porque viene mucho a la Iglesia, o tiene ventaja porque vive en la ciudad de Chiquinquirá y teniendo a la Reina de Colombia ahí, ¿qué nos puede pasar a nosotros?

Pues aquí dice que Dios no tiene favoritismos y eso significa, si algo bueno has recibido, recuerda que todo lo bueno que has recibido trae consigo una responsabilidad. Jesús lo dice claramente en otro lugar: «Al que mucho se le da, mucho se le pide». Si tú has nacido y crecido y vivido en una ciudad que tiene esta hermosa reina, la Reina de Colombia. Y si tú tienes la ocasión de venir a la Santa Misa, y si tú has tenido la ocasión de recibir la fe católica y un buen catecismo y buenos ejemplos, eso es muy bueno para ti. Pero eso no es ventaja, porque eso también significa que tú, que has recibido más, tendrás que dar cuenta de mucho más.

Por eso, nosotros tenemos que evaluar muy bien cuáles son los bienes que hemos recibido y ser conscientes de que eso es una responsabilidad. Por ejemplo, el sacerdote. El sacerdote no puede presentarse ante Jesús y decir: Bueno, listo, llegué. Llegué ¿qué? No, pues que ya llegué. Bueno, entonces vamos a mirar su vida, hermano, vamos a mirar su vida. Usted recibió más, ¿cierto? Usted recibió más estudios, a usted la gente lo amó, la gente rezó por usted. A ver en dónde está su vida, padre. Ahí es donde Jesús tiene que examinar con mucho cuidado, a ver qué hizo el que más recibió, porque al que más recibe, más se le pide.

Entonces, Dios no tiene favoritismos. En Colombia tenemos ese dicho tan fastidioso: La ley es para los de ruana, como diciendo que algunos si se les aplican las normas y a otros no. Pues si la justicia humana falla, la justicia divina no falla. Y para Dios no es que yo soy obispo, que yo soy alcalde, que yo soy papá, que yo hablo varios idiomas, que yo soy estudioso, que yo soy rico, que yo soy pobre. No importa, usted lo mismo que todo el mundo tiene que responder por la vida que yo le di, por los dones que yo le di, por el tiempo que yo le di.

Y por eso, esta frase de San Pablo: Dios no tiene favoritismos, tiene que convertirse en un motor que nos pone a trabajar los dones que Dios nos ha dado. Si Dios te ha dado el don de la fe, eso es para transmitirlo, si Dios te ha dado una conciencia recta y educada, es para que vivas de acuerdo con ella. Si Dios te ha prodigado bendiciones, te ha permitido estar en lugares especiales, llenos de su amor, de su presencia, es para que tú vivas agradecido, humilde y en consecuencia con esos bienes del cielo. Tres lecciones muy grandes que nos ha dado San Pablo el día de hoy, tres lecciones.

Las repito. Primera, júzgate tú primero, antes de juzgar a los demás. Segunda, no dejes pasar el tiempo ni en tu pecado ni en tu resentimiento, no esperes a que llegue la hora de la funeraria para gritarle a un ataúd que no puede oír: Ay, papá, perdóneme. Dígaselo al señor que está vivo, a su papito que está vivo todavía. No deje pasar el tiempo sin pedir los perdones que tiene que pedir, sin amistarse con la gente con la que se tiene que amistar y, sobre todo, sin responderle al amor de Dios, nada de corazones duros.

Y el tercer consejo que nos da San Pablo, la tercera advertencia: Cuidado con los favoritismos. En el caso de Dios eso no existe, todo el mundo tiene que responder por lo que ha recibido. Y Dios no puede ser sobornado, ni confundido, ni distraído, ni evitado. Vamos a hacerle caso a esta Palabra de Dios. Claro que todos somos débiles, claro que todos somos pecadores, pero pongámonos en marcha, hagamos nosotros lo que podemos hacer, pidamos misericordia y Dios nos concederá hacer lo que Él sabe que tenemos que hacer. En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

Publícalo en Facebook! Cuéntalo en Twitter!

Derechos Reservados © 1997-2025

La reproduccion de estos textos y archivos de audio, para uso privado o publico,
está permitida, aunque solamente sin fines de lucro y citando la fuente:
http://fraynelson.com/.

 

Volver a las homilías de hoy.

Página de entrada a FRAYNELSON.COM