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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El deseo de orar ya es oración y sólo como discípulos en camino aprendemos a ser verdaderos orantes. En el Padrenuestro recibimos la vida de Cristo y como un pedazo de Su corazón.
Homilía i273010a, predicada en 20251008, con 6 min. y 11 seg. 
Transcripción:
Señor, enséñanos a orar, esta es la súplica que algunos discípulos le hacen a Jesús en el Evangelio de hoy, tomado del capítulo número 11 de San Lucas. Sabemos que Lucas, precisamente es el evangelista que más insiste en la dimensión orante del ministerio y del misterio de Jesucristo, y por eso no nos toma por sorpresa, sino al contrario, nos dice muchísimo esta palabra que aparece en el Evangelio de hoy, esta súplica: Enséñanos a orar. Quisiera compartir con ustedes tres puntos sobre lo que implica esta súplica, esta oración, esta oración para aprender a orar.
La primera idea la tomo de San Agustín. Dice San Agustín bellamente que el deseo de orar ya es oración. Dice textualmente: Tu mismo deseo es oración. De tal manera que el querer orar ya te hace orante. Y esto es maravilloso, porque cuando uno tiene hambre, hambre física, hambre corporal, el hambre no te da alimento. Pero en la oración, el deseo de orar ya es oración. Y por eso, nos damos cuenta que por encima y más allá del modo específico de oración que tengamos, lo más importante es el querer, el querer orar.
Cualquier cosa que nosotros hagamos está a una distancia infinita del Dios infinito, pero si tenemos el deseo de orar, ese deseo ya tiene en su origen la presencia misma de Dios. Esto se lo decía el Señor a Santa Catalina de Siena, mira esta frase que le dijo Dios a Catalina: Yo inspiró la misma oración que luego yo escucho, yo inspiro la oración que yo escucho. O sea que cuando sientes ese deseo de orar, en ese deseo ya está Dios obrando en ti, en ese deseo ya es Él el que está de algún modo tomando posesión de tu vida, haciendo una obra en ti. Ese es el primer punto, rescatar, subrayar la importancia del deseo, más allá de la forma específica.
Segundo, enséñanos a orar. ¿Será que aquellos hombres, aquellos discípulos, no sabían nada de oración? Con toda seguridad sí que conocían muchos modos de oración, los que eran usuales en su tiempo. Por ejemplo, las oraciones como las de los salmos o las oraciones propias de la piedad judía de aquel tiempo. Pero observa, ya sabían orar y, sin embargo, piden ser enseñados en la oración. Si eso vale para ellos que eran discípulos, pues para nosotros, que también lo somos, igualmente vale. Y esto quiere decir que ser discípulo de Cristo implica estar siempre en camino de aprender.
Quiero aprender, sé, pero quiero aprender. Sé orar, sé algunas oraciones, he tenido alguna experiencia de oración, pero la única manera de ser verdadero orante es ser siempre discípulo. Ese es el segundo pensamiento, no podemos ser orantes sino nos mantenemos en actitud de aprender continuamente qué quiere decir la oración, qué quiere decir orar. Por el contrario, la persona que ya se considera orante y que ya considera que tiene dominado el tema de la oración, es una persona que se va a estancar, es una persona que va a ser prisionera de su propia soberbia. No, no va por ahí.
Señor, enséñanos a orar, es algo que está mostrando continuamente que estamos llamados a crecer. Decía San Pablo en otro contexto, en la carta a los Filipenses: Sea cual sea el punto al que hayamos llegado, avancemos. Eso vale para toda la vida cristiana, eso vale especialmente para la oración. Entonces, ese es el segundo punto. Y el tercer punto es recibir todo el torrente de vida que es el padre nuestro. Me gusta decir lo he dicho varias veces y lo voy a repetir aquí. ¿Sabes lo que es el padre nuestro?
Es Cristo dándonos un pedazo de su corazón, es Cristo introduciéndonos en la melodía perpetua de amor que hay en la Trinidad, es Cristo acercándonos a su alma, haciéndose uno con nosotros, haciéndonos uno con Él para elevar con nosotros, junto con nosotros, elevar una sola súplica al Padre Celestial. Por eso, debemos tomar el padre nuestro como una especie de reliquia viva del Corazón de Jesús, vive el padre nuestro así. Imagínate que en algunos lugares donde han sucedido milagros eucarísticos aparece tejido que parece tejido del miocardio, tejido del corazón.
Imagínate lo que es eso, tener como un pedacito del corazón vivo de Cristo. Esos son algunos milagros eucarísticos. Pues yo te quiero decir que el padre nuestro es como un milagro eucarístico y que en el padre nuestro tenemos como un pedacito del Corazón de Jesús que quiere palpitar dentro de nuestro propio corazón. Alabado sea Jesucristo, mis hermanos. Y que Él haga cada día de nosotros mejores orantes. Amén.

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