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Homilía de Fr. Nelson Medina, O.P.
El desenlace de la historia sucede con nuestra conversión porque llega el final del pecado y comienza la victoria de Dios.
Homilía i273007a, predicada en 20191009, con 6 min. y 9 seg. 
Transcripción:
Hoy vamos a aprender junto con el profeta Jonás, que en el drama del mundo no hay espectadores. Estamos listos. Sí, mis hermanos, capítulo cuarto del profeta Jonás, primera lectura de la Santa Misa de hoy. Observemos que Nínive era una ciudad inmensa, poderosa, y podemos decir, cabeza del mundo que conoció Jonás. En cada época de la humanidad hay siempre un país, una región, una nación, un reino que impone su criterio, impone sus normas a los demás.
El imperialismo, esa pretensión de dominar hasta donde llega el horizonte, es algo que está demasiado metido en el corazón humano, es algo que ha existido, podemos decir, desde siempre. Y los imperios siempre tienen una gran ciudad. Nínive era la capital del Imperio asirio, así como, por ejemplo, uno puede decir que Babilonia era la capital del Imperio caldeo, Persépolis era el Imperio, era la capital del Imperio persa o, por supuesto, Roma era la capital del Imperio Romano, eso es evidente. Pero, esa gran ciudad llega, en cierta manera, a resumir todo el imperio.
La gente que llegaba a Roma no veía solamente una ciudad más. De hecho, le tenían un nombre especial a Roma. Ciudades, podía haber muchas, pero solo a Roma se le llamaba la urbe. Por eso el Papa, cuando da la bendición solemne de Pascua o de Navidad, da la bendición Urbi et Orbi, que quiere decir a la urbe y la urbe es Roma, et orbi, para todo el orbe, para todo el mundo. Entonces, una ciudad que es capital de un imperio, de alguna manera resume lo que es ese imperio. Y aunque no utilicemos esa terminología, es lo mismo que sucede a lo largo de los siglos.
Por ejemplo, uno no puede ir a Londres sin observar todas las huellas del imperialismo británico, o si uno va a Washington o se va a Nueva York, pues encuentra huellas del tremendo poder. Aquellos inmensos rascacielos, esos centros financieros nos están hablando de una gran cantidad de poder. Todo esto es para decir que la destrucción de Nínive era, al mismo tiempo, la caída de todo el imperio, era como el fin del mundo, y ahí es donde quiero llegar yo, era como el fin del mundo. Y la actitud de Jonás es sentarse cómodamente bajo una buena sombra para mirar cómo se acaba Nínive.
Es decir, como se derrumba el Imperio asirio, es decir, cómo se deshace en pedazos y en llamas el mundo. Ya que él, obviamente, no pudo ver la destrucción de Sodoma y de Gomorra con ese fuego y con esa lluvia de azufre, como él no pudo ver eso, entonces parece que Jonás, cómodamente sentado, quería presenciar el final del mundo, vamos a ver cómo se acaba el mundo al final. Pues el mundo no se acabó, porque resulta que los ninivitas se convirtieron y, sobre todo, no se acabó Nínive por el amor compasivo de Dios.
Entonces, fíjate la lección. La lección es que en el final del mundo no hay espectadores. Yo me acuerdo de una buena amiga mía que falleció prematuramente digo, una señora, una madre, esposa, mujer de familia, mujer de oración. Creo que tenía tantas intuiciones, tan correctas esta dama. Y ella decía: Mucha gente se imagina el final del mundo como si ellos fueran a tener un balcón especial y van a presenciar todo lo demás. O cuánto sufren los pecadores miserables por todo lo que hicieron. No, el fin del mundo no es eso. Entonces, no hay espectadores, no hay espectadores.
Nosotros, cada uno de nosotros, tenemos una profunda, una profunda solidaridad que va más allá de nuestro pensamiento y de nuestras ideas, una profunda solidaridad que nos conecta con el mundo entero. Y por eso, cuando nosotros pensamos en lo que está sucediendo en el mundo, en lo que está sucediendo en la sociedad, debemos dejar esa postura que tan fácilmente uno adopta una postura arrogante como para decir, qué mundo tan pecador aquel. Pero qué cosas las que anda haciendo la gente. Si revisas bien tu corazón, verás que tu corazón está salpicado, por no decir anegado de lo mismo.
Y si miras a tu familia, te vas a encontrar con historias muy parecidas a las que tú ves en toda la sociedad. Yo creo que ese es un dato que uno debe tener muy presente muchas veces. Y es que eso que uno ve y le duele, se supone que le duele, en el pecado del mundo, uno lo lleva adentro, uno lo tiene aquí y uno lo tiene en su familia y uno lo tiene en su comunidad. Por eso, cuando pensemos en el desenlace de la historia, pensemos que solo hay una manera de acelerar ese desenlace, es nuestra propia conversión. Es ahí, es ahí donde ya tiene que suceder el final del pecado y el comienzo de la victoria de Dios.

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