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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
Enamorémonos de la oración de Jesús y con ello poder descubrir la mediocridad y los límites de la nuestra y a partir de ahí renovar la vida cristiana.
Homilía i273009a, predicada en 20231011, con 4 min. y 59 seg. 
Transcripción:
Ayer hablábamos de los distintos niveles en que nosotros recibimos a Jesús, y yo creo que los niveles en que nosotros los recibimos a Él corresponden también con los niveles de la oración. Porque piensa, por ejemplo esto, cuando una persona mira a Jesús únicamente como aquel que le resuelve sus problemas ¿qué oraciones va a hacer? Pues las oraciones van a ser: Sácame de este problema, ayúdame con esta deuda. No puedo más con este hijo, estoy muy enfermo. Esas van a ser sus oraciones.
Pero, a medida que nosotros vamos profundizando, o mejor, a medida que nosotros le vamos permitiendo a Cristo que profundice nuestra vida, también nuestra oración va cambiando. Y seguramente salimos de esa oración del Cristo resuelve problemas y pasamos a una oración mucho más fecunda, mucho más bella, mucho más profunda. ¿Qué tipo de oración, qué oración es la que nace en nosotros? Pues fíjate que los apóstoles conocían de la fe, los apóstoles conocían de la oración, pero hay un momento en el que ellos sienten que necesitan aprender a orar, esto me parece hermosísimo.
Es decir, el contacto con Cristo les hizo ver lo mediocre que era su oración, lo pobre que era su oración. Y yo te digo una cosa, descubrir que mi oración es pobre es el comienzo para empezar a mejorarla. Descubrir que mi vida cristiana es mediocre, es la manera de empezar a mejorarla. Entonces ellos, ellos que tenían esa idea o que llegaron a ese descubrimiento de que su oración era pobre, le piden a Cristo: Enséñanos a orar. Y yo creo que, así como ellos le pidieron a Cristo, nosotros tenemos que pedirle también al Señor que nos enseñe a orar.
Que salgamos de nuestra mediocridad, que salgamos de la oración puramente rutinaria, que salgamos de la oración puramente emotiva, que salgamos de la oración puramente espontánea, la oración que muchas veces está centrada únicamente en nosotros mismos. Fíjate los tres puntos que mencioné. La oración del pedigüeño, la oración que solamente quiere que Cristo le resuelva el problema. La oración puramente emocional: Señor, quiero sentirte, Señor, quiero sentirte. Sí, está bien que quieras sentir al Señor, pero la oración es mucho más que eso, la oración no se limita a eso, a que tú lo sientas o a lo que tú sientas.
Y hay otras oraciones que están completamente centradas en nosotros mismos. Yo me acuerdo cuando estaba un poco en mi discernimiento vocacional, yo iba por las mañanas, ya era estudiante de física y yo iba por las mañanas a un lugar donde se celebraba la misa, una misa de estilo más bien carismático, llamémoslo así. Y antes de eso se hacía la oración oficial de la Iglesia, la oración de Laudes. Pero entonces, en aquel lugar, en vez de las peticiones que trae el formulario de la Iglesia, o sea, la oración de Laudes, en vez de eso, la gente hacía oración espontánea.
Y lo que te quiero contar es que, como yo empecé a asistir ahí varias veces, entonces yo empecé a notar que la gente empieza a repetir lo mismo. Por ejemplo, había una señora que siempre estaba pidiendo por sus hijitos: Señor, mis hijitos, todos los días el tema de ella. Es decir, no es que esté mal, por supuesto que está muy bien que una mamá ore por sus hijos, pero realmente esta mujer era así, dando vueltas todo el tiempo en torno a los hijos. Había un seminarista que también asistía ahí. Entonces, la oración de él siempre era las vocaciones.
Cuando uno se centra en uno mismo, uno empieza a repetirse y al final se seca. Por eso nosotros necesitamos pedirle a Cristo: Renueva mi oración. No solamente que profundicemos en la belleza del padre nuestro, sino que Él haga nueva nuestra oración. ¿Cómo serían esas oraciones de Cristo, cómo sería ver a Cristo en oración? Que esa es un poco la idea que trae el texto de hoy. Los apóstoles vieron a Cristo en oración y quedaron impactados, o sea la oración de Él era otra cosa.
Qué hermoso que nos enamoremos de la oración de Cristo, qué hermoso que descubramos la mediocridad, los límites muchas veces tan bajos, tan tristes de nuestra oración. Y qué hermoso que a partir de ahí empecemos a renovar nuestra vida cristiana. Amén.

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